Manoplas, zurribandas y Ferrobellum

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Manoplas, zurribandas y Ferrobellum
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En todos lados se oye el grito de odio, la estúpida caricatura contra todo lo que más ama un corazón católico y español. Ni vale encerrarse en casa: a la puerta y debajo de los balcones resuena, como grito de guerra, la voz que pregona los títulos de periódicos dedicados a combatir y escarnecer nuestras creencias cristianas y nuestras más gloriosas tradiciones.

El Siglo Futuro, 1 de diciembre de 1891.

Unos llegaron para incordiar un poco, como El Amolador. Otros confesaban una intención más punzante y envenenada, como La Abeja, que dio buen uso a su aguijón acribillando a serviles y hasta a los de la «Santa Chicharra», que era la atrevida blasfemia con que llamaba a la Inquisición. Luego estaban los que hacían alarde del ánimo más beligerante y que venían, según los casos, mejor o peor armados: La Manopla, que declaraba «guerra abierta a todo el que no ande derecho como un huso, excepto los jorobados», pudo llegar a parecer modosita al lado de El Pescozón Exaltado, El Azote de los Afrancesados, El Martillo, El Garrote, El Garrotazo, La Tercerola, El Tercerolín y El Trabuco. Estos son los títulos que esgrimían los periódicos durante la guerra de Independencia y el Trienio Liberal. La competencia por lucir el marbete más espeluznante en la cabecera era feroz y, como es lógico, en esa contienda por atinar en la expresión más tremebunda de sus propósitos no todos podían vencer. El Terrible para Todos apelaba a un genérico abstracto que, por mucho que quisiera, nunca pudo resultar tan terrorífico como algún concreto revolucionario, por ejemplo, El Robespierre Español, que se estrenó en 1811 citando a Cicerón —«Si ve a la patria en inminente peligro, debe un hijo sacrificar a su padre a la salvación de la patria»— y pidiendo un caudillo jacobino «ilustrado, pero furibundo y sanguinario, [que] haga correr torrentes espumosos de la espuria sangre española». Esto decía en frío, pero con el tiempo se fue calentando, calentando, calentando hasta incendiar de verdad el discurso.

Los liberales de genio más levantisco, los que rivalizaban por escribir la versión más enfurecida del «Trágala, perro», fueron conocidos durante el Trienio como «zurriaguistas», síntoma del éxito que alcanzó un periódico titulado El Zurriago. «No entendemos de razones / moderación ni embelecos, / a todo el que se deslice / zurriagazo y tente tieso», amenazaba. Y cumplió: repartió trallazos a diestra —«Odio implacable a todos los tiranos / debe ser nuestro grito, ciudadano, / muera el servil, el egoísta muera, / morir matando si preciso fuera»— y siniestra —«Moderación. Hembra y buena moza es, y por eso tiene tantos apasionados. […] Ella es hija del despotismo, prima hermana del tribunal de la Santa Chicharra, sobrina de la policía de los malparados Echavarri y Arjona; y es en fin amiga de los pobrecitos serviles, de los infelices pancistas y de los bienaventurados indiferentes, que clamando moderación de continuo, echan a correr cuando hay bullanga». Como donde las dan las toman y no hay peor astilla que la de la misma madera, los del flanco templado de sus propias filas salieron a devolver estopa con los papeles El Látigo Liberal contra El Zurriago Indiscreto y Zurribanda al Zurriago. Este último, en su moderantismo pancista, no dejaba de considerar justa la sentencia que dictaminaba «también al verdugo azoten». Pero ni con esas; El Zurriago era el tipo de periódico que ni se arruga ni se dobla y las tundas no iban a conseguir apaciguar sus furibundas diatribas e imprecaciones, del estilo: 

Cuando los hombres libres se declaran en guerra abierta con los que quieren ser vasallos, esta lucha se llama guerra civil; ¿pero no es mejor esta guerra civil que sufrir con las cadenas de la arbitrariedad, las hogueras de la inquisición y la dura muerte de esclavos, en cuyo estado no hay patria, y viven los hombres sin derechos pues hasta el pensar jura vasallaje y sumisión al déspota? […] Es necesario que no nos alucinemos. Todos los opresores de la tierra han procurado que el pueblo tema más a la guerra civil que al despotismo. Los amantes de la libertad, por el contrario, han inspirado a los hombres la idea justa de que deben sacrificar hasta su misma existencia antes de sucumbir al yugo de la tiranía. […] Conducidos por estos principios, bendeciremos siempre la mano de Riego que salvó la patria; bendeciremos y tendremos como un don del cielo la guerra civil que sostuvo con sus valientes […]: y si la tiranía quiere algún día entronizarse, bendeciremos también la guerra civil que se promueva para destruir sus infames designios, y jamás tendremos de qué arrepentirnos.

