
Hay pensamientos que se van haciendo tan grandes y ramificados que antes de que te des cuenta han ocupado hasta el último rincón de tu cabeza. Son pensamientos que exigen dedicación exclusiva, por lo que no es difícil que te acaben apartando de los demás. Su ambición no tiene límites: aspiran, ni más ni menos, que a hacerse realidad. A veces, incluso, aunque te vaya la vida en ellos. Las novelas de Thomas Bernhard están plagadas de personajes asediados por este tipo de ideas. Así, Roithamer se pasa seis años pensando en cómo construir un cono en el centro exacto del bosque de Kobernauss para «felicidad suprema» de su hermana. Otros, como Wertheimer, se dedican a divagar sobre el suicidio de forma ininterrumpida.
A Salvador Benesdra le pasó algo parecido. Se le metió en la cabeza la idea de escribir una novela que contuviera todo un mundo, el fin de un mundo, en realidad. El Muro había caído y poco después desaparecería la URSS; los ideales de izquierda en los que siempre había creído agonizaban. Quería contar toda la Argentina de los noventa, la de Menem, azotada por la hiperinflación y el desempleo. Había que ser Tolstói o Döblin para lograrlo, pero lo hizo. Benesdra escribió una novela mítica: El traductor. El problema es que después nadie quiso leerla.
Como se cuenta en el documental Entre gatos universalmente pardos, de Ariel Borenstein y Damián Finvarb, «era como servirle el plato opuesto al paladar del consumidor», «como escribir Guerra y paz o Anna Karénina». Ya nadie quería leer eso. Era, por tanto, lo opuesto a lo que las editoriales querían publicar. El escritor Elvio Gandolfo leyó el manuscrito de El traductor cuando fue jurado del Premio Planeta (Benesdra se presentó dos años consecutivos; quedó entre los finalistas en 1995). El veredicto de Gandolfo fue muy elocuente: aunque era de lo mejor que se había presentado, no iba a ganar «ni en pedo».
Pese a que ahora se considera una de las mejores novelas argentinas del siglo XX, la publicación de El traductor fue una odisea y hay quien opina que Benesdra se dejó la vida en ello. Pero antes de llegar a ese punto, al punto final, merece la pena que nos detengamos un momento a admirar ese monumento que es El traductor, un monumento tan impresionante como las pirámides en mitad del desierto, tan inquietante como la casa cónica que Roithamer quería levantar en medio del bosque en honor a su hermana.
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Interesantísimo autor y muy buen artículo.
Felicidades.
Un autor de culto, el cual por desgracia aún no es lo suficientemente leído.
El texto es una joya, aunque me hubiera gustado que fuera un poco más extenso.
Muchas gracias por compartirlo.