
(Viene de la primera parte)
Ha transcurrido un cuarto de siglo y sin embargo la historia se repite. Un mal día el periódico de la mañana trae la noticia de que Moissi ha vuelto de Suiza con una fuerte gripe y los ensayos previstos deben aplazarse. Una gripe no tiene por qué ser algo serio, piensa Zweig, aunque el corazón se le acelera mientras se acerca al hotel a visitar a su amigo. Quiere tranquilizarse con el pensamiento supersticioso de que al menos Moissi no se aloja en el Sacher, donde estuvo Kainz, sino en el Grand Hotel.
No puede verlo, ya no le dejan, el actor es presa de un delirio febril. Dos días más tarde se encuentra ante su féretro.
¿Cómo encajar esta sucesión de muertes? Psicológicamente nos encontramos en el caso opuesto al que abría el relato en la primera parte. Allí aceptamos que un simple azar que no se quiere ver como tal conduzca a la fatalidad, aquí la cadena de muertes nos empuja a creer en una fatalidad que ha ido enhebrando tantas casualidades, porque creemos que son demasiadas para ser compatibles con la probabilidad.
Los griegos razonaban mucho y bien, pero sabían que la arbitrariedad, el azar maligno y destructivo era un elemento que no se podía extirpar con la razón, así que resolvieron el asunto inventando unos dioses vengativos, celosos y caprichosos a los que atribuir las causas de las sinrazones (valga la paradoja). No era una explicación aceptable para los filósofos, notablemente descreídos en su mayoría, pero sí lo era para muchos y como metáfora tiene gran utilidad. Según ellos, el exceso de arrogancia —habrían dicho hubris— de un jovenzano que se atreve a versificar sobre un tema tan consagrado como la Ilíada habría desencadenado la ira de los dioses y su larga venganza.
Las religiones nos habrían dado una explicación no muy distante. «Dios me lo dio, Dios me lo quitó», habría dicho el desgraciado Job y, al atribuir a Yahvé la sucesión de sus desgracias, ver en ellas una prueba con la que medir la extensión de su propia paciencia y de su fe.
Los mahometanos, por supuesto, habrían visto una plasmación más del fatalismo, el simple cumplimiento de un destino ya fijado al nacer.
Ese es precisamente el campo en el que sitúa la Enciclopedia Británica el término fate al definirlo como «concepto filosófico del que tratan los mitos y las doctrinas religiosas».
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Me he acordado leyéndote estos días del fenómeno de la sincronicidad del que escribieron una obra conjunta Carl Gustav Jung y Wolfgang Pauli. Según describe Jung una experiencia mientras trataba como psiquiatra a una paciente:
«Una joven paciente soñó, en un momento decisivo de su tratamiento, que le regalaban un escarabajo de oro. Mientras ella me contaba el sueño yo estaba sentado de espaldas a la ventana cerrada. De repente, oí detrás de mí un ruido como si algo golpeara suavemente la ventana. Me di media vuelta y vi fuera un insecto volador que chocaba contra la ventana. Abrí la ventana y lo cacé al vuelo. Era la analogía más próxima a un escarabajo de oro que pueda darse en nuestras latitudes, a saber, un escarabeido (crisomélido), la Cetonia aurata, la «cetonia común», que al parecer, en contra de sus costumbres habituales, se vio en la necesidad de entrar en una habitación oscura precisamente en ese momento. Tengo que decir que no me había ocurrido nada semejante ni antes ni después de aquello, y que el sueño de aquella paciente sigue siendo un caso único en mi experiencia.»
Recuerdo en lo personal haber estado buscando a los 9 años en un paseo por el campo con mi abuelo y mi prima un trébol de cuatro hojas. Había leído que daba suerte, quería uno, pero nunca había visto un ejemplar. Mientras buscaba y le contaba a mi prima el objeto de mis pesquisas, ella se me acercó y me preguntó «¿cómo éste?» tenía en su mano uno que me regaló. Años después, en mi etapa universitaria, sentado en el campus, con dos amigos entre clase y clase les conté la historia del trébol, antes de que terminara uno de ellos se dirigió a mi y me preguntó …¿cómo éste?». Me quedé de piedra cuando me mostró lo que tenía en la mano, otro trébol de cuatro hojas. Éste se lo quedó.
No sé si fue casualidad o sincronicidad, lo que sí sé es que fue significativo, como un atajo entre dos momentos felices de mi vida.
