
Enfoques filosóficos sobre el culpar
¿En qué consiste culpar? ¿Cuándo es razonable esta práctica? ¿Qué formas adopta? Estas y otras preguntas vienen conformando en las últimas décadas un rico debate filosófico sobre la práctica del culpar, debate que tuve la suerte de conocer en profundidad gracias a las clases de Mabel Holgado en la Universidad de Málaga, quien ha trabajado extensamente esta temática universal.
A grandes rasgos, lo que se pretende en esta discusión es elaborar una buena teoría general de esta práctica tan humana (¿solo humana?) que permita, por un lado, establecer los parámetros para su buen uso, razonable y alejado de su empleo “patológico”, y, por otro, delimitar los casos “centrales”, claros, del culpar, respecto a los periféricos, vagos o dudosos.
Todos conocemos casos variados de la práctica del culpar. Pueden ir desde culpar en 2024 a Hernán Cortés hasta hacer lo propio con un hijo por portarse mal; desde el que nos roba la cartera hasta ese ordenador que ha dejado de funcionar y aporreamos con ira; culpamos a grupos enteros y a nosotros mismos. Parece evidente que es una práctica muy arraigada en nuestra psique. ¿Se debe culpar a los romanos por haber sido esclavistas hace milenios? ¿Me debo culpar por no ser capaz de dejar de fumar? ¿No es ridículo golpear con enfado la máquina que ya no funciona? ¿Qué significa este resentimiento que mantengo después de tantos años, acaso es razonable? Culpamos al delantero de nuestro equipo que no ha marcado gol, al político que miente (aunque empiezo a tener dudas de esto), al amigo que nos llama menos de lo que debería, al borracho que vomita en nuestro portal, a la pareja que ya no nos quiere, al tiempo atmosférico y al atasco, al cáncer y hasta al hecho de haber nacido culpamos1. Cualquiera diría que no hay límites para esta práctica.
¿Qué dice al respecto la vanguardia de la filosofía moral contemporánea? Someramente: el enfoque cognitivo presenta el culpar como un juicio o evaluación negativa de un agente sobre otro; el emocional, como su nombre indica, habla de emociones negativas reactivas como característica central del culpar; el enfoque conativo quita el acento de las emociones y lo pone en la relación, como por ejemplo en la retirada de la buena voluntad hacia el otro. También se puede mencionar al enfoque funcional, centrado en el propósito del culpar, en su sentido. Vemos así que hay un juicio, que hay emociones, que hay funcionalidad y que hay relaciones entre agentes. La clave está en el énfasis que da cada enfoque a su aspecto predilecto del culpar.
Esto del culpar acaba resultando, por tanto, un tema endiablado, pero pienso que ello lo hace más atractivo. La postura que defenderé parte de dos premisas. Primero, el origen, núcleo y fundamento de la práctica social del culpar lo encontramos en una emoción: la ira (con lo cual, queda claro a qué enfoque me adhiero). La ira se relaciona con nuestras limitaciones cognitivas. Segundo, sostengo como realidad más plausible el hecho de que la libertad no exista (y adelanto que no sería tan malo como pueda parecer). Argumentaré estas dos premisas para examinar la razonabilidad de la práctica del culpar.
La ira, esa emoción
La ira es una emoción sujeta a una gradación continua con, al menos, dos variables, intensidad y tiempo, y que puede ser comparada con manifestaciones energéticas, que van de la irritabilidad (acalorarse) a la furia (explotar), pasando por la indignación (quemarse) o el resentimiento (mantener la incandescencia). En función de esta gradación, la ira es una emoción que constituye, en acto, un gasto considerable para quien la experimenta, y, en potencia, para quien va dirigida. Llegué a la conclusión de que la ira es el núcleo del culpar al darme cuenta de que es necesaria y suficiente para que se dé el fenómeno: es necesaria porque sin esta emoción el culpar se diluye por completo, pues resulta muy difícil, si no imposible, imaginar un culpar completamente frío, indiferente, sin atisbo de motor emocional; es suficiente porque la encontramos en todos los modos del culpar, desde la autoinculpación hasta la culpa vicaria en tercera persona, pasando por la culpa silente o la comunicativa, la que conduce a cambiar de actitud o de juicio, o las derivadas de todo tipo de relación, o sin ella. Además, no hay ira que no sea culpante. Su identificación es plena. Por ello, la ira permite filtrar casos dudosos: ¿culpa el juez que dicta sentencia sin sentir emoción alguna hacia el condenado? En mi opinión, no: no basta con el juicio, con la evaluación (enfoque cognitivo). Lo de ese juez se parece más a un diagnóstico médico que al culpar. Más aún, la práctica del culpar carece con frecuencia de juicio consciente. Para eso, entre otras cosas, existen las emociones.
