Progreso: de la máquina de vapor a la renta básica universal (y II)

Publicado por
Coalbrookdale de noche, de Philip James de Loutherbourg.

(Viene de la primera parte)

A mediados del siglo XIX, mientras el avispero de la intelectualidad estaba revuelto y ocupado con interminables debates sociológicos, hubo unas décadas de aparente ralentización de los avances tecnológicos. Este frenazo tranquilizó a quienes temían encontrarse por segunda vez con un mundo nuevo e irreconocible, pero esa tranquilidad no iba a durar. El paréntesis era la calma antes de la tormenta, pues se estaba gestando una segunda y todavía más vistosa oleada de avances. En 1855, el inglés Henry Bessemer patentó un nuevo mecanismo metalúrgico con el que podía producirse acero en grandes cantidades. Su «convertidor Bessemer» permitió que el acero se convirtiera en un ingrediente básico de la industria y la construcción. La amplia oferta de esta aleación abrió nuevas puertas, entre ellas la fabricación en serie de piezas metálicas que podían ser ensambladas para construir con rapidez diversos tipos de máquinas. Dicho de otro modo: las máquinas no solo iban a ser más abundantes que antes, sino también más asequibles, más resistentes y más fiables.

Esto generó una nueva percepción sobre los sistemas de producción y sobre las posibilidades de la ciencia. El progreso técnico se solidificó como una realidad indiscutible, ya no solamente como una idea que podía ser debatida. Muchas mentes empezaron a trabajar con febril entusiasmo en la consecución de ese progreso, inventando cosas o mejorando las que ya estaban inventadas. El ritmo se volvió frenético. Unos inventos propiciaban otros inventos, que a su vez inspiraban otros más. La «Segunda Revolución Industrial» estalló en la década de 1870 y la humanidad contempló con asombro el triunfo del ferrocarril, el telégrafo, la electrificación, la producción en masa, y la metamorfosis de campos como la construcción o la medicina. Aunque no todas las regiones del mundo se subieron al carro de la Revolución Industrial, todas notaron sus efectos: algunas como protagonistas activas, otras como perseguidoras esforzadas, y las demás como víctimas pasivas tanto de la modernización bélica como de la voracidad que las potencias recién industrializadas mostraban hacia las materias primas.

Fue tal el entusiasmo investigador durante el último tercio del siglo XIX que en cada rama de la ingeniería y la ciencia había varias personas trabajando en la persecución de un mismo avance. Un caso célebre fue la muy debatida invención del teléfono. El italiano Antonio Meucci diseñó un transmisor electromagnético que le permitía, mientras trabajaba en el laboratorio del sótano de su casa, hablar con su mujer enferma que pasaba muchos días postrada en una habitación de la segunda planta. Meucci bautizó su invento como telettrofono. En 1871, tras haber elaborado una treintena de prototipos del aparato, acudió a la oficina estadounidense de patentes y anunció su intención de registrar su invento (aunque no formalizó la patente propiamente dicha, porque no disponía de dinero). Este anuncio se realizaba rellenando un formulario conocido como patent caveat, «aviso de patente», que tenía carácter provisional y, aunque no era válido como registro definitivo de un invento, concedía cierto plazo para que el inventor encontrase financiación con la que asegurarse la patente, o para que completase el requerido y complicado informe técnico. Así se evitaba que otro individuo con mejores recursos pudiera robarle la idea y adelantársele de manera ilegítima. En otras palabras, Meucci inventó el teléfono, pero no lo patentó y solamente anunció su intención de patentarlo. Como tampoco presentó un informe técnico completo, solo cabe fiarse de su palabra (y la de varios testigos) en torno al telettrofono, aunque históricamente se considera probado. La ley permitía renovar el caveat cada dos años, pero Meucci estaba tan consumido por las deudas y la mala salud que en 1874, cuando acabó el segundo plazo de renovación, no se presentó. Dejaba el camino abierto para que otro inventor pudiese patentar un aparato similar.

Foto: DP.

