Beberse la vida

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Dean Martin, Frank Sinatra y Sammy Davis Jr Foto Cordon Press beberse la vida
Dean Martin, Frank Sinatra y Sammy Davis Jr. Foto: Cordon Press. beberse

Hay que decir que el de Frank Sinatra no era un mundo perfecto pero era el más perfecto de los posibles. Pero aquel, como dijo años después Dean Martin, «era el mundo de Frank, nosotros solo vivíamos en él». Una fiesta eterna con la que un grupo de canallas sacudieron un país y crearon más que una moda, una manera de vivir. Solo necesitaron un traje a medida —los cosidos a mano por el sastre neoyorquino Sy Devore eran los predilectos—, y una sonrisa para presentarse ante el mundo y descojonarse de todo y de todos. Siempre con un vaso de whisky y un Camel humeante entre los dedos. 

La regla era sencilla: bébetelo todo hasta caer de culo pero siempre con estilo. «Dime algo Dean, ¿sueles caerte mucho en la calle?», preguntaba Sinatra. «Es el único momento que me tomo de descanso, Frank». Es sabido que un hombre de bien, bebe. Como mínimo, los chistes y las mujeres son mejores. Sinatra no se fiaba de los tipos que no bebían, lo cual es una de esas leyes que todos deberíamos tener grabada a fuego. Como decía Dean Martin, «lo siento realmente por la gente que no bebe alcohol. Cuando se levantan por la mañana, así es como mejor van a sentirse durante el resto del día». Y cuidado con saltarse las reglas. Contaba Sammy Davis Jr. que una vez se le ocurrió pedir un refresco para combinar con su whisky y Sinatra, fiel al Jack Daniel´s con hielo, estuvo a punto de matarle. Una anécdota detalla la relación del crooner con el líquido dorado. Un día fue al médico, este le preguntó cuánto bebía y Sinatra contestó que «una botella diaria, lo que equivale a unos treinta y seis tragos». El doctor, sorprendido, se interesó por sus mañanas y él, con tranquilidad, le respondió que no lo sabía ya que siempre se levantaba por la tarde. Decidió que aquel no era el médico apropiado.

Otra razón para beber la resumieron esos dos profetas de lo cool. Corría 1961 y reinaban, claro, desde ese oasis en mitad del desierto que es Las Vegas: «Dean, ¿por qué bebes? Bebo para olvidar ¿Para olvidar qué, Dean? No lo sé, Frank… ¡Se me olvidó!». Y aquella era una época en la que había muchas cosas merecedoras de olvido. Estados Unidos trataba de cerrar las heridas de la Segunda Guerra Mundial y mientras recuperaba la inocencia saliendo de las sombras del macarthismo se adentraba en la guerra fría. Un mundo donde las personas se catalogaban por el color de su piel y en el que los derechos civiles quedaban aún lejos. Pero estamos hablando de grandes bebedores cuyas conversaciones versaban sobre lo único importante: música, bebida y sexo. De las tres podemos considerar un experto a Frank Sinatra, representante junto al resto de la pandilla del hedonismo del pasado siglo.

La historia antes de la historia

Una primera versión del Rat Pack data de mediados de 50. Allí estaban Humphrey Bogart y su cuarta esposa, Lauren Bacall, en su mansión de Mapleton Drive en pleno Beverly Hills. Bogart se había convertido ya en personaje. Aburrido y asqueado de Hollywood pasaba sus días organizando fiestas para su círculo de amigos. Por allí pululaban gente como Tony Curtis y su esposa Janet Leigh, el agente Irving Lazard, el escritor Harvey Kurtniz o Spencer Tracy, entre otros. También John Houston, cuyo hígado trabajaba a la misma velocidad que el de Bogie. Cuenta la leyenda que el rodaje de La reina de África fue un auténtico desastre. Todo el equipo desplazado, incluida Katharine Hepburn, enfermó a causa del mal estado del agua. Todos menos Bogart y Houston que mataban la sed únicamente a base de whisky

En el círculo íntimo de Bogart, Sinatra ocupaba un lugar privilegiado. En 1955 el dramaturgo y exespía del MI5 Nöel Cowar, conocido por su vida disoluta, organiza una fiesta en el Dessert Inn de Las Vegas y piensa en el de Nueva Jersey como animador perfecto. El cantante acepta si puede llevarse a sus amigos. Bogart se entusiasmó con la idea de correrse una buena juerga en la ya conocida como ciudad del pecado, cuyo lema oficioso es what happens in Vegas stays in Vegas («Lo que pasa en Las Vegas se queda en Las Vegas»). Quizá por la ley del silencio imperante en una ciudad cuyos años de gloria pasaron bajo control de una mafia que vio en el desierto cercano el lugar perfecto para enterrar los problemas. Cualquiera que fuese la naturaleza de los mismos. Anochecía la última jornada cuando Lauren Bacall bajó de su habitación y se encontró a parte de la pandilla en la barra del casino. Tal sería su estado que la mujer de Bogart solo pudo dirigirles una frase que sería profética: You look like a goddamed rat pack («Parecéis una maldita pandilla de ratas»). Por esas ironías del destino, Sinatra no estaba presente, seguro que aplicando uno de sus credos: no abandonar la fiesta sin una buena razón; y esa solo podía ser una chica. Una semana después en Los Ángeles quedaría constituido el club más libertino que ha pisado la faz de la tierra. Había normas muy claras: 1) Hollywood apesta; 2) no te fíes nunca del jefe; 3) bebe todo lo que puedas; 4) ama la música como a ti mismo; y 5) nunca traiciones a una rata. En otra vuelta del destino, ni Sammy Davis Jr. ni Dean Martin formaron parte en un primer momento. 