No obstante, señalar que el culpar es experimentar una emoción supone no decir mucho. Filosóficamente, sería natural preguntarse por qué la ira y no más bien la nada. Veamos, pues, la ira como origen del culpar: afortunadamente, la ciencia nos proporciona ya algunas buenas respuestas: antropólogos, psicólogos evolutivos y otros especialistas han descrito la ira, en un trabajo reciente, como “un sistema cognitivo computacionalmente complejo, que evolucionó para negociar un mejor trato”. Creo que este origen evolutivo es el único nexo de unión entre las diferentes culturas y sus modos característicos de culpar. Una implicación universal que encontraron en este estudio fue el repertorio típico de expresiones faciales y vocales de la ira humana. También hallaron que la ira se intensifica cuanto más ha sido despreciada la persona del ofendido, lo que no puede extrañarnos.
Nos encontramos aquí toda una imbricada variedad de respuestas fisiológicas, expresivas y cognitivas, las cuales tienen como fin la optimización de la autoconservación. El rastreo evolutivo de esta emoción nos puede llevar cuando menos hasta las fricciones entre hormigas pertenecientes a la misma casta, pero baste en este trabajo con señalar que, sin duda, el culpar o la ira no son manifestaciones exclusivamente humanas: están bien documentadas entre los tipos de reacciones de los chimpancés cuando experimentan lo que se ha llamado “decepción social”.
Nuestra especie padece respuestas fisiológicas muy negativas ante la pérdida de seres queridos, la soledad o el ostracismo, circunstancias que despiertan en nosotros emociones intensas, dolor psicológico, pérdida de salud, locura y muerte. Estos resortes, de un poderío destacable, difícilmente nos constriñen por pura casualidad: resulta más que plausible la idea de que la selección natural los ha ido afinando e intensificando para que no cometamos el error letal de optar por una vida alejada del grupo. Es la misma existencia de estos resortes lo que debe llamarnos la atención: parecen reflejar el hecho de que la sociabilidad es un equilibrio frágil que precisa un fuerte pegamento. Así las cosas, resulta claro que existe una fuerte tensión entre nuestras tendencias individualistas y sociales. La sociabilidad es una horma que no ha terminado de adaptarse del todo bien a nuestro zapato: la fricción y el conflicto entre individuos del mismo grupo son una constante en nuestra vida comunal. Se hizo preciso incidir en el comportamiento del prójimo, hacerle ver que nos daña, que nos damos cuenta, y que ello tiene consecuencias.
Las distintas “combustiones” de la ira se producen con independencia de la relación que nos venía uniendo al culpado (enfoque conativo), es decir, todas se pueden dar con independencia del carácter de ese lazo, como se intuye fácilmente del esbozo de casuísticas, porque la furia o el resentimiento sirven para influir en el comportamiento tanto de desconocidos como de íntimos (la ira es poderosa y por desgracia funciona también como pegamento social, de ahí la importancia histórica de los chivos expiatorios). Estas variedades de la ira las considero también el fundamento del culpar porque constituyen constricciones que serán indispensables para analizar la razonabilidad de la práctica. La constricción que suponen la entiendo en sentido fuerte, ya que descarto que la regulación emocional de la que somos capaces se halle en un plano superior, pues no sería más que otra emoción (como el miedo, la vergüenza o la angustia), de igual rango, en colisión.
