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‘Obra maestra’, de Juan Tallón: Qué es arte moderno, dices mientras clavas en mi pupila etcétera

Obra maestra, de Juan Tallón. Imagen Anagrama.
Obra maestra, de Juan Tallón. Imagen Anagrama.

Desde el mismo título juega a varios niveles epistemológicos la última obra de Juan Tallón. Porque ponerle a una novela Obra Maestra (Anagrama, 2022) revela una intencionalidad gamberra, provocadora y hasta algo naíf que se agradece bastante. Igual que el resto. Y eso que servidor es muy bruto, y todos estos asuntos de conquistar el espacio a través de la creación bidireccional emisor/receptor, epatar deconstruyendo dimensiones y, en definitiva, exponer cosas incomprensibles en ferias con asistentes cool… pues como que no. Yo soy mucho más llano, y más garrulo. Me puedo permitir excentricidades inofensivas, como poner epistomológicos al principio de una reseña sin tener muy claro lo que significa la palabreja, pero solo eso.

¿La trama? Bueno, que ha desaparecido una obra de arte. De arte contemporáneo. En fin, cosas que pasan, un descuido, un me fui a por café. Ocurre que no, o no solo. Que aquí lo que no encontramos (y hemos mirado en todos los sitios… en armarios, en cajones, hasta en la papelera de reciclaje) es Equall-Parallel/Gernika-Bengasi, escultura de Richard Serra. Escultura de hierro hecha por Richard Sierra. Escultura de hierro hecha por Richard Serra que anda en torno a las treinta y ocho toneladas de peso (kilo arriba o abajo, que a estas alturas importa regular). Vamos, que jodido de mover. Hechos reales, estos, aunque no puedan creerlos. Como la misma Obra maestra, que se mueve a mitad de camino entre el reportaje y la ficción, entre registro e inventar. Es especialista Juan en estos artilugios, también les digo. El rey de las citas imaginarias que esconden citas verdaderas, de las anécdotas reales que uno sospecha invenciones. Aquí se mueve a sus anchas. 

En el fondo todo acaba comportándose como reflexión sobre los límites del arte. Del arte contemporáneo, por más señas. ¿Hasta qué punto es original una obra cuando quien la copia y data es el mismo autor? ¿Cómo construyen el mundo circundante las esculturas? Y, sobre todo, ¿esto es una puta broma, o qué? A veces lo parece, y no pasa nada por reconocerlo. Cuando se nos habla de todos los colaboradores que necesita Serra (arquitectos, ingenieros, gruistas, operarios). Cuando se cita el peligro intrínseco que tiene el traslado, colocación e incluso mantenimiento de sus esculturas, con fatales consecuencias esporádicas (lo que no hace sino aumentar la sensación de extrañeza frente a ese arte mortal pero incomprensible para la mayoría). Cuando rellenamos el vacío posmoderno con creaciones que bien pudieran representar el triunfo de la Revolución Industrial (que nadie en su sano juicio definiría como posmoderna). Todo eso. Pero con más gracia, claro. 

Es, también, meditar sobre la vacuidad del presente. Sobre tipos que mantienen escondidas obras que adquirieron, a la espera de una revalorización que quizá nunca llegue (esa imagen del puerto franco de Ginebra es poderosísima). Otros que gastan a espuertas solo por el placer de gastar, porque pueden, porque deben. O los de más allá, esos que ven su barrio adornado con algo nuevo y aparentemente incomprensible. Los que, incapaces de disfrutar orgánicamente el embrujo de estas manifestaciones artísticas, se limitan a apreciarlas y quererlas como parte de su universo cercano, como ese cuñado que todos tenemos y nos saca de nuestras casillas pero, joder, qué le vas a hacer, si es que él es así… 