El rey ha muerto, viva el rey

En 1957 muere Bogart, el espejo en el que Sinatra siempre se había reflejado. Tanto que el pupilo ha acabado por superar al maestro; ahora no solo es el líder del grupo sino que a punto estuvo de ocupar el lugar de Bogart al lado de Bacall. Sinatra recluta a nuevos miembros: Dean Martin, Sammy Davis Jr., Peter Lawford y Joey Bishop. Uno es un desenfadado cantante de canciones italianas, excompañero en la gran pantalla del comediante más popular de la época, Jerry Lewis. Otro es un tipo bajito, negro, judío y tuerto que desprende electricidad en cada uno de sus movimientos. Completan el quinteto un atractivo británico de clase alta convertido en estrella de películas de serie B, que además está casado con la hermana de un político de prometedora carrera; y un cómico de hombros rígidos que acabará ejerciendo de perfecto maestro de ceremonias. También en la nómina femenina se inscriben nuevos nombres como los de Shirley McLane, Juliet Prowse o Angie Dickinson. Especialmente la primera, considerada «uno de los chicos» por su aguante a la hora de beber y de encajar bromas de borracho. El propio JFK, en una de las juergas compartidas con el clan, llegó a preguntarle por el color de su vello púbico. Es la época de las mujeres de labios carmín y mirada felina, siempre radiantes, incluso en la intimidad del hogar, enfundadas en batas de raso y con zapatillas de tacón y pompones. También Marilyn. El mito revolotea en torno al grupo, especialmente desde que es conocida su afición a pasearse desnuda por casa. Se trata de dormir siempre bajo las estrellas y, como decía Dean Martin, «no me pidas nombres».   

A principios de 1960 los cinco son reclutados por la Warner para rodar Ocean´s Eleven. Sería la única película junto a Sergeants 3 (1962) en la que participarían todos ellos. Cada noche durante tres semanas, tras pasar el día rodando, se suben al escenario del Sands. Algunos periodistas hablaban del Rat Pack y del clan Sinatra, pero este no se reconoce. En París se reúnen por enésima vez Eisenhower, Kruschev, Harold Macmillan y De Gaulle con el objetivo de seguir manteniendo el mapa de Europa. En sus actuaciones, Sinatra y los suyos deciden presentarse como La Cumbre (The Summit). Un guiño que supone la tercera característica de un grupo que además de bebida y mujeres, sentía especial predilección por el poder. 

Imaginen lo que es tener poder; poder de verdad. No político ni financiero. Sino que son los políticos y financieros los que quieren estar a su lado. También mafiosos, claro, esa especie que incluye a las dos categorías anteriores. «¡Canta más bajo, Sammy!», le gritó Martin a Davis Jr. en mitad de una actuación en el Villa Venice. «¡Hay dos gánsteres intentando dormir en aquel rincón!». Era 1962 y el club pertenecía a Sam Giancana, jefe de la mafia de Chicago, íntimo de Sinatra cuyos lazos con la mafia venían de lejos. La primera mujer de Sinatra, Nancy Barbato, era prima de uno de los soldados de Guarino Willie Moretti, representante de la Cosa Nostra en Nueva Jersey. Sinatra fue invitado a cantar en la boda de la hija de este, hecho que Mario Puzo convertiría en una de las escenas de El padrino: el cantante Johnny Fontane acude a cantar al matrimonio de Connie Corleone, hija de Vito Corleone, padrino de Fontane a quien este pide ayuda para ser seleccionado en una película que alzaría su fama. Los paralelismos son curiosos, especialmente al recordar que, a principios de los 50, Sinatra recuperaría su estrella ganando un Óscar por su interpretación en De aquí a la eternidad (1953), un filme para el que en un principio no contaba. Pero ahora son los chicos de moda. Más que cantar, interpretan canciones, como queriendo ser los protagonistas de sus letras. Su poder consiste en desafiar cualquier cosa descerrajando chistes a la misma velocidad que los sicarios de Giancana tiran de pistola. 

El primer desafío del Rat Pack fue la raza. «Éramos dos italianos y un judío negro cantando y bromeando en el escenario. ¿Necesitas más espectáculo?», solía decir Sinatra cuando le preguntaban en qué consistían sus actuaciones. Lo corroboraba Sammy Davis Jr., quien advertía al respetable: «Créanme cuando les digo que soy experto en desalojar un barrio, solo necesito entrar en él». La esencia de EE. UU. como mezcla fue definida por Dean Martin, cómo no, con un chiste: «Soy americano y estoy profundamente orgulloso de todo lo italiano que hay en mí. Sin embargo, estoy aún más orgulloso de todo lo escocés que hay en mí». Lo decía levantando su vaso de whisky. 

