Deslumbrados por Jack el Destripador

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3. Selección de libros y películas que vende y sortea la asociación en cada reunión.
Selección de libros y películas que vende y sortea la asociación en cada reunión.

A pocos metros de los lugares que las víctimas de Jack el Destripador hicieron famosos se enclava el Aldgate Exchange. Es uno de los miles de pubs que atestan Londres y tiene la particularidad de que hace esquina con las calles Whitechapel Road y Old Castle Street. En la primera, la arteria de este barrio del este de la capital británica, apareció el cadáver de Mary Ann Nichols el 31 de agosto de 1888; al final de la segunda calle fue hallada Mary Jane Kelly, el nueve de noviembre de ese año.

Las dos mujeres, primera y última víctima atribuida al desconocido e icónico asesino, son los extremos de una circunferencia en la que el Aldgate Exchange constituye el centro. El local pasa desapercibido por los aparatosos andamios que rodean el edificio colindante, y los viandantes cruzan deprisa ante su puerta camino de la estación de metro Aldgate East, situada a pocos metros.

Es sábado y la tarde está a punto de morir, una hora reservada en el Reino Unido tanto para cenar como para tomar una pinta. El pub tiene una puerta de entrada a cada lateral, pero justo a la derecha de una de ellas un pequeño recoveco, menos iluminado que el resto, invita a introducirse en él bajando un corto tramo de escaleras.

Tras cruzar el umbral una voz pregunta nombre y apellidos al recién llegado; es Sue Parry, tesorera y maestra de ceremonias de la Whitechapel Society, la asociación de riperólogos más importante del mundo.

Riperólogo es, según esta asociación, «todo aquel que se interese por Jack el Destripador»,  y aunque la mayoría de sus miembros son riperólogos, otros se definen como «historiadores del crimen» y amplían sus investigaciones a otros atentados históricos. De Jack a John F. Kennedy. Para entrar en su círculo de interés solo se necesita mezclar muerte y misterio.

Esta noche, como todos los primeros sábados cada dos meses, Sue repasa carpeta en mano que estén todos los riperólogos que confirmaron su asistencia por correo electrónico, aproximadamente medio centenar de miembros.

Todo transcurre como debe y el grueso del grupo esperado se completa cuando el último socio atraviesa las puertas del Aldgate Exchange. Sue mira hacia el atril mientras habla y no pierde de vista el reloj suspendido junto a la Union Jack que preside el salón, cuyas manecillas se acercan rápidamente a las siete en punto de la tarde.

«Recuerdo que cuando entré pensé «Esto es una locura». Pero lo encontré fascinante, y desde entonces no he podido evitar venir una y otra vez, hasta hoy», recuerda esta maestra de escuela retirada, actualmente tesorera y secretaria del club y antes simple riperóloga. «En ese orden», remarca. Su hija Catherine y su marido, Phil, socios veteranos, la apremian a que prepare su discurso.

Ella será la encargada de dar la bienvenida ante el micrófono. Especialmente amantes del protocolo, la Whitechapel Society conserva unas reglas de actuación desde su fundación en 1994 que solo han conocido un cambio: la variedad de laggers y ales que el pub tiene a disposición de los clientes. Ante el disgusto de los veteranos, que refunfuñan siempre que vuelven de la barra, la cerveza británica ha cedido en estas dos décadas muchos grifos a las importadas.

5. Una socia lee la revista de la Whitechapel Society.
Una socia lee la revista de la Whitechapel Society.

Sue controla quién entra y quién sale del círculo. La secretaria es uno de los ocho miembros del comité que gestiona la Whitechapel Society, y está a cargo del registro de socios, que ascienden a 287. Las cuentas incluyen 54 miembros extranjeros —el más lejano en Corea del Sur— que contribuyen al club con una cuota anual que ronda los 20 euros. Con esos medios la Whitechapel Society sufraga los únicos gastos que tiene: editar su revista y reservar el salón subterráneo del Aldgate Exchange, aunque para esta reunión ha habido un dispendio inusual: globos dorados y pancartas repartidos por el pub celebran el «aniversario de oro» que alcanzan hoy, al cumplirse la reunión número 50 de la Whitechapel Society, y todos felicitan a Frogg, que va y viene por todo el salón sin dejar de sonreír.