Ese otro inventor fue Alexander Graham Bell quien, menos de dos años después, en 1876, registró la patente de un aparato que había desarrollado por su cuenta. En el documento presentado, Bell se refería al aparato no con un nombre llamativo, sino con una etiqueta más bien lacónica: «mejoras en el telégrafo sonoro». Sonaba bastante peor que el telettrofono de Meucci, pero su patente, al contrario que el documento preliminar del italiano, sí contenía una descripción funcional del aparato y era, por tanto, definitiva. El debate sobre si fue Meucci o si fue Graham Bell el inventor del teléfono ha sido un buen entretenimiento para los historiadores de la tecnología, pero aquí este ejemplo nos sirve para ilustrar la frenética carrera tecnológica propiciada por la Segunda Revolución Industrial. Los inventores y descubridores se adelantaban unos a otros por cuestión de meses, a veces incluso por cuestión de semanas. Las noticias científicas sensacionales se sucedían con mareante velocidad. Nadie sensato dudaba ya de que el progreso tecnológico era imparable. Ni siquiera hacía falta esperar muchos años para ver cómo el mundo cambiaba.

Los posibles efectos negativos de la Revolución Industrial habían sido detectados con rapidez. A principios del siglo XIX, trabajadores ingleses se rebelaron ante la introducción del telar de vapor en el sector textil. Los patronos estaban deseosos de aumentar sus beneficios prescindiendo de operarios humanos a los que hubiese que abonar un salario, y los trabajadores vieron esto como una maniobra innoble. Las máquinas no cobraban dinero, no se cansaban y no se quejaban, así que les quitaban el pan de la boca a los humanos. Aquellos trabajadores reacios, conocidos como «luditas», personificaron el (en sus circunstancias, justificado) recelo ante la mecanización de la producción. No fueron los únicos. Las clases bajas abrieron los ojos ante un mundo cambiante que hacía cambiar sus propias ideas. En otros tiempos, la distinción de clase entre nobles y plebeyos había sido aceptada como parte del orden natural de las cosas. Incluso la existencia de una adinerada burguesía comercial había parecido el lógico y aceptable resultado de la habilidad mercantil de ciertos individuos. La burguesía industrial, por el contrario, conseguía su riqueza mediante la explotación directa e indisimulada del esfuerzo ajeno. Y lo hacía sin ofrecer la cobertura social que antes habían proporcionado los señores feudales, los caciques, las iglesias locales y otras figuras de autoridad. Esta ausencia de cobertura era un factor fundamental para el descontento. La industrialización hizo más visible, y menos perdonable a ojos de los pobres, la desigualdad económica. Las máquinas propiciaron la multiplicación de fortunas y la aparición de todo un estrato de nuevos ricos, sin que las condiciones de vida de los trabajadores, que obtenían poco más que salarios de supervivencia, mejorasen. En las ciudades industriales los barrios obreros crecían con vertiginosa rapidez, pero las clases trabajadoras carecían de redes de apoyo social que, mejores o peores, sí habían tenido en ciudades pequeñas y zonas rurales.

La proliferación de empleos industriales no provocaba la aparición de una clase trabajadora relativamente acomodada, sino de grandes bolsas de explotación en donde ni siquiera quienes trabajaban escapaban de la pobreza. Esto rompía con el espíritu del «contrato social», término acuñado por Rousseau para un acuerdo tácito entre diversas partes de la sociedad; de uno u otro modo, el pacto había servido como elemento estabilizador. Pero los trabajadores se sintieron abandonados porque eran testigos directos de una revolución productiva y económica, y veían que se estaban quedando atrás, mientras los beneficios ascendían exclusivamente hacia los patronos que habían aportado el capital inicial. Era el capitalismo industrial, para el que no existían todavía regulaciones o frenos. Los abusos laborales eran la norma.

Luditas destruyendo un telar a vapor en 1812. (DP)

Se intensificó como nunca antes la actividad sindical y política entre las capas más pobres de la población. Las propias clases altas no eran ajenas a estos problemas, aunque se dividían en diversos sectores según su manera de analizar la situación. Algunos ricos pretendían mantener la vieja idea de que el privilegio formaba parte del orden natural, y empezaron a defender elucubraciones supremacistas como el «darwinismo social», según el cual las desigualdades en el estatus socioeconómico se debían a factores innatos, y habían sido determinadas por el triunfo de los más aptos. Esto era una aplicación simplista de la lucha por la supervivencia que Darwin había usado para describir el funcionamiento de los ecosistemas naturales, y no el de las sociedades humanas, pero era la clase de falacia que se extiende con rapidez cuando conviene a según qué intereses. Otras personas ricas, por el contrario, sí criticaban las desigualdades. De las clases medias o acomodadas surgieron ideólogos como Karl Marx. También surgieron individuos que impulsaban tareas humanitarias como campañas para abolir la esclavitud, o para intentar que los respectivos gobiernos fuesen justos en su política exterior (eso sucedió en Inglaterra durante las guerras del Opio, aquellas con las que Inglaterra inoculó la plaga de la adicción en China para que los comerciantes británicos pudieran seguir comprando té y recuperando el dinero traficando con droga en la frontera del gigante asiático). Una nueva moralidad para con los de abajo: la idea de caridad era lentamente sustituida por la idea de justicia. El progreso ya no era solo un proceso de cambio tecnológico o científico, sino también ético.

