¿Es que nadie piensa en los niños?

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-FILE- U.S. rock singer and poet Bob Dylan in Stockholm, Sweden, last week of April 1966. Dylan gave one concert at the Concert Hall in Stockholm April 29. Photo Bjorn Larsson Ask / SCANPIX / kod 3022 BETALBILD
Bob Dylan, 1966. Fotografía: Cordon Press.

Una de las pocas cosas que no se les ocurrió a los guionistas de This is Spinal Tap es una escena donde Nigel Tufnel recogiese un premio Nobel. Lo imagino pronunciando un apoteósico discurso, tratando de impresionar a los académicos con frases como «los solos son mi marca de fábrica», y por supuesto disertando —mientras masca chicle— sobre la importancia de subir el volumen de los amplificadores al once. Porque once es más que diez. Pero la realidad no es como This is Spinal Tap. La realidad es mucho mejor.

Ni siquiera aquella película que hizo sonrojar en los cines a las incautas estrellas del rock que fueron a verla, de tanto como acertaba con su parodia, predijo algo como esto. Año 2016. Bob Dylan es galardonado con el Premio Nobel de Literatura y, cual muchedumbre con antorchas, un airado sector de protestantes reacciona como si el propio Dylan les estuviese martilleando un juanete con la guitarra. Tal algarabía no se producía ni con el Premio Nobel de la Paz, invento que lleva años haciendo aguas, pero levanta una escandalera similar. Es verdad que en estos tiempos de «redes sociales» salimos a cinco o seis escándalos por semana, pero aun así uno pensaba que cuando a Dylan le terminase llegando un Nobel por mera decantación, por la natural inercia de las cosas y por la importancia de su figura como letrista (aunque no haya escrito ningún libro remarcable) la gente lo aceptaría como una comprensible excepción a la costumbre de concederle ese premio a literatos «profesionales». Pero no. Como si se lo hubiesen concedido a Satanás. Luego le pediremos a Dylan que sea simpático y que conteste al teléfono cuando le llaman desde la Academia. No lo niego; me divierte muchísimo leer que los del Nobel han desistido de intentar contactar con él. Sartre rechazó el Nobel, sí, pero el amigo Bob no se molesta ni en dar señales de vida. Dylan ya no puede ser más Dylan.

Amo la música de Dylan. No toda ella, claro. Pero la que me gusta, me gusta mucho. Creo que nadie con dos tímpanos funcionales puede poner en duda su calidad, y podría confeccionarse una lista interminable de músicos de diversos géneros que adoran o como mínimo respetan sus composiciones. Si se le concede un premio estrictamente musical, nadie con dos dedos de frente se rasgará las vestiduras… o bueno, a partir de ahora quizá sí, porque a tenor delo que se ha estado diciendo, da la impresión de que Dylan le deba dinero a medio país. La Academia Sueca, no obstante, no ha premiado su música sino las palabras que la acompañan, lo cual ha suscitado reacciones similares a cuando anunciaron que la nueva de los Cazafantasmas estaba protagonizada por (¡horror!) cuatro mujeres. Ahora, ¿a dónde se dirige el mundo?, le han dado el Nobel a (¡horror!) un músico.

Hay quien proclama que esto es «el fin de la literatura», como si una horda de melenudos adoradores de Dylan, hasta las trancas de LSD, hubiesen celebrado el Nobel saliendo a prender fuego a todas las librerías. Pero, ¿de verdad hay para tanto? Es verdad que, ejerciendo como abogado del diablo, se me ocurren varios argumentos que podrían esgrimirse para defender la idea de que el trovador de Duluth no merecía este premio. No me cabe ninguna duda de que hay escritores que lo tienen más merecido. Yo mismo tengo mi propia lista de nombres, pero esto ha sucedido muchas veces con este premio que, salvo raros casos, se le entrega a una persona al año y que por lo tanto deja fuera a muchos, quizá a demasiados.

En cuanto a la calidad de las letras de Dylan, este es un tema más subjetivo, pero puedo entender a quienes afirmen que sus textos no están a la altura de tan alta distinción. Hablo, por supuesto, de quienes lo dicen con sinceridad y habiéndose sumergido con cierta profundidad su obra, no de quienes se limitan a suponerlo basándose en las pocas canciones que conocen. Si alguien está muy familiarizado con la obra de Dylan y tiene críticas razonadas que pronunciar sobre el conjunto de sus letras, perfecto. Yo no sé si estaría de acuerdo, pero me parece bien y puede debatirse. Lo que pasa es que estos argumentos, que giran en torno a la calidad literaria de su trabajo, no implican que Dylan debería haber sido inelegible para el Nobel por principio, por el mero hecho de ser músico. Y ese, curiosamente, es el argumento que con mayor frecuencia y fervor se ha esgrimido. Que técnicamente hablando no es un literato, porque su obra no está incluida en lo que entendemos hoy como ámbito o canon de la literatura. Y que concederle un premio literario a un músico es un travestismo, incluso una aberración.