Haré un inciso respecto a la idea de la última oración, que es complicada: se suele considerar que un gran poder humano consiste en regular nuestras propias emociones. En este sentido, este poder nos haría diferentes. Esta capacidad nos permitiría, por ejemplo, decidir querer algo incompatible con lo que queremos: por ejemplo, nos permitiría querer no fumar, aunque queramos fumar. Y actuar en consecuencia. Sin embargo, tiendo a pensar que todo se resume en nuestras emociones en colisión: quiero fumar porque tengo síndrome de abstinencia, pero no quiero fumar porque tiene mil desventajas que me provocan, pongamos, vergüenza. Además, me dan miedo los efectos en mi personalidad de la abstinencia, pero me da rabia (¡ira!) no ser capaz de controlarlo. Como decía Nietzsche, somos un parlamento, y yo añadiría que un parlamento, concretamente, de nuestras emociones. Por supuesto, nos identificamos con las emociones que nos hacen sentir mejor o cuadran mejor con el relato que nos hacemos de nosotros mismos y nuestra vida. Pero basta con lo dicho para este inciso.
Otro tipo de constricción, relacionada con las anteriores y no menos importante, es la cognitiva, clave añadida para fundamentar la práctica del culpar. Como afirma uno de los impulsores de la psicología evolutiva, John Tooby: “Nuestras mentes han evolucionado para representarse las situaciones de un modo que resalte el elemento del nexo causal que podemos manipular para alumbrar un resultado deseado”. En otras palabras: a la red causal le damos el hachazo donde podemos y nos conviene. Los factores estables de la situación, ajenos a nuestra capacidad de manipulación, difícilmente aparecen en nuestro poco elaborado mapa mental de causas, ya sea porque aún no hemos accedido a su conocimiento, o porque nos exijan un excesivo gasto energético para su comprensión. Resulta fácil adivinar que el comportamiento ajeno, aunque no todo, sí entra en el reino de nuestras posibilidades de incidencia. Esto explica, como se verá más adelante, que la culpa vaya dirigida especialmente y con mayor intensidad hacia aquellas personas permeables a nuestra ira, susceptibles a su eficacia, lo que descarta a los locos y a los niños pequeños, por ejemplo (otro inciso: claro que a veces se culpa a un niño pequeño o a un loco, pero es claramente un caso “patológico” del culpar, porque quien culpa así hace el primo, o algo peor).
Por todo ello, estos dos tipos de constricciones (emocional y cognitiva) serán fundamentales para el estudio de la razonabilidad del culpar que pretendo, pues explican la necesidad e importancia de la ira. Sin embargo, ahora necesito introducir otro tema para explicar una tesis que ha sido con frecuencia malentendida.
Significado de la tesis determinista
El determinismo, también llamado incompatibilismo, es la tesis que defiende la imposibilidad de la existencia de la libertad en un universo caracterizado por una materialidad sujeta a la causalidad. Desde esta visión, resulta harto complicado concebir siquiera qué podría ser la libertad, y qué entienden por ella los que sostienen su existencia, de manera análoga a la dificultad que encuentra un ateo o un materialista cuando les hablan de dios o el alma. Todas ellas son instancias que no aparecen en nuestra cotidianidad, independientemente de que muchos crean intuitivamente en su existencia. En cambio, sí podemos observar que todo ocurre por algo que le precede, hay un desenvolvimiento en las cosas, que se siguen y determinan unas a otras, por más que nuestras limitaciones nos impidan identificar en su globalidad la red dinámica en que se instalan. Esto también explica nuestra creencia en la existencia del azar, que no es más que nuestra falsa solución al problema de la mencionada limitación. Dicho de otra forma, para resumirlo: suele decirse que el determinismo no está demostrado, pero habría que preguntarse si no es el libre albedrío el que debería ser demostrado.
