Azar y fatalidad (y II)

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azar y fatalidad

(Viene de la primera parte)

Ha transcurrido un cuarto de siglo y sin embargo la historia se repite. Un mal día el periódico de la mañana trae la noticia de que Moissi ha vuelto de Suiza con una fuerte gripe y los ensayos previstos deben aplazarse. Una gripe no tiene por qué ser algo serio, piensa Zweig, aunque el corazón se le acelera mientras se acerca al hotel a visitar a su amigo. Quiere tranquilizarse con el pensamiento supersticioso de que al menos Moissi no se aloja en el Sacher, donde estuvo Kainz, sino en el Grand Hotel.  

No puede verlo, ya no le dejan, el actor es presa de un delirio febril. Dos días más tarde se encuentra ante su féretro.

¿Cómo encajar esta sucesión de muertes? Psicológicamente nos encontramos en el caso opuesto al que abría el relato en la primera parte. Allí aceptamos que un simple azar que no se quiere ver como tal conduzca a la fatalidad, aquí la cadena de muertes nos empuja a creer en una fatalidad que ha ido enhebrando tantas casualidades, porque creemos que son demasiadas para ser compatibles con la probabilidad. 

Los griegos razonaban mucho y bien, pero sabían que la arbitrariedad, el azar maligno y destructivo era un elemento que no se podía extirpar con la razón, así que resolvieron el asunto inventando unos dioses vengativos, celosos y caprichosos a los que atribuir las causas de las sinrazones (valga la paradoja). No era una explicación aceptable para los filósofos, notablemente descreídos en su mayoría, pero sí lo era para muchos y como metáfora tiene gran utilidad. Según ellos, el exceso de arrogancia —habrían dicho hubris— de un jovenzano que se atreve a versificar sobre un tema tan consagrado como la Ilíada habría desencadenado la ira de los dioses y su larga venganza.

Las religiones nos habrían dado una explicación no muy distante. «Dios me lo dio, Dios me lo quitó», habría dicho el desgraciado Job y, al atribuir a Yahvé la sucesión de sus desgracias, ver en ellas una prueba con la que medir la extensión de su propia paciencia y de su fe. 

Los mahometanos, por supuesto, habrían visto una plasmación más del fatalismo, el simple cumplimiento de un destino ya fijado al nacer.

Ese es precisamente el campo en el que sitúa la Enciclopedia Británica el término fate al definirlo como «concepto filosófico del que tratan los mitos y las doctrinas religiosas».

Hemos descubierto el Mediterráneo: las religiones consuelan porque ofrecen explicaciones a la sinrazón y por ello perduran. Sin embargo, sus explicaciones estaban condenadas a la  extinción, según los pensadores del siglo XVIII, conocido como de las luces. A partir del momento en que Newton estableció las leyes de la gravitación, la creencia en que la sociedad, como el mundo físico, se regía por principios determinísticos, por lo razonable y medible, se fue imponiendo hasta considerar la creencia en el azar, en lo casual, como una superstición. Laplace y Kant representan ese pensamiento cuando sostienen que todo lo que ocurre es el resultado necesario de una ley natural (I. Hacking, 1990). Esta visión considera que la sociedad también es un mecanismo con leyes fijas que el ser humano puede y debe desentrañar. La teoría económica, por ejemplo, ha aplicado esa creencia a su campo de estudio, levantando fantásticas modelizaciones que aspiran a retratar el comportamiento de todos los agentes involucrados.    

Volviendo a Zweig, el ser humano ha sido golpeado repetidamente por el azar. ¿Cómo reacciona? ¿Cómo remata su ominosa historia? Primero quiere encontrar consuelo en el pensamiento de que un éxito teatral a los veintiséis años, cuando Matkowsky y Kainz tenían que haber estrenado sus obras, hubiera sido prematuro y quizá injusto, pues le habría encumbrado más la fama de los actores, capaces de salvar incluso una obra floja, que su propio mérito, y habría perdido además los lentos años de aprendizaje y de experiencia. Viene pues a aceptar la necesidad de lo ocurrido que, a la postre, habría venido a favorecer su desarrollo como escritor. Es el conocido consuelo de la zorra ante las uvas, en la fábula de La Fontaine, pero con algo hay que mitigar las embestidas del azar. 