Jeremy «Frogg» Moody es el responsable directo de que acumulen medio centenar de encuentros desde 2005, cuando refundó el club y cambió su nombre original, el Club de la Daga, por el más serio y académico Whitechapel Society. Como muchos de los miembros, su fascinación por Jack el Destripador (al que todos se refieren simplemente como «él») comenzó siendo niño gracias a la televisión británica, donde el famoso asesino es protagonista habitual de series, documentales y películas.

«En los años 70 había un programa de televisión sobre él que me encantaba ver, aunque era un programa un poco terrorífico para un niño pequeño, así que solía bajar las escaleras hasta el salón y lo veía por la rendija de la puerta, sin que nadie me descubriera. La música del programa era bastante particular y se quedaba grabada en la memoria. Pasaron los años y en 1980 compré un libro por Navidad llamado Jack the Ripper: The Final Solution (Jack el Destripador: La solución final)».

Este libro, firmado por Stephen Knight, despertó su imaginación y la de miles de personas con un conglomerado de teorías de la conspiración entre la que destacó la supuesta implicación del nieto de la reina Victoria, una hipótesis que fue todo un boom literario en la época y que, años después, fue tachada de «absurda» por los riperólogos.

La opinión de estos investigadores amateurs influye y mucho en la nota que se otorga a los libros que abordan la cuestión y determina la seriedad que alcanzan de cara al público, que llega a ver a los riperólogos como eminencias. Ellos son los expertos, y muchos escritores les presentan sus teorías antes de lanzarse a publicar. El origen de su término, —en inglés, ripperologist proviene directamente del Destripador (Ripper), su tema central de estudio.

Cada juicio que emiten se registra y emplea por toda una cadena de personas que se ganan la vida en las calles de Whitechapel a la sombra del misterioso asesino. Guías en inglés y español se cruzan cada tarde por sus calles seguidos por grupos de turistas y curiosos que miran con avidez los callejones en los que las prostitutas fueron halladas o las fachadas que se conservan de la época, cuando este barrio fue un hervidero de inmigrantes y delincuentes que se hacinaban en condiciones paupérrimas.

El sótano donde trabajaba el barbero polaco que durante décadas fue el principal sospechoso (entre más de 170, según la policía londinense de finales del siglo XIX) por ser extranjero y tener conocimientos quirúrgicos, los recortes de prensa de 1888 que adornan el escaparate de una tienda de souvenirs, e incluso una pared tapiada tras la cual se escondió un misterioso mensaje, supuestamente obra de Jack, que incluía simbología masónica pero que «ha sido descartado por los riperólogos» son las estrellas del macabro paseo, donde los guías se afanan por asustar sin violar las cátedras que los riperólogos han sentado en los últimos años. Enfoque serio pero tema controvertido, la Whitechapel Society siempre ha jugado contra los prejuicios sociales que despiertan sus subterráneos debates.

«Cuando éramos el Club de la Daga, solo hablábamos de él. Cuando se reinventó hacia la Whitechapel Society yo dije que no se trataba de averiguar quién era Jack el Destripador, sino qué es Jack el Destripador. Y una vez que respondas a esa pregunta abres la cuestión de qué estaba pasando en esa época, qué pasaba en el mundo cuándo Jack estaba en el este de Londres, cómo eran las condiciones sociales, cómo trabajaba la gente… Cuando abres esa cuestión tienes más temas de los que debatir», explica Frogg. Lleva formularios de ingreso en la mano y aunque se para con los veteranos, no pierde de vista a las nuevas incorporaciones a la asociación, sangre fresca a la que le ha sido más fácil llegar que a él, que tuvo que recurrir a un investigador en 1995 para que le señalara en el mapa dónde los adscritos al mito de Jack se reunían bajo el nombre del Club de la Daga.

Su reserva a la hora de promocionarse era comprensible, pues en el secretismo basaron su protección frente a los prejuicios sociales. Algunos miembros ocultaron durante años a su familia y amigos su pertenencia al club del Destripador por temor a que pudieran llamarles «frikis».

