Las guerras del Opio: cuando el gigante chino despertó de su letargo

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Fumadero de opio, China, 1901.

Conceda Su Alteza, en el mismo momento de recibir esta comunicación, informarnos lo más prontamente posible del estado actual de la cuestión, así como de las medidas que estéis adoptando para detener ese mal llamado opio. Por favor, que vuestra respuesta sea rápida. De ningún modo pongáis excusas o lo dejéis para otro día. Se trata de una comunicación de la mayor importancia.

PS: incluimos como anexo un resumen de la nueva ley que estamos a punto de aplicar:

—Sobre cualquier extranjero o extranjeros que traigan opio a la China continental con intención de venderlo: el responsable principal será decapitado, sus ayudantes serán estrangulados, y toda propiedad hallada a bordo del barco será confiscada. Se concede el periodo de un año durante el cual, si alguien trae opio por error pero voluntariamente lo declara y lo entrega, será absuelto de todas las consecuencias de su crimen. (Extracto de la carta de Lin Hse Tsu, comisario imperial de China y gobernador de Cantón, a la reina Victoria de Inglaterra, 1839).

El 11S de la China imperial

El sueño había terminado. El espejismo de la Gran Muralla, de la milenaria inviolabilidad del Imperio, se había desvanecido para siempre. En 1860, un contingente —no especialmente numeroso— de tropas británicas y francesas profanaba uno de los sacrosantos símbolos de la dinastía imperial china: el fastuoso Palacio de Verano, erigido en las afueras de Pekín por el pretérito emperador Qianlong. Los chinos se sintieron profundamente sobrecogidos por aquel suceso. Para ellos, era como asistir a una pesadilla: por causa de aquel inesperado saqueo, en cuestión de horas, toda una cultura milenaria fue sacudida hasta sus cimientos. Las gentes del vasto Imperio chino, una nación autosuficiente que antes había contemplado con desdén al lejano mundo exterior y para la que todo extranjero era un «bárbaro», asistían ahora atónitas al angustioso espectáculo de unos soldados extranjeros que destruían una de las joyas más representativas de su ahora resquebrajada autoestima cultural, y saqueaban codiciosamente los tesoros alojados en aquellos palacios construidos para el descanso exclusivo de los divinos emperadores. ¿Por qué, se preguntaban los chinos, estaba sucediendo algo así? ¿Acaso los cielos los habían abandonado? ¿Cómo era posible que su nación, que para ellos había sido el auténtico centro del universo durante miles de años, estuviese sufriendo un ultraje de semejante magnitud a manos de un puñado de bárbaros sucios e ignorantes? ¿Cómo era posible que no respetasen la noble y serena belleza de aquellos sacrosantos lugares? ¿Por qué se llevaban hasta el último objeto que podían almacenar en sus barcos, y por qué lo incendiaban y lo destruían todo después? ¿Eran aquellos saqueadores hombres, o animales? ¿Por qué la honorable y civilizada China, que por entonces contaba más de trescientos millones de habitantes, no había podido impedir aquella violación, aquel insulto perpetrado por un rebaño de bestias con forma humana?

En realidad, el traumático asalto al Palacio de Verano —que dejó una hondísima huella en la mentalidad de las siguientes generaciones de chinos— no era más que la culminación de un proceso de choque entre dos culturas que parecían proceder de planetas distintos, dos mundos que muy difícilmente podían entenderse. Por un lado estaba la cultura china: tradicionalista, inmovilista, anclada en antiguas creencias y esquemas mentales inalterables, cerrada en sí misma y hasta entonces felizmente ignorante de cuanto sucediese más allá de sus fronteras. China era el país más poblado del mundo y el tercer territorio más extenso, únicamente por detrás de Rusia y del continente helado de la Antártida. Los chinos nunca habían necesitado al mundo exterior, así que lo habían desdeñado como territorio incivilizado. Ciertamente, sus vecinos asiáticos no solían causarles mayores problemas. Sin embargo, desde algunos siglos atrás, por sus aguas habían ido apareciendo unos personajes exóticos y ambiciosos: los europeos. Primero fueron los españoles y portugueses, más tarde los holandeses, franceses, británicos… comerciantes, soldados y aventureros que representaban la punta más afilada de una lejana cultura, gentes que procedían de lugares muy lejanos y que traían consigo costumbres extrañas. Porque Europa era el reverso de China: aquí, las tradiciones habían volado en pedazos culminando una tradición de siglos y siglos de cambio constante. La ciencia había dado un salto fundamental y la revolución industrial estaba cambiando las vidas de los europeos, así que sus antiguas creencias estaban en entredicho. Los europeos, acostumbrados a pelear entre sí desde tiempos inmemoriales, eran un conglomerado de culturas encerradas en un territorio comparativamente muy pequeño, así que no solamente estaban interesados por el mundo exterior desde siempre, sino que ahora se habían embarcado en un ambicioso esfuerzo por intentar dominar el planeta entero. Aquellas dos culturas, decíamos, estaban condenadas a no entenderse. El detonante final del conflicto, lo que llevó a ambos bandos a protagonizar dos rápidas y decisivas guerras —o más bien una guerra intermitente dividida en episódicos golpes de efecto—, fue el único material que interesaba a ambas partes de la frontera, el único objeto de interés que chinos y «bárbaros» tenían en común: el dinero.