Bob Dylan follk singer with Joan Baez April 1965
Bob Dylan y Joan Baez, 1965. Fotografía: Cordon Press.

Esta objeción sí me parece bastante dudosa, o será que hay algo que no entiendo, que también es muy posible. «Le han dado el Nobel de Literatura a un músico». Sí, Dylan es un músico. Pero, ¿no es también un poeta? Cuando se dice que la letra de una canción no es poesía, y que por tanto no es literatura, ¿desde qué concepción de lo que es «literatura» se dice? ¿La literatura es solamente lo que se publica en formato de libro? ¿Solamente lo que manejan las editoriales, lo que recibe un marchamo de autenticidad desde determinada industria, desde cierto sector de producción cultural? O, mirándolo más desde el punto de vista creativo, ¿es solamente literatura aquel texto que fue escrito sin pensar en otra cosa que en el propio texto? ¿El que una letra de canción sea escrita con subordinación a la música, hace que deje de ser literatura? Aunque no siempre las letras de las canciones son escritas después que la música. A veces es la música la que se subordina a las letras escritas de antemano. Cabe admitir que es verdad que incluso cuando las letras son escritas con anterioridad, se suele tener en mente un patrón rítmico que permita convertirlas en canción. Pero esto mismo se hace con muchos poemas que no buscan ser musicados, y que, aun así, se escriben según una cadencia prefijada (por ejemplo: «voy a escribir un soneto») y no por ello dejan de ser considerados literatura. En este sentido, no hay diferencia entre un soneto y la letra de una canción, escrita también bajo condicionantes rítmicos. Aun así, hay quien piensa que la letra de una canción es algo distinto, que no puede ser considerado parte de una obra literaria, como un soneto. Y esto es lo que me cuesta entender. Pero si la letra de una canción no es literatura, entonces ¿qué es?

La letra de una canción será lo que ustedes quieran, pero no es música. Tiene un ritmo, eso sí. La cadencia rítmica es un elemento musical que contiene cualquier expresión verbal, incluida la prosa, y desde luego el lenguaje hablado. Pero ahí termina la musicalidad intrínseca de un texto. La melodía con la que se canta una letra es ajena a él, porque ese texto podría ser cantado con otras melodías diferentes (del mismo modo que una frase hablada puede ser entonada de maneras distintas, porque no tiene una entonación intrínseca, sino la que queramos o necesitemos darle). Dicho de otro modo: tal vez el ritmo de una letra se adapta al ritmo de la música, o a la inversa, pero la letra no aporta nada más desde el punto de vista musical que su ritmo. Se puede cambiar una letra por otra del mismo ritmo de modo que la pieza no varíe; de hecho esto es algo que se hace a menudo. Por lo demás, el texto de una canción no es música. Sí son música, o pueden serlo, su entonación, su pronunciación, los recursos que el cantante emplea para enriquecerlo. Pero el texto en sí mismo no es música, ni significa nada musicalmente. Es más: lo bien o mal que un compositor aúne la música con el mensaje del texto, es una mera ilusión. Recuerden lo que decía Stravisnky: la música no significa nada. Es un lenguaje abstracto sin contenido verbal alguno. Cuando nos parece que el mensaje de una canción engarza bien con la música, nos hallamos ante una ilusión. Los escritores de canciones son prestidigitadores.

Si la letra no es estrictamente música, si no la podemos juzgar como música más allá de su aspecto rítmico, ¿bajo qué criterios deberíamos juzgarla? Es un texto que viene con música, pero que tiene un formato verbal, un mensaje que puede ser despojado de sonido e impreso en un papel, para ser leído y analizado según sus virtudes o defectos literarios, con independencia de los elementos musicales que lo acompañaban antes. Exactamente igual que el texto de una obra de teatro, que tampoco ha sido escrito pensando únicamente en sus características intrínsecas como texto. Una obra de teatro no es una novela, sino que se concibe sabiendo que debe ser interpretado y pronunciado en voz alta por unos actores, sobre un escenario, lo cual conlleva determinados condicionantes físicos y temporales que afectan al formato del propio texto. El que la obra de teatro no haya sido concebida únicamente como literatura no nos impide considerarla como tal. Las piezas teatrales de Shakespeare forman parte del canon literario universal, con independencia de que sean llevadas al escenario o no, de que sean mejor o peor representadas por tal o cual compañía. Son textos que los críticos y estudiosos pueden analizar bajo criterios puramente literarios, sin necesidad de asistir a una representación con actores, aunque fueron escritas con esa intención y por ello tienen el formato que tienen. Es más, se le ha concedido el Nobel de Literatura a varios dramaturgos, y sin tanta escandalera.