14. Dave Cuthbertson junto a un parroquiano habitual.
Dave Cuthbertson junto a un parroquiano habitual.

Es el caso de Dave Cuthbertson, parroquiano habitual que ocupa siempre la misma mesa al fondo del local junto a su amigo Ted Ball. Dave era transportista y, en sus ratos libres, investigador free lance dedicado a probar si uno de los detenidos la noche en que murió la última prostituta era el Destripador. «Un pobre diablo», resume Dave mientras ojea crítico al resto de mesas, llenas ya de parlanchines socios. «Durante años miré los registros del censo hasta que di con sus descendientes, era como una aventura». Pero cuando compartió su aventura con algunos compañeros de trabajo estos se rieron de él, y decidió no volver a comentar el tema.

«Mucha gente no entiende la filosofía de la Whitechapel Society. Si dices que somos un club que hablamos de Jack el Destripador, ellos te dirán que estás enfermo. Y muchas personas encuentran desagradable la temática del club porque no la entienden, no saben lo que hay de fondo. Yo tengo muchos amigos a los que podría decirle que se unan y ellos me responderían «¿Para qué? ¿Para ser uno de esos raros que se reúnen en el Este?» Pero si les enseñas de que trata, si se lo muestras, ellos se unen», explica Frogg.

Sobre el suelo enmoquetado del salón subterráneo siguen arrastrándose las sillas para acomodar al auditorio, y quienes tienen asegurado el sitio se acercan a la barra para hacerse con la primera pinta de la noche.

Detrás de los grifos de cerveza están Sarah y Marta, británica y española respectivamente. Las chicas observan curiosas a los asistentes y cuchichean en voz baja, y es que entre el personal del pub circulan algunas leyendas sobre los riperólogos. Por ejemplo que celebran las mejores fiestas (el clímax lo alcanzan con un karaoke en Navidad, aunque también tienen concursos para demostrar sus conocimientos sobre Jack el Destripador) y algunos camareros suelen bajar a las reuniones para curiosear.

También hay sitio esta noche para figuras de renombre en cuanto a la riperología. Robin Odell, escritor e investigador, firma ejemplares de su último libro, Medical Detectives (Detectives médicos), rodeado de compañeros del club que no dudan en definirlo como «una institución» dentro de la Whitechapel Society. Mientras espera que Marta le sirva la pinta, respira y explica el sistema que, a través de «amistad y camaradería», ha aportado algunas de las investigaciones más relevantes sobre el Destripador de los últimos años.

«Lo primero que hay que tener claro es que debes tener la mente abierta. Escucharás cosas nuevas y seguramente lo que ha parecido inamovible durante 20 años se esfume con una nueva teoría o más pruebas, pero tienes que estar seguro de lo que dices antes de presentar nuevas posibilidades. Tienes que estar absolutamente convencido de las pruebas, por lo menos al 100%, eso como mínimo».

Sue le interrumpe al pedir silencio desde el atril que preside la sala. La reunión empieza y los ponentes invitados saben que, presenten lo que presenten esta noche, van a enfrentarse con 50 personas que llevan años estudiando a Jack y que ahora se yerguen en la silla como jueces de un tribunal. Impresionarles no va a ser tarea sencilla.

Hay novedades importantes, comunica Sue. Cuatro personas se unen a la asociación (los nuevos sonríen con timidez desde un lateral mientras les aplauden), y se acerca agosto, un mes cargado de simbolismo porque se celebrará el 125 aniversario de los «crímenes de Whitechapel», el nombre oficial que se da a los asesinatos del Destripador. Para conmemorar la fecha, la organización prepara el que llaman «El fin de semana del legado», dos días en los que realizarán tours por Whitechapel, encuentros para tomar el té y la presentación del segundo libro redactado por la asociación, que llevará por título Jack the Ripper. The Terrible Legacy (Jack el Destripador. El terrible legado).