Asia, El Dorado del Imperio británico

A mediados del siglo XIX y de entre todas las naciones europeas que procuraban hacer fortuna en Asia, la que más poder había acumulado era el Reino Unido. Su influencia en aquel continente había crecido exponencialmente gracias a dos importantes factores: uno, el dominio casi hegemónico de los mares por parte de la flota británica, tanto militar como mercante. Aquello había revolucionado la manera en que un país insular, pequeño y con pocos recursos naturales como el Reino Unido podía extender los tentáculos comerciales a prácticamente todos los rincones del globo, llegando incluso a construir un imperio propiamente dicho con posesiones en los cinco continentes. El otro factor, que se aprovechaba de lo anterior, era la considerable potencia industrial británica, apoyada en invenciones como la máquina de vapor. Los británicos fabricaban mucho y muy deprisa. Tenían una ingente cantidad de productos que vender y considerables medios navales con los que llevar esos productos a cualquier parte del planeta, así que una agresiva política comercial convirtió al Reino Unido en una máquina exportadora, la cual en ocasiones empujaba a la industria de otras naciones a la quiebra.

La India, por ejemplo, había sido una de las principales víctimas del potencial económico británico. La industria textil inglesa, impulsada por la productividad de sus revolucionarios métodos, había ahogado la producción local de la India, gran productora de algodón para la que la industria textil había sido un pilar fundamental de crecimiento industrial hasta principios del siglo XIX. Sin embargo, avanzado ese mismo siglo ya había muchos indios que vestían ropas fabricadas en las islas británicas y no ropas fabricadas por sus propios compatriotas. Los textiles indios se quedaban sin vender. No podían competir en ritmo de producción (y por lo tanto en precios) con el textil inglés, así que terminaron sucumbiendo a la competencia. Aquello provocó que la India sufriera una desastrosa balanza comercial con Inglaterra y el país asiático no encontraba manera de compensarla. A mediados del XIX, más de la mitad del total de las exportaciones indias se resumía en seis productos. Por un lado materias primas para la industria textil: el algodón, el yute y la seda a granel. Por otro, productos de alto valor añadido: el azúcar, el opio y muy especialmente el té. Todos tenemos la imagen arquetípica del inglés sosteniendo una taza de té. Efectivamente, el corazón del imperio británico comenzó a consumir ingentes cantidades de té en cuanto sus ciudadanos descubrieron las virtudes de aquella hierba asiática que podía tomarse en infusión, una hierba cuyas propiedades muchos consideraban superiores a las del café. La India era uno de los principales productores mundiales de la planta, así que el té indio se volvió muy preciado en Inglaterra: continuamente partían de Asia barcos bien cargados para garantizar un suministro constante de té en las islas. Pues bien, ni con la masiva exportación de té conseguían los indios rescatar la economía local, porque básicamente no había té suficiente que pudieran vender para pagar todo lo que ellos compraban a los ingleses. Durante aquella primera mitad del siglo XIX, la antaño prometedora industria india implosionó: por cada caja de té, por cada saco de azúcar, por cada bala de seda y por cada pedazo de algodón que lograban vender al exterior, compraban una muy superior cantidad de textiles y productos manufacturados en el extranjero. En consecuencia, la ruina. 

Aun así, los ingleses no tenían suficiente con el té indio. Cuanto más dinero ganaban los británicos gracias a su floreciente imperio comercial, más té deseaban consumir. La demanda llegó a ser verdaderamente enorme y ni siquiera toda la producción de la India podía satisfacerla, así que los comerciantes volvieron sus ojos hacia el otro gigante asiático, China, que también era un gran productor de té. Había que comprar té chino. Los británicos planeaban realizar la misma jugada en China que en la India: llevarse el té local mientras apisonaban la economía local vendiendo sus propios productos a los chinos, productos que la moderna industria británica podía fabricar con la velocidad del relámpago. Así, importaban aquella bebida que sus conciudadanos compraban con entusiasmo pero lo compensaban invadiendo el mercado chino. Una doble vía para enriquecerse. 

