Día uno: Hemos logrado entrar en Libia

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En Zuwarah las calles no tienen nombre. Pero no es un tópico, sino un hecho. Tampoco importa demasiado, porque ya nadie manda cartas, ni aquí ni allí, y en Zuwarah tampoco llegan recibos.

Alguien me contó que, en 2012, se creó un cuerpo de inspectores cuya misión era ir casa por casa para cobrar la luz, el gas y la electricidad. Aquello duró poco: las reacciones iban desde del «si mi vecino no paga no voy a ser yo el primo que lo haga» antes del portazo en las narices, al más contundente tiro en la cabeza después de una acalorada discusión. Hay muchas armas en Libia; tocan a unas cuatro por cabeza, niños incluidos. Durante la guerra en 2011 todo el mundo se las llevaba de cuarteles, búnkeres y demás lugares que la soldadesca abandonaba en estampida. Los primeros en llegar salían montados en algunas de las Harley Davidson, que aún se pueden ver circular por Trípoli; luego estaban las armas, y se seguía con puertas y ventanas que se ataban a las bacas de los coches; parecía que iban a despegar. Lo único que quedaba solían ser los uniformes que dejaban los soldados antes de huir y los carteles de Gadafi en las paredes.

Netflix no habría podido competir con aquella guerra tan televisiva: todavía estoy viendo a un tipo con gafas de piloto de la Segunda Guerra Mundial  y camiseta de Slayer gritando «Dios es el más grande» desde un coche negro al que le habían arrancado las puertas y el techo. Decían que los aligeraban para que no activaran las minas anticarro, pero todos sabíamos que era puro postureo. Y luego estaba aquel villano de Mortadelo y Filemón… Recuerdo haberlo visto en la tele por primera vez durante una visita al canal de Suez y diría que iba enfundado en un buzo de esquí Descente. Eran los salvajes ochenta.

Hace pocos días días se cumplían siete años de su linchamiento a manos de los hijos del metal. Las imágenes fueron tan duras como grotescas, y el discurso que escenificó el final de la guerra no desmereció: la primera medida del nuevo gobierno iba a ser «revisar la ley sobre la poligamia». Con Gadafi también existía, pero el hombre necesitaba el consentimiento firmado de su primera mujer para casarse con la segunda. Mahmud Jibril, otro personaje de Ibáñez, comunicó a la población masculina que ya no necesitarían el beneplácito legal de su esposa para añadir otra más al lote. Lo hizo desde el balcón del castillo rojo de Trípoli, y antes incluso de hablar de la reconstrucción del país y de su sociedad civil. Con un par.

Para entonces parecía que ya no quedaba nada por arrancar de paredes, suelos y mentes, pero desintegrar un país lleva su tiempo. Las carreteras se agrietan y las alcantarillas revientan; la arena se come las ciudades y los libios de la costa se quedan sin agua cuando alguien encierra al primo de un hijo del desierto: es tan fácil como cerrar el grifo de agua fósil que Gadafi extrajo de las entrañas del Sahara. Eso sí que lo hizo bien.

Hoy la infraestructura más sólida en Libia es, sin duda, el ferrocarril. El que sea el único país del Magreb sin tren no impide que 800 trabajadores del servicio sigan cobrando. Piensen en esas 800 familias, o en las que los sueldos llegan de los guías turísticos.

Ya con el fin de semana encima, muchos en Zuwarah se plantean una escapada a las montañas para respirar aire fresco. No he dicho que este es un pueblo bereber arrinconado entre el Mediterráneo, la frontera de Túnez y un arco de pueblos árabes. Se llevan a matar pero, con suerte, los vecinos del sur tendrán algún bodorrio que permita el tránsito hasta las montañas sin problemas. Me explico: a los árabes les gusta hacer las fotos de las bodas en la playa y, ya de paso, se quedan. Como la fiesta se alarga hasta las carreras de coches por la orilla (son kilómetros de playa de arena blanquísima), sus primos en la milicia no tienen otra que dejar pasar a los de la costa sin tocarles un pelo, no vaya a ser que la boda acabe en desastre.

En las montañas suele ocurrir algo parecido: cuando los de Nalut arrestan a dos, los de Zintán se quedan con otros dos. El intercambio de prisioneros se suele hacer en un restaurante de carretera a medio camino donde sirven un buen pollo. Tras el canje, se suelen quedar todos a comer, aunque en mesas separadas.

Todo esto tendría cierta gracia si no fuera tan absolutamente devastador. Van ya siete años de desintegración no televisada, y ni siquiera contada. Hace tiempo que no se dan visados a periodistas, y alguien nos ha dicho hoy que es un milagro que estemos aquí.

Pero el milagro es que estén ellos.

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3 comentarios

  1. juancm

    Gracias por la crónica, Karlos. Aportas un poco de luz a lo que ocurre en Libia y en España no vemos. Una pena que la sociedad estemos tan desinformada.
    Un saludo y gracias de nuevo.

  2. Iñaki OTANO

    Que malo era Gadafi y que bonito está ahora. Os ha quedado de maravilla el país.

  3. Alejandro

    ¿Se sabe cómo está hoy en día la vida en Libia? ¿Sigue ese teórico mercado de «esclavos»?
    Muchas gracias.

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