Además, continúa la tesorera, es el cumpleaños de la compañera Lindsay Siviter, y Sue no deja pasar la oportunidad de hacerle soplar las velas delante de todos los miembros. Quien quiera puede comprar su dulce para celebrarlo en el descanso de la reunión, y además por una buena causa. La Whitechapel Society colabora desde 2008 con la ONG Children with Cancer (Niños con cáncer) después de que uno de sus miembros, la estrella de televisión británica Jeremy Beadle, fundador de este grupo de ayuda infantil, falleciera como consecuencia de una leucemia hace cinco años.

13. Lindsay soplando las velas por su cumpleaños.
Lindsay soplando las velas por su cumpleaños.

Esta noche los ponentes son historiadores, pero la variedad es amplia: catedráticos, sociólogos, detectives, estudiantes centrados en la representación del Destripador en la cultura popular y los medios e, incluso, policías. Es en este último caso donde se consigue mayor intensidad entre la audiencia, porque sus presentaciones suelen ir acompañadas de pruebas policiales y documentos de difícil acceso.

Tomas Toughill fue el último ejemplo. Hace dos meses, frente a un público entregado, este agente retirado de la policía de Hong Kong, creada durante la Inglaterra colonial, desgranó los resultados de su pesquisa sobre Montague John Druitt, considerado uno de los «grandes sospechosos» de ser Jack el Destripador.

El éxito del policía no se repite esta noche, y Frogg observa inquieto a los asistentes, que se distraen con facilidad. «Es aburrida. Solo presentan datos y datos. No estamos llegando al fondo de nada», lamenta. El debate es imprescindible en esta organización, que plantea sus charlas como combates dialécticos en los que se arrojan fechas clave de los asesinatos, detalles encontrados en los cadáveres y nombres de sospechosos para respaldar una u otra teoría y «ganar» la discusión.

La charla termina y desde la última fila piden algo desanimados que llegue el descanso, tras el que se reanudará la sesión con un ciclo de preguntas y respuestas entre los ponentes y los asistentes, que aprovechan ahora para comprar los pastelitos benéficos (de fresa o limón, a escoger) y hacerse con un número para la rifa que, al final de la noche, sorteará varios libros sobre Jack firmados por sus autores.

Uno de los miembros deambula algo perdido sin saber muy bien a dónde dirigirse. Pese al ambiente amigable que impera, su actitud le delata: es un novato.

Tony Power, que insiste en que su apellido es real, tiene 50 años y es profesor en una escuela para jubilados en Stratford, al este de Londres. Lo suyo con la asociación fue un flechazo. En febrero vio un documental sobre los crímenes del Destripador y tras una rápida búsqueda en Google dio con la Whitechapel Society y se puso rápidamente en contacto con ellos.

«Estuve aquí en la charla del policía y aluciné, sabía que tendría que volver por más y entonces me dijeron que había que pagar cinco libras por asistir a una reunión o 15 anuales si me hacia miembro. ¡Pues claro que quiero volver y ver todas, hazme socio!, respondí». La emoción domina a este londinense, descendiente de inmigrantes franceses e irlandeses que ahora redescubre su barrio natal, Whitechapel, como un alumno aplicado en primera fila. La falta de experiencia con los riperólogos la suple con observación y análisis, y ya tiene sus primeras conclusiones. «La gente aquí está obsesionada con un sospechoso en particular. Son muy apasionados con respecto a eso. Todos tienen sus favoritos, y la verdad es que no paran de preguntarme cuál es el mío. No pienso escoger a uno, yo no voy a ser así, pero estoy abierto a sugerencias, ¿por qué no? Quizás yo aporte otro enfoque, como esa chica del cumpleaños, Lindsay, que me parece que es totalmente revolucionaria. ¡Imagínate! Todo el mundo intenta encontrar a Jack y ella intenta demostrar que alguien no es Jack».

22. Turno de preguntas y respuestas.
Turno de preguntas y respuestas.

Lindsay Siviter es la voz que va a contracorriente en la Whitechapel Society. Trabaja como guía en los tours del Destripador por el barrio del asesino, pero su principal labor es la investigación sobre Sir William Gull. «Esto empezó en 1988, ha sido un largo camino y aún no he acabado», cuenta algo cansada.