Pero existía un serio problema, un obstáculo que inevitablemente iba a imponerse en los planes británicos. Y ese problema era simple de resumir: China no era la India. En la India, los británicos habían encontrado no solamente una víctima propiciatoria para sus tácticas comerciales, sino también un país dividido, desestructurado por el declive del Imperio mogol y, para colmo de males, depauperado por una racha de malas condiciones climáticas que habían dañado la producción agrícola y alimentaria. Cuando Inglaterra volcó su potencial industrial sobre la India, los indios apenas estaban en condiciones de organizarse para defenderse. India era por entonces un país debilitado, sin un centro de gravedad claro ni una dirección concreta. Pero absolutamente nada de eso sucedía en China. 

Mujeres clasificando té. Fotografía: Lai Afong , tomada entre 1860 y 1880.

El país que no compraba nada

Si bien muchas de las costumbres de la China de entonces pueden parecernos —porque lo eran— arcaicas, incomprensibles e incluso crueles, lo cierto es que a su manera se trataba de un país muy sofisticado y en algunos aspectos incluso más sofisticados que los países occidentales. China contaba con un gobierno fuerte, con unas configuraciones sociopolíticas sólidas y con un sistema de valores que reforzaba en ellos la impresión de pertenecer a la civilización más grande del planeta. Los chinos llevaban siglos cultivando la intelectualidad, el refinamiento y el complejo arte de la burocracia. Su evolucionada cultura apenas podía sorprenderse de nada. Los occidentales, acostumbrados a deslumbrar a los habitantes de otros continentes con sus logros técnicos y su ímpetu emprendedor, subestimaron a los chinos —tal y como los chinos subestimaban también a los extranjeros—, creyendo que resultarían fáciles de seducir. Se equivocaron. Cierto es que China tenía un régimen imperial arcaizante… pero que también contaba con gobernantes y funcionarios muy preparados. Gentes a quienes no se podía tomar el pelo fácilmente ni impresionar con trucos llamativos. Los chinos, ante cualquier asunto, pensaban rápido y llegaban a conclusiones claras. Cuando veían lo que estaba sucediendo en la India, tomaban buena nota y preparaban medidas que impidiesen que semejante debacle económica azotase su país. 

A principios del siglo XIX, la reinante dinastía Ching ya había impuesto severas restricciones al comercio con el extranjero. Solamente autorizaban la apertura al exterior de unos pocos puertos navales, en los que además establecían aranceles proteccionistas y diseñaban una compleja burocracia destinada a desanimar a los vendedores extranjeros. De hecho, habían conseguido que los occidentales apenas consiguieran colocar sus productos en el inmenso mercado potencial del país más poblado del mundo. Pero el principal problema para los comerciantes británicos, el peor, era otro: los chinos, en realidad, no querían comprar nada

Los británicos se estaban llevando cantidades cada vez más grandes de té procedente de China, y mientras en Europa aumentaba la demanda hacia otros productos chinos de muy alto valor añadido, así que también empezaron a comprar la delicadísima porcelana, las especias o los sofisticados ropajes chinos (mientras la India se limitaba a exportar seda a granel, los chinos exportaban la seda ya convertida en finos tejidos cuyo precio era evidentemente muy superior al de la materia prima). Los comerciantes ingleses compraban té, porcelana, seda y más té en China, pero no vendían ningún producto europeo allí. Se dieron cuenta de que los chinos no solamente tenían una aguda visión comercial, sino también un marcado sentido de qué era lo importante y lo accesorio en una transacción, además de un sólido criterio para juzgar la calidad de los productos de consumo que se les presentaban. Los chinos, por ejemplo, opinaban que los textiles británicos eran inferiores a los suyos, así que sencillamente no los compraban. Tampoco consideraban necesarias en sus vidas las manufacturas industriales europeas ni se los podía deslumbrar con aparatos tecnológicos de nueva fabricación que, a ojos del chino común, familiarizado con la ingeniería, parecían simples juguetes… y que en realidad a menudo lo eran. Por ejemplo: ¿para qué iba a necesitar un chino un flamante reloj fabricado en Europa si ya disponía de sus propios medios para medir el tiempo? Así pues, en China no existía atracción alguna por adquirir bienes británicos, a diferencia de lo que sucedía en India. Un inglés que vivía en China por aquel tiempo lo resumió en una carta enviada a sus compatriotas: «los chinos tienen los mejores ropajes del mundo, los de seda, y el mejor alimento del mundo, el arroz. Así que, ¿qué podrían querer de nosotros?». Efectivamente, China ya tenía lo que necesitaba y no había nada que los europeos pudieran ofrecerles. Así pues, ¿cómo pagaban los británicos el té y los refinados productos que se llevaban de China? Pues con la única cosa que los astutos chinos admitían como pago: la «plata española». 