El Zurriago hacía así suya la proclama exaltada que había pronunciado en 1821 Juan Romero Alpuente, «La guerra civil es un don del cielo», que era la traducción castiza de una cita de Gabriel Bonnot de Mably. Como ha explicado en distintas ocasiones el profesor Juan Francisco Fuentes, la máxima iba a arraigar en el pensamiento de ciertas élites liberales y de la izquierda española, que advertían que los paréntesis en los que el liberalismo pudo aplicar su política reformista habían sido abiertos por la guerra civil. Creían haber detectado algo así como una ley histórica infalible: desde 1808 fue la guerra la que trajo la revolución y no a la inversa. Por lo tanto, hasta 1936, las censuras a la pusilánime moderación aparecieron junto a las apelaciones a la intransigencia: sí, la guerra quedaba bendecida. 

Enfrente, ni que decir tiene, la prolífica ralea de conservadores, reaccionarios, tradicionalistas, integristas, carlistones y carcundas no estaba menos dispuesta a lo que consideraba poco menos que una cruzada. Se pertrecharon con La Estaca o El Fusil. Periódico de Repetición, que tenía por lema «Yo tiro sin compasión» y cantaba letrillas de este cariz: «Cojamos media España / y abrámosla en canal. / Sangremos del torrente / el cauce consolador, / para regar patatas / que coma el labrador». Unos, ya se dijo, añoraban los tiempos de Pelayo (La Cruzada Católica notificaba en la cabecera: «Quien no está conmigo, está contra mí»), y otros tuvieron vocación partisana, como los Guerrilleros por la Religión, la Patria y el Rey. Pero a menudo se mantuvieron a la defensiva (La Defensa Católica, El Defensor del Rey), jalonaron los cerros periodísticos con un sinfín de atalayas, baluartes, alcázares, cuarteles y bastiones, atrincheraron sus mesnadas y se dispusieron a resistir los ataques de la artillería liberal.  

A la orden de zafarrancho de combate, las huestes reaccionarias y las tropas liberales acudieron a sus puestos. Las cabeceras de sus periódicos se convirtieron en uno de los campos donde se libró la batalla: el mismo título era ya un grito de guerra, un anticipo de las invocaciones retóricas que llenaban sus páginas, en una gradación que iba desde la guerrilla satírica al fanatismo más enconado, violento y marcial. 

En sus pocos meses de vida, en 1837, se hizo célebre el seudónimo de Ibrahim Clarete que en El Guirigay firmaba unos comentarios algo más que revoltosos: un día daba una lección teórica —«El que se ve amenazado de muerte y no mata, es un suicida. La nación no debe suicidarse»— y al siguiente, un ejercicio práctico, al proponer «se les apriete bien la garganta [a los ministros] a ver si con la lengua traidora sueltan el dinero que nos han robado». Lo suyo no eran las perífrasis ni las metáforas, como demostró cuando llamó sin rodeos «ilustre prostituta» a la reina regente María Cristina. Las «coces» que algunos años después metió El Burro. Periódico bestial, por una sociedad de asnos y las «palizas» de El Tío Camorra eran lo más que permitían las leyes de imprenta, hasta la explosión publicística que siguió a la Vicalvarada de julio de 1854. Entonces protagonizaron sus escaramuzas El Centinela de Madrid, El Miliciano, Adelante, El Látigo y El Eco de las Barricadas. Después de la Gloriosa de 1868, irrumpió un amenazador zoológico —La Sanguijuela, El Pájaro Rojo, El Tigre, La Pantera, La Víbora, El Tiburón, El Abejorro, El Mosquito, La Mosquita Muerta y La Pulga—; los federalistas, regodeándose en fantasías apocalípticas, bautizaron dos de sus periódicos con los nombres El Huracán y El Caos; resucitó el rey de Judea que ordenó la matanza de los inocentes, El Segundo Herodes, y una legión de «tíos», como El Tío Peneque o El Tío Pilili, despachaban, según se dijo entonces, «los más delicados chistes de ventorrillo, la más fina sátira de despacho de vino, la más ática sal del porrón y del empiñonado», además de regalar «palizas, garrotazos y pellizcos» a discreción. No le faltaron parroquianos a La Porra, subtitulado Instrumento de madera liberal, a El Rey de Bastos y La Bomba. A Amadeo de Saboya no le debió de dar tiempo a decir «lagarto, lagarto» cuando oyó hablar de la revista Jaque Mate. Y El Cañón Krupp. Periódico metralla de la guerra civil celebraba con salvas las bajas carlistas, que colmaban su alma «de santo cosquilleo». 