A continuación añade lo siguiente: «Solo en los primeros años de juventud identificamos el azar con el destino. Más adelante sabe uno que el verdadero rumbo de la vida está fijado desde dentro; por intrincado y absurdo que nos parezca nuestro camino y por más que se aleje de nuestros deseos, en definitiva siempre nos lleva a nuestra invisible meta». (traducción de J. Fontcuberta y A. Orzeszek).

¿Qué hacer de semejante declaración? Con todos los respetos hacia un admirado autor, estamos ante un blablablá tautológico. ¿Qué diferencia hay entre invisible meta y destino? Ninguna, cualquiera que sea el final al que hayamos llegado podremos llamarlo de una forma o la otra, como más nos guste. 

No solo eso, al decir que «el verdadero rumbo de la vida está fijado desde dentro» y el azar no interviene, contradice directamente lo que ha escrito unos pocos renglones más arriba, donde declara que las muertes de Matkowsky y Kainz «tuvieron una influencia decisiva en el rumbo de mi vida», como por otra parte queda claro a lo largo de su relato.

Es patente que el azar ha intervenido en su vida, pero prefiere creer que no. Es decir, acepta el azar —¿cómo negarlo?— pero se niega a aceptar su consecuencia, haber sido determinante en el rumbo de su profesión literaria al haber truncado su carrera como dramaturgo. Al contrario, prefiere creer que una ley misteriosa ha ido encaminando sus pasos en una dirección ya determinada desde principio hacia una invisible meta.  

Pero hay que ponerse en su lugar para aceptar que su experiencia es capaz de alborotar el raciocinio de cualquiera. 

Y a todo esto, ¿qué nos dice la ciencia, o sea la teoría de la probabilidad, o sea la estadística?

Pues, por ejemplo, que la esperanza de vida de los varones al nacer era en Austria de 39 años en 1900, de 54,5 en 1930 y de 67 en 1970. En el conjunto de Europa la misma categoría se situaba en 51,67 años en 1930 y en 66,83 en 1960. Son números que, como se ve, reflejan a la vez progreso temporal y estabilidad espacial.

Las edades de los fallecidos son estas: Matkowsky, 52 años. Kainz, 52 años. Baron Bergen, 59 años. Moissi, 56 años. Todos pues en la sexta década de su edad y habiendo cumplido con su esperanza de vida. Naturalmente lo de haber cumplido es una licencia irónica, nadie tiene que morirse porque un número que es un promedio de un fenómeno colectivo se lo indique. La estadística nos da información en cuanto miembros de un rebaño, pero nada nos dice de nuestro recorrido individual y de ninguna manera es un predictor del mismo. Cabría pensar que los datos nos están diciendo que estas muertes se sitúan dentro de la normalidad y no serían excesivamente prematuras, pero tampoco es así. Como es sabido, la esperanza de vida suele calcularse respecto al nacimiento (esperanza de vida al nacer) y está por tanto muy condicionada por la mortalidad infantil, una vez superada esta etapa tiende a crecer. La esperanza de vida de un austríaco de 50 años en 1930 no sería de cuatro años y medio adicionales, sino de bastantes más, pero ese es un dato que no hemos encontrado. 

En cualquier caso, la estadística ni es de gran ayuda ni resuelve la cuestión, pues aun dando por bueno que no fuera extraordinario morir en la cincuentena en esa época, sí que lo era que uno tras otro de quienes quisieron representar una obra teatral de Zweig acabaran fulminados antes de conseguirlo.

Esto es lo que los antiguos hubieran llamado maldición, una fatalidad asociada persistentemente a una persona, y hoy llamaríamos gafe. La historia se parece, aunque solo en ese punto, al argumento de un relato de… Pirandello, precisamente. Se encuentra en su colección Novelle per un anno, se llama «Soffio» (1931) y cuenta lo siguiente: un individuo descubre un día, de modo por completo casual, que puede matar al prójimo con un gesto de lo más inofensivo pues le basta juntar el índice y el pulgar, acercarlos a la boca, como quien sujeta una paja, y soplar. En uno de esos irónicos registros de Pirandello, una circunstancia trivial y una frase trillada son las que permiten al protagonista descubrir su poder. 