La plata española y el ingenio chino

China se había acostumbrado a recibir plata en sus primeras transacciones comerciales con occidentales, cuando realizaban intercambios con compradores de Portugal y España, dos de los primeros países en establecer una red comercial en Asia. En aquellos tiempos los españoles dominaban América, de cuyos territorios extraían ingentes cantidades de plata de gran calidad que después empleaban para financiar sus asuntos. Los españoles lo pagaban todo, desde sus guerras en Europa hasta sus tratos con Extremo Oriente, con aquella plata americana (una ruinosa forma de proceder para nuestro país, por cierto, pero eso ya lo podríamos discutir en un futuro artículo). Los chinos aceptaban felizmente ese metal como pago porque, al igual que los europeos, utilizaban la «plata española» como patrón para respaldar e imprimir su moneda nacional: los taeles. También eran muy conscientes del valor que esa plata tenía para los occidentales y sabían que acumulando un porcentaje cada vez mayor del metal precioso que circulaba en el mundo, estaban consolidando su propia posición frente a Europa. Así que, en pleno siglo XIX, cuando los comerciantes se llevaban el té chino para venderlo en Inglaterra tenían que pagarlo con plata contante y sonante. Ni el más pequeño de los comerciantes chinos se prestaba a aceptar otro pago. 

El problema que esto presentaba para el tesoro británico resultaba evidente: una plantación de té puede producir todos los años, así que los chinos podían seguir vendiendo té indefinidamente… pero tarde o temprano el Reino Unido se quedaría sin plata. Con el transcurso del tiempo, Inglaterra descubrió que su balanza comercial estaba yéndose al traste como consecuencia de la constante adquisición de té chino. Los británicos se estaban quedando sin metal con el que respaldar su moneda, lo que en aquellos tiempos podía conducir a una grave crisis económica. ¡Sorpresa!: el Reino Unido corría el riesgo de padecer una súbita ruina financiera mientras que China era cada vez más rica. Pero, ¿qué podían hacer los ingleses ante esto? ¿Dejar de comprar el té chino? En un mundo como aquel no podía detenerse la rueda del comercio: mientras hubiese demanda de té, la compraventa seguiría adelante. Había demasiados intereses en juego como para que las empresas importadoras consintieran en renunciar a un comercio que personalmente los estaba enriqueciendo a ellos, por más que en términos macroeconómicos pudiese costarle la bancarrota a sus respectivas naciones. Las «compañías de Indias» y demás corporaciones comerciales que los países occidentales tenían establecidas en ultramar eran un poder fáctico al que no se podía desatender, y en cierto modo dominaban buena parte del cotarro, al estilo de nuestros modernos bancos. Los gobiernos no podían o no querían permitir que aquellas empresas quebrasen. Así que había que continuar comprando té para que el ciclo comercial no se detuviese… pero, ¿qué sucedería cuando ya no hubiese plata en Europa?

Así que los comerciantes occidentales —por medio de sus propios gobiernos— comenzaron a presionar a China para que facilitase un intercambio comercial más «equilibrado». Como suele suceder con los grandes defensores de confiar ciegamente en las leyes del mercado, comenzaron a exigir cambios e intervenciones gubernamentales en cuanto esas mismas leyes del mercado les estaban jugando una mala pasada a ellos. El Reino Unido, los Estados Unidos, Francia, Holanda… diversos países con intereses en Asia reclamaban otras condiciones por parte de las autoridades chinas. Pero los chinos no cedieron. Su visión del mundo podía ser demasiado tradicionalista en algunos aspectos, pero también resultaba increíblemente pragmática: a ellos les iba muy bien vendiendo mucho a los extranjeros y no comprándoles nada. Así que, ¿para qué cambiar?

La solución del tráfico de drogas

Fumando opio. Fotografía: Lai Afong ca. 1880.

Los occidentales descubrieron que únicamente existía un producto que podrían introducir rápidamente en el mercado chino y que sería capaz de restablecer la balanza comercial: el opio. Producido en países como la India, los británicos tenían fácil acceso a él. En los escasos puertos que las autoridades chinas habían abierto al comercio exterior, muy especialmente en la ciudad de Cantón —en la que había el más estrecho contacto entre la población china y las colonias de comerciantes europeos y estadounidenses—, resultaba fácil «presentar» el producto a los chinos. Si conseguían convertir a un número suficiente de chinos en drogadictos, podrían restablecer la balanza comercial. Los occidentales no podían comerciar en el interior de China, solo en algunos puertos, pero eso poco importaba: los propios comerciantes chinos de Cantón vieron que podían comprar opio a los extranjeros para revenderlo después entre los suyos con un alto beneficio. Así, para encargarse de la rentable distribución interior de la droga y enardecidos por la promesa de lucrarse rápidamente, esos comerciantes chinos perdieron su cautela habitual y empezaron a adquirir grandes cantidades que accedían a pagar con plata, porque así lo exigían los occidentales que traían el opio en baúles (usualmente conteniendo unos cincuenta kilos cada uno). Así, estimulando redes de comercio de opio entre los propios chinos, los europeos y estadounidenses empezaron a montar un nuevo negocio muy lucrativo, y el Imperio británico halló por fin el producto con el que podía intentar recuperar la plata perdida. Los ciudadanos chinos no habían querido adquirir textiles y manufacturas, pero sí querían comprar opio, como los de cualquier otra nación donde lo hubiesen probado. Una droga es una droga.

