Amor barroco, sexo rococó

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L’amore frivolo, Nicolas Lavreince, ca.1780 .

¡A follar todo el mundo! —permitió entonces el regente, harto y cansado.

Como contamos hace unos años a raíz del extraordinario ensayo de Elizabeth Roudinesco Nuestro lado oscuro (Anagrama. 2009), con la Revolución francesa la burguesía echó mano del higienismo para promover un tipo de sexualidad que sería eminentemente romántica. Atrás debían quedar todos los imaginativos excesos sexuales cometidos por la aristocracia en sus palacios impenetrables. Había llegado lo racional, que aplicado al sexo, un impulso ciertamente animal, abrió una nueva etapa de represión.

Si tomamos como ejemplo un pequeño extracto de Sade que citaba la filósofa francesa, podemos apreciar someramente el nivel al que había llegado la fiesta de la nobleza en el último par de siglos:

El libertino deberá disfrutar de ellas inventando hasta el infinito el gran espectáculo de las posturas más irrepresentables. Deberá encular al pavo y cortarle el cuello en el momento de la eyaculación, luego acariciar los dos sexos del hermafrodita, arreglándoselas para tener entre la nariz el culo de la vieja mientras esta defeca y en su propio culo al eunuco follándolo. Tendrá que pasar del culo de la cabra al culo de una mujer, luego al culo del niño mientras otra mujer le secciona el cuello al pequeño. Me follé al mono, de nuevo al dogo pero por el culo, al hermafrodita, al eunuco,  a los dos italianos, al consolador de Olympe: todos los demás me masturbaron, me lamieron y salí de tan nuevas y singulares orgías tras diez horas de los más estimulantes goces.

No sé ustedes, pero yo leo estas cosas y me entran ganas de haber estado allí a ver si la creatividad de Sade tenía base en la sociedad que habitaba, la cual ha sido erotizada hasta la extenuación en la imaginación contemporánea. Para satisfacer algunas de estas dudas podemos consultar un libro que salió hace un par de años, Una historia erótica de Versalles, de Michel Vergé-Franceschi y Anna Moretti (Siruela, 2017).

El capítulo relativo a la época que nos interesa comienza recordando el estribillo de una canción popular de 1701 entonada a la muerte de Felipe, duque de Orleans. Decía así: «Felipe ha muerto con la botellla en la mano. / El proverbio que dice que el hombre muere como ha vivido / es muy poco cierto. / Él nos muestra todo lo contrario, / Porque si hubiera muerto como vivió, / habría muerto con un pene en el culo».

Durante su célebre regencia, un amigo suyo de la infancia, el abate de Choisy, dejó su huella en los textos de la época. Era un cura al que le gustaron los hombres y las mujeres y que le encantaba travestirse. También Ninon de L’Enclos, dama que a los setenta y cuatro años se acostaba con los hombres de dos en dos «porque el tiempo empezaba a apremiarla y veía que era necesario tomar los bocados de dos en dos». Esas eran las celebrities.

El duque solo era un homosexual, como muchos había en la corte y en una situación de discreción, pero con tolerancia y aceptación entre la aristocracia. Entre aquella nobleza la bisexualidad era habitual. Aquello se llamaba «el vicio italiano». Según testimonios de la cuñada de Luis XIV, en 1701, «se ocultan todo lo que pueden para no ofender al vulgo. [Pero] entre gente de calidad se habla de ello abiertamente. Estiman que es una gentileza y no se cansan de decir que, desde Sodoma y Gomorra, nuestro Señor no ha vuelto a castigar a nadie por ese motivo».

Durante esta maravillosa regencia el ambiente de las fiestas que se organizaron en Vesalles se puede percibir por muchos testimonios, como este del duque Saint-Simon:

Las cenas del regente eran siempre con compañías muy extrañas: con sus amantes, a veces con jovencitas de la Ópera, a menudo con la duquesa de Berry, algunas señoras de dudosa virtud y algunas gentes sin apellido, pero que brillaban por su ingenio y su libertinaje (…). [Se veía allí] una libertad que era licencia desenfrenada. Las galanterías pasadas y presentes de la corte y de la ciudad (…), no faltaba nada ni nadie […]. Se bebía mucho, el mejor vino; se acaloraban, se decían palabras soeces a voz en grito, impiedades cada vez mayores, y cuando ya habían hecho ruido y estaban bien ebrios, iban a acostarse y volvían a empezar al día siguiente (…) Todo el mundo está desnudo. Hasta la hoja de vid está prohibida en estas bacanales. Todos hacen el amor. Todos se acuestan con todos. Las parejas se intercambian alegremente.