Ocurre así, al saber de la muerte repentina de un vecino con el que había estado comiendo poco antes, se acoge a la manida frase «¡ah, así es la vida, basta un soplo para llevársela!» y acompaña las palabras con el gesto en cuestión, ante lo cual el joven que le ha traído la noticia se lleva la mano al pecho y se inclina hacia adelante, como quien se siente momentáneamente indispuesto. El protagonista no le da importancia, aún no conoce su poder maléfico, pero antes de que anochezca sabe ya que el joven ha muerto, media hora después del soplo. Lo que sigue es una de esas paradojas pirandellianas. El involuntario matador, tras comprobar lo maléfico de su soplo en una muchedumbre y provocar centenas de muertes, quiere parar, quiere ayuda pero, ¿quién puede creerle? Le toman por loco y ¿cómo puede demostrar lo contrario? Haciendo justamente lo que no quiere hacer más. Se desencadena una dinámica fatal, pues para que cesen estas muertes es necesario creer en lo sobrenatural, en el poder mágico que posee el protagonista, pero esto es algo que se ha desterrado de lo cotidiano. Un exceso de racionalidad es peligroso, vendría a decirnos el autor.

Lo curioso es que conforme la ciencia ha ido desterrando las explicaciones fantásticas a las que la humanidad ha recurrido durante siglos, en realidad durante toda su existencia, ella misma no ha hecho otra cosa que proporcionarnos hechos cada vez más extraordinarios que debemos aceptar porque están avalados por ecuaciones y experimentos de laboratorio. 

Considérese el siguiente experimento de la física cuántica: un átomo «sobreexcitado» se descarga emitiendo su exceso de energía en un par de fotones. Cada uno de estos vuela en una dirección distinta de la galaxia. Según la teoría en cuestión, por grande que sea la distancia entre ellos, los fotones permanecerán «entrelazados» (entwined), de forma que una intervención sobre uno de ellos provocará idéntica reacción en el otro. Por ejemplo, si se altera artificialmente el recorrido de uno en este planeta, el otro sufrirá la misma alteración, aunque se encuentre a varios años luz. 

Un ejemplo parecido es el que imaginó Einstein para ilustrar su rechazo a estos postulados de la mecánica cuántica, que veía incompatibles con el principio de causalidad, entre otras cosas. Si una acción sobre uno de esos fotones provoca una respuesta en el  otro, que no ha sufrido directamente dicha acción, tenemos un efecto sin causa. Si los fotones están, de hecho, separados por una gran distancia, la simultaneidad de su reacción vendría a decir, además, que el tiempo es una magnitud absoluta, no variable a lo largo de un continuo espacio-temporal, puesto que en el mismo instante alcanzaría a dos corpúsculos a años luz de distancia. De paso, revelaría que alguna fuerza desconocida es capaz de viajar a una velocidad superior a la de la luz, de no ser así no habría simultaneidad. Adicionalmente, el entrelazamiento sería insensible a la distancia, a diferencia de la gravedad, que disminuye con ella. Por último, una coordinación tal de comportamientos tan separados espacialmente vendría a decir que cada partícula «sabe» qué experimento se ha practicado con la otra y cuál ha sido su respuesta. 

Para Einstein lo anterior sería una «una acción fantasmal (spooky) a distancia». Este entrelazamiento no sería tal, si acaso esta acción de las partículas debería estar «programada» desde un comienzo y no ser fruto del azar, un elemento importante en la mecánica cuántica.   

El caso es que todos estas «anomalías» se han comprobado, aunque (creemos que) no entre corpúsculos separados años luz, pero sí en el laboratorio. Sabido es que Einstein se encontró progresivamente aislado en sus críticas porque a los físicos cuánticos, empezado por Bohr, no les perturbaban estas repercusiones de la teoría, atentos tan solo a que los resultados de sus experimentos se comportaran según lo predicho por ella. Lo cuántico era entonces el campo más prometedor de la física y hacia él se encaminó la mayoría. Einstein quedó aislado y pasó al apartado de «viejas glorias».