Lógicamente, las autoridades chinas no veían estos movimientos con buenos ojos. Entendieron que la rápida proliferación de la venta de opio significaría una doble ruina para su enorme país. Por un lado, el opio era una droga que causaba una tremenda problemática social. Por otro, provocaría que toda la plata acumulada con el comercio del té se esfumase rápidamente de las arcas nacionales, ya que el consumo potencial de opio en un país tan populoso podría crecer exponencialmente y en muy poco tiempo hasta límites impensables. Además, la moral china imperante —al igual que la británica, por cierto— contemplaba con disgusto el consumo de aquella droga. Sin embargo, por mucho que en los círculos imperiales de Pekín quisieran restringir la circulación de opio en zonas portuarias como Cantón, la atracción que el fruto de la adormidera provocaba lo convertía en un producto interesante también para los propios cargos públicos locales. Las ingentes cantidades de dinero que movía el tráfico de opio derivó en la consiguiente corrupción administrativa, cuando funcionarios imperiales hacían la vista gorda. La droga entraba casi libremente por Cantón y durante el primer tercio del siglo XIX el asunto empezó a preocupar de verdad a las autoridades imperiales. En 1839, Pekín decidió intervenir y cortar de cuajo con el problema. El emperador Daoguang eligió a uno de sus más inteligentes y preparados funcionarios, Lin Hse Tsu, como gobernador de Cantón. Lin ejercería básicamente como comisario imperial encargado de erradicar el opio de raíz. Lin era un personaje fascinante en muchos aspectos, una especie de Elliot Ness chino aunque bastante más eficaz y con una personalidad más compleja. Se puso rápidamente manos a la obra y demostró que estaba dispuesto a no dejar títere con cabeza. Prohibió abiertamente el comercio de opio en Cantón, decretando severas penas, y mandó detener a los funcionarios corruptos que se habían estado beneficiando de su tráfico. Después envió una carta a Inglaterra, dirigida personalmente a la reina Victoria, en la que denunciaba las prácticas comerciales sucias del Reino Unido y señalaba la actitud hipócrita de un país que combatía la droga en su propio territorio pero la vendía en territorio de otros.

Así que, ¿bajo qué principio de la razón deberían estos extranjeros enviarnos como pago una droga venenosa que conlleva la destrucción de los nativos de China? Sin pretender decir que los extranjeros alojen tales intenciones destructivas en sus corazones, sí podemos afirmar que, en su desordenada sed de ganancias, se muestran perfectamente indiferentes sobre las heridas que nos infligen. Y siendo ese el caso, nos gustaría preguntar: ¿qué ha sido de la conciencia que el cielo ha implantado en el pecho de todos los hombres? Hemos oído que en vuestro propio país el opio ha sido prohibido con la mayor restricción y severidad. Esta es una buena prueba de que sabéis perfectamente cuán dañino es el opio para la humanidad. Y dado que no permitís que el opio dañe a vuestro propio país, no deberíais enviar esa droga dañina a otro país, ¡y mucho menos a nuestra tierra! De todos los productos que China exporta a vuestros países, no hay uno solo que no resulte beneficioso para la humanidad de una manera u otra.

La carta era muy elocuente, pero raras veces en política —si es que alguna— las palabras han detenido el furioso torrente de los hechos y la elocuencia de Lin no fue una excepción a esa regla. Muchos comerciantes occidentales estaban dispuestos a continuar con su lucrativo tráfico de opio aunque las autoridades chinas se mostrasen dispuestas a no permitirlo. Y en Europa, los gobiernos occidentales tenían pocas ganas de impedir que la plata siguiera saliendo de China. Ante tal conflicto de intereses, una escalada de tensión en la zona de Cantón resultaba inevitable. 

La primera Guerra del Opio

Representación china del comisario imperial Lin Hse Tsu ordenando la destrucción del opio en 1839.

