Arte y Letras Filosofía

La intención adaptativa del pensamiento y el comportamiento

intención
DP.

Siempre hay algo auténtico, oculto en toda falsificación.

(La mejor oferta)

A menudo se siguen librando batallas con personas o situaciones que ya han desaparecido. En ocasiones experimentamos emociones desagradables o que consideramos inadecuadas o realizamos actuaciones que no nos parecen aceptables. En esos momentos solemos darnos a nosotros mismos mensajes llenos de intención correctora como, por ejemplo: «Deberías controlarte más en situaciones de este tipo». O: «Reflexiona antes de actuar». O también: «Ante todo se honesto, que no se te pueda reprochar nada». Y este proceso suele iniciar una vía de sufrimiento al intentar controlar racionalmente respuestas neurofisiológicas y espontáneas que emitimos cuando entramos en estrés.

Esta respuesta automática viene de nuestra parte más instintiva, algo que supera toda lógica y aunque haya sido funcional para defender la vida, suele ser censurada por el pensamiento racional. Ahí arranca nuestro mecanismo de auto represión.

Con esa actuación perdemos la posibilidad de conocer la intención beneficiosa que se esconde detrás de esa emoción o actuación inadecuada. Porque cada conducta o sentimiento que experimentamos se inició con la intención de defender la vida, aunque ahora esa intención se haya sepultado con los cambios evolutivos personales y del contexto.

Cuando conectamos con esa intención inicial adaptativa y por extraño que parezca, podemos convertir los enemigos en aliados. Además de que esto también permite afrontar los problemas con nuestro lado más fuerte y competente.

El miedo a nuestra parte más instintiva tiene relación con nuestro proceso de civilización y con el temor a ser reprobados por la comunidad. Y con ello instalamos el mecanismo de la evitación. En realidad, evitación de lo que ya sentimos y, en consecuencia, de la pérdida de nuestro poder, lo que acrecienta sinérgicamente nuestro temor. Y así, sucesiva y espiralmente.

Las emociones tienen un reflejo fisiológico que prepara la respuesta psicocorporal que en cada caso se necesita[1].

El enojo aumenta el flujo sanguíneo a las manos, para facilitar la acción de empuñar un arma o golpear a un enemigo; además aumenta el ritmo cardíaco y la adrenalina para disponer de energía en el combate.

La palidez y la sensación de quedarse frío cuando tenemos miedo se debe a que la sangre se retira del rostro y corre a los músculos largos, como las piernas para favorecer la huida. En otras ocasiones el cuerpo tiende a paralizarse, quizá para calibrar si la mejor respuesta debería ser ocultarse o mimetizarse con el medio hasta que pase el peligro. Las conexiones nerviosas de los centros emocionales del cerebro desencadenan también una respuesta hormonal que pone al cuerpo en estado de alerta general, sumiéndolo en la inquietud y predisponiéndolo para la acción, mientras la atención se fija en la amenaza inmediata con el fin de evaluar la respuesta más apropiada.

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2 comentarios

  1. Un artículo para remover cimientos personales, muchas gracias. Habría sido muy interesante ahondar en la idea de que «cuando conectamos con esa intención inicial adaptativa y por extraño que parezca, podemos convertir los enemigos en aliados».

  2. Bernardo Ortín

    Respondo tarde a su invitación V. tomo nota del comentario y reescribiré sobre su significado. Gracias

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