¿Qué es ficción? (¿Y tú me lo preguntas…?) (1)

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Vincolo d’unione, de M. C. Escher.

Tenemos un problema. Un problema de los grandes. De los que nos deberían dejar sin sueño a la hora de la siesta. De los que no se le pueden endilgar ni a Siri, ni a Alexa, ni a Cortana, ni siquiera a un coach. Un problema de verdad. O, mejor dicho, de realidad. 

El problema es justamente ese: la realidad. Porque no sabemos definir su contraria: la ficción. Y sí, ya sabemos que no es del todo correcto intentar definir las cosas por sus contrarios, pero ayuda, sobre todo en este caso concreto, donde parece irrevocable la complementariedad cada vez que nos referimos a la una o a la otra. ¿Cuántas veces no han escuchado, o incluso utilizado, la expresión «la realidad siempre supera a la ficción»? Y se dice esto como si se estuviera revelando algún secreto, algo no obvio antes de recalcar la dicotomía jerárquica, lo que es una muestra clara de lo necesario que sigue siendo repensar ambos conceptos. 

Lo primero que habría que preguntarse es qué va implícito en la frase recién referida. Es decir, ¿en qué supera la realidad a la ficción? Según el contexto en el que se suele proferir, deducimos que la supera en el grado de inverosimilitud de lo acontecido, en la capacidad para sorprender a los espectadores del mundo; a veces, en el inesperado salto de transgresión de los límites imaginables del bien y del mal, y otras para enfatizar la belleza de lo natural frente a las recreaciones virtuales. En cualquiera de estos casos hay varios errores de fondo que apuntan directamente a la no comprensión de lo que es ficción ni tampoco lo que es realidad, y tendemos a mezclar los atributos que le corresponderían a la primera con los de la segunda, y viceversa. No se alarmen ni se sientan atacados: que esto suceda es normal. Porque nuestra idea construida popularmente de ficción es indesligable de los paradigmas de imitación (mimesis) y espejo (speculum) que han condicionado la representación de la ficción desde la literatura. Es más: nuestra idea actual de ficción bebe directamente de ese paso de la mimesis al speculum dentro de la literatura, pero de ello trataremos en la segunda parte. 

A lo que íbamos: decir que la realidad supera a la ficción es igual a no decir nada. Claro que la forma en la que se manifiesta la realidad es imprevisible, sorprendente, en ocasiones con apariencia azarosa (y quizá más que en apariencia), enrevesada, inexplicable, ya sea por lo que el compañero Álvaro González comentaba en uno de sus tweets recientes, que la realidad no necesita ser justificada; ya sea porque no tenemos a quien pedirle que rinda cuentas en términos últimos y absolutos, independientemente de que uno sea ateo o creyente, que Dios no está para estas cosas mundanas. La realidad es lo que nos pasa y nos sobrepasa, mientras que la ficción es el instrumento con el que intentamos sobreponernos a la limitación mostrada desde la realidad de nuestras capacidades racionales, o como planteara Tom Clancy: «La diferencia entre la realidad y la ficción es que la ficción debe tener sentido». Y, por tanto, la realidad no. La realidad es inapresable, siempre se nos escapa en el momento en el que intentamos abalanzarnos sobre ella para definirla. ¿Que por qué? Porque la única herramienta con la que contamos, el lenguaje —y en este caso nos da igual que sea cotidiano o traducción de proposiciones a la lógica formal—, es, como ya pueden prever, ficción. No nos referimos, por supuesto, a la capacidad humana para articular un discurso y una conciencia temporal lineal a través del relato, sino al contenido representado por los grupos simbólicos a los que llamamos letras que dan como resultado las palabras, siendo ellas las responsables del modo en que nos representamos el mundo. 