Otra transformación psicológica fue la aceptación colectiva del mecanicismo como la manera preponderante de entender el funcionamiento del mundo. Aunque la idea de que todo fenómeno físico tenía causas físicas no hizo desaparecer la religión, como habían esperado algunos pensadores de la Ilustración —el principal responsable teórico de la revolución mecanicista, Isaac Newton, había sido un devoto cristiano—, sí propinó un golpe severo a la concepción mágica del universo. En la Antigüedad, el mecanicismo había sido una noción excéntrica propia de individuos incomprendidos, como Demócrito. Durante el inicio de la Ilustración ya no era una idea marginal, pero sí exclusiva de los estudiosos. Con la Revolución Industrial, sin embargo, las máquinas convencieron a la gente de que el mundo era, en esencia, una máquina más grande. Ya no se necesitaba ser Isaac Newton para entenderlo. Y eso implicaba otra noción nueva: los descubrimientos que se realizan en el presente pueden tener un efecto muy duradero sobre lo que sucederá en el futuro. Si cambiar piezas en una máquina modifica el funcionamiento de la máquina entera, lo mismo es cierto cambiando máquina por «sistema político» o «sociedad».

La acumulación de avances en tan pocas décadas hizo que la historia fuese vista por fin como un avance más o menos continuo desde un pasado primitivo hasta el tiempo presente, más evolucionado que ningún tiempo anterior. Las personas, de repente, vivían su edad adulta en un mundo muy diferente al de su infancia. Habían crecido viajando en carromato, pero envejecían recorriendo la misma distancia en mucho menos tiempo gracias al tren. Habían crecido escribiendo cartas cuya entrega se demoraba días o semanas, pero envejecían enviando telegramas que llegaban al destino en un instante. Dado que era previsible que los descubrimientos científicos y tecnológicos continuasen produciéndose a gran velocidad, era sensato formular una nueva pregunta: «Si el mundo ha cambiado tanto desde que yo nací, ¿cómo cambiará después de que yo muera?».

La historia podía proyectarse hacia el futuro. Podía compararse el cambio entre los siglos XVIII y XIX, y proyectar ese cambio hacia el siglo XX. Esto produjo visiones pesimistas y optimistas del porvenir. Los pesimistas partían sobre todo de una proyección del contexto social. Por ejemplo: si la tecnología había propiciado la explotación laboral, una tecnología aún más avanzada podía conllevar métodos más refinados para ejercer dicha explotación. Los núcleos industriales, ya abarrotados, podían convertirse en colmenas deshumanizadas pobladas por obreros cuya existencia se vería reducida a un estado de supervivencia cuasi animal; así nacía la «distopía», el temor a que el progreso tecnológico se desparejase para siempre del progreso ético y social. Otra preocupación nueva era la mecanización de los ejércitos y la aplicación de los nuevos descubrimientos científicos al propósito destructivo de la guerra; cabe admitir que, al menos en esto, incluso las visiones más negras de finales del XIX se quedaron cortas.

Entre los optimistas primaba otra lógica: casi cada nuevo invento aportaba un incremento de la eficiencia productiva, ya fuese medida en tiempo, en esfuerzo o en recursos. A mayor eficiencia en la producción de bienes, más bienes disponibles para un mayor número de personas. La industrialización estaba permitiendo la fabricación de productos en masa, aumentando la oferta y disminuyendo los precios. Thomas Alva Edison, crecido en un mundo donde iluminar toda una casa mediante velas había sido un lujo para los ricos, imaginaba otro mundo en el que incluso las casas de los más pobres serían iluminadas por bombillas eléctricas. Y ya nadie tendría que quedarse a oscuras.