La presión ejercida por el comisario Lin, así como su determinación por acabar con el tráfico de opio incluso a costa de bloquear todo el restante comercio, no dejó sin embargo de tener su efecto sobre ciertos personajes occidentales. Charles Elliott, que era el superintendente de comercio local —básicamente el máximo responsable de todo el comercio británico en China—, cedió a la presión de Lin y decidió ayudarle a terminar con el tráfico de drogas. El funcionario inglés, un aparentemente bienintencionado oficial de la marina, cometió un severo error: atribuirse el respaldo del Gobierno de Londres sin estar seguro de que contaba con él. Elliott consiguió que los mercaderes británicos de Cantón entregasen sus valiosos cargamentos de opio al comisario Lin, que tenía la intención de destruirlos, para así cumplir con la legislación china y restablecer un flujo comercial normal. Pero para convencerlos Elliott tuvo que prometer que serían compensados por la pérdida con dinero de la Corona británica. Algo que, cabe comentar, Elliott no había consultado con Londres (las comunicaciones de la época, naturalmente, no eran como las actuales). Los comerciantes, confiando en esta promesa, entregaron nada menos que veinte mil baúles de opio a Lin, una cantidad de más de mil toneladas de droga que fue quemada por orden del gobernador imperial de Cantón. El problema era, naturalmente, que Elliott había actuado de buena fe pero sin cerciorarse de que su gobierno iba a desembolsar esa enorme cantidad de dinero que se necesitaba para cumplir lo prometido y resarcir a los comerciantes de opio por haberse deshecho de su mercancía. El superintendente no tenía la autoridad necesaria para ofrecer esa compensación y se había limitado a confiar ingenuamente en la nobleza de su propio gobierno… aunque pronto se dio cuenta de que nadie en las altas esferas de Inglaterra estaba dispuesto a autorizar el pago de esas enormes sumas. De hecho, la posibilidad del pago causó un vendaval parlamentario en Londres. Inglaterra no podía, ni quería, ni se planteaba abonar esa cantidad.

La consiguiente decepción y cabreo de los comerciantes, que acababan de perder unas ganancias potencialmente enormes, produjo un considerable incremento de la tensión en la zona y empezaron a producirse incidentes. La detención de un capitán de barco británico por parte de las autoridades chinas fue vengada por su tripulación, que organizó trifulcas callejeras, asaltó un templo y llegó a asesinar a un ciudadano chino. La escalada de incidentes continuó hasta producirse un intento de bloqueo naval por parte de los chinos. Era 1839 y aquello significaba el comienzo del conflicto. La primera guerra del opio empezó con un enfrentamiento naval en el que no había color, porque los anticuados barcos incendiarios y los juncos chinos no podían enfrentarse a los buques de guerra británicos, muchos más sofisticados, para los cuales la armada imperial china era como un mero juguete. El tremendo desfase en tecnología bélica entre ambos bandos permitió que los británicos se impusieran con una sucinta flota de quince carracas —que en algunos casos eran meros barcos mercantes con algo de artillería añadida a posteriori— y cuatro barcos cañoneros de vapor. No necesitaron mucho más para quebrar las defensas navales chinas y conseguir desembarcar cuatro mil marines en Cantón. Después fueron tomando anticuados fuertes defensivos mientras fuerzas chinas numéricamente superiores se retiraban viendo que el armamento europeo estaba muy por encima del suyo. Sin demasiada oposición, los británicos avanzaron hasta tomar Shangái, momento en que China decidió firmar una paz desfavorable, el Tratado de Nanking, de 1842. Además de ceder la soberanía de Hong Kong al Reino Unido (la cual duraría hasta 1997) y abrir varios de sus puertos al comercio exterior, China consintió en pagar a Inglaterra la entonces enorme cantidad de seis millones de dólares de plata en concepto de compensación por el opio confiscado y destruido por el comisario Lin.