Intenten pensar sin palabras, en formas puras, en imágenes sin nombre, en el vacío, en lo infinito. Inténtenlo ahora, si es que no llegamos tarde y usted ya había sido consciente del ruido que constantemente emite su mente en forma de palabras saltarinas al intentar meditar y poner la mente en blanco. Si lo consiguieron, nuestros respetos. Si son de los que lo han intentado sin éxito, respire tranquilo, no vamos a juzgarle, principalmente porque la que aquí firma tampoco lo ha conseguido, e incluso le parecería lícita la pregunta acerca de la utilidad de dejarse sugestionar hasta el punto de estar en el mundo como si estuviéramos muertos. 

El problema no está en el lenguaje y en su innegable utilidad para el desarrollo de la vida particular y de la cultura, sino en la confusión que establecen esas representaciones con lo representado; en querer darle realidad de suyo a lo nombrado, otra vez, como si fueran las cosas mismas (y ese como si es la expresión radical del juego y de la imaginación). Si cogen su ejemplar de Niebla de Miguel de Unamuno y lo abren por el apartado «Oración fúnebre a modo de epílogo» entenderán mejor a qué nos referimos. Dice el perro Orfeo reflexionando sobre su compañero muerto lo siguiente: 

habla [el hombre], y eso le ha servido para inventar lo que no hay y no fijarse en lo que hay. En cuanto le ha puesto un nombre a algo, ya no ve este algo, no hace sino oír el nombre que le puso, o verle escrito. La lengua le sirve para mentir, para inventar lo que no hay y confundirse. Y todo es en él pretextos para hablar con los demás o consigo mismo. (…) El lenguaje le ha hecho hipócrita.

[Spoiler: hay que entender que el perro está de bajón porque se le ha muerto su amigo humano y él presiente, certeramente, que está a puntito de morir también, así que inferimos que hay un poco de rabia en su predicado y que la generalización proviene de esa ira ante la imagen de la muerte. Tampoco es cuestión de darle credibilidad a pies juntillas todo lo que se dice en esos momentos tan delicados, ni juzgar a todos los perros como unos malajes por lo que diga este perro de ficción. Fin del spoiler].

Hablando fingimos poseer dentro de la palabra la realidad en sí y adquirimos la ilusión de poder modificarla o modelarla al antojo de nuestros deseos, de nuestra imaginación, y como respuesta a nuestros miedos, como analizase Giambattista Vico en su Ciencia Nueva. Como es un fingimiento que hacemos de manera automática, termina por parecernos que es la realidad misma y, (no tan) obviamente, no lo es, por más que intentemos sobrepasar los límites de lo inapresable ayudados por la tecnología o por los juegos de palabras que crean la ilusión de estar más allá de donde podemos llegar. 

Un buen ejemplo de ello podemos encontrarlo en ese oxímoron llamado «realidad virtual». Párense a pensarlo detenidamente por un momento: realidad, lo que es, podríamos decir para resumir lo expuesto; virtual, según la primera acepción del DRAE, «que tiene virtud para producir un efecto, aunque no lo produce de presente, frecuentemente en oposición a efectivo o real», según la tercera, referente a la física, «que tiene existencia aparente y no real». Entonces, ¿de qué hablamos cuando hablamos de realidad virtual? Claramente, otra vez, de una ficción, entendida como fingimiento de la realidad a través de los escenarios que nos presenta lo virtual. Un recurso literario, en el fondo, para hacer más atrayente lo no efectivo, para simular que no se trata de un mero juego de ilusiones preconfiguradas, que enuncia a la realidad como partícula primera para sugestionar a nuestros sentidos a dar validez absoluta a lo allí percibido. Pero no nos lo llegamos a creer del todo, quizás por la necesidad de tener un objeto que intermedie entre nuestra vista y las apariciones presentadas, sean unas gafas opacas del tamaño y el peso de un zapato, un guante similar a la mano de RoboCop, o un teléfono móvil con buena conexión a internet. Y por eso hay una carrera comercial encarnizada entre los grandes de la tecnología —y algún que otro intruso ricachón— por ver quién consigue primero hacer desaparecer tal obstáculo.