En 1917, Alexander Graham Bell ya había cumplido setenta años. Su invento, el teléfono, estaba en millones de hogares (Antonio Meucci había muerto sin disputar con éxito la patente). Graham Bell sabía, como todos quienes habían vivido en su generación, que el mundo de los humanos había cambiado más deprisa en el siglo XIX que en los varios milenios registrados en las crónicas escritas, o en los milenios redescubiertos por la arqueología. Aunque en 1917 Europa estaba sumida en una guerra que materializaba las pesadillas de la tecnología aplicada a la indigna tarea de matar, el inventor estadounidense permanecía optimista. Ejerciendo como invitado de honor en la ceremonia de fin de curso de una escuela de formación profesional, pronunció una perorata que se haría famosa por su humanismo y su carácter predictivo. Graham Bell empezó exclamando ante los recién graduados: «¡Qué cosa gloriosa el ser joven y tener un futuro por delante!» (aunque él pensaba, suponemos, que su jovencísima audiencia todavía no estaba en posición de entender la profunda significación de esa frase). Justo después, el inventor bromeaba: «No pretendo insinuar que soy viejo, ¡de ninguna de las maneras! Lo he dicho pensando en una anciana que vive en Baltimore y tiene ciento ocho años de edad, con las facultades mentales intactas. Poseedora de una mente brillante y activa, es capaz de, usando sus propios recuerdos, mirar atrás y reconstruir todo un siglo de progreso en el mundo». Conociendo los cambios del pasado, decía Bell a sus oyentes, sería posible vislumbrar por dónde irían los cambios del futuro.

Thomas Alva Edison. (DP)

Su visión de ese futuro, como las de muchos otros científicos e ingenieros de su tiempo, era optimista en esencia. Pesimistas eran los filósofos y literatos, cuyo sedimento más melancólico era quizá producto de tratar con las generalidades de la condición humana, y esa condición humana es falible, imprevisible y traicionera. Quienes trataban con las máquinas, por el contrario, no centraban su atención en un mundo dominado por seres indignos de confianza, sino repleto de artefactos hechos con piezas que, cuando son dispuestas de la manera correcta, siempre producirán el mismo resultado. Una máquina no miente ni traiciona. Una máquina bien construida es fiable y hace siempre aquello para lo que fue diseñada. Un hombre puede ser malvado, pero si la máquina es fabricada para el bien, siempre producirá como resultado el bien. Salvo, claro está, que un humano decida usarla para el mal. Pero también en esto eran optimistas los tecnicistas decimonónicos: si la historia ya no era un péndulo, sino una suma; si el mundo había avanzado desde un pasado primitivo hasta un presente glorioso, se debía a que, sumando todas las voluntades humanas, el propósito de mejorar el mundo termina teniendo más peso que el propósito de empeorarlo.

En su discurso, pues, Bell se maravillaba del progreso. Glosaba la posibilidad de ver latir el corazón gracias a los rayos X. Especulaba, en un comprensible y perdonable desliz, que sería el alcohol, y no el petróleo, la sustancia destinada a alimentar las necesidades energéticas de la industria. Se preguntaba sobre la manera de desalinizar el agua de mar, una necesidad que justificaba citando una noticia de la época: los tripulantes de un barco extraviado en mitad de la niebla habían fallecido por no tener qué beber: «Es un reflejo de la [escasa] inteligencia humana el que varias personas deban morir de sed cuando están rodeadas de agua». Bell también sugería que los hogares fuesen construidos con un tejado pensado no solo para repeler la lluvia, sino también para aprovechar el calor del sol mediante un sistema de tuberías que alimentarían una caldera. Imaginaba un sistema de aire acondicionado basado en el aire comprimido. Y, en la más ingenua de sus ensoñaciones, aunque lógica, se preguntaba si el desarrollo del transporte aéreo podría servir para dejar de construir carreteras y ferrocarriles que mancillasen el paisaje. Su optimismo alcanzaba también lo social: animaba a que las pocas muchachas de aquella promoción persiguieran sus sueños de una carrera técnica, recordándoles que había sido una mujer, «Madame Curie de París», quien había propiciado «la mayor mutación científica en lo que llevamos de siglo veinte». Alexander Graham Bell poseía, sin duda, una mente clarividente.