¿Qué es lo que impide, pues, que las letras de canciones reciban el mismo tratamiento? Máxime cuando hay obras del canon literario universal que fueron compuestas como canciones, que fueron escritas para ser cantadas, aunque las melodías no nos hayan llegado; nadie les niega la condición de obras literarias de pleno derecho. Da la impresión de que una canción debe haber perdido su música en la memoria de los tiempos para que se la llame literatura. De que un texto teatral es bienvenido en el ámbito literario pero la letra de una canción no, por una especie de prejuicio gremial. Si la escenografía no se considera necesaria a la hora de juzgar —literariamente— un texto de Shakespeare, ¿por qué la música de una canción sí? Casi se percibe resquemor hacia un «intrusismo» que quizá lo es desde el punto de vista industrial y sectorial, pero no necesariamente desde un punto de vista creativo.

¿Significa esto que creo que podría ser considerado para el Nobel un guionista de televisión, por ejemplo? Bueno, si los valores literarios de sus guiones, cuando los leemos despojados de imágenes, son lo bastante admirables, ¿por qué no? ¿Qué cosa, me pregunto, debería impedir que un guionista reciba un Nobel por el conjunto de su trabajo? ¿Qué tan distinto es un guionista de un autor teatral? ¿Hasta qué punto marca la calidad de un texto el que haya sido escrito para ser representado sobre tablones o para ser interpretado ante una cámara? ¿Acaso van a ser los diálogos y monólogos peores por ello? ¿Tanto importa el formato? ¿Es peor, literariamente hablando, un texto de Shakespeare si se pronuncia en una película que si se declama en un teatro? Podrá ser distinta la impresión que el conjunto produce sobre el espectador, sí, será distinta su experiencia. Pero el texto será exactamente el mismo. Pues lo mismo cuando un texto va acompañado de música. ¿Sería peor un texto de Shakespeare, sería menos inteligente, menos profundo, menos rico, si alguien lo cantase con una melodía en vez de recitarlo? Quizá nos gustaría menos (a mí el primero), pero ¿es menor el dilema de Hamlet si cantado que si leído? Este es el principal problema que veo en el argumento de «no se le puede dar un Nobel de Literatura a un músico». Lo único que diferencia a quien escribe canciones de quien escribe poemas o de quien escribe dramas teatrales es una percepción consuetudinaria; si hay otros motivos de peso para hacer la distinción hasta el punto de negarles un Nobel por su trabajo, no alcanzo a verlos, y agradecería sinceramente que alguien me lo aclarase, porque así aprendería algo que por ahora no alcanzo a entender. El Nobel no lo concede la industria editorial, no es un premio nacido desde esa industria para ella misma (¡lo fundó el tipo que inventó la dinamita!). Por supuesto, cualquiera puede criticar las decisiones de quienes gobiernan esos premios, no me parece mal. Pero como todo en la vida, esa crítica requiere de argumentos de peso que vayan más allá de los lugares comunes.

STOCKHOLM 1966-09-28 *For Your FIles* Bob Dylan during anpress conference in Stockholm, Sweden April 28, 1966 during his ' Bob Dylan World Tour 1966/ Kod: 151 **SvD OUT**
Bob Dylan, 1966. Fotografía: Cordon Press.

Lo mismo cuando, para desprestigiar esta concesión, se compara a Dylan con otros letristas, manifiestamente peores, tratando de ridiculizar la situación con el chiste fácil de «pues el próximo premio literario que se lo den a David Bisbal». Como chascarrillo me parece bien (bueno, no tan bien), y el propio Bisbal parece acariciar con cariño la idea de que le den un Nobel a él. Pero desde luego no sirve como argumento. ¿Que hay muchas, muchas canciones con letras insustanciales, mediocres o sencillamente vomitivas? Sí, desde luego, pero también se publican muchas novelas y poemarios de pésima calidad, que no por ser deficientes dejan de recibir el juicio que merecen, benévolo o no, dentro del ámbito literario. La expresión verbal es la expresión verbal, con o sin música. Un gran pintor lo puede ser con lienzos al óleo o con acuarelas, o pintando al fresco sobre una pared. También puede demostrar su talento dibujando sobre una servilleta. Un gran escritor lo puede ser creando novelas, o poemas, y también canciones, que son poemas con música.