Un saludo,
Que bello lo que cuentas
Hermosos recuerdos, que dan para pensar.
¡Que interesante Arryn! ¡ Que buena idea compartir esas experiencias! Muchas gracias
Gracias por su texto, me ha gustado mucho. El azar y una serie desafortunada de eventos es algo que siempre me ha apasionado. La historia de Zweig no la conocía, me gusta tanto como escritor que me negado siempre a leer sus biografías o autobiografía, hay algo de él que siempre me ha preocupado, pero que no viene al caso en este momento. Le recomiendo que lea sobre el USS William D. Porter (DD-579), que como azar y fatalidad dudo que haya algo que lo supere, es tan desconcertante que parece una mala broma.
Muchas gracias Jairo, por la recomendación. Es curioso que haya algo en Zweig que también a mi me inquieta , pero puede no ser el mismo ‘algo’
Enterarme de que ese rompedero de cabeza de los metafísicos y físicos, causa y efecto, puede no tener un valor insoslayable en la búsqueda de una explicación de lo existente, me ha hecho recordar viejas lecturas, de perifería aclaro, no reconocidas ni avaladas por la religión y hasta por las ciencias en tiempos remotos: el mecanismo y dinamismo del universo, con su ciclos de formación y decadencia son eternos; además, y lo más importante, que mientras transcurren sus vidas crean otros (dónde, no lo sabemos pero es posible. Una observación (reiterativa) de curioso: los espantosos agujeros negros se me ocurren frutos como los nuestros; un centro duro y denso como semillas rodeadas de “pulpa”, ya listas para explotar en nueva vida); decía entonces, que ese mecanismo no tiene ni principio ni fín, único atributo divino, y de consecuencia exluye un creador, pero no percibir un «espíritu». Esta posiblidad es escalofriante, lo confieso. Será por esto que el hombre prefirió crear dioses dotados de “inteligencia”, algo que podamos entender, más consolatorios, más “a la mano”. Entonces, si fuese así, no tendría sentido bucar las causas. Quedaría relegada solamente a la conducta del hombre, y de aquella, la conducta, sabemos que anda de la mano con el azar. Lo que vemos y no, es así, y habría que acostumbrarse. Hasta prueba contraria los elementos químicos y sus dinamismos que gobiernan nuestra galaxia son los mismos en otras “latitudes”. Un horror, en definitiva. Amena lectura. Gracias.
Son reflexiones que yo también me hago, aunque causan tanto desasosiego que hay que racionarlas para seguir con el día a día. Muy interesante, Roberto
Los artículos (las dos partes) son una delicia literariamente hablando, pero (siempre hay uno) de contenido poco o nada riguroso. Algunas ideas sueltas y sin orden. 1.- Me llamo la atención su. mención a la Revolución Francesa de 1,789 y ese supuesto incendio azaroso e iniciativo porque se puede decir que yo soy un economista especializado en revoluciones. Revoluciones y sus ciclos, algo que como usted puede sospechar esta mas cerca del Determinismo que del Azar. 2,-Su referencias a la física cuántica son superficiales y en el mismo texto que usted expone de los fotones entrelazados se observan causalidades del fenómeno, como, por ejemplo y entre otros, el mismo ‘entrelazamiento’, No existe tal efecto sin causa en ese ejemplo y, sin ser yo un conocedor de la mecánica cuántica, no me suena de nada que su hallazgo sea el la aleatoriedad o azar. 3.- Usted como economista de formacion que es también parece reconocer cierto poderío de esta ciencia al mencionar la elaboración de sus modelos econométricos. Pero, dicho de modo humorístico y con respeto, parece haber optado usted por la posición habitual del ex-fumador: la de anti-tabaquista radical. 4.- Le enlazo, finalmente, con la Revolución Francesa y le diré que que la ciencia económica actual es capaz de predecir la fecha aproximada de la próxima revolución significativa de carácter mundial . Será alrededor del años 2,040. Y no, esa revolución estará muy lejos de ser un producto de un incendio azaroso en una bodega. Le daré una pista para incitar su vena de economista: seguro que ha estudiado algo de los ciclos económicos tal como los ciclos Kitchin, Kuztnev, Inmobiliario, Kondratieff, etc. Pues bien, el ultimo mencionado, el ciclo Kondratieff, tiene como causa ultima social a las revoluciones. Y le aseguro que es un ciclo muy, muy sistemático y predecible.