Destaca el esquema de la obra. Que uno ya no sabe ni cómo llamarla, si novela, non fiction, falso ensayo o lo que más quiera el autor. Yo encantado con el nombre que le asignen ustedes, no vamos a pelearnos por eso. Destaca, decía, el esquema del asunto (mira, asunto cuadra bien), porque permite trabajar a varias capas, planteando continuos saltos temporales y visiones contrapuestas (casi) sobre los hechos. La polifonía directa, basada en intervenciones relativamente breves de (muchos) personajes reales o ficticios es aspecto a favor. Narrativamente, dijimos, porque plantea miradas como capas de cebolla, y las cebollas enriquecen cualquier plato. Y después está la veracidad de esas voces. Que es grande, y variada. Cada cual habla a su manera, con sus giros y expresiones propias, que son distintas a las de los otros (y a las del propio autor, quien aparece como trasunto personajil hablando por boca de las letras, que nunca es lo mismo que hacerlo directamente). Aquí destacan, por libertinas, declaraciones de quienes más lejos están de todo el negocio «artístico» (al menos en su plano meramente teórico, que para la pasta andan todos cerquita). El guarda de seguridad que se pone a ver la tele mientras pasan madrugadas, el transportista que divide los traslados de obras maestras según cuántos cafés debe tomarse para llegar a destino, ese chamarilero que expone cuitas y puñaladas de sociedad (es muy difícil meter la palabra «chamarilero» en una reseña literaria, con lo bonita que suena). Vuela alto Tallón, porque son monólogos frescos, porque tiene ritmo dibujando melismas en cada aparte, porque conserva colmillo afilado para contrastar visiones entre «ellos» (que siempre son algunos) y «nosotros» (que habremos de ser los más).

(Disfruten, también, las palabras que nodice César Aira… mientras escribo esta reseña él ha publicado dos o tres libros nuevos).

Brilla con fuerza, también, la ironía de Tallón, que es una de sus cualidades cuando se pone a lo de escribir. La propia estructura de la novela, esa polifonía que vimos antes, ayuda al asunto, porque permite contar y descontar sin miedo. Vamos, que balbucean otros en boca ajena. Me pasa a veces con Juan lo mismo que cuando leo a Chuck Klosterman (y mira que tienen poco en común), y es que no sé hasta dónde llega el juego de espejos irónicos, qué se dice de forma grave y qué debe ser leído con la ceja enarcada, qué es sí y qué es no. Yo a veces leo una página del gallego y no tengo ni idea de si sube o baja, para entendernos. Lo que es satisfactorio, ojo, porque exige esfuerzo para aprehender y reconstruir, y eso es una de las cosas más ricas en literatura.

Aquí ocurre mucho, y el narrador (los narradores) caminan por esa línea estrechísima entre admiración y burla para con el objeto narrado (el arte contemporáneo, para entendernos). Vamos, que te quedas con ganas de contextualizar visualmente, de buscar ese centelleo en las corneas, ese fruncir (rápido, apenas entrevisto) en la sonrisa, que se nos pone cuando hacemos pasar por seriedad lo que no es sino befa subterránea. Tampoco importa demasiado, porque el no conocer siempre resulta, creo, experiencia válida de conocimiento.

Al margen quedan los hallazgos habituales que tiene Tallón en su estilo. Esos disfrazados a veces de chisporroteos lingüísticos, otras de reflexiones profundas, las de más allá, incluso, de hacernos clavar los ojos en el extraño fantástico que es la vida (el mismo que habitamos cada día y, por eso, casi ni nos sorprende). El estilo de las personas que llevan manos metidas en los bolsillos del pantalón (y su coincidencia con una lectura reciente de quien narra, porque para Juan lo vivido es solo espejo de aquello que lees), ese fatalista (e irónico, por contexto) «cuando siembras, asumes que quizá le tocará recolectar a otro», o la imagen casi irreal de un artista en ciernes salpimentando la pared con plomo fundido, como si fueran constelaciones de ideas sobre fondo blanco.

En definitiva, que no tengo muy claro cómo definir el libro (y tampoco si Obra maestra es lo que diría yo ante algo de Richard Serra), pero sé que es disfrutable. Muy disfrutable, y desde varios puntos de vista. Y eso es lo primero que debe alcanzar la literatura. 

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2 Comentarios

  1. El libro es magnífco, sea lo que sea. Sientes las mismas dudas que cuando lees a García Márquez y las epidemias de sueño, que no se sabe si son verdad o mentira.

  2. Cao Wen Toh

    No había leído nada tan bueno en español desde «Los detectives salvajes». Obra maestra.

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