Entre esta jet destacaba un personaje: María Luisa Isabel de Orleans, apodada Joufflote «rellenita». Era la hija del regente. Las coplas populares la convirtieron en amante de su padre. Era bien conocida del populacho, pues se hacía anunciar con trompetas cuando paseaba por París. De niña había posado desnuda para su padre. Cuando se estableció en el palacio de Luxemburgo su comportamiento escandaloso llevó a Voltaire a referirse a ella como «esa Mesalina», por lo que fue encarcelado en la Bastilla en 1717 y bien le estuvo, por cotilla. En su propia clase social se la veía como «alta hasta la locura, baja hasta la última indecencia». Cuando murió, con solo veinticuatro años, Moufle d’Angerville, escribió que su padre «lloró su muerte más como amante desesperado que como un padre afligido».

Jeune femme à sa toilette, de Nicolas Lavreince, ca.1780. Cubierta de Una historia erótica de Versalles.

Más adelante, otra trayectoria destacada fue la de Jeanne-Antoinette Poisson, la marquesa de Pompadour, apodada en vida «la primera puta de Francia» o «Ramera subalterna» en las coplas populares. Mientras el rey la colmaba de regalos el pueblo encrudecía sus sátiras sobre ella. El rey le obsequió con el palacio de Crécy, seis hectáreas en Versalles, el palacio de la Celle, el palacete de Évreux —que es el actual palacio del Elíseo—, el palacio de Menars y la tierra de Nozieux. Su mérito: simplemente disfrazarse para el rey de todas sus fantasías: criada, soldado, granjero, oriental…

Antes, en el Vaticano, según cuenta Enric Frattini en Los papas y el sexo (Espasa, 2011) había también una mujer al nivel de Jeanne-Antoinette. Era el caso de Olimpia Maidalchini, amante de Inocencio X. Tanto la quería el pontífice que el donativo que tras ser elegidos los papas donaban a los pobres se lo dio a ella. Fueron quince mil coronas. En algunas iglesias se borró el nombre de Inocencio y se escribió el de su amante para protestar por su influencia.

Tal era la situación que, cuando Clemente XI se convirtió en papa, dio orden de albergar en edificios religiosos a las personas que se habían quedado sin hogar tras el terremoto de Roma de 1703. El sexo entró pues de forma masiva en la iglesia: «Muchas quejas de fieles se sucedieron durante ese año, debido a que algunos sacerdotes exigían sexo a cambio de techo y comida».

Después, en el papado de Benedicto XIII, era el propio Vaticano quien mostró preocupación por la conducta de los frailes y sacerdotes. Un teólogo cercano al pontífice escribió:

Bastante malo es ya lo que se ve a la luz del día. El sentido del pudor me impide reflejar el modo de vida de las monjas. Las esposas de Dios son reclutadas por los nobles y las relaciones sexuales entre príncipes y monjas tienen una gran tradición. En la mayor parte de los conventos los viajeros disfrutan de una hospitalidad como la que puede encontrarse en cualquier burdel. Muchos conventos son antros de corrupción en toda regla y a veces son convertidos en casas de placer.

Ya en el papado de Pío VI, iniciado en febrero de 1775, se consumó uno de los mayores escándalos de esta época, cuando el arzobispo de París —tenía que ser París, que diría Fabio McNamara—, protestó por en lo que se habían convertido las asociaciones del movimiento de flagelantes, el que preconizaba que se podía uno salvar al margen de la Iglesia solo con el propio martirio. En los círculos donde se supone que debía encontrarse la más entregada devoción lo que había era desparrame:

«Extrañas asociaciones de flagelantes donde, principalmente mujeres casadas, aburridas del convencionalismo del matrimonio y de la fría indiferencia que por lo general conlleva, han resuelto revivir el éxtasis que experimentaban al principio de su vida conyugal». En cada reunión, seis mujeres de la nobleza se encargaban de flagelar a otras seis mujeres. El castigo se infligía con una gruesa vara «hasta que la piel blanca como la leche se tornaba rojiza». «Estoy seguro de que estos castigos no se hacen como penitencia, sino como un simple y desvergonzado placer sexual».