Soy de la opinión de que los seres humanos no somos más que un tipo de organización de la materia. Niego la libertad porque la considero imposible de comprender: no basta con ser un negativo del determinismo, como no basta ser un negativo de la materialidad para comprender la inmaterialidad. Así las cosas, en cada momento de su actuar, cada ser humano no pudo haber actuado de otra manera: solo nos queda imaginar, fantasear que con otro elemento condicionante en la ecuación se hubiera actuado de otra forma. El conjunto de sus circunstancias -conocimientos, emociones, salud y demás elementos internos profundamente imbricados, por no hablar de los externos- ofrece en cada momento un producto inevitable, que no pudo ser otro.
Esta es la tesis del determinismo, la cual comparto. En cualquier caso, no queda más remedio que aceptar el hecho de que este problema filosófico, quizás el más importante, aún no ha sido resuelto, y posiblemente no lo sea nunca. Sin embargo, me inclino a pensar que el libre albedrío caerá (empleo indistintamente los conceptos “libertad” y “libre albedrío” porque, ya sea en el decidir o en el actuar, igualmente no contemplo su existencia), como cayó el geocentrismo. Mientras tanto, creo que viene bien ir adelantando sus implicaciones para la moral, a menudo tergiversadas u obviadas por los defensores de la libertad, que son inmensa mayoría en esta disciplina.
¿Qué tiene de razonable culpar?
Gran parte del éxito de nuestra especie y de nuestra salud psicológica -dos aspectos que, por otro lado, también entran en colisión con frecuencia- se ha edificado sobre la base de una percepción distorsionada de nosotros mismos. Sin embargo, propondré que esta dicotomía es falsa: afinar nuestro autoconocimiento puede redundar en beneficio de nuestro bienestar.
Preguntar por la razonabilidad del culpar es tanto como cuestionarse la razonabilidad de la ira. Explicada esta emoción, se tratará de ver cómo se puede integrar en el conjunto de la vida humana. La eficacia es una noción básica para comprender su necesidad: la ira evolucionó para ser eficaz, o, más exactamente, ha llegado hasta nosotros porque en el pasado fue eficaz, funcionó, y no encuentro razones para sostener que haya perdido esta cualidad en la actualidad. Esto me permite establecer una clasificación aproximada entre los posibles casos de la práctica del culpar:
- Caso central: tiene efecto directo: es el culpar que incide en el culpado, como puede ser el culpar comunicativo.
- Caso lateral: posee efecto indirecto: es el culpar que incide en otro, pero no en el culpado. Es la culpa vicaria, de terceros, lanzada para buscar la concordancia con nuestro interlocutor.
- Caso periférico: aquí la práctica es inefectiva: es el culpar a elementos estables de las cosas, sin posibilidad real de incidir en ellas.
No pongo ejemplos de cada caso porque son fáciles de imaginar, además de divertidos cuanto más groseros. Estaré encantado de leerlos en comentarios.
La ira es eficiente porque otros modos de incidencia en el prójimo suelen suponer un gasto superior en tiempo y energía. Respecto a sus fines, la ira sirve para multitud de propósitos: incidir en el comportamiento ajeno, cambiar la propia actitud, recordar las afrentas, prevenir el daño… También sirve a los propósitos del culpado: le permite desarrollarse como individuo socializado, evitando el aislamiento: supone tomarlo en serio e integrarlo en el juego emocional que supone la vida comunitaria. De este modo, la ira protege y moldea a las personas.
Del mismo modo, desde una postura determinista la principal justificación del culpar es su eficacia, comprendiendo el importante condicionante que supone en nuestro obrar. Para quien continúa instalado en la creencia en la existencia de la libertad, esto supone una pérdida de la inocencia de cualquier culpar, pérdida que nos volvería intolerablemente fríos y duros con el culpado. Sin embargo, debe tenerse en cuenta que en un mundo determinista la inocencia no se pierde jamás.
Algunas ventajas derivadas de la asunción determinista las encontramos en la primacía que alcanza la facultad de la comprensión: si enfadarse con alguien supone tomarle en serio, tratar de comprender sus condicionamientos es tomarle en serio