¿Es Bob Dylan tan buen escritor? Esto, insisto, ya es otra cuestión. Con su componente subjetivo, claro. Podemos discutirlo. Pero hay algo que está claro y que creo que los detractores viscerales de la concesión del premio no han ponderado, reaccionando tan en caliente. Bob Dylan ha ejercido una influencia decisiva sobre un montón de poetas y escritores; muchos de ellos también son poetas que le ponen música a sus textos y por eso los consideramos músicos antes que literatos, pero otros de sus admiradores, en cambio, son literatos «de verdad», que cuentan con el beneplácito de un gremio y una industria, pero que también le deben cosas al señor Zimmerman (cosa que no digo yo, lo dicen ellos). Además, como dice la academia, Dylan fue el hombre que sentó las bases para que el género, subgénero o infragénero de las letras de las canciones recibiese una atención particular y especializada, desde la crítica literaria incluso, como algo que puede estudiarse con independencia de la música. No afirmo ni niego que Dylan sea un gran poeta. Pero no necesita serlo para recibir el Nobel. Su legado, la manera en que modificó la percepción general que se tiene sobre la letra de las canciones, lo justifican.

Los premios Nobel no son como los Óscar. Los Nobel de Física y Química, por ejemplo, no premian al mejor científico del año (si es que hubiese forma de medir tal cosa), sino a aquel que realiza hallazgos importantes en su campo, que deja tras de sí un legado que permite que el conocimiento humano avance. Aquel que deja una huella imborrable en su disciplina. Lo que importa es el peso de su herencia. ¿Dylan no es el mejor escritor? No, no lo es. En su obra hay momentos brillantes; otros momentos no lo son tanto. Con todo, su legado es inmenso. Ha establecido unos cimientos sobre los que se levanta la obra de muchos otros. Recogió una tradición, la personificó en sí mismo y la llevó a las mentes y los corazones de varias generaciones. Directamente, a través de sus propios discos, o indirectamente, a través del trabajo de sus discípulos y de todos aquellos que aprendieron algo de él y lo llevaron a otros campos. ¿Hay alumnos que superaron a su maestro? Seguro. No solamente como autores de canciones. Hay novelistas y poetas que han recibido su parte de influencia dylaniana, y que seguro tienen una obra literaria más sólida. Pero es que ellos no son Bob Dylan, porque no les tocó cumplir ese papel, porque no estuvieron en el momento y lugar indicado para marcar a fuego la cultura que vino después. Dylan se merece el Nobel porque ha tenido un papel histórico enorme, el mismo que sí se les reconoce sin problema a los científicos cuando se les otorga un Nobel por haber aportado cosas nuevas, por haber cambiado las cosas viejas, por haber ayudado a construir.

Si me apuran, creo que incluso muchos de los detractores de la decisión de concederle el Nobel piensan también, en el fondo, de alguna manera, que se lo merecía. Porque Bob lleva años en las quinielas para el galardón y no recuerdo que nadie se escandalizase por ello entonces. Si la letra de una canción es literatura, que lo es, y si hay un letrista en el mundo que debía ser distinguido con un premio literario en representación de los muchos (y a veces muy buenos) letristas del planeta, ese es Bob Dylan. No porque sea el «mejor», que esto no es un concurso de relatos del instituto, sino porque de entre todos quienes escriben textos para canciones, él es el más influyente, y por lo tanto el más importante. Dylan merece el premio en su nombre, y si acude a recibirlo, cosa que mientras escribo está por ver, lo hará en su nombre, pero también en nombre de Springsteen, de Phil Lynott, de Leonard Cohen.

En realidad, nada de esto es nuevo. Quizá recuerden aquella infausta noche en el festival de Newport de 1965, cuando a Dylan lo abuchearon, muy ruidosamente, por atreverse (¡horror!) a colgarse una guitarra eléctrica. ¡Un cambio! ¡Una novedad! ¡Algo que se sale de lo normal! Está filmado; pueden encontrar los vídeos con facilidad. Aquellos abucheos ponen los pelos de punta. Estoy seguro de que Dylan lo pasó mal aquella noche, porque aún era joven y con su cambio de rumbo musical de verdad se la jugaba frente a un público que iba de moderno pero que resultó ser bastante más reaccionario de lo previsto. No debió de ser una experiencia agradable. Ahora, supongo, estas cosas le importan bastante menos. Es decir, ¡es Bob Dylan! Sabe que está por encima del bien y del mal. Y aunque no lo supiera, sabe más el diablo por viejo que por diablo; lo ha vivido todo en su profesión, en su trayecto vital. Y ni aunque le importase. Hoy, cuando vemos las imágenes de aquel Newport en el que el hasta entonces héroe del folk era tratado como un apestado, no es Dylan quien queda en evidencia, sino quienes lo abucheaban con cavernario encono, que bien podían haber mostrado su disgusto de manera un poco más delicada. No aplaudiendo, o marchándose. Pero ya ven que, cuando se trata de Dylan, hay cosas que nunca cambian.

Pese a lo que decía su canción.

STOCKHOLM 1966-09-28 *For Your FIles* Bob Dylan during anpress conference in Stockholm, Sweden April 28, 1966 during his ' Bob Dylan World Tour 1966 Foto: Olle Lindeborg / TT / Kod: 190
Bob Dylan, 1966. Fotografía: Cordon Press.

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