Donde se supone que todas estas prohibiciones se tomaban en serio era en España. Cerrada a cal y canto por la Contrarreforma, el país se habría mantenido libre de perniciosos escándalos como los citados. Sin embargo, según cita Juan Eslava Galán en su Historia secreta del sexo en España, (Temas de hoy, 1991) un viajero inglés, Francis Willughby, que recorrió el país en 1673, escribió: «En fornicación e impureza los españoles son la peor nación de Europa».

Para tomar el pulso a la sociedad del momento se cita a Amaro Rodríguez. Un forjador que enloqueció cuando descubrió que su mujer le era infiel. Fue ingresado en el hospital San Marcos de Sevilla, pero cogió la costumbre de improvisar sermones contra los religiosos y algunos de ellos se recogieron por escrito. Uno decía así:

Solo digo, señoras, que aunque seáis putas, aunque tengáis seis maridos como la samaritana, si os arrepentís y os dejáis de putear, os podéis salvar (…) lo digo de parte de Dios; y tú, cornudo que te ríes, di: Me pesa de haber tenido más cuernos que el almacén del matadero.

Según Marañón, sigue la obra, la vida sexual española de esa época fue puro sadomasoquismo como el que apasionaba a la aristocracia francesa a causa de la implacable represión que ejercía la Iglesia sobre los placeres. En las procesiones había lujuria. En un informe que adjuntaba el libro se decía:

Lo que menos se trata o se piensa es de Dios y lo que más de ofenderle. Salen a ver dicha procesión muchas mujeres enamoradas y compuestas y llevan meriendas (…) y las mujeres hacen señas a los cofrades (…) y hay mucho regocijo en un día tan triste y en cuanto anochece hay muchas deshonestidades (…) Los cofrades habían concertado un Viernes Santo a dos rameras muy hermosas que salieran a la procesión en el ejido de la Coronada y que saldrían con ellas a las huertas y se las llevaron a una acequia y allí se habían metido y habían tenido acceso carnal con ellas, pues en cuanto anochece hay muchas deshonestidades.

Joven recostada —probable retrato de Marie-Louise O’Murphy, amante de Luis XV— de François Boucher, 1751

La mujer, recluida en casa, para escapar de la lacerante soledad de su encierro lo que hacía era multiplicar la asistencia a misas y devociones varias donde se encontraba con tanto personaje deshonesto. Inventamos el cruising. Según Galán, otro viajero, esta vez francés, se escandalizó, lo que tiene mérito por nuestra parte, y escribió: «No se avergüenzan de servirse de las iglesias para teatro de vergüenzas y lugar de citas para muchas cosas que el pudor impide nombrar».

Y la sociedad no era ciega. La burla de lo decente, a la imposición, no faltó. Pedro José Echevarría, un estudiante, se las tuvo que ver con la Inquisición por escribir sobre el adulterio que «si Dios no perdona este pecado, podría llenar el cielo de paja». Quevedo bromeó con que se podía fundar una orden para la redención de mal casados, como las que había para liberar cautivos. Y Cervantes, un excautivo, opinó «en las repúblicas bien ordenadas había de ser limitado el tiempo de los matrimonios, y de tres en tres años se habían de deshacer y confirmarse de nuevo».

La prostitución estaba extendida a todos los niveles, aunque se diera orden de clausurar todos los burdeles en 1623. Lo que es más llamativo es la existencia de consoladores para las mujeres, como atestiguan documentos de la Inquisición, y gigolós.

Otras preferían reclutarlos personalmente. En los Avisos de Barrionuevo correspondientes a 1657 leemos: «Detuvieron a un hombre por maltratar a una mujer y declaró ante el juez: Señores, soy casado y con seis hijos. Salí anteayer desesperado de casa, por no tener con qué poderles sustentar y paseando por la calle de esta mujer me llamó desde una ventana y diciéndome que le había parecido bien me ofreció un doblón de a cuatro si condescendía con ella y la despicaba, siendo esto por decirla yo que era pobre. Era un escudo de oro el precio de cada ofensa a Dios. Gané tres, desmayando al cuarto de flaqueza y hambre. Ella me quiso quitar el doblón y no pudo, y a las voces llegó este alguacil que está presente».