La lógica de los optimistas era la lógica de los números. Si mayor producción de bienes implicaba mayor cantidad de bienes disponibles para todos. Y una más eficiente producción de bienes implicaba menor necesidad de mano de obra. La combinación de estos dos factores conduciría a una sociedad en la que todos tendrían cubiertas sus necesidades básicas, a cambio de trabajar, como mucho, unas pocas horas semanales. Una sociedad de la abundancia colectiva y el ocio generalizado. Una visión utópica que se oponía a la distópica. Abundaban los textos e ilustraciones con imágenes de un futuro deslumbrante, idílico, y repleto de invenciones que hoy nos parecen cómicas, pero que expresaban el genuino deseo de emplear las nuevas herramientas tecnológicas para construir una sociedad mejor.

El siglo XX materializó muchas de las esperanzas y también muchas de las pesadillas del XIX. Se demostró que, como había temido Gustave Le Bon, las decisiones colectivas tienen una muy poderosa influencia, pero también imprevisibles consecuencias. La solución de viejos males trajo males nuevos, mientras las filosofías y las ideologías pugnaban por entender un mundo en metamorfosis. Se produjeron varias catástrofes que pudieron ser evitadas pero que, bien al contrario, fueron fomentadas: dictaduras de todo signo, guerras de magnitud insólita, opresiones de pueblos enteros, segregaciones, etc. Pese a todo, en suma, la humanidad prosperó, al menos si tomamos como índice el más antiguo y básico: la demografía. Hoy vive en el mundo más gente que nunca antes, y los porcentajes de miseria y hambre han disminuido (aunque hay signos de que la tendencia podría invertirse).

En términos históricos, la revolución iniciada por la máquina de vapor aún es, aunque parezca mentira, joven. La pugna ideológica del siglo XX no ha cesado en el XXI, aunque toma nuevas formas tras el desencanto del comunismo y el abandono deliberado del estado social en los países capitalistas. Nadie niega que el progreso científico y tecnológico es uno de los dos ejes de la nueva historia, y que el otro eje es la determinación de cómo se aplica ese progreso para que, de ser posible, la vida de todos sea más llevadera (sumando un tercer factor: cuánto aguantará el ecosistema). Quizá es momento de recordar que la bomba de vapor fue bautizada «amiga del minero» porque permitía obtener idénticos resultados con un inferior coste en trabajo. Y de resucitar la aspiración decimonónica de que la existencia humana puede —puede, no solo debe— ser más agradable para todos, incluso para los de abajo.

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19 Comentarios

  1. El problema que veo a su artículo es que promete algo en falso. ¿Dónde está la renta básica universal, aparte de en el título?

  2. Por supuesto que la existencia humana puede (no sólo debe) ser más agradable, incluso para los de abajo. El ‘incluso’, por tanto, sobra.
    El desencanto del comunismo y el abandono deliberado del estado social en los estados capitalistas. ¿Tal cual? ¿Seguro?
    Fracasó un proyecto concreto, el soviético. Las razones darían para otro artículo, pero es un hecho incontrovertible. Sin embargo, la idea y posibilidad del comunismo no han caducado.
    Primero, y además, en el camino, el poder de los soviets más la electricidad, en palabras de Lenin, llevaron a la URSS del feudalismo al siglo XX, con incrementos brutales de productividad. En 1930 era un país atrasado; en los 40, frenaron y machacaron a los nazis. En los años 50 todavía el crecimiento en la URSS era superior al occidental. En la carrera espacial durante muchos años la URSS y USA anduvieron parejos. Los inventos soviéticos siguen hoy empleándose, forman parte del progreso tecnológico.
    China. Comunismo o capitalismo político autoritario. Unos lo caracterizan en la línea comunista; para otros, con la conceptualización de B. Milanovic, de la segunda forma. Lo cierto es que hace unos lustros China era un gigante famélico, hoy compite con USA. Cuando se la quiere insultar, es comunista; cuando se la quiere alabar, es capitalista. La China de Schrodinger, JA.
    Si algunos leyeran el Manifiesto Comunista, se sorprenderían de ver que Marx no aboga por un anticapitalismo (eso es cosa de trotskistas e izquierdistas). Es post-capitalista. El capitalismo es progreso y el comunismo puede ser una forma de superación. En China, es el Partido Comunista el que conduce al país por la senda del progreso y no parece que vaya a cambiar. ¿Que no?

