El animal más extraño del mundo

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Pez bruja
Fotografía: Cortesía de la Universidad de Guelph.

Cuando hablamos de animales extraños solemos pensar en su aspecto. La anomalía nos entra por los ojos, y nuestro mundo está repleto de criaturas que parecen salidas de una película de terror o de un cuento de fantasía, desde la «medusa psicodélica» al babirusa. Sin embargo, el exterior no lo es todo, y uno de los animales más desconcertantes que existen tiene un aspecto más bien anodino: el pez bruja, que recuerda a las anguilas y sobre todo a las lampreas. Eso sí, las lampreas poseen una aterradora boca circular provista con varias hileras de dientes, boca que ha inspirado el diseño de numerosos monstruos de la ciencia ficción, y los peces bruja no son tan imponentes ni sirven como modelos para alienígenas de película. Aun así, estos peces han mantenido atónitos —y muy entretenidos— a los biólogos. Pocas criaturas reúnen tantas características anómalas al mismo tiempo. Podría decirse que el pez bruja no tiene pinta de alienígena, pero que su pinta es lo único que no resulta inclasificable.

Los mixinos, que así se los llama también, saltaron a los titulares en el verano de 2017, cuando un camión que transportaba cientos de ejemplares volcó en una carretera estadounidense, desparramando por el asfalto más de tres toneladas de agua y peces. Esto, de por sí, ya hubiese sido un problema para los automóviles que transitaban detrás. Pero hablamos de los peces bruja, así que la cosa iba a ponerse aún peor: cuando se sienten atacados, secretan una mucosidad transparente que se solidifica en forma de paño gomoso (no por nada en países anglosajones se los apoda también «las anguilas de baba»). Esta mucosidad recubre las fauces o las agallas del depredador, que se encuentra con una repentina dificultad para respirar, pues le sucede lo mismo que a un ser humano al que le hubiesen puesto una bolsa de goma en la cabeza. El atacante, desesperado, lucha por deshacerse de la extraña capa mucosa mientras el pez bruja escapa. En YouTube se pueden encontrar vídeos de tiburones atragantándose con la capa mucosa excretada por el pez bruja. Pues bien, al accidentarse aquel camión y vaciarse el tanque sobre la carretera, los mixinos se encontraron en una repentina situación de estrés y recurrieron a su más instintivo mecanismo de defensa. Así, los automóviles que seguían al camión accidentado se toparon no solo con toneladas de agua y peces, sino también con una inesperada trampa babosa que se extendía por decenas de metros. Por fortuna, y quizá por obra de un milagro, no hubo víctimas entre los conductores, pero las increíbles imágenes de los coches recubiertos por una sustancia que parecía salida de la imaginación de H. P. Lovecraft ocuparon los periódicos y noticiarios del país. 

Llamó la atención de periodistas y espectadores la enorme cantidad de mucosa acumulada en aquella carretera. Cierto es que había cientos de ejemplares de pez bruja, pero tienen cuerpos tubulares y delgados, y no suelen medir más de medio metro de longitud (aunque hay excepciones que se acercan al metro). Como por efecto de una brujería, el volumen total de mucosidad superaba con mucho el volumen total de peces. ¿Cómo era esto posible? Los biólogos marinos ya conocían la respuesta: cada pez bruja de tamaño medio —unos cincuenta centímetros— es capaz de producir y expulsar veinte litros de mucosa en apenas unas décimas de segundo.

Como es obvio, tanta mucosa no cabe dentro del pez así que, ¿de dónde procede? Este prodigio es posible gracias a la inusual alquimia biológica de este animal, que no almacena esta mucosidad en su organismo, sino que la fabrica de manera instantánea en el momento en que la necesita. Un pez bruja apenas expulsa cuarenta miligramos de proteínas sólidas, pero cuando estas entran en contacto con el agua producen mucosidad que multiplica por miles ese peso. ¿Cómo? Esas proteínas forman hilos cien veces más finos que un cabello, pero que llegan a alcanzar quince centímetros de longitud sin romperse, siendo capaces de actuar a la manera de «velcros» para capturar litros de agua. Se forma una capa que es una sustancia sólida, pero tan anómala, que los investigadores han tenido que diseñar aparatos especiales para medir su grado de solidez. Toda mucosidad animal se compone de agua en la que hay disueltos otros ingredientes que le confieren su textura; por lo general, cuantos más ingredientes sólidos presentes, menos líquida es la mucosidad. Sin embargo, la mucosidad del pez bruja contiene mil veces menos ingredientes sólidos que la saliva humana y, aun así, no es líquida. Puede ser sostenida en las manos, a pesar de que los investigadores descubrieron que la gelatina que se vende en los supermercados es diez mil veces más «dura» que la baba del pez bruja. Y, aun así, la gelatina se desharía al instante y no serviría como defensa ante los depredadores. 