En Inglaterra las instituciones se desesperaron por acabar con la prostitución. En 1700 había en Londres más de una docena de grupos organizados que perseguían «el vicio», detalla Faramerz Dabhoiwala en The Origins of Sex: A History of the First Sexual Revolution (Penguin, 2012). Entre 1694 y 1707 se publicaron listas negras con los delitos que había cometido cada «delincuente sexual» completamente detallados. Lo que tenía que ser muy interesante de leer.

Una situación mucho mejor que la que se debía vivir, por ejemplo, en Escocia, donde Julie Peakman, según publicó en Pleasure’s All Mine: a History of Perverse Sex (Realtion Books, 2013) encontró documentación de que en 1732 hubo sociedades secretas de hombres para masturbarse. Quedar de adultos para hacerse pajas como actividad insurgente contra el orden establecido. Una sociedad amena.

Era una época de conmoción e inestabilidad, porque la Reforma había creado debates sobre si existía pecado o fornicación si un soltero dormía con una mujer. Lo mismo que llegó a discutirse en la incipiente prensa la oportunidad del amor libre. Se entendía que las normas morales del cristianismo provenían del hombre, y no de Dios. Todo debía tener una  base lógica y verificable.

Es curioso, porque revisando todas las citas de este libro sale que ya existían visiones claras e inequívocas que serían exportables para hoy en día. Un ejemplo definitivo fue el consejo que le dio el reverendo Charles de Guiffardière, que luego fue favorito de Jorge III, a un chaval. Si eliminamos la coletilla final, que haría referencia a la pregunta que hubiera hecho el muchacho,  podríamos decir que este hombre era todo un arquitecto del sentido común.

Créeme, la moral de nuestros corazones es la única moral que tenemos para guiarnos, y esa asquerosa masa de preceptos que la gente ya no lee, que se derivan de no sé qué principios absurdos, está hecha solo para aquellas almas groseras, torpes e incapaces de alcanzar esa delicadeza del gusto que permite a un alma bien nacida sentir todo lo que es digno de ser amado en virtud y odioso en el vicio, independientemente de las ridículas razones expuestas por nuestros sabios… Sobre todo, dedícate a las mujeres.

Pero si por algo es llamativo este fragmento es porque hasta bien entrado el siglo XX no cobró verdadera relevancia un mensaje de estas características. Incluso nos tendríamos que remontar a muy pocas décadas atrás para hacerlo extensivo a las mujeres. Ni siquiera hoy se puede decir que la abundante literatura popular de consejos sexuales abogue por la independencia y autonomía personal como el padre Guiffardière en esta alocución. Sin duda se trataba de un sabio, esa palabra que tanto asco le daba, precisamente porque lo era.

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8 Comentarios

  1. Yo tengo la mala costumbre de seguir este sitio por rss, y cuando el artículo me parece interesante pues entro y lo leo. Antiguamente se podía leer el artículo entero desde el rss, pero desde hace algún tiempo solo se ve el comienzo, me parece muy bien que queráis que vengamos a la web y ganar visitas, pero… ¡¡¡cojones!!! estoy harto de encontrarme con un «la página no existe» una y otra y otra vez, es realmente frustrante. Si queréis que vengamos a la web que haya algo cuando lleguemos porfa, que lo que no se encuentra la página ya me lo he leído demasiadas veces.

      • Pos se ha perdido el mail XDDDDD Ahora (23:30) me acaba de pasar lo mismo con «Roma» y el destino de los subalternos que según Feedly se publicó hace 2 horas, he hecho una captura de pantalla por si acaso

  2. Idem que Victor, y es algo que sucede a menudo.

    Hoy mismo he tenido aviso de un artículo titulado «Roma y el destino de los subalternos» que luego no está en la web. Uso Feedly.

