
«Porque escribir en Madrid es llorar», escribió Larra. Pero en aquel entonces Madrid era España. Y la frase pasó a la historia como «Escribir en España es llorar». A fecha de hoy, sostengo que escribir en España es llorar, pero escribir sobre Santiago Ramón y Cajal es llorar desesperada y amargamente.
Nuestro país ha sido pródigo en dar el nombre del gran aragonés a centros sanitarios, calles principales, plazas, premios, estatuas, etc. Pero Santiago Ramón y Cajal carece de lo más importante para poder saber quién fue el mejor científico español de todos los tiempos: no existe ni una edición crítica de su obra ni una biografía que supere y sobresalga llamativamente sobre las varias publicadas.
Para apuntalar el desastre suele afirmarse que la figura de Santiago Ramón y Cajal (1852-1934), con su Premio Nobel de Fisiología y Medicina en 1906, es una excepción en el depauperado paisaje de la historia de la ciencia española. Ciertamente, Ramón y Cajal fue un científico excepcional, pero en absoluto fue una excepción, porque en torno a su magisterio y su liderazgo germinaron un par de generaciones de científicos que con un trabajo sólido y entusiasta posibilitaron una «edad de oro» de la ciencia española, con hallazgos valorados en el todo el mundo, que devolvieron a España al lugar rector que había disfrutado antes de que las múltiples guerras que trajo el desquiciado siglo XIX sumiesen a nuestro país en una profunda modorra.
Tal vez la prueba más concluyente de la pujanza que Ramón y Cajal logró dar a la investigación neurocientífica en España es que dos de sus discípulos (Pío del Río Hortega y Rafael Lorente de No) fueron propuestos en varias ocasiones como candidatos al Premio Nobel, aunque sin lograrlo nunca, pese a la relevancia de sus descubrimientos, y un tercero, Fernando de Castro, no llegó a estarlo, pero estuvo muy cerca de ello, porque suyos eran parte de los descubrimientos por los que el belga Heymans, compañero de línea de investigación, ganó el Nobel en 1938, en plena guerra civil española. Cabe la posibilidad de que el jurado del Nobel y sus colegas, a la hora de nominarlo, no supiesen si De Castro, desaparecido para su profesión durante la guerra, estaba vivo o muerto.
El gran empeño que Cajal puso en crear una escuela que continuara y perfeccionara su obra trataba de demostrar algo que el tozudo sabio aragonés repetía a menudo: que los científicos españoles se equiparaban a los de cualquier otro país cuando contaban con una financiación adecuada y estabilidad en sus puestos de trabajo. Como explicó sir Charles Scott Sherrington, otro gran neurofisiólogo premiado con el Nobel en 1932: «Si algún científico ha sabido crear escuela, ese ha sido Cajal». Y es que el hecho de crear una escuela, de dejar al final de la vida un elenco de alumnos que sostengan y mejoren la obra del maestro era, para Cajal, una obsesión, tan importante como los éxitos personales.
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Que se puede añadir? En cualquier otro país Cajal sería una gloria nacional , pues a su genio científico se le añade su patriotismo, si , su patriotismo además de su honestidad , pagó los gastos de su hijo en el extranjero cuando podía tener una beca, se rebajó su asignación como director, …y no tiene un museo.
Escribir sobre la consideración de Cajal en España es cabrearse.