Durante la Primera República, muchos periódicos, en un gesto novedoso de provocadora arrogancia, exhibieron de forma ostensible su orgullo de clase. Así lo hicieron El Granuja. Órgano de la canalla, Los Desesperados, El Degüello o Los Descamisados. Órgano de las últimas capas sociales, que aullaba: «¡Temblad, burgueses: vuestra dominación toca a su fin! ¡Paso a los descamisados! ¡La bandera negra está enarbolada! ¡Guerra a la familia! ¡Guerra a la propiedad! ¡Guerra a Dios!». Entre los periódicos que guerrearon durante el Sexenio Democrático, hizo méritos para destacarse El Combate, que en 1870 daba vivas a la república federal universal y tocaba a rebato: 

¿Por qué vamos al combate? Las ideas se difunden por la propaganda y se realizan por la lucha. La ciencia engendra en la conciencia humana el odio contra las instituciones caducas y las leyes del privilegio, pero en la esfera de los hechos solo la fuerza material, la violencia, la lucha, en una palabra, el combate puede destruirlas. La historia no ha hecho más que repetir esta lección terrible. El destino del hombre, como el de las naciones, no se emancipa […] sino después de verter muchas lágrimas y derramar mucha sangre. El alimento de la humanidad no se produce sin romper la tierra, ni la luz hiere la pupila del niño que viene al mundo sin rasgar las entrañas de la madre. Todo, todo lo que nace, crece y se desarrolla, representa un dolor, un camino encharcado en sangre […]. Nuestra principal misión será inculcar en todos los ánimos la idea de que no con palabras, sino con martillos, rompen los esclavos las cadenas que los oprimen; de que no con palabras, sino con bien templados aceros, se derriban las dinastías y los tronos.

Las arengas derrochaban sangre y sería equivocado tomarlas por meras efusiones retóricas. El periodismo decimonónico era una milicia y las redacciones estaban ocupadas por profesionales de la algarada y el motín. Sería difícil precisar dónde estaban los límites, si es que los había, entre la refriega política, el matonismo y el guerracivilismo. Pueden dar algunas pistas las memorias de quienes conocieron aquella prensa, si se prescinde de la ganga épica con la que embellecieron y edulcoraron el pasado. Les gustaba decir que para escribir las invectivas de aquellos «diarios batalladores» era necesaria una pluma «tizona, daga florentina y, a veces, estilete» y para defenderlas, un retaco o cualquier otra arma de fuego. Se contó mil veces que Nicolás María Rivero, director de La Discusión, era el héroe que en cierta asonada contra el Gobierno de O’Donnell, al oír cornetas y descargas, tal cual estaba, con su levitón negro y su sombrero de copa, se echó a la calle al grito de «¡A pelear! ¡Viva la libertad! ¡Hay que morir por la libertad!», para dirigir la lucha en las calles, sin hacer caso a quien le afeó eso de ir vestido de aristócrata a luchar por la libertad. En el relato de Eusebio Blasco, este Rivero era un verdadero revolucionario, arrojado como pocos y, además, cuasi inmortal, como se demostró cuando recibió un balazo en el vientre al batirse en duelo con un general. Dado por muerto por sus padrinos en la mañana, a las nueve de la noche ya estaba en su cama leyendo en voz alta el canto XXXIII del Infierno de Dante. Los periódicos mejor guarnecidos disponían de un arsenal a la espera del alzamiento, pero los demás, con su modesta dotación, se arreglaban bien para hacer frente a la frecuente contingencia de cualquier turbamulta, como recordó José Zahonero: «No faltaban en aquellas redacciones el revólver ni la estaca. Era de temer siempre la llegada de alguna pandilla de apaleadores porristas o de la policía». Por su parte, Roberto Castrovido había convertido para 1909 el recuerdo de aquella violencia en un jaleo: «Época muy simpática la de entonces, cuando en los periódicos nos enterábamos de que se cernía algún peligro, porque veíamos que empezaba a llegar a la Redacción gente desconocida por nosotros, correligionarios que venían armados de gruesos bastones y de pistolas para defendernos… ¡Hasta un trabuco salió a relucir una vez! Sí, había otro espíritu». 