  3. La duquesa de Berry tenía veinte años al comienzo de la regencia. La muerte de Luis XIV y el acceso de su padre a la Regencia la convirtieron en primera dama del reino, liberándola de todo limite en su búsqueda del placer. Instalada en el Palacio del Luxemburgo en septiembre de 1715, lo convirtió en escenario de su libertinaje. Usurpando honores reales, se rodeó de una guardia privada con hombres vigorosos a quienes escogía personalmente para luego comprobar sus competencias sexuales. La princesa voluptuosa no habia conseguido darle un heredero a su esposo, a pesar de su fertilidad que no hace falta demostrar. Parece que no usaba ningún método contraceptivo en sus muchas aventuras amorosas porque la « fecunda Berry » no logró prevenir repetidos embarazos. Viuda desde mayo de 1714, la duquesa de Berry honró la memoria de su esposo cayendo embarazada a fines de abril de 1715. Luis XIV aùn vivia y la joven viuda tuvó que ocultar su estado deshonroso, ais que relanzó la moda del vestido volante cuyo amplitud le permitía disimular su vientre abultado. A principios de enero de 1716, participó activamente en los bailes de carnaval que su padre acababa de organizar en la ópera, luciendo su enorme barriga de 8 meses que su suntuoso vestido volante ya no lograba ocultar. Tres semanas mas tarde, la duquesa se encerró varios días en su habitación del Palacio de Luxemburgo, bajo el pretexto de un fuerte resfriado, Pero se rumoreaba en todo París que la bella princesa, llegada a termino, sufría los dolores del parto. La princesa fué entregadada de una niña que falleció a los tres días, Canciones satíricas difundieron en todo París noticias de este nacimiento ilegítimo. Algunos satíristas, burlandose de la promiscua joven subrayaban que por tener tantos amantes la « Mesalina de Berry » no era capaz de identificar al padre de su bastarda. Otros, incluso el joven Voltaire, atribuyerón la paternidad de esta niña a las obras del regente, acusando a la duquesa de Berry de fornicar con su propio padre. Desde los principios de la Regencia, la duquesa de Berry era la protagonista de las cenas licenciosas y fiestas orgíasticas organizadas a puertas cerradas por su padre en el Palais-Royal y en su propio palacio del Luxemburgo. Oficiante principal de los ritos báquicos y orgiásticos que a veces se escenificaban entonces ,la duquesa de Berry era sin rival en su fiebre lujuriosa e insaciable, copulando frenéticamente con los invitados de su padre, los « roués, » y también con sus criados y guardias..

  4. En el otoño de 1718, por todo Paris se rumoreaba del nuevo embarazo de la duquesa de Berry. Según Saint-Simon el progenitor era su amante predilecto, el conde de Riom, teniente de su guardia personal. El »Edipo» de Voltaire se estrenó el 18 de noviembre 1718 en la Comédie-Française. El regente estuvo presente en el estreno y felicitó a Voltaire por su éxito. El público entendió que el personaje de Edipo aludía al regente y el de Yocasta a la duquesa de Berry. Esta princesa también estuvo presente en el estreno, entrando al teatro escoltada por las damas de su corte y su guardia personal. La joven viuda llamó mucho la atención por la redondez de su silueta. Sumandose a los rumores difundidos desde semanas por todo Paris, el engrosamiento notable de su cintura, que en vano intentaba tapar bajo los pliegues de su lujoso vestido volante, confirmó al público que estaba embarazada y esta gravidez visible inspiró comentarios picantes entre los espectadores sobre los supuestos amores incestuosos de la «Mesalina de Berry» con el regente y por lo tanto contribuyó al éxito público de la tragedia. El 7 de diciembre 1718, la duquesa de Berry vino a la Académie Royale de Musique (la Ópera de París) y vio una actuación de «Sémiramis», recién estrenada. Acompañada por unas treinta damas de su corte, se sentó en un silla real puesta sobre una plataforma en el anfiteatro, Una barrera colocada en el medio del anfiteatro les separaba del resto del público. Usurpando honores reales, mientras dejaba lucir su embarazo, la «fecunda Berry» escandalizó a los espectadores, asombrados por su descaro.

    El 11 de febrero 1719, la duquesa de Berry asistió a otra representación de »Edipo», en honor a su sobrino Luis XV, en el palacio del Louvre. Estaba sentada al lado del niño rey. La sala estaba llenísima y, afectada por el calor, se sintió mal y se desmayó cuando alguna alusión teatral a la maternidad incestuosa de Yocasta fue muy aplaudida por el público. Malas lenguas rumorearon de repente que «la Berry-Yocasta» iba dar a luz a Eteocles en medio de la actuación, pero se abrió una ventana y la joven embarazada se ​​recuperó de su desmayo. En febrero de 1719, la princesa participó en los bailes de carnaval hasta las cuatro de la mañana a pesar de su embarazo avanzado. El 20 de marzo, muy cerca de su alumbramiento, la duquesa presenció a «Sémiramis» por segunda vez, en compañia del regente y de una de sus hermanas, ambos sentados al lado de su silla real.

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