Lindsay tenía 12 años cuando vio la miniserie Jack el Destripador, protagonizada por Michael Caine, que interpretaba al inspector Abberlaine, y Ray McAnally como el citado aristócrata considerado popularmente el autor de los asesinatos según la teoría monárquica. Pese a que esta hipótesis está totalmente desprestigiada por los expertos, en el imaginario colectivo el barón permanece como el fiel ayudante de la reina Victoria que localizó y mató brutalmente a cinco prostitutas para salvar la reputación del nieto de la soberana, que habría tenido una hija con una amiga de las cinco asesinadas, siendo estas las únicas que conocían el terrible secreto.

«Llegaron a hacer la vida imposible a la familia de Gull. Tuvieron que mudarse a otro sitio, e incluso pensaron en cambiarse el apellido porque les reconocían. Tardé años en localizarles y me costó una década conseguir que confiaran en mí y me dejaran hojear en los papeles privados de Sir William. El año pasado incluso me acogieron en su casa, pero hasta que eso ha llegado ha sido muy duro». Su investigación corrió paralela a su vida académica: en su adolescencia devoró cuantos libros del personaje pudo encontrar y fue voluntaria en la universidad de Oxford para tener acceso a más material de investigación. «Algo dentro de mí me dijo que él era inocente y que yo tenía que demostrarlo», sostiene Lindsay, convencida de que su vinculación con este sospechoso ha sido cosa del destino. Así las cosas, en el año 2000, cuando ella vivía en Francia, descubrió que existía la Whitechapel Society. Tras pedir información se unió y viajó regularmente a Londres para asistir a las reuniones, llegando a convertirse en la primera ponente del milenio con una exposición en la que presentó sus avances hasta entonces.

«Fue impactante para ellos, porque todos esperan saber quién fue él, y yo soy totalmente opuesta. Mi único interés es restablecer su nombre, y un primer paso es lo que va a ocurrir dentro de dos días», avanza. Sin haber acabado su estudio, Lindsay ha conseguido convencer a la familia del barón para hablar ante su comunidad y limpiar su nombre presentando pruebas que le exculpan. Pretende que su lápida, destrozada por quienes le creen el Destripador, sea restaurada y su memoria reciba una disculpa pública.

El turno de preguntas y respuestas finaliza para los ponentes, y todos los asistentes buscan con la mirada al responsable de que todo esto exista para ver si pronunciará unas palabras en tan especial ocasión. En discreto segundo plano durante toda la noche, Mark Galloway mira a su alrededor orgulloso y cruza una mirada con Frogg, que da por finalizado el encuentro hasta agosto.

Mark siempre ha estado ahí, de una forma u otra. El club fue su creación, nació de la nada por su iniciativa y, pese a las adversidades, no consiguió desconectarse jamás de lo que ocurría cada dos meses en el pub.

¿Pero quién es Mark Galloway? ¿Y por qué decide crear el primer club de este tipo en el país del Destripador? Como tantos otros, un libro hojeado en la biblioteca a los 12 años despertó su interés, y 16 años más tarde conocía de memoria los escenarios del icónico barrio ─su barrio─ donde las víctimas de Jack aparecieron, a fuerza de realizar numerosos paseos con los macabros guías, a los que abordaban tras el tour para charlar.

«Terminé siendo muy buen amigo de ellos. Me ayudaron bastante cuando comencé el club, fueron un buen apoyo», recuerda Mark. Hace exactamente 20 años que se le ocurrió encontrar a gente que como él tuviera ganas de saber más, y entonces comenzó a escribir a revistas especializadas en crimen en Inglaterra para saber si estarían interesados en unirse. La respuesta fue muy positiva y 12 meses después, sin demasiadas expectativas, pidió a un amigo suyo, propietario de un pub, que le prestara uno de los salones para la reunión. Para prevenirlo, le dijo al tabernero que esperase a 20 personas. Aparecieron cien.

23. Varios adornos por la reunión numero 50.
Varios adornos por la reunión numero 50.

De pie en aquella sala oscura, los asistentes debatieron sobre los supuestos diarios de Jack el Destripador, publicados un año antes y que luego se demostraron falsos. Gracias a los contactos de Mark, a las reuniones asistían importantes editores y escritores de Inglaterra, y pronto el Club de la Daga se hizo un nombre.