    Por último. El abandono deliberado del estado social. Depende de los autores, unos más bien lo llamarían estado socialdemócrata o Estado del Bienestar. Eso sí, llámemosle como queramos, deliberación hubo en el abandono. En cuanto el primo URSS de Zumosol desapareció, lo que tardó el capitalismo en olvidarse de la socialdemocracia fue un visto y no visto. Sólo por eso fue una desgracia histórica la desaparición de la URSS.
    Da penita ver cómo neoliberales utópicos y fundamentalistas llaman comunismo a cualquier intervención ordinaria del Estado y más penita aún ver cómo bajan impuestos y luego reclaman “solidaridad” o exigen “justicia” a costa de terceros. Se fue el comunismo soviético y la alternativa es el nacional-populismo (y el integrismo). Menos mal que nos queda China.
    Pero esto es ya un lamento, una esperanza y una digresión.

  3. A propósito de China:
    Lo que se conoce como “Revolución Cultural” ni fue una revolución, ni tuvo nada que ver con la cultura, más bien al contrario. Se trató simplemente de un ajuste de cuentas entre bandas rivales, dentro del Partido Comunista, y por supuesto, ganó el más canalla: Mao Zedong.
    En aquella extraña “revolución” en la que un guardia rojo dijo “porque somos rebeldes, obedecemos” .. a Mao, más de 700.000 personas fueron asesinadas sin piedad. Los alumnos apaleaban a sus profesores, los torturadores eran más tarde torturados … nadie salvo el vicioso Gran Timonel estaba a salvo.
    En ochenta millones se estima el número de víctimas de la represión llevada a cabo por el Partido Comunista chino. Su historia es la del crimen masivo. De continuo, ha buscado grupos de enemigos internos a los que asesinar, con el fin de que cada uno de los miembros del partido comunista fuera un asesino, y lo consiguieron, y acabar con todo vestigio de humanidad y de moral en la sociedad china. Para conseguir sus fines han utilizado de continuo la mentira.
    De manera harto curiosa el Partido Comunista chino ha evolucionado sin dejar nunca de matar. El asesinato es lo que define por esencia al socialismo extremo que es el comunismo. El Partido Comunista chino primero asesinó a cuantos habían luchado contra Japón en las filas del nacionalismo del KMT. Dijo que no lo haría, pero luego mató a todos cuantos pudo porque los consideró infectados.
    Una vez tomado el poder, lanzó a sus militantes y a las masas contra los propietarios de tierras, con el doble objetivo de seguir llenando China de cadáveres y de acabar con la propiedad privada, el dogma más estúpido y más liberticida que se ha inventado en la historia de la Humanidad. Mao dijo que “para matar a los reaccionarios en las zonas rurales, debe exterminarse una proporción mayor al 1/1000 del total de la población… En las ciudades, el porcentaje puede ser menor”. Tan caprichosa estadística significaba el asesinato de 600.000 personas. Fueron muchas más.
    Colectivizado el campo, en lo que Mao calificó como ‘El Gran Salto Adelante’, el Partido Comunista chino consideró que ello mejoraría, sin duda ninguna, no podía ser de otra forma, los resultados de las cosechas. Los funcionarios locales del partido empezaron a emitir estadísticas triunfalistas y cuando se fueron a recoger las cosechas y se vio que eran exiguas, lejos de reconocer el error, se culpó a los agricultores. Como el partido había considerado que la colectivización produciría por sí misma fenómenos milagrosos, se había llevado a muchos agricultores a trabajar en la industria del acero. Se abandonaron de esa forma los cultivos. Cuando no se pudo responder a la demanda del partido, se acusó a los campesinos de ocultar sus cosechas, se les requisó cuanto tenían y se les mató cuando ocultaban algo.
    Durante los tres años de la Gran Hambruna, entre 1959 y 1961, se tienen documentados casos de familias que se comieron a sus propios hijos. En los textos oficiales, se dice que la hambruna, en la que murieron cuarenta millones de personas, fue producida por catástrofes naturales –Desastre Natural de Tres Años, se denomina en la propaganda oficial comunista- pero fueron años más bien de clima benigno. Para no romper la consigna del partido, los funcionarios locales rechazaron recibir ayuda afirmando que tenían víveres de sobra.
    Como no ha habido tesis más ridículas que las del comunismo, éste siempre la ha impuesto por la fuerza y el asesinato.
    Para poder asesinar mejor a los disidentes, recurría de continuo a la mentira. En 1957, lanzó el Movimiento de las Cien Flores, cuyo lema era “dejar que broten cien flores y que debatan cien escuelas de pensamiento”. Animaba a las gentes a expresarse críticamente, prometiendo que “no tiraremos de las trenzas, no se golpeará con bates, no se colocarán sombreros, ni se buscará revancha”.