Habrán oído ustedes el revuelo que tiene montado Mark Zuckerberg con su nuevo proyecto Meta, que parecía estar guardado en un cajón esperando el momento perfecto para tapar el último escándalo de Facebook. Si fuésemos conspiranoicos pensaríamos que empezó a gestarse a raíz de otro escándalo, el de las elecciones de Estados Unidos de 2016 y el posterior documental de Netflix La red social. Pero si fuésemos o estuviésemos conspiranoicos también tendríamos que creer que Zuckerberg es un reptiliano o un robot, y el artículo tendría que tirar por otros derroteros que no son los que anunciábamos al comienzo, y eso sería clickbait y no es propio de un medio serio como en el que nos encontramos. Mantenemos que estamos aquí para intentar dilucidar qué es la ficción, aunque el camino para llegar a alguna conclusión sea largo y sinuoso. Así que, por ahora, y hasta que se demuestre lo contrario, vamos a quedarnos con los hechos. 

Meta es un intento por materializar en la realidad el contenido de no pocos argumentos presentes en la ciencia ficción: crear una existencia paralela en un universo virtual que, por supuesto, está enfocado al consumo (y de ahí al argumento de la serie Upload hay solo un paso). La estrategia de marketing es impecable, porque la experiencia de compra se esconde bajo el velo de lo que más se desea a nivel personal: la felicidad, la libertad y la riqueza en términos de relaciones sociales ilimitadas.

Respecto a lo último, no vamos a negar que es tentadora la idea de poder sortear la barrera espacial que nos impide tocar a nuestros seres queridos, que después de una pandemia y varios confinamientos todos nos hemos dado cuenta de la importancia que tenía el sentido del tacto para nuestro bienestar emocional. Pero mucho tiene que mejorar la tecnología para que tal contacto en la red se infiltre en nuestras terminaciones nerviosas hasta el punto de producir el mismo gustito que da abrazar. Para muestra de intento fallido, el artefacto para el móvil lanzado a finales de 2016 llamado Kissenger (ojo, no confundir con Kissinger, aunque el gadget funcione a las mil maravillas como método de control de la natalidad).

Sobre la libertad, podemos decir que pareciera que el dueño y señor del caralibro se ha estudiado el Consuelo de la filosofía de Boecio para luego darle la vuelta como a un calcetín: que la libertad, y la consecuente felicidad que esta promete, dependen exclusivamente de las condiciones materiales, del control de los juicios ajenos y de la de la posibilidad de expandir por un universo (que no el universo) el nombre con el que queremos ser nombrados. Claro que, siendo una vida de ficción, es decir, fingida, falsa (fictum), no está del todo asegurado que la libertad promulgada pueda ser real. Por un lado, porque la aparentemente libre autodeterminación se verá determinada por algoritmos fijados y por los recursos monetarios de los que uno goce en la vida fáctica, impidiendo de esa forma una emancipación para elegir los medios para alcanzar sus fines particulares, si es que queda espacio para ellos en un universo prediseñado para satisfacer ciertos fines comunes de acumulación y para promover el enriquecimiento de los que hacen funcionar la máquina; por otro, por lo que recientemente apuntaba la filósofa Ana Carrasco Conde en una entrevista con motivo de su nuevo libro Decir el mal: porque es una ficción individualizante, que busca atomizar al sujeto y arrancarlo de su cotidianeidad social.