El nuevo espíritu que hacía de la prensa «un producto industrial de una empresa para obtener ganancias al capital impuesto» suscitaba ayes lastimeros y la añoranza de un tiempo en que «el periódico era un arma de guerra, de guerra a veces terrible, siempre heroica» y los periodistas, «soldados unidos para defender una trinchera, sectarios fervorosos» en lugar de mercenarios carentes de convicciones. Poco a poco, todo se volvió aparentemente más civilizado, aunque todavía a menudo fuese preciso hacer valer los artículos escritos con la punta de la espada; así que en no pocos periódicos los gacetilleros recibían clases particulares para aprender el manejo del sable e incluso la sede de la Asociación de la Prensa, inaugurada en 1930, contaba con sala de armas y su profesor de esgrima. Durante la Restauración se consolidan los periódicos que se definían desde sus mismas cabeceras como diarios noticiosos, para distinguirse de los banderizos que se resisten a desaparecer, o como el eco más imparcial de la opinión, por diferenciarse de aquellos que se niegan a desertar. Siguen guerreando los títulos de la prensa satírica y ahí estaba El Mortero con su machaqueo semanal, los carlistas en La Trinchera y el irreductible José Nakens al frente de El Motín. Entonces y después, ya durante la Segunda República, proliferan los intransigentes y la prensa obrera, socialista, anarquista y comunista adopta nombres como La Guerra Social, El Gladiador del Librepensamiento, Fructidor, Octubre, Frente Rojo, Soldado Rojo, El Soviet, La Lucha de Clases, El Luchador, El Libertador, Revolución, Rebelión… 

La vanguardia revolucionaria de los años treinta también tenía la guerra por un don del cielo. Las plegarias de quienes rogaban por ella estaban a punto de ser atendidas. En julio de 1936 los españoles se declararon la guerra —una nueva guerra de independencia, según muchos de los llamamientos a la movilización— y volvieron a «entrematarse», por decirlo con una palabra de Max Aub. Precisamente este escritor, en una escena de Campo cerrado, la primera entrega del ciclo El laberinto mágico, hace que las bobinas de papel para La Veu de Catalunya, recién llegadas al muelle de la Barceloneta en julio de 1936, sirvan para hacer una barricada republicana en la avenida Icaria: «Las van empujando hacia el centro de la calle segada por los rebeldes; sin darse cuenta de lo que es, fríen el papel a balazos». Aub diría que este hecho era completamente inventado. Sin embargo, Juan García Oliver aseguró haber avanzado entre los tiros y tras los rollos de papel hacia las Atarazanas en su libro El eco de los pasos y Ramón J. Sender relató idéntico episodio en un texto publicado en El Mono Azul, solo que en su versión las bobinas que servían de parapeto a la metralla pertenecían a La Vanguardia y Las Noticias: «¡Qué editoriales iba escribiendo allí el sudor y la sangre!». Durante la larguísima contienda no hubo retaguardia periodística: todos los periódicos fueron de trinchera. El país desangrado en constantes guerras civiles demostró que todavía no había agotado su ardor guerrero, ni las divisas bélicas, ni los epígrafes posibles para titular la masacre. Ferrobellum fue el nombre de un fusil lanzagranadas diseñado por el ingeniero Félix Prevost y también de la publicación que él mismo fundó como órgano de la Central Metalúrgica consagrada entonces a la industria militar. Ferrobellum, otra metáfora, una más.

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2 Comentarios

  1. “Creían haber detectado algo así como una ley histórica infalible: desde 1808 fue la guerra la que trajo la revolución y no a la inversa.”
    El actual Gobierno de España es de la misma opinión. La pandemia nos ha traído la revolución verde, feminista, resiliente y todo lo demás. Salimos mejores.

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