El Sands era, por ejemplo, el mismo hotel que había hecho cambiar el agua de su piscina después de que la actriz negra Dorothy Dandridge se diera un baño. En Las Vegas de los 50 y principios de los 60 los casinos contrataban a negros pero no les permitían alojarse en sus habitaciones. Hasta que el grupo desembarcó en sus escenarios. Quizá por eso el especial cariño que guardaba Sinatra a Sammy Davis Jr. Este había sido uno de los primeros en romper las barreras raciales al casarse con una mujer blanca, la actriz sueca May Britt. En eso consiste el poder al fin y al cabo. En hacer y decir lo que te sale del alma, como cuando Sammy salía a escena y sus compañeros lo recibían con un sonoro «¡Sonríe Sammy, para que te podamos ver!». 

Presidente «Pollito»

Pero si hablamos de poder, es ahí donde Lawford entraba en escena. Emparentado con el clan de Camelot, fue el encargado de introducir a Kennedy en la fiesta eterna que rodeaba al Rat Pack. Kennedy y Sinatra eran polos opuestos, quizá por eso se atrajeron desde el primer momento. Mientras Sinatra era el paradigma de self made man, Kennedy era un irlandés producto de la elitista Ivy League, más interesado por la buena vida que por la alta política. Tal fue la simbiosis entre político y crooners que llegaron a considerarlo uno de los suyos, apodándolo Pollito. Fue Sinatra el que presentó al presidente a Judith Campbell, una corista que, además de amante del propio cantante, también compartía cama con Giancana. Durante un tiempo también lo haría con el futuro presidente de EE. UU. Campbell fue la primera de las varias mujeres que estuvieron con Sinatra y JFK, una lista que también integraría, al final de sus días, la propia Marilyn. 

Si Sammy Davis Jr. se implicó en la campaña presidencial para conseguir el voto negro, Sinatra hizo lo propio con el italiano y eso no podía hacerse sin relacionarse con la mafia. Y allí comenzó el distanciamiento entre el crooner y el ya presidente. La ruptura con Kennedy tuvo lugar en 1962. Sinatra había acondicionado su casa de Palm Springs para convertirla en una suerte de residencia veraniega del presidente. J. Edgar Hoover presentó a JFK un dossier completo sobre Giancana que incluía un plan para asesinar a Fidel Castro y conversaciones entre aquel, su amante y el propio Sinatra. JFK hubo de mantener las apariencias y cambió a Sinatra por Bing Crosby. El crooner nunca se lo perdonó.

Para entonces, el Rat Pack es ya cosa de tres. Sinatra, Martin y Davis Jr. se bastaban. Las fiestas y las actuaciones continuaron y solo entraron en declive a partir de 1965. Martin estaba cada vez menos interesado en el show business y Davis Jr. más en las drogas duras y las prácticas sexuales de riesgo. Fue entonces cuando Guy Talese consigue pegarse a la cola del crooner por excelencia y escribe su archiconocido «Frank Sinatra está resfriado», un largo reportaje que publicaría la revista Esquire. Es un retrato del ídolo en plena madurez. Según Talese, Sinatra «parecía ser ahora la encarnación del macho totalmente emancipado, tal vez el único caso en América, el hombre que puede hacer cualquier cosa que quiera, lo que sea, que puede hacerlo ya que tiene el dinero, la energía y —aparentemente— ningún sentido de culpabilidad». Todo lo que habían deseado Frank y los suyos se había hecho realidad y solo los años comenzaban a marcar los límites de un estilo de vida que estaba a punto de desaparecer. 

A finales de los 60, Sinatra y los suyos eran la imagen de un mundo aparentemente en ruinas: Bourbon on the rocks, y ropa salida del armario de padres y abuelos. Los hippies se empeñaban en predicar el amor libre, enfundados en ponchos de brillantes colores. Pero allí estaban Sinatra y sus amigos. Con sus trajes oscuros y camisas con gemelos de treinta mil dólares. En una versión edípica de la contracultura, ellos representaban el padre al que había que matar. En el fondo, su actitud era la forma de continuar una fiesta que había comenzado en los años 40. Y por arte de magia su empeño resultó contagioso e imperecedero, creando una escuela de estilo eterna: canallas, elegantes y excesivos. Ese es su legado.   

Peter Lawford murió en 1984. Sammy Davis Jr. en 1990. Joey Bishop, sumido en el olvido, en 2007. Sinatra se fue en 1998, a los ochenta y dos años y después de comerse la vida. En 1995, poco antes de morir, Dean Martin advertía: «Cuando yo muera, Frank y Joey serán los únicos que queden. Luego ellos serán los siguientes y estaremos juntos de nuevo. ¡Maldita sea, qué bien vamos a pasarlo!». 

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