Ese universo indeterminado como un universo sería, finalmente, una superposición de universos particulares, donde podríamos eludir los problemas de tener que guardarles respeto a los intereses de los otros y el de la convivencia dentro de un mismo espacio, a sabiendas, además, de que sería como los principios para Groucho Marx: si no le gusta en lo que se ha convertido su universo, pueden cambiarlo por otro. Eso sí, pagando. Algo así como el plan de colonización de Marte planteado por Elon Musk, pero a nivel popular. Será la alternativa a nuestro alcance más instantánea en lo que concierne a entrar y salir del mundo fictivo —porque ni siquiera debería llamarse entrada y salida, sino conexión-desconexión—, pero también menos permanente, porque para vivir (¿vivir?) en Meta habrá que partirse el lomo en el más acá. ¿No les suena esto a la realización virtual del antiguo cielo cristiano? Ganarse el pan con el sudor de la frente, unirse a un grupo de gente que crea en las mismas cosas que usted, y luego recibir como recompensa un espacio infinito de esparcimiento, llevándose su cuerpo (porque recordemos que fue la tradición cristiana la que introdujo la idea de la resurrección del cuerpo y no solo del alma con el modelo de Jesucristo) pero sin los males connaturales a este, esto es, con su cuerpo ideal o idealizado. En este sentido, Meta propone dos mejoras considerables: la primera, y la más importante, es que no hace falta morirse para llegar a ese sitio, cosa que se agradece. Solo hay que hacerse el muerto en la vida fáctica, pero ya hemos dicho que es reversible así que lo damos por bueno; la segunda, es que ahora usted tendrá el control sobre cómo será visto su cuerpo en el más allá sin necesidad de pasar por el quirófano plástico. Posiblemente le cueste el mismo dinero pero se ahorra el sufrimiento físico y el período de convalecencia.

Existe una tercera diferencia, que hemos decidido mencionar aparte porque todavía no está claro si sus efectos pasarán a considerarse como mejoras o inconvenientes. Nos referimos al hecho de que se espera que esa realidad virtual forme parte de la realidad real por medio de la realidad aumentada. Parece un trabalenguas, lo sabemos, pero no hemos sido nosotros los que les hemos dado los nombres. Son los creadores de estos universos paralelos los que están obsesionados con la palabra «realidad», y sabrán ustedes que cuando una cosa se repite muchas veces termina por parecernos que no significa nada. Y todo por evitar decir que son ficción. ¿Saben lo más gracioso de esto? Que al no darle su nombre real, negándole su carácter ficticio, dificultan, justamente, la metaficción.

(Continúa aquí)

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4 Comentarios

    • O como diría Magritte: “Esto no es una frase”.
      Pero tengamos cuidado con dar por sentado que la ficción y la mentira sean categorías idénticas e intercambiables en todos los casos sin consecuencias. Puede haber mucho de verdad en la ficción, igual que puede haber mucha mentira en la realidad (según lo que consideremos que es la realidad, claro).
      Le invito amablemente a que se quede por aquí para acompañarme en la segunda parte del artículo, que trata justamente de esto.

      ¡Salud y gracias por leer y comentar!

  1. Excelente, gracias! Por fin están apareciendo textos interesantes y de alto nivel en Jotdown…esperando la segunda parte…

  2. No hay que ir tan lejos; para y por eso están los espejos, la promesa de rigidez reflexiva del agua antigua y hermana que nos propone volver antes de llegar, pues todo lo hace al revés ya que sus cardinales no son los nuestros, ¿un mundo para lelos o para ungidos pero ambos reales?, lo ignoro. Supongo que de frente a ellos soy yo, mas, ¿se puede confiar en superficies finamente pulidas o en retinas extrañas para saber la verdad? Además, soy mudo ahí por más que los gestos sonoros sean iguales, y esto me llama a la nostalgia, cuando no era necesaria la voz, clamor innecesario para plasmar en un instante la maravilla o el horror que dura en eterno, un mundo silencioso con otra entropía y quizás más helado, como el de los espejos, que si aún lo parece quienes los habitan no sufren o gozan como nosotros cuando salimos de nuestros encierros y abriendo una puerta cualquiera nos buscamos, y ahí están, apiadándose y riendo por nosotros, no como nosotros. Es otra esa vida tan real como la mía, y supongo más libre pues nadie la ve, las cosas decaden cuando a los otros comunicamos que tienen un inicio y un fin. Hierve y silba llamando al dia el café con su pequeña galaxia de vapor pasajera, un día que supongo real pues hasta ahora han sido siempre iguales, y sobre todo obstinados ya que no tienen necesidad de nosotros. Seguirán sin aquellos que osaron nombrarlo. Como esperamos hacerlo nosotros. Excelente lectura, señora.

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