Sentir el tiempo

Publicado por
Georges Seurat – A Sunday on La Grande Jatte — 1884

Muchos conflictos se deben a que
confundimos la Eternidad con el Para siempre

(Joseph Campbell)

La cosificación ha sido uno de los efectos más relevantes de la modernidad. El fenómeno de convertir los procesos en cosas, como todos los asuntos relevantes, tiene una parte beneficiosa y otra perjudicial. Lo malo es que detiene muchos procesos de investigación porque enlata historias y procesos abiertos en etiquetas. Lo bueno es que desde el momento en que podemos convertir las ideas en cosas que ocupan espacio podemos también operar con ellas como con cualquier otro objeto.

Como aventura
solo queda arrimarnos
al horizonte

(Mario Benedetti)[1]

A la experimentación del tiempo le ocurrió esto mismo. Se espacializó con la aparición de historietas: en tiras o bandes dessinnées, y sobre todo con la aparición del cine. «Solo con la visión de la temporalidad extendida sobre una superficie plana como si fuera el juego del parchís, se le puede ocurrir a alguien que cabe la posibilidad, aunque sea fantástica, de desplazarse de una era a otra como si fuera una ficha que va de casilla en casilla»[2]. Ese momento se inaugura un recurso literario basado en los viajes en máquinas del tiempo y los paseos en los que el personaje se extravía y aparece en otra época.

El cine materializa la percepción del tiempo lineal, ya que mediante la narrativa fílmica es posible viajar o desplazarse sobre una cinta de celuloide al pasado o al futuro.

El tiempo subjetivamente experimentado era único, «un eterno presente que iba dejando atrás el material de la historia y al que le quedaba por delante un hipotético futuro»[3].

Desde el espejo
mis ojos no me miran

miran al tiempo

(Mario Benedetti)[4]

Ahora el tiempo pasado, presente y futuro ya no son periodos de experiencia de transformación sino puntos en un mapa. Con este fraccionamiento del tiempo se introduce la idea de realidades paralelas. Cada fracción de tiempo adquiere entidad propia y se convierte en punto de referencia para un desarrollo temporal con su propio pasado y futuro.

Esta es la historia de un niño que perdió un juguete:
con dos años lloró desesperadamente,
con cinco lo añoraba,
con doce se avergonzaba del recuerdo
con ochenta recordaba el juguete con ternura.

(Milton Erickson)

La posibilidad de que el tiempo sea revisitado en sus diferentes momentos rompe la estructura de la memoria en el que está inserto y lo sujeta a la posibilidad de cambios. Si alguien visita el pasado, su sola presencia cambia, de algún modo, las características de ese pasado. La persona se encuentra con su representante de sí mismo en aquella época y esa existencia paralela provoca cambios.

Quien vive como yo no muere: termina, se marchita, se desvegetaliza. El lugar donde estuve se queda sin estar él allí, la calle por donde andaba se queda sin ser él visto allí, la casa donde vivía es habitada por no-él.

(Fernando Pessoa)[5]

La disgregación del universo temporal rompe la unicidad de la conciencia del Yo, ya que introduce la múltiple perspectiva.

Es preciso avanzar en edad para conquistar la juventud, para liberarla de trabas, para vivir de acuerdo con su impulso inicial.

(Victor E. Michelet)[6]

Cuando pensamos en el futuro o en el pasado accedemos a una representación mental del tiempo y no a la experiencia del mismo. La calidad de esa representación depende de los matices sensoriales que la componen.

Si en el momento de recuperar un episodio vital accedemos a una imagen, podemos fijarnos en si nuestra memoria nos la presenta en color o en blanco y negro, si es brillante o mate, clara o borrosa. Si nos vemos a nosotros mismos en la imagen y por tanto, estamos disociados, o somos la cámara que enfoca la situación y en consecuencia estamos asociados. Si la imagen es grande o pequeña, o dónde está ubicada: delante de nosotros, a un lado o por encima de nosotros.

En cuanto a los sonidos podemos observar dónde está localizado el sonido, cuál es su timbre, tono, volumen, ritmo, cadencia…

Si esperamos un poco más es muy probable que se manifieste alguna sensación corporal que podemos explorar a tenor de su localización, forma, color, textura, peso, olor, sabor… [7]

la madrugada
pasa tan lentamente
que me apacigua

(Mario Benedetti)[8]

Ninguna de estas características es mejor ni peor que otra, solo codifica el tipo de emoción que sentimos al respecto. Es posible que si nos sentimos muy asociados al presente tengamos dificultad en programar el futuro. Por el contrario, si vivimos muy disociados del momento actual, con añoranza del pasado o anhelando excesivamente el futuro tendremos dificultades para disfrutar la vida del momento presente.

Uno de los efectos que acompañan a personas que atraviesan un conflicto existencial provocado por una larga enfermedad, o por cualquier incapacidad para remontar un episodio doloroso, es la dificultad para ver claramente el futuro. Cuando se les pregunta por él suelen hablar de sendas oscuras, caminos angostos, borrosos y negros, perspectivas nubladas… En estos casos, es de gran ayuda que la persona haga los cambios necesarios para sentir su futuro con los matices sensoriales que le resulten más agradables. A partir de ese momento, ese nuevo panorama tira de la persona hacia adelante y posibilita que se reorganice sus propios recursos para remontar la crisis y acceder a un futuro conocido y deseado. La vida primero es imaginada y después experimentada[9].