Pero, ¿cuál era la causa de aquel desfase militar que provocaba que una enorme nación de trescientos millones de habitantes no pudiese defenderse de un puñado de barcos de segunda clase y de unos pocos miles de soldados? Lo cierto es que en China la profesión militar no gozaba de prestigio y estaba mucho peor vista que el funcionariado civil. Los soldados eran una clase pobremente considerada, uno de los peores caminos profesionales que podía tomar cualquier chino con un mínimo de posibilidades de proyección. Para los chinos la guerra era un asunto engorroso que solía resolverse con ayuda de mercenarios y reclutamientos temporales, los cuales duraban exclusivamente mientras se prolongase el conflicto, ya que mantener una tropa requiere buenas cantidades de alimentos, suministros y dinero. Naturalmente, en China había guerras como en todas partes, pero estas guerras eran afrontadas con mucha más desgana que en Europa. Tal actitud de desprecio hacia lo bélico se remontaba a siglos atrás y, como consecuencia lógica de ello, la tecnología bélica china era muy, muy arcaica, anclada en el pasado y completamente obsoleta. Los buques de guerra chinos eran ridículamente inefectivos: sus barcos incendiarios fueron tomados poco menos que a guasa por los británicos. Y aunque sus juncos disponían de cañones, los tenían montados en soportes fijos que hacían prácticamente imposible apuntar hacia un blanco con precisión (el mismo problema tenían las torres de defensa y los fuertes de tierra adentro), máxime si el blanco estaba en movimiento o si el propio junco se balanceaba a causa del movimiento del agua. Buena parte del armamento pesado chino estaba más basado en la intimidación que en la eficiencia destructiva, porque nunca se habían topado con un enemigo que de verdad tuviera una artillería funcional. Los ingleses sí la tenían, claro: apuntaban su cañón hacia un objetivo… y lo destruían a la primera. Los chinos contemplaban el prodigio con horrorizado asombro: era la primera vez que los occidentales conseguían impresionarles, con su habilidad para la destrucción. También las armas de la infantería chinas eran, cómo no, muy inferiores a las británicas. Tal desigualdad tecnológica, unida a la falta de un ejército organizado y permanente que pudiese defender el país, explica que toda una enorme nación de trescientos millones de habitantes se rindiese ante un puñado de británicos. Si se producía otra guerra, los chinos seguirían sin poder defenderse. 

La segunda guerra del Opio

Propaganda de guerra del Imperio británico que muestra a oficiales chinos arrastrando la bandera británica y arrestando a la tripulación del barco británico Arrow. Obra de William Heysham Overend, en The Century Edition of Cassell’s History of England, de 1856.

El Tratado de Nanking no suponía el final de los problemas. Durante la siguiente década, ninguna de las dos partes estuvo realmente contenta con los términos de dicho tratado. Los chinos seguían dificultando el comercio extranjero de las formas que se les ocurrían, mientras los británicos pensaban que merecían más de lo obtenido por el acuerdo de paz, dado su estatus de potencia mundial y dado que habían comprobado que China era militarmente incapaz de defenderse. El tráfico de opio seguía siendo ilegal, lo cual frustraba a los británicos porque continuaba existiendo un problema con la balanza comercial. Habían ganado una guerra pero, aparte del territorio de Hong Kong y de la victoria moral, poco habían sacado como recompensa. Ambicionando nuevas ventajas y siguiendo el ejemplo de lo que también estaban haciendo los franceses, Londres propuso renegociar el Tratado de Nanking. Querían incluir nuevas cláusulas muy duras para el gobierno de Pekín, como la apertura de todo el territorio chino al comercio exterior, y muy especialmente la legalización del comercio de opio. Los chinos, naturalmente, se negaron.

En 1856, catorce años después del Tratado de Nanking, se desató el segundo conflicto. La tensión en la zona de Cantón había seguido latente durante aquellos años, pero lógicamente los chinos se habían cuidado de no intentar provocar un nuevo ataque. Sin embargo, los británicos parecían esperar una excusa idónea. Y tal pretexto llegó con un caso de piratería naval: la tensa negociación en torno a un barco de tripulación china pero bandera británica que había sido abordado por la guardia costera china bajo acusación de piratería. El Reino Unido exigió la liberación de los tripulantes y acusó a los guardias chinos de haber insultado la bandera, mientras China insistía en que no había ondeado cuando habían abordado el barco. El asunto provocó otra escalada de enfrentamientos y finalmente la exigua armada británica local volvió a atacar, barriendo una vez más a los juncos chinos de su camino, destruyendo con su artillería varios fuertes costeros y finalmente cañoneando la ciudad de Cantón desde los mismos buques.

El Reino Unido, que obviamente no disponía de muchas fuerzas en la zona —dada la cantidad de frentes que tenía que cubrir en todo el mundo— solicitó una alianza a varios países que podían tener intereses contra China, como Estados Unidos, Rusia o Francia, aunque solamente Francia se unió a la campaña militar. Juntos, británicos y franceses ocuparon Cantón, mientras otra fuerza anglo-francesa empezaba a remontar el río que los conduciría directamente hacia las inmediaciones de Pekín. El 21 de septiembre de 1860 se produjo la batalla de Palikao, decisiva para la guerra: una tropa combinada de diez mil soldados chinos y mercenarios mongoles fue aniquilada cerca de la capital por una tropa numéricamente inferior, pero con una mucho mayor potencia de fuego. Una vez más, la tecnología bélica europea estaba ganando la guerra.