Esta alquimia no es la única cualidad que ha mantenido confusos a los investigadores. Los peces bruja se dividen en sesenta especies que conforman la clase Myxini y que se cuentan entre los vertebrados vivos más primitivos del planeta Tierra. En 1991, fue descubierto el fósil de un pez bruja que vivió hace trescientos millones de años, demostrando que estos animales han cambiado poco desde que fueron testigos de la aparición de los dinosaurios. De hecho, estos peces carecen de mandíbulas, algo que hoy es insólito en los vertebrados y era más propio de los primeros peces surgidos hace unos quinientos millones de años. En esto los mixinos no están solos, pues las lampreas también carecen de mandíbulas. Pero el pez bruja sí es el único animal contemporáneo que, teniendo cráneo, carece de columna vertebral. Esto, junto al carácter primitivo de muchos de sus órganos, hacía pensar que era una reliquia de tiempos incluso más antiguos, cuando los peces todavía no habían desarrollado un espinazo. Para sorpresa de quienes mantenían tan lógica hipótesis, los análisis genéticos cuentan una historia muy distinta: el mixino es primitivo, sí, pero llegó a ser un pez vertebrado en un pasado muy remoto. Y, por algún motivo adaptativo, su organismo empezó a cambiar en sentido contrario y su columna degeneró hasta volver a desaparecer. Así, tenemos un pez muy primitivo que evolucionó para convertirse en vertebrado y que continuó evolucionando hasta volverse «invertebrado», pareciendo mucho más primitivo de lo que en realidad es.

Dentro de su cráneo, que está hecho de cartílago y no de hueso, posee un cerebro desconcertante. El pez bruja también comparte con la lamprea una peculiar característica: sus neuronas no están recubiertas de mielina como las del resto de los animales vertebrados. Su cerebro es tan peculiar, de hecho, que no existe aún consenso científico sobre si en él están presentes ciertas estructuras básicas como el cerebelo y sus áreas encargadas de la coordinación perceptivo-motora, que sí existen en los cerebros de los demás peces. Incluso sus ojos se parecen más a los ocelos de un insecto, porque no tienen lentes capaces de formar imágenes sobre una retina, limitándose a captar la luz. Parece ser que los mixinos pudieron tener ojos más complejos en el pasado, pero cuando se acostumbraron a habitar aguas profundas los fueron perdiendo, como les sucedía a los humanoides subterráneos de las novelas de H. G. Wells.

También es aberrante el hecho de que su piel no está pegada a sus músculos. La piel permanece unida al pez por una única franja central que, a modo de costura, va de la cabeza a la cola. El pez bruja, que no tiene aletas, viste su piel como si fuese un abrigo varias tallas más grande. Al igual que otros peces antiguos como los tiburones y las rayas, los mixinos mantienen una equivalencia osmótica entre sus fluidos corporales y el agua salada en la que viven, pero también en esto son especiales, pues la presión sanguínea del pez bruja es la más baja conocida entre los vertebrados. Además, es el animal que posee una mayor cantidad de sangre con relación a su peso corporal, aunque mucha de esa sangre no corre por sus venas, sino que se almacena en el espacio libre que queda entre la holgada piel y el resto del cuerpo.

Por si todo esto fuese poco, su sistema de alimentación se encuentra a medio camino entre los invertebrados y los vertebrados. Los mixinos no hibernan, pero pueden sobrevivir durante meses sin comer gracias a su poco exigente metabolismo, algo que hizo que los biólogos las comparasen con las sanguijuelas. Cuando los mixinos tienen hambre, emplean su mucosa para cazar gusanos y otras pequeñas criaturas marinas, aunque parecen preferir la carroña de animales moribundos o muertos. En especial, si se trata de peces grandes como tiburones o mamíferos marinos. Cuando los peces bruja encuentran un gran animal indefenso, llegan a introducirse por su boca, su ano u otro orificio para devorarlo desde dentro, creando así un escenario de pesadilla. Pero esto no es lo raro, pues no solo mastican y tragan carne que arrancan a mordiscos, sino que su piel puede absorber material orgánico disuelto en el agua, una capacidad propia de los invertebrados marinos y que no se da en ningún otro pez. Esto es de especial utilidad a la hora de rapiñar cadáveres que están descomponiéndose y vertiendo sustancia alimenticia que se disuelve en el agua. Para colmo, el pez bruja no tiene sus papilas gustativas en la boca, sino en la piel, así que no necesita morder para saborear la comida.

Su vida sexual también es una fuente de misterios y sorpresas. Los peces bruja viven en el fondo marino y son reacios al cultivo; hasta el momento no se ha conseguido que se reproduzcan en cautividad. Lo poco que se sabe sobre su reproducción también es tan marciano como cabría imaginar. Una excepción más entre el resto de los vertebrados es que sus conductos urinarios no terminan encontrándose con los conductos reproductivos en la salida. Los individuos de algunas especies de pez bruja poseen gónadas de ambos sexos —un único testículo y un único ovario—, pero no está claro si son verdaderos hermafroditas o si recurren a uno de esos sexos disponibles descartando el uso del otro. Otras especies de pez bruja no presentan esta dualidad genital, pero sí muestran distribuciones sexuales extremas, por ejemplo, habiendo un único —y suponemos que muy ocupado— macho por cada cien hembras. Las puestas de huevos no son muy numerosas y se acumulan en pequeños montoncitos donde los huevos permanecen pegados entre sí; se ha observado a algunos individuos adultos acurrucándose en torno a una puesta reciente, como protegiéndola, pero no es una conducta generalizada, así que nadie sabe con certeza si esto forma parte de su instinto paternal o es una más de sus conductas inexplicables. 

El currículum del pez bruja contiene tantas extravagancias biológicas que parece un animal que hubiese evolucionado con la traviesa intención de provocar quebraderos de cabeza a los investigadores. Es un vertebrado sin columna, un pez que saborea con la piel y tiene un cerebro indescifrable. Pero ¿por qué transportaba un camión tantos ejemplares de esta aberrante criatura? El destino era la exportación: en Corea, este animal es considerado una exquisitez culinaria y su piel es usada para fabricar billeteras. Y es que ni siquiera el pez bruja puede hacerle la competencia al que de verdad es el más extraño de todos los animales: el ser humano.

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