
(Viene de la segunda parte)
Terminamos el recorrido por algunos de los horrores de la historia de la literatura, fábulas que nos pusieron los pelos de punta y nos preñaron de imágenes para temer de noche.
6. La estancia de los cuadros: «El grabado»(1904), de Montague Rhodes James, y El retrato de Dorian Gray (1891) de Oscar Wilde. Mrs. Christie tiene en esta habitación un armario empotrado, que solo se abre con un resorte secreto, en el que el doctor Jekyll oculta su laboratorio
El grabado estaba boca arriba encima de la mesa, donde lo había dejado el último que lo estuvo mirando, y al ir a apagar la lámpara le llamó la atención. Al verlo, casi estuvo a punto de dejar caer al suelo la palmatoria, y aún hoy confiesa que, de haberse quedado a oscuras en ese momento, le habría dado un ataque. Pero no fue así, de manera que pudo dejar la palmatoria sobre la mesa y examinar el cuadro. No cabía la menor duda; por imposible que pareciera, era absolutamente cierto. En el centro del césped, delante de la desconocida casa, donde a las cinco de la tarde no vio nada, había una figura embozada en un extraño ropaje negro con una cruz blanca en la espalda, que avanzaba a gatas hacia el edificio.
«El grabado», M. R. James, 1904.
Los cuadros, los bustos, las fotografías, como duplicación y reflejo, cuentan con un toque siniestro inherente a su propia naturaleza. En el caso del relato de Montague Rhodes James, ese toque se multiplica por el carácter dinámico y autónomo de una imagen que se transforma sin que nadie la toque. La mirada asiste, entre impotente e incrédula, a las transformaciones del anodino grabado de una casa en el condado de Essex y, con cada trasformación, descubre la truculenta historia del rapto de un niño. Sin embargo, la truculencia de la historia es menos inquietante que la vivificación de la propia imagen: primero solo se ve la casa, después la luna comienza a brillar con un romanticismo efectista que permite atisbar una figura de espaldas, apenas una mancha; más tarde la macha es un perfil humano que se coloca a gatas y repta por el césped hacia la casa y desaparece; luego se ilumina una ventana de la edificación; por fin la figura deja entrever su rostro, carga con un bulto, quizá un niño, entre los brazos… El grabado se convierte en una película en la que las elipsis, lo no dicho, producen un resquemor mayor que lo mostrado, y lo siniestro se eleva a la enésima potencia porque la convencional domesticidad de una casa sin más, de un convencional y poco estimable grabado «de mala calidad» para el consumo burgués, deja adivinar en el pentimento móvil del papel el unheimlich, lo que debería permanecer oculto y ha salido finalmente a la luz: una historia tenebrosa, pero también y muy especialmente la capacidad de los objetos para impregnarse de voces, de manchas en la pared que sugieren formas incomprensibles o idiomas antiguos, la permeabilidad de los diferentes estratos de percepción y de existencia que configuran lo real, la oscuridad y la mala intención de lo que permanece cubierto bajo el tupido velo de la lógica y de la razón físico-matemática…
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El último párrafo merece un unheimlich. Algo llamado covid19… [Risas desquiciadas].