Ante el desastre de Palikao y la invasión inminente de Pekín, el emperador huyó de la capital, lo cual de por sí constituía ya un duro revés para la autoestima de los chinos. Sin embargo, las tropas europeas no se molestaron en ocupar Pekín y ni siquiera llegaron a atravesar sus murallas. En cambio, se dirigieron a los Palacios de Verano (habían dos, uno «antiguo» y otro «nuevo»), ambos repletos de preciadas obras de arte, reliquias y objetos muy valiosos que los soldados anglo-franceses podían saquear a gusto. Ambos palacios fueron efectivamente pasto del vandalismo y la destrucción por orden del administrador colonial británico, Lord Elgin, quien incluso llegó a considerar la idea de arrasar la mismísima Ciudad Prohibida. Elgin quería castigar a los chinos como represalia por las torturas que habían sufrido prisioneros occidentales (incluidos dos diplomáticos y un periodista del Times) en sus manos. Los chinos, que tenían un concepto distinto del juego bélico, habían intentado utilizar rehenes civiles como medida disuasoria. Los británicos respondieron golpeando en algunos de sus más preciados símbolos nacionales. 

Aquellos asaltos al Palacio de Verano quebraron lo que quedaba de la moral china. Aunque militarmente ya habían sido vencidos en la batalla de Palikao algunas semanas atrás, fue el ataque a aquellas joyas arquitectónicas de su milenario imperio lo les hizo capitular. Comprendieron cuán indefensa se encontraba su nación frente a los desagradables pero poderosos «bárbaros» de Occidente. El país más grande del mundo se tuvo que rendir por segunda vez ante un puñado de barcos y un modesto contingente de infantería. Esta vez, los términos del tratado de paz fueron todavía más duros: además de tener que pagar ocho millones de taeles de plata al Reino Unido y a Francia como indemnización de guerra, de abrir nuevos puertos al comercio y de permitir la emigración de mano de obra local a Estados Unidos (por ejemplo para construir su red de ferrocarriles), China se vio finalmente obligada a hacer de tripas corazón y legalizar la venta de opio en su territorio. Que era lo que, en realidad, las potencias occidentales habían deseado desde un principio.

Sin embargo, el tremendo trauma sirvió para que el gigante asiático comenzase a despertar. El viejo sueño de la inviolabilidad imperial frente a los «bárbaros» se había esfumado para siempre, y el espejismo de la Gran Muralla se convirtió precisamente en eso: en un espejismo. El orgullo ancestral de los chinos quedó hecho añicos, dejaron de creerse el centro del universo y comenzaron a hacerse preguntas. Había todo un mundo ahí fuera que los chinos ya no podían permitirse el lujo de seguir ignorando. Existían avances tecnológicos que habían puesto a los occidentales en posición de ventaja, tanto desde el punto de vista bélico como desde el punto de vista industrial. Si querían sobrevivir ya no bastaba con creerse superiores; había que trabajar para, al menos, estar en igualdad de condiciones. Empezaron a surgir en China movimientos que abogaban por la modernización del país y por el abandono de las tradiciones más paralizantes. El siglo XIX fue para China una transición entre la Edad Media y una modernidad que todavía no conseguían comprender, pero que supieron que necesitaban adoptar. Naturalmente, cambiar una nación milenaria no resultaría fácil ni rápido, y llevaría (o está llevando) tiempo. Pero el coloso chino finalmente había abierto los ojos después de un prolongado letargo. Hoy, en pleno 2013 —siglo y medio después de aquellos hechos— contemplamos al gigante chino poniéndose en pie; unos se asombran, otros se preocupan, otros incluso se asustan. Ahora somos nosotros quienes despertamos de un sueño de superioridad. Y cabe preguntarse cuánto de lo que estamos viendo suceder ahora tiene realmente su origen en aquellos tiempos, en las guerras del Opio que cambiaron China y que por ende, nos guste o no, estaban también destinadas a cambiar el mundo. 

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7 comentarios

  1. Maestro Ciruela

    A esto, antes se lo denominaba como «Instruir deleitando». ¡Fastuoso! Esta noche me busco «55 días en Pekín» y me la vuelvo a poner…

  2. Carlos

    Una pasada de artículo, si señor.

  3. thegafapastatroupe

    Mi más sincera enhorabuena por el artículo. Conciso, claro y entretenido.

  4. f. lopez

    Un tema, el opio era producto de venta libre en la Inglaterra de la época.

  5. John Dalton

    Un artículo maravilloso. Enhorabuena

  6. GabrielJO

    He disfrutado mucho la lectura de su artículo, de verdad. Contenido y forma me han encantado. Tal vez pueda usted aún corregir lo que creo ser una pequeñísima errata: «habían dos», que me ha, de manera insidiosa y mezquina, quedado atravesado en la garganta.

  7. Pedro Angel

    Grande artículo! Pero los prejuicios económicos del quarto párrafo lo estropearam.

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