    Dentro de la secta mayor de asesinos que ha conocido la Humanidad, el comunismo, Mao ha sido, junto con Stalin, el más sádico. Bajo su dirección, el partido comunista chino creó el sistema de terrorismo de Estado más fuerte y despiadado, mediante la violencia, la mentira y, por supuesto, la censura de la información. Siempre sintió una querencia compulsiva hacia el asesinato en masa. Así, en un documento, se lamentó de que “todavía existen muchos lugares donde la gente se siente intimidada y no se anima a matar a los reaccionarios abiertamente y en gran escala”. En 1951, una directriz del partido comunista chino ordenaba “ejecutar de inmediato” a quienes “difundieran rumores”.
    Hay numerosas anécdotas que ejemplifican su sadismo. El 18 de agosto de 1966, Mao Zedong se reunió con los representantes de los Guardias Rojos en la torre de la Plaza de Tinanmen. Song Binbin, hija del líder comunista Song Renqiong, le puso a Mao la manga emblema de los Guardias Rojos. Cuando Mao se enteró del significado del nombre de Song Binbin, ‘amable y cortés’, dijo: ‘Necesitamos más violencia?. Song se cambió el nombre por el Song Yaowu, ‘deseo de violencia’”. A Liu Shaoqi, un expresidente chino, que había sido el número dos de Mao, el día que cumplía los 70 años, la guardia personal de Mao le llevó un regalo, una radio, para que escuchara el informe oficial de la Octava Sesión Plenaria del Comité Central número doce, que decía lo siguiente: “Se recomienda la expulsión permanente del Partido del traidor, espía y desertor Liu Saoqi, así como la exposición y acusación de Liu Shaoqi y sus cómplices por los delitos de traición y conspiración”. Fue largamente torturado, y su cuerpo empezó a pudrirse antes de su muerte.
    Mao consideraba que el comunismo debía estar continuamente asesinando e imponiendo el terror, y es lo que hizo durante toda su vida. En sus tiempos de guerra, cuando huía del invasor japonés, dejando que se deteriorara en la lucha el ejército del KMT, a su ejército lo purgaba de continuo. Se inventó una Alianza Antibolchevique entre sus filas.
    Torturaba a las esposas para que denunciaran a sus maridos. Entendía que el asesinato de unos comunistas por otros estrechaba los lazos de la secta destructiva.
    Para poder asesinar mejor a los disidentes, recurría de continuo a la mentira. En 1957, lanzó el Movimiento de las Cien Flores, cuyo lema era “dejar que broten cien flores y que debatan cien escuelas de pensamiento”. Animaba a las gentes a expresarse críticamente, prometiendo que “no tiraremos de las trenzas, no se golpeará con bates, no se colocarán sombreros, ni se buscará revancha”. Se organizaron debates y muchos, la mayoría comunistas, expresaron críticas para mejorar el régimen. Poco tiempo después, Mao lanzó el Movimiento AntiDerechista, donde estableció que las cerca de 540.000 personas que habían establecido críticas eran ‘derechistas’ y, por tanto, exterminables.
    En 1966 desató la furia del terror rojo con la llamada Revolución Cultural. Mediante conceptos difusos de acabar con las viejas ideas y los viejos hábitos, se instó a los jóvenes chinos a convertirse en asesinos. Los alumnos se dedicaron a asesinar a sus profesores y a cuantos no tuvieran buenos antecedentes de clase, a los “terranenientes, campesinos ricos, reaccionarios, malos elementos y derechistas”. Algunas definiciones eran tan vagas que casi cualquiera podía ser asesinado. Y durante un año nadie estuvo a salvo. Para ingresar en el partido comunista era preciso haber participado en matanzas. En la vorágine de violencia, se produjeron numerosos casos de canibalismo. Más de 7.730.000 personas fueron asesinadas en linchamientos y ejecuciones públicas. Hasta 100.000 millones, una décima parte del total de la población, se vio afectada, expulsada de sus casas, enviadas al campo o internadas en campos de trabajo.
    El asesino compulsivo Mao Zedong recibió el culto de un dios viviente. Durante la Revolución Cultural –un decaimiento absoluto en la barbarie relativista- se exigió a todo el pueblo chino que practicara rituales pseudoreligiosos de culto a la personalidad. “Pedir instrucciones al Partido por la mañana y rendirle cuentas por la noche”, recordar al líder Mao varias veces por día y desearle longevidad ilimitada y pronunciar consignas políticas al levantarse y al acostarse. Se citaba a Mao todo el tiempo, con axiomas como ‘Combate ferozmente cualquier pensamiento egoísta’ y ‘ejecuta las instrucciones recibidas las entiendas o no; profundiza el entendimiento durante la ejecución’. Sólo se permitía leer su libro y el endiosamiento llegó al punto de que no se vendía comida en los locales gastronómicos a la gente que no pronunciara alguna cita de Mao.
    Aún hoy en día en la China del partido único, heredero de esa tradición genocida, se venera a Mao, el asesino en serie, el gran sádico, el canalla. También lo veneran todo género de ignorantes.