Seguramente por eso acudimos al teatro, al cine o a conciertos musicales, para que nos presenten mensajes que ya conocemos envueltos en escenarios sensoriales diferentes y quizá más próximos a nuestra idea de vitalidad y satisfacción.

Representar la línea del tiempo

El pasado se construye en función del presente,
Tanto como el presente es explorado por el pasado

(Milton Erickson[10])

Cada persona tiene su propio modo de experimentar lo que significa para ella el tiempo. Para averiguar el propio modo de codificar el tiempo le propongo que imagine la línea del tiempo de su vida y sitúe un punto en el que identifique el presente, otro para el pasado y otro para el futuro. Instálese en esa línea y vuelva a visitar otro tiempo. Este viaje imaginario modifica cada episodio visitado y amplía las opciones.

Ver el futuro desde el presente provoca muchas veces angustia. Cuando imaginamos qué puede ser de nosotros en el futuro y de algún modo, lo anticipamos, la ansiedad desciende. También, en el pasado, buscamos explicaciones de lo que nos ocurre en el presente.

El presente está invadido por pensamientos inconclusos del antes y el después, de modo que se halla tan diluido que es difícil experimentarlo.

El conocimiento es, por definición, la organización del pasado. Incluso cuando miramos hacia arriba y observamos la luz de las estrellas, no vemos el presente, sino la luz de un tiempo desaparecido. Lo que consideramos como el presente es, de hecho, el pasado y lo que percibimos como el futuro y de lo que escribimos en obras de fantasía y de ciencia ficción es, de hecho, el presente. Los poetas, artistas y escritores de ciencia ficción no son pronosticadores del futuro, sino reporteros sensibles de las implicaciones del presente.

(Irwin Thompson, W.)[11]

La línea del tiempo de nuestra vida es representativa de cómo estructuramos nuestra experiencia de forma lineal. Dadas las conexiones entre la cultura occidental y la geometría euclidiana podemos pensar que es el mejor modo de pensar el tiempo. La externalización de la percepción del tiempo nos proporciona la ventaja de movernos por el tiempo y espacio con una representación kinestésica plena de cuerpo entero a estados personales que de otro modo serían de difícil experimentación. Esta es la experiencia básica que logramos viendo una película y es también la base de nuestros cambios emocionales y experienciales.

También nos permite salirnos de la línea y experimentar una disociación inmediata de la experiencia y del «YO» que la experimentó. Ello nos posibilita andar literalmente alrededor de la experiencia y verla desde distintas perspectivas.

Improntas y huellas mnémicas

Siempre se vuelve
con los viejos amores
o con los nuevos

(Mario Benedetti)[12]

El mejor ejemplo de impronta nos lo proporciona la ya clásica investigación de Konrad Lorenz en la que él mismo se presenta ante los patos que acaban de romper el huevo para nacer y que lo siguen a todas partes porque consideran que es su madre. Este experimento nos habla de la fuerza de una primera impresión y de la huella neurológica que puede tener en el desarrollo futuro de los sujetos.

Consideramos una impronta como una experiencia significativa del pasado que marca un punto de memoria de arranque para una creencia o conjunto de creencias. Frecuentemente contiene un modelo inconsciente en el que están implicadas personas significativas.

En ocasiones hay respuestas problemáticas que tienden a repetirse y en las que se ha creado un patrón de respuesta cuyos síntomas parecen desencadenarse de forma casi automática. Situaciones vinculadas a incidentes en el nacimiento, abandonos temporales del niño, episodios o catástrofes familiares relatadas por parientes próximos. En definitiva, episodios que superaron la capacidad de respuesta de la persona en ese momento.

Cuando algo no ha sido resuelto en el pasado puede llegar a convertirse en una impronta. La expresión de un proceso de vitalidad interrumpido que tiende a repetirse hasta cerrar un círculo solución.

Ha pasado algún tiempo. El tiempo pasa y no deja nada. Lleva, arrastra muchas cosas consigo. El vacío, deja el vacío. Dejarse vaciar por el tiempo como se dejan vaciar los pequeños crustáceos y moluscos por el mar. El tiempo es como el mar. Nos va gastando hasta que somos transparentes. Nos da la transparencia para que el mundo pueda verse a través de nosotros o pueda oírse como oímos el sempiterno rumor del mar en la concavidad de una caracola. El mar, el tiempo, alrededores de lo que no podemos medir y nos contiene.

(Ángel Valente. Desde el otro costado)


[1] Mario Benedetti, 1999. Rincón de haikus. Pág. 139

[2]  Catalá, J. M. 1993. La violación de la mirada. Fundesco. Pág. 72.

[3] Catalá. Op. cit.: 73.

[4] Benedetti, Op. Cit. Pág.75

[5] Fernando Pessoa (1985): Libro del desasosiego. Barcelona: Seix Barral.

[6] En Gastón Bachelard (1993): La poética del espacio. Madrid: Fondo Cultura Económica. Pág. 64.

[7] Steve y Connirae Andreas: (1991) Cambia tu mente para cambiar tu vida.

[8] Benedetti. Op. Cit.: pág. 220.

[9] Bernardo Ortín, 2018. La vida es imaginada. Sevilla: Jot Down

[10] En Eines, J. (1994): La formación del actor. Madrid: Fundamentos.

[11] En Lovelock y otros, 1989: 168.

[12] Mario Benedetti. Op. Cit.: pág. 150.

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6 comentarios

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