
La felicidad tiene mejor prensa que la tristeza. Sus manifestaciones en el rostro también. Al ser humano se le tiene casi censurado el llorar, pero se celebra la sonrisa, sin importar el motivo. Existe un bombardeo cotidiano argumentando que «es preferible reír que llorar». Este ingrediente se mezcla con otro muy habitual en nuestros tiempos, el culto a lo bello, para dar cabida al desarrollo de una disciplina cada vez más promocionada en diversas ramas de la medicina, la estética. En odontología es frecuente ver congresos sobre el tema, encuentros, reuniones y clínicas privadas que se especializan en «estética dental».
Adornos en la boca
Investigando sobre historia de la odontología se constató que, antes de los primeros empastes por caries, los «médicos-brujos» que hacían de dentistas se dedicaban a la estética. Los mayas, por ejemplo, perforaban sus dientes para incrustarles piedras de jade. También los aztecas y los incas se especializaron, por motivos religiosos, en el tallado dentario, la coloración y la incrustación de piedras preciosas. No fueron quienes acuñaron la frase «para presumir hay que sufrir», pero podrían haberlo sido.
Los etruscos fueron los primeros que, quizás más allá de lo religioso, realizaron reposición de piezas con diversos materiales, conchas marinas, dientes de buey. Con metales nobles hacían prótesis dentales muy elaboradas, sosteniendo huesos u otras piezas muy trabajadas por artesanos.
También los egipcios incrustaban piedras preciosas, como adorno o por motivos religiosos, para marcar el linaje. Al parecer fueron los primeros en usar crema dental para la higiene. Algunos autores aseguran que usaban orina como enjuague bucal. Quienes defienden la «orinoterapia» rescatan esa costumbre. Los enjuagues, no con orina por cierto, también se cree que se usaron en la Roma antigua, junto con la costumbre de limpiar los dientes con palillos. Aunque el cepillo de dientes actual fue un invento de la China antigua (de la región, no de una anciana oriental).
Este artículo de nuestro archivo está completo para lectores registrados. Registrarse es gratis y solo lleva un minuto.






Pingback: Dientes de juguete – El Sol Revista de Prensa