Golpe de suerte

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La suerte es redonda. Cada uno coincidirá o disentirá según sus propios criterios. Yo lo demuestro siempre con un simple paquete de Lucky Strike y la acción estelar de mi amigo Rafa, de Pontevedra. Lucky Strike es esa famosa marca de cigarrillos representada por un logotipo en forma de diana con cuatro circunferencias concéntricas, y Rafa un fumador riguroso, terco, dispuesto a dar la vuelta al mundo si no tiene tabaco, cosa que todavía no ha sido necesaria. Hace algunos años, se quedó sin cigarros en mitad de la madrugada, en un día de entre semana, mientras jugaba a la Play, sin visos de sueño, y entonces emprendió uno de los desplazamientos —precisamente en círculo— más disparatados y desesperados que pueden hacerse solo por conseguir una cajetilla de Lucky. ¿Por qué Lucky? Porque sí. Por caprichos del comportamiento humano. «Yo antes era de Marlboro, de hecho, pero vi Mad Men y a Don Draper fumar de maravilla aquellos cigarros cortos de Lucky, y me cambié», confiesa.

En mitad de una partida del PGA Tour, de golf, Rafael buscó el paquete de tabaco entre los cojines del sofá, y al abrirlo, oh, sorpresa, no quedaba ni uno. Malo. Miró la hora en el teléfono: las cuatro de la mañana, nada menos. Era tarde para todo, pero, en especial, era temprano para cualquier otra cosa. ¿Dónde comprar tabaco a semejante altura del día? ¿Qué podía haber abierto en aquella ciudad a aquellas horas? Empezaba el círculo desesperado en pos de un Lucky Strike. 

De entrada, Rafa hizo lo que no está al alcance de cualquiera: bajar al garaje y coger el Citroën Xsara de su novia para recorrer ochocientos metros, hasta la tienda 24 horas que hay en la calle Cobián Roffignac, en el centro de Pontevedra. Lamentablemente, esa noche la máquina de tabaco estaba estropeada. Duro golpe. Quedó contrariado, pero no abatido. ¿Se podía tener más mala fortuna? ¿No era, precisamente por reveses así, el mundo una mierda, una gran acequia? Sin pérdida de tiempo, Rafa regresó al coche y condujo como un fantasma hacia las afueras de la ciudad, por la carretera de Poio, donde recordó que hay otro 24 horas. Conocía tan bien la carretera que podía sostener el volante y cerrar los ojos, y casi no matarse. «Pero llego allí y está cerrado, me cago en su puta madre», comenta al recordarlo. Puede resultar raro, incluso escandaloso, pero es algo muy típico de algunos de estos negocios: jamás abren las 24 horas. 

Como ya estaba en la carretera de Poio, siguió conduciendo hasta la estación de servicio, alargando un poco más el círculo. Quizá el ser humano tiende naturalmente a la curva. Y a la insistencia. En cierto sentido, fue una jugada maestra, salvo porque al llegar a la gasolinera, también estaba cerrada. Terribles noticias. ¿Se rindió Rafael? En absoluto. La cajetilla de Lucky Strike era una idea que brillaba con demasiada fuerza en su cabeza. Era el deseo y la esperanza, era la luz verde del muelle que ve Jay Gatsby desde el jardín de su mansión. «Me pareció que la estación de servicio de la N-541, dirección Ourense, no estaba tan lejos, y esa seguramente estaría abierta». Condujo con fe, hasta que por fin distinguió las luces apagadas de la estación. Maldita sea.

La vida te lanza retos, y si los superas, te lanza otros nuevos; pero, si no lo superas, el reto viejo te asedia una vez y otra vez. ¿Cómo actúa el reto? Primero juega a ser pan comido, para a continuación parecerte inasequible. El paquete de Lucky Strike no paraba de decirle en su cabeza: «Ven, Rafa». Y Rafa iba, pero nunca llegaba. 

Entonces se le ocurrió la última gran idea, la buena de verdad, la que lo llevaría al tabaco por fin: adentrarse en la A-9 y dirigirse a una de sus muchas gasolineras. Poca broma: la A-9 es un territorio mágico. Para empezar, tiene los peajes más caros de España y la concesión a Audasa no finalizará, como mínimo, hasta 2048. Los conductores la usamos para circular, pero aún más para que nos roben; es bonito.

«Arranqué a toda velocidad, me metí en la autopista, pagué el peaje —de perdidos al río— y, al llegar a la primera estación de servicio, aluciné: cerrada hasta las seis de la mañana». Pero qué era aquello. ¿El mundo quería joder a Rafa? Consultó la hora por enésima vez y le pareció excesivo quedarse a esperar allí plantado, sin ni siquiera cigarrillos con los que matar el tiempo. «El peaje ya estaba pagado, así que me dije: “¿Y si continúo hasta Vigo?”». ¿Era una locura? ¿Era un acto de audacia? ¿Era pura desesperación? ¿Sería su tumba?

Su reacción imitó un poco a la de Dan Aykroyd en The Blues Brothers, cuando mira a su socio John Belushi y le resume la situación: «Estamos a doscientos kilómetros de Chicago, tenemos el depósito lleno, medio paquete de cigarrillos, es de noche y llevamos gafas de sol». Belushi se lo piensa durante un segundo, y al final dice: «Tira».

En Vigo, quince kilómetros después, el rodeo encontró su punto culminante cuando Rafa distinguió una puerta de la que de vez en cuanto salía gente. Olió bien la tostada. Se bajó del coche, entró en lo que resultó un pub inmundo lleno de tipos raros en el que, al fondo, había una maldita máquina de tabaco, que tenía Lucky Strike. Al fin un golpe de suerte. De repente, le pareció que la vida le sonreía y adquiría una forma redonda, claramente. Regresó al Citroën Xsara y condujo de vuelta a casa. Después del último cigarro, se fue a la cama, cerrando el círculo de otro día en este extraño mundo. 

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5 Comentarios

  1. Esas cosas pasan. Una vez decidimos ir a Vitoria (antes de los gps y tomtoms, pero despues de las autovías y autopistas). Llegamos a Bilbao: “atentos a la salida de Vitoria”. Nada, esta no es, esta tampoco, aún no, ¿esta? Tampoco… a ver aquel cartel: San Sebastián 20 km. Total, San Sebastián muy chula, pero Vitoria aún no la conozco

  2. Menos mal que venden tabaco en lugares accesibles; con semejante monazo hubiese sido capaz de asaltar una anciana para quitarle su cajetilla de Rex, el tal Rafa.

    Qué penita, la drogaína.

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