No se oye a muchos físicos que, a ejemplo de Penrose, sigan pidiendo hoy, como Einstein ayer, que su disciplina nos dé una explicación inteligible de cómo funciona el mundo. En el entretanto, tenemos que apechugar con la incertidumbre y el desasosiego, pues ni podemos negar la ciencia ni dejar de sentir inquietud ante las paradojas con que nos obsequia. 

Lo que parece más relevante en términos filosóficos es que al postular (y demostrar) que hay efectos sin causa se está abandonando la vieja querencia que gobernaba la investigación y nuestra propia concepción del mundo, se está abandonando el principio mismo de causalidad y abriendo de par en par las puertas a lo aleatorio. 

Esto parece habernos llevado muy lejos de aquel azar de julio de 1789, pero es que lo aleatorio que era, y es, un actor ocasional en nuestras vidas, ha pasado, en manos de  la ciencia, a ser un agente decisivo en la explicación del universo. Todo empezó con las mutaciones aleatorias, elemento imprescindible para explicar la evolución de las especies según Darwin y termina, de momento, en las fantásticas consecuencias de los experimentos cuánticos. Seríamos el producto aleatorio de un mecanismo que no controlamos y no hemos hecho otra cosa que ir descubriendo lo contingente de nuestro universo. Esto, como hemos visto, se opone de frente a lo que sostuvieron los hombres de ciencia y los filósofos de la Ilustración, que decretaron el destierro de lo azaroso ya que en su lugar iban a reinar para siempre las luces de la razón. 

No ha ocurrido exactamente así y de momento, y hasta nuevo aviso, estaríamos fatalmente condenados al azar, pero no por capricho de unos dioses sino por obra de la ciencia. 

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9 Comentarios

  1. Me he acordado leyéndote estos días del fenómeno de la sincronicidad del que escribieron una obra conjunta Carl Gustav Jung y Wolfgang Pauli. Según describe Jung una experiencia mientras trataba como psiquiatra a una paciente:

    “Una joven paciente soñó, en un momento decisivo de su tratamiento, que le regalaban un escarabajo de oro. Mientras ella me contaba el sueño yo estaba sentado de espaldas a la ventana cerrada. De repente, oí detrás de mí un ruido como si algo golpeara suavemente la ventana. Me di media vuelta y vi fuera un insecto volador que chocaba contra la ventana. Abrí la ventana y lo cacé al vuelo. Era la analogía más próxima a un escarabajo de oro que pueda darse en nuestras latitudes, a saber, un escarabeido (crisomélido), la Cetonia aurata, la «cetonia común», que al parecer, en contra de sus costumbres habituales, se vio en la necesidad de entrar en una habitación oscura precisamente en ese momento. Tengo que decir que no me había ocurrido nada semejante ni antes ni después de aquello, y que el sueño de aquella paciente sigue siendo un caso único en mi experiencia.”

    Recuerdo en lo personal haber estado buscando a los 9 años en un paseo por el campo con mi abuelo y mi prima un trébol de cuatro hojas. Había leído que daba suerte, quería uno, pero nunca había visto un ejemplar. Mientras buscaba y le contaba a mi prima el objeto de mis pesquisas, ella se me acercó y me preguntó “¿cómo éste?” tenía en su mano uno que me regaló. Años después, en mi etapa universitaria, sentado en el campus, con dos amigos entre clase y clase les conté la historia del trébol, antes de que terminara uno de ellos se dirigió a mi y me preguntó …¿cómo éste?”. Me quedé de piedra cuando me mostró lo que tenía en la mano, otro trébol de cuatro hojas. Éste se lo quedó.

    No sé si fue casualidad o sincronicidad, lo que sí sé es que fue significativo, como un atajo entre dos momentos felices de mi vida.

