Shang-Chi y la leyenda de los Diez Anillos: ¿pueden convivir las ametralladoras con los dragones?

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Shang-Chi y la leyenda de los Diez Anillos Marvel Studios
Shang-Chi y la leyenda de los Diez Anillos. Imagen: Marvel Studios.

Fantasía neoexploitation

Primero (qué remedio), un poco de historia. En los años setenta, Marvel Comics era una máquina de reciclar y absorber ideas. Quizá fruto de una (justificada) borrachera de poder, la editorial no se conformaba con tener en nómina a los Vengadores, la Patrulla-X o Spider-Man, así que se lanzó a por cualquier propiedad intelectual que tuviera tirón. En esos años se publicaron bajo la bandera de Marvel tebeos de Indiana Jones, Star Wars, Drácula, El planeta de los simios y hasta 2001, una odisea del espacio. Si algo estaba de moda en la cultura pop, seguramente Marvel lo tenía. Del mismo modo, editores en jefe como el sagaz Roy Thomas tenían buen ojo para identificar no solo marcas o personajes concretos, sino también tendencias generales del momento que pudiera incorporar a su ya gigantesco universo de ficción. Eran los años tardíos de la Hammer en el cine, del hippismo y la psicodelia, de las drogas haciendo estragos entre la juventud, y todo eso tuvo su reflejo en las viñetas. Si la blaxploitation trajo decenas de películas de género protagonizadas (y, con suerte, incluso dirigidas) por afroamericanos, en Marvel arrimaron el ascua a su sardina y crearon a Blade, el cazavampiros negro de pelo afro y gafas de sol. 

La otra gran moda pop en el cine eran las películas de artes marciales, con Bruce Lee a la cabeza, por lo que el guionista Steve Englehart y el dibujante Jim Starlin crearon a Shang-Chi, un experto en kung-fu de habilidad casi sobrenatural, hijo del diabólico doctor Fu-Manchú. De nuevo, Marvel canibalizaba elementos externos: Fu-Manchú es un personaje literario de Sax Rohmer, nacido en 1913 como metáfora (estereotipada y bastante racista, todo hay que decirlo) del «peligro amarillo» de Oriente. En el cómic, Shang-Chi rechaza las prácticas criminales de su padre y acaba en Estados Unidos desfaciendo entuertos a guantazo limpio. La cosa cuajó, y el joven maestro del kung-fu acabó convirtiéndose en miembro de pleno derecho de la familia marvelita, y hasta formando parte ocasionalmente de los Vengadores. Eso sobre el papel, porque más allá del aficionado a los tebeos Shang-Chi ha seguido siendo un completo desconocido, hasta el punto de que en España las redes sociales se han hecho eco del reciente estreno cinematográfico con no pocos chistes, memes y fotomontajes celebrando la nueva película de Marvel sobre «Sanchís». Sí, el de la Quinta del Buitre.

Sea como sea, ahora el candidato a futuro vengador debuta en la pantalla encarnado por el carismático Simu Liu (y escoltado por la arrolladora presencia de Awkwafina) en una película que, como el cómic en que se basa, se convierte en una enorme destiladora de tendencias del momento, como una versión moderna y para todos los públicos de los viejos subgéneros de exploitation. La cinta dirigida por Destin Daniel Cretton remite a tantas cosas diferentes que sería inútil tratar de listarlas todas en este texto. En sus imágenes, en sus colores y hasta en su música se dejan entrever desde Kill Bill hasta la reciente Raya y el último dragón, por improbable que pueda parecer tal combinación entre Quentin Tarantino y Walt Disney. Hay algún plano que parece sacado de las películas de Bruce Lee que inspiraron al cómic (la fortaleza del villano parece sacada directamente de Operación dragón), pero los setenta quedan ya muy lejos, así que las imágenes de Cretton remiten sobre todo a los más recientes wuxia (o sea, lo que en Occidente llamamos «película de hostias») de Ang Lee, Zhang Yimou o incluso Wong Kar-wai. En este sentido, no parece casual la elección de Tony Leung (Deseando amar, The Grandmaster) para interpretar al padre del héroe, que ya no es Fu-Manchú sino Wenwu, un nuevo personaje que esquiva el estereotipo racial problemático. En un momento determinado, el film incluso se permite bromear de manera autoconsciente con esa cuestión, en un gesto que rectifica y redime hechos de filmes anteriores de la productora. Con un poco de esfuerzo, hasta la todopoderosa Marvel es capaz de deconstruirse.

Quizá lo más interesante de esta acumulación de referentes es la forma en que se van transformando con el viaje del protagonista desde Norteamérica a China: si en el tramo estadounidense de la película las escenas de acción son más deudoras del propio Hollywood (lo que no les quita mérito: la pelea en el autobús está resuelta con oficio, ritmo y originalidad), luego la cinta muta estilísticamente para apuntar a títulos del cine chino de las últimas dos décadas (Hero, La casa de las dagas voladoras…). Puede que el humor no siempre esté a la altura, y puede también que bajo el despliegue visual se esconda una trama un poco demasiado esquemática. Pero la gran virtud de Shang-Chi está en que su cóctel de mil y un ingredientes no chirría, lo cual ya es casi una marca de fábrica de Marvel: como en Thor, Black Panther o Doctor Strange, la mezcla de elementos dispares no solo no acaba por producir una especie de película-frankenstein, sino que transmite la riqueza y versatilidad de un universo tan vasto como sólidamente asentado, donde la magia y la ciencia no están reñidas, y donde las organizaciones terroristas y los clubes de karaoke pueden convivir con los dragones y las aves fénix.

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