Sociedad

Raqqa más allá de Raqqa

Fotografía: Ricard García Vilanova

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Kobane quedó destruida en más de un 70 % en los combates contra el ISIS.

El sorpresivo avance sobre el Estado Islámico de una coalición interétnica respaldada por Washington en Siria deja a su paso el germen de un experimento político sin precedentes en Oriente Medio. Sus líneas fueron trazadas por un disidente kurdo en prisión desde 1999.

«Mohamed, ¿cuál es tu casa?».

El chaval señaló hacia el escombro sobre el que se alzaba otro edificio sin tripas. Un día vivió en el segundo piso. Había que imaginarse tres habitaciones, un baño y un hermoso balcón con rejas que albergaba un gallinero.

Mohamed, árabe de veintisiete años, nunca había empuñado un arma, pero sabía francés. Podía ayudar con la prensa por lo que, aquel día de agosto, convenció a sus mandos para que le dejaran acompañar a los periodistas. Una hora más tarde era escupido desde un vehículo blindado sobre el fantasma de lo que una vez fue su barrio. En otra vida Mohamed había sido profesor de instituto hasta que el EI cerró las escuelas de Raqqa y echó la persiana sobre las vidas de más de doscientas mil almas como la suya. Había abandonado la ciudad hacía dos meses tras pasar otros dos preso. Los yihadistas lo molieron a palos. Uno se podía acostumbrar a la falta de tabaco o de música; a la barba, a los dobladillos del pantalón cosidos a la altura de las pantorrillas e incluso a las ejecuciones públicas de asistencia obligada. Pero la tortura era otra cosa. Logró escapar, de noche, atravesando a nado uno de los canales que irrigan el Éufrates sobre este desierto. Luego se unió a las fuerzas que luchan por expulsar a los extraños de su ciudad.

Fue en la primavera de 2013 cuando una amalgama de grupos yihadistas se hizo con el control de Raqqa hasta que, en 2014, la ciudad se convirtió oficialmente en la capital del Califato en Siria. La única forma de poner fin a una pesadilla que duraba ya cuatro años parecía pasar por arrasarlo todo desde tierra y aire, como en Sirte o Mosul —las otras plazas fuertes de los yihadistas—. El paisaje lunar resultaba recurrente, pero los matices apuntaban a escenarios radicalmente distintos. Congelemos la imagen para distinguir a Mohamed —árabe, como ya hemos dicho— enrolado en las filas de una coalición multiétnica respaldada por Estados Unidos, pero que lideran kurdos afines a un movimiento incluido en la lista de organizaciones terroristas: el Partido de los Trabajadores de Kurdistán, o PKK. Reducir el capítulo de Raqqa a la mera expulsión de los yihadistas de su bastión sirio es perderse la película entera.

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2 comentarios

  1. La verdad es que Zurutuza se lo está currando, sus escritos bien pueden acabar en un libro de referencia sobre el secesionismo kurdo en el contexto de las guerras de Oriente Medio.

    Eso sí, no dejan de suponer un blanqueo del intervencionismo americano y un aval de secesionismos más cercanos.

    Por cierto, si enfocamos siempre los conflictos bélicos por el lado humano, salen piezas literarias preciosas, pero luego, siempre, hay que dejar el idealismo moralista y pasar a la realidad de la política.

    «Municipalismo libertario», sí, la delicia de un cupaire, pero creo que los pueblos de Oriente Medio necesitan otras cosas: menos fragmentación (ni siquiera bajo el velo de las identidades), menos integrismo islámico (ni EI, ni tampoco al-Qaeda en sus diversas expresiones), menos yanquis husmeando, más soberanía con Estados fuertes…

  2. Pingback: Siria, los kurdos y la Tercera Guerra Mundial - Jot Down Cultural Magazine

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