    Un saludo,

  2. Gracias por su texto, me ha gustado mucho. El azar y una serie desafortunada de eventos es algo que siempre me ha apasionado. La historia de Zweig no la conocía, me gusta tanto como escritor que me negado siempre a leer sus biografías o autobiografía, hay algo de él que siempre me ha preocupado, pero que no viene al caso en este momento. Le recomiendo que lea sobre el USS William D. Porter (DD-579), que como azar y fatalidad dudo que haya algo que lo supere, es tan desconcertante que parece una mala broma.

    • Muchas gracias Jairo, por la recomendación. Es curioso que haya algo en Zweig que también a mi me inquieta , pero puede no ser el mismo ‘algo’

  3. Enterarme de que ese rompedero de cabeza de los metafísicos y físicos, causa y efecto, puede no tener un valor insoslayable en la búsqueda de una explicación de lo existente, me ha hecho recordar viejas lecturas, de perifería aclaro, no reconocidas ni avaladas por la religión y hasta por las ciencias en tiempos remotos: el mecanismo y dinamismo del universo, con su ciclos de formación y decadencia son eternos; además, y lo más importante, que mientras transcurren sus vidas crean otros (dónde, no lo sabemos pero es posible. Una observación (reiterativa) de curioso: los espantosos agujeros negros se me ocurren frutos como los nuestros; un centro duro y denso como semillas rodeadas de “pulpa”, ya listas para explotar en nueva vida); decía entonces, que ese mecanismo no tiene ni principio ni fín, único atributo divino, y de consecuencia exluye un creador, pero no percibir un “espíritu”. Esta posiblidad es escalofriante, lo confieso. Será por esto que el hombre prefirió crear dioses dotados de “inteligencia”, algo que podamos entender, más consolatorios, más “a la mano”. Entonces, si fuese así, no tendría sentido bucar las causas. Quedaría relegada solamente a la conducta del hombre, y de aquella, la conducta, sabemos que anda de la mano con el azar. Lo que vemos y no, es así, y habría que acostumbrarse. Hasta prueba contraria los elementos químicos y sus dinamismos que gobiernan nuestra galaxia son los mismos en otras “latitudes”. Un horror, en definitiva. Amena lectura. Gracias.

    • Son reflexiones que yo también me hago, aunque causan tanto desasosiego que hay que racionarlas para seguir con el día a día. Muy interesante, Roberto

  4. Los artículos (las dos partes) son una delicia literariamente hablando, pero (siempre hay uno) de contenido poco o nada riguroso. Algunas ideas sueltas y sin orden. 1.- Me llamo la atención su. mención a la Revolución Francesa de 1,789 y ese supuesto incendio azaroso e iniciativo porque se puede decir que yo soy un economista especializado en revoluciones. Revoluciones y sus ciclos, algo que como usted puede sospechar esta mas cerca del Determinismo que del Azar. 2,-Su referencias a la física cuántica son superficiales y en el mismo texto que usted expone de los fotones entrelazados se observan causalidades del fenómeno, como, por ejemplo y entre otros, el mismo ‘entrelazamiento’, No existe tal efecto sin causa en ese ejemplo y, sin ser yo un conocedor de la mecánica cuántica, no me suena de nada que su hallazgo sea el la aleatoriedad o azar. 3.- Usted como economista de formacion que es también parece reconocer cierto poderío de esta ciencia al mencionar la elaboración de sus modelos econométricos. Pero, dicho de modo humorístico y con respeto, parece haber optado usted por la posición habitual del ex-fumador: la de anti-tabaquista radical. 4.- Le enlazo, finalmente, con la Revolución Francesa y le diré que que la ciencia económica actual es capaz de predecir la fecha aproximada de la próxima revolución significativa de carácter mundial . Será alrededor del años 2,040. Y no, esa revolución estará muy lejos de ser un producto de un incendio azaroso en una bodega. Le daré una pista para incitar su vena de economista: seguro que ha estudiado algo de los ciclos económicos tal como los ciclos Kitchin, Kuztnev, Inmobiliario, Kondratieff, etc. Pues bien, el ultimo mencionado, el ciclo Kondratieff, tiene como causa ultima social a las revoluciones. Y le aseguro que es un ciclo muy, muy sistemático y predecible.

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