Mark tuvo que aclarar el objetivo de la organización ante preguntas curiosas y miembros tenaces; en una ocasión un aspirante a socio le preguntó si debía acudir disfrazado como un personaje de la época victoriana, y en 1995 un joven Frogg se presentó ante él después de haber buscado durante meses la localización exacta de los riperólogos.

«Estoy bastante sorprendido de que vayamos a cumplir 20 años. Al principio pensé que si durábamos cinco años seríamos afortunados, no me imaginaba que estaríamos toda una vida con esto. Pero aquí estamos, y hay gente nueva, quiero decir, gente joven. Tenemos a muchos jóvenes que se unieron por la película From Hell, de Johnny Depp, y ahí comenzó su interés en Jack el Destripador. La gente aparece y quiere saber más, aprender más… y entonces conoces a gente y comienzan cosas nuevas».

Si tuvieran que explicar la fórmula del éxito, Mark y Frogg, pasado y presente de los riperólogos británicos, lo tienen claro. «Es gracias a los lazos que se crean. Hay mucha gente interesada en Jack y obviamente por eso creé el club, pero no es solo la charla, tenemos nada más que seis reuniones al año, es que tiene mucho que ver el componente social, la gente hace amigos, pasan un buen rato… es un club social más que nada», argumenta Mark.

«Estamos hablando de adultos que rondan por regla general los 50 años. Diría que se ha convertido en un acto social porque muchos de ellos se han hecho amigos. Hay entre 50 y60 personas en cada reunión. Todos se conocen. Y eso es genial, porque se crea un gran ambiente y se convierte en una asociación amigable. No es una organización de gente rara, para nada. Mucha de la gente que acude simplemente quiere salir una noche y pasarlo bien. Es una buena combinación, nos reunimos, nos tomamos una copa… eso sí, si tuviera que destacar algo diría que es gente chapada a la antigua. Los que acuden a las reuniones no ven la televisión, no les gusta. Lo que hacen es lo que se hacía en 1888, porque entonces no había radio o televisión, así que iban a debates públicos a escuchar y a dar su opinión. Y eso es lo que seguimos haciendo», apunta Frogg.

Ya solo quedan en el pub los miembros del comité. Guardan en pequeñas maletas de mano el material que les ha sobrado hoy (revistas, cajas con pastelillos no vendidos, boletos de rifa rotos, libros) y se ponen en marcha hasta el White Hart, otro pub dentro del barrio, a tomarse la penúltima pinta y repasar la noche, hasta la próxima vez.

Tienen meses repletos de actividades por delante. Además del aniversario de Jack, en noviembre se celebrará en Londres la conferencia internacional sobre el Destripador, que reúne a expertos de todo el mundo para actualizar las últimas teorías. Es la Champions League de los riperólogos, y la Whitechapel Society juega en casa. Mark fue el primer ponente cuando esta cita llegó por primera vez al Reino Unido y volverá a representar, con el resto del comité, a la asociación, que acude con un equipo. O como la vieja guardia de Jack el Destripador.

25. Los miembros del comité de la Whitechapel Society. De izquierda a derecha de pie Mickey Mayhew, Mark Galloway, Sue Parry y Steve Forster. Sentados Frogg Moody, Steve Rattey, Johanne Edgington y Jackie Murphy.
Los miembros del comité de la Whitechapel Society. De izquierda a derecha de pie Mickey Mayhew, Mark Galloway, Sue Parry y Steve Forster. Sentados Frogg Moody, Steve Rattey, Johanne Edgington y Jackie Murphy.

Fotografía: Cynthia de Benito

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13 comentarios

  1. Funestini

    La vida real es tan horrorosa, que algunos se refugian en lo que sea, incluso en la amiración por un monstruo que asesinaba mujeres destripándolas. Pero eso sí, luego se lamentan de que les consideren «freaks». El mundo entero tiene justificación para todo lo que hace; curiosamente, siempre he sostenido que hasta la madre de Jack el Destripador, encontraría motivos de descargo para su retoño, llegando a decir que él no lo podía evitar. Y lo más terrible, esto sí, es que hubiera tenido razón.
    Creo que el magnífico actor Michael Caine se limitó a incorporar -espléndidamente- al inspector de policía Abberline en la susodicha serie.