    • No sé cómo una persona tan educada, Costi, incurre en tamaña falta de respeto.

      Además no sé cómo una persona tan refinada intelectualmente incurre esta falacia de hombre de paja.

      Qué tendrá que ver que Stalin o Mao sean asesinos o no lo sean con el progreso de sus países. Sobre todo en el caso de Mao, pues el despegue tuvo lugar después, con Deng Xiao Ping. Y como si el capitalismo británico o estadounidense no hubieran desarrollado también su progreso con crímenes que no van a la zaga.

      Estás fallando más que una escopeta de caña. Eso es propio de imbéciles infatuados. Pero no me extraña, siendo tan anticomunista, Costi.

      Esfuérzate más, chavalote.

    • Je je je
      Por cierto, Costi, venir a Jot Down a poner corta-y-pegas no es de recibo. Si no vas a mejorar el silencio con tus propias palabras para desacreditarme, lo mejor es que te abstengas.
      Besitos, cariño.

      • En el post original ya comenté que para desacreditar a alguien, es suficiente con un corta y pega. No voy a gastar más tiempo con usted. Parece que ya ha hecho otros amigos.

        • Por fin, eso es lo que quiero, que me dejes en paz, que no me vuelvas a buscar porque me volverías a encontrar, Costi.

            • Marco, le remito al comentario de más abajo a Abruptus. Por favor, no sé ponga a su nivel. Con ese carácter de lametraserillos, ya tiene usted bastante.

            • Por cierto, alguien en la primera parte del artículo comentó algo así:

              “Si no tienes algo que decir sobre el artículo en cuestión, ¿por qué no te vas a otra parte a hacer gracietas?”

              ¿Por qué no se aplica usted sus propias palabras? ¿Ha aportado algo usted en este artículo segundo o en el primero?

              Venga, nos vemos, compañero.

  4. Podrías esforzarte más.
    Uno puede pensar que vagueas.
    Todo empeorará si lo haces.
    O no, quién sabe.
    Cuesta dejar los hábitos de prepotencia.
    Ojalá lo consigas.
    Sería lo más saludable para todos.
    Tómate tu tiempo.
    Ignorarlo sería lo peor.

    • Vaya repaso te han dado, Máximo. Lo de Costi, cariño, chavalote… deja en evidencia que te han dejado sin argumentos.

      • Abruptus, no sabe ni usted de lo que habla y muy probablemente no tenga usted ni dos dedos de frente. También es probable que simpatice con el nacional-populismo.
        1. Un corta y pega no es repaso por sí mismo.
        2. Responde a algo que no se ha dicho. Es un puro sofisma.
        3. Lo que yo afirmaba y que el compañero Costi no ha refutado es que
        a- la Urss tuvo un progreso socio económico formidable.
        b- el estado social (un progreso social objetivo en el capitalismo) ha sido desmontado al desaparecer la Urss.
        c- China ha tenido un desarrollo vertiginoso en pocos años y que compite con USA por el liderazgo mundial.

        Así que, Abruptus, pula sus exabruptos. El moralismo hipocritón no contradice mis afirmaciones. Y que yo llame a alguien “chavalote” o “cariño” en unas escaramuzas de odio virtual tampoco descalifica mis argumentos.
        Adiós.

          • Santi, se ve que no lee. Si lo hace, verá que no digo nada de Mao en la primera intervención. Que digo que China ha crecido formidablemente. Por muchos crímenes que haya cometido Mao, el copia y pega no niega lo dicho.

            Si no llega a eso, lo mismo tiene que volver a bachillerato. Que esto no es Twitter, chavalote, que los zascas se dan razonando.

            Lo que veo es mucho anticomunista con picor intenso. Ay, la morralla.

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