Arte y Letras Historia

El suicidio de Japón (2)

el suicidio de japón 2
Grupo de samuráis del dominio de Satsuma. Fotografía por Felice Beato (CC)

Viene de «El suicidio de Japón (1)»

En 1614, el samurái Hasekura Rokuemon Tsunenaga cumplió un particular sueño: pisar la península ibérica. Desembarcó en Sanlúcar de Barrameda, Cádiz, encabezando una colorida comitiva de asistentes. Iba además acompañado por un imponente grupo de escoltas, todos ellos también samurái. El grupo despertó una ferviente expectación entre los ciudadanos locales, que se aglomeraban para intentar echar aunque fuese un fugaz vistazo a los exóticos individuos llegados desde una de las naciones más lejanas del planeta.

Era tan solo la segunda vez en toda la historia en que sucedía un rarísimo acontecimiento: que enviados procedentes del País del Sol Naciente llegasen a Europa. La anterior visita, sucedida treinta años atrás, había traído a cuatro adolescentes de familias nobles japonesas y, aunque había sido un éxito como memorable gira de acercamiento cultural entre aristócratas de dos continentes, estuvo desprovista de trascendencia política o comercial. En esta ocasión, sin embargo, Tsunenaga era un verdadero diplomático con poderes negociadores y pretendía cumplir una misión mucho más ambiciosa: estrechar de verdad los lazos entre occidente y Japón.

Su primer objetivo consistía en establecer relaciones comerciales con el imperio español. Así conseguiría que los comerciantes nipones tuviesen acceso a la principal divisa internacional del siglo XVII: los metales preciosos procedentes de América. En segundo lugar, Tsunenaga pretendía fortalecer el vínculo religioso entre el Vaticano y los kirishitan, la incipiente pero bien situada comunidad cristiana de Japón. Y Tsunenaga era un hombre que creía en su misión. Actuaba en nombre de sus gobernantes, desde luego, pero él mismo era católico e hispanófilo y estaba impulsado por una solemne convicción en la importancia de la embajada. Pensaba que Europa estaba convirtiéndose en la vanguardia tecnológica, comercial y militar del planeta, así que juzgaba conveniente el que Japón imitase algunas de sus estructuras socioeconómicas. Conocida como «embajada Keicho», la segunda misión japonesa en Europa constituyía una ocasión única para estrechar vínculos entre dos naciones que, pese a su lejanía y su disparidad, tenían intereses en común. De haber conseguido Tsunenaga sus objetivos, el intercambio económico y cultural de Japón con los territorios españoles de Filipinas y América pudo haber generado efectos geoestratégicos difíciles de precisar, pero que sin duda hubiesen cambiado el rumbo de la historia. Podría especularse, por ejemplo, con la siguiente idea: si Tsunenaga hubiese conseguido solidificar el vínculo con España y otras naciones europeas, es posible que siglos después jamás hubiese tenido lugar el ataque aéreo sobre Pearl Harbor y que las ciudades de Hiroshima y Nagasaki no hubiesen sido arrasadas por sendas bombas atómicas.

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4 comentarios

  1. No me pises que llevo chanclas

    Japón… ¡Mia questá lejooo Japóóón!

  2. Un suicidio, si no aconsejado en manera pérfidamente ambigua, seguramente inducido por los imperialismos de aquellos tiempos dramáticos. Pueblos peculiares los orientales, diría “plásticos”, capaces de adaptarse a cualquier nuevo contexto. Muy buen artículo. Espero la continuación.

    • Para «Imperialismos dramáticos» ya tiene el japonés del siglo XX.
      La sociedad japonesa es una sociedad totalmente vertical, de un seguidismo radical hacia su líder; recuerde que la única razón que pusieron los japoneses en su rendición en la SGM fue mantener al emperador (salvando las distancias, es como si los alemanes hubiesen hecho lo propio con su Führer…).
      La Revolución Meiji industrial solo se vio superada por la militarización y el fanatismo supremacista.
      Las matanzas del Imperialismo japonés NO tienen parangón en Asia, solo en Nanjing asesinaron a 200.000 personas (más que las Bombas atómicas de Hirosima y Nagasaki juntas); en Manila a su retirada, asesinaron a 100.000 filipinos (incluidos mujeres y niños) asaltando edificios religiosos y embajadas; por poner un par de ejemplos, pero, este modus operandi japonés se repicó desde Birmania hasta Papua.
      Los japonenses aplicaron la Ley de Gengis Kan, infundir terror como norma en las sociedades conquistadas; llevando al extremo la idea de «Imperio Depredador».
      Y mejor no hablar de los experimentos con humanos vivos (Escuadrón 731), que dejan en poco los del Dr. Mengele…
      P.D: a los interesados en la historia de la embajada de Hasekura Tsunenaga, tienen la novela «El samurái» (Shūsaku Endō, 1980), novela histórica de enorme valor.

  3. Excelente artículo. Mi enhorabuena a su autor.

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