
Recuerdo haber sacado de la biblioteca Archipiélago Gulag cuando estudiaba en el colegio, pero no conseguí terminarlo. Me pareció un libro grueso y tedioso. Leí unas cincuenta páginas y lo dejé… Aquello me parecía algo tan distante como la guerra de Troya. El tema de Stalin está muy sobado. Ni mis amigos ni yo nos interesamos demasiado por él…
(El fin del «Homo Sovieticus», Svetlana Alexiévich).
«Venga, prueba un poco, es coñac armenio», me dice uno de ellos mientras me llena el vaso de plástico. Las brasas chisporrotean y el humo sube hacia las altísimas copas de los árboles, entre las que apenas pasa el sol del atardecer. Las salchichas se queman y un perro las intenta robar con sigilo. Evgenia, mi anfitriona, le pega un grito en ruso y viene hasta ella con ojos lastimosos.
—Ven, te voy a presentar a mi amiga, hoy celebramos su cumpleaños, trabaja como directora de teatro… Bueno, en realidad ahora trabaja de otra cosa, pero su familia siempre se ha dedicado a la cultura. ¡Aquí está!
Nos damos la mano.
—¿Y cómo es que has venido a Bielorrusia? Ah, ¡te gusta Alexiévich, qué bien! ¡Es magnífica, es muy buena! Aquí la gente solo viene por Lukashenko, o para decir que ha estado en un país raro…
El grupo, unas diez personas, sacan cervezas rusas de sus mochilas. Hay informáticos, profesores de idiomas, directores de documentales. Saben hablar algo de inglés. Algunos, al tercer vaso de coñac, critican al gobierno y a Rusia. Me cuentan sus viajes por Europa. Todo se alegran de que haya leído a Alexiévich.
Poco a poco el sol va cayendo y el bosque, la frontera que rodea Minsk, va volviéndose negro. Hoy mismo he llegado a la ciudad. El trayecto desde el aeropuerto ha sido hermoso: grandes campos amarillos y verdes, árboles estirados y frondosos. Apenas había carteles publicitarios o fábricas suburbiales. La carretera era un surco mínimo en una naturaleza ancha.
—¿Te cuento un secreto? —me susurra Evgenia, mientras se le escapa la risa—. ¡En realidad nunca he leído a Alexiévich!
*
Paseo por el centro de Minsk, soleado, calmado y de aromas soviéticos. Uno puede encontrarse fácilmente con los temas que Alexiévich ha relatado en sus libros. Por ejemplo, cuando camino junto al borde del río Svíslach con Olga, otra bielorrusa de Minsk, nos topamos con una pequeña isla artificial en la que se erige un monumento en forma de iglesia alargada, blanca y negra, casi como un obelisco. Cruzamos un pequeño puente y nos acercamos. Se llama «la isla de las lágrimas». Veo que de las paredes del monolito salen estatuas de mujeres cubiertas con velos, de color ébano. Algunas se tapan la cara con ambas manos, otras tienen rostros neutros o doloridos. Parecen fantasmas.
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A ver, setenta años de miserias formidables y grandezas maravillosas no se zanjan de la noche a la mañana.