  2. The Ripper

    Vuelve a tu cueva, Troll

    • Funestini

      ¡Faltaría más! ¡Sus deseos son órdenes para mí! Usted vaya apuntando todo lo que quiere que haga a partir de ahora, que yo me despeñaré si fuera menester para complacerle… trollito de primavera.

    • Nocabenmastontos

      The Ripper…deberia usted hacer caso al cartel de la jaula:Por favor, no den de comer al troll

      • Funestini

        Pero oiga, ¿si Nocabenmastontos, cómo ha conseguido usted vela en este entierro?

  3. Pingback: Deslumbrados por Jack el Destripador

  4. Ismael

    Michael Caine no hacía de Jack el destripador en la serie que se menciona sino del Inspector Abberline, el responsable de la investigación de aquellos crímenes.

  5. uno que pasa

    Don Funesto, creo que no ha leido el articulo y si lo ha hecho, no lo ha entendido. Nadie justifica los crimenes del destripador.

    Muchas putas eran asesinadas en esa epoca, por clientes insatisfechos, borrachos o por sus chulos. Los crimenes del destripador fueron cometidos con premeditación y brutalidad, y aparentemente por alguien con estudios, un miembro de la clase media, no de la plebe. El primer anibal lecter. Escandalazo en la ridicula epoca victoriana.

    No se hallaron culpables. Comprenderá que despierte gran interes.

    También serán frikis los estudiosos del magnicidio de Dallas, de la SGM, del Holocausto, del 11S. Total, son todos hechos espantosos, mas que los del destripador.

  6. uno que pasa

    «la miniserie Jack el Destripador, protagonizada por Michael Caine, que interpretaba al inspector Abberlaine»

    cita textual.

    Que caradepiedra Caine no hace de destripador, vaya.
    La versión mas interesante también fue llevada al cine en Asesinato por decreto por Bob Clark, con sherlock y watson resolviendo el misterio. Todo muy historico, vaya, pero fantastica pelicula..

    • Funestini

      Usted «ha pasado» por aquí, hoy, martes 27-8-2013. Pero es que ayer, el autor de este artículo -interesante, por otra parte- puso otra cosa. ¿No sabe usted que los que escriben esto, si ven que alguien aporta alguna corrección que consideran oportuna, vuelven sobre sus pasos y cambian su error anterior? Pues eso es lo que ha ocurrido esta vez. Y si no, ahí está Ismael para no dejarme por embustero. De nada.
      Por otra parte, yo leí todo el artículo y sé perfectamente que nadie justifica los crímenes de Jack. También sé que esta pandilla se junta con otros como ellos para no estar solos, para abstraerse del mundo real con tonterías -fútbol, cine, literatura, sexo, religión, etc, etc…- y para atiborrarse de cerveza y costillas.

      • uno que pasa

        «La vida real es tan horrorosa, que algunos se refugian en lo que sea, incluso en la amiración por un monstruo que asesinaba mujeres destripándolas. Pero eso sí, luego se lamentan de que les consideren “freaks”. El mundo entero tiene justificación para todo lo que hace, etc, etc»

        Son sus palabras, frikis que se lamentan de que les llamen frikis, amiradores de monstruos, refugiandose en lo que sea para escapar de una vida horrorosa, no se si se refiere a la suya, la de los frikis, o a la de los negritos de biafra.

        Ve admiración y luego habla de justificación, en el mismo parrafo; ya disculpara que me se haya ocurrido que se referia a la misma pandilla. No volverá a pasar.

  7. Blackkader

    La peli con Johnny – caradecamaamediohacer (ya que nos ponemos) – Depp es mala con avaricia.
    Pero el tebeo (o comic si se ponen, o novela gráfica) de Alan Moore, From Hell, es una obra de arte (y no voy poniendo ese calificativo a lo tonto).
    http://www.goodreads.com/book/show/23529.From_Hell

  8. Secundo a Blackkader, se ve que es alguien con criterio: «From Hell» merece una lectura para quien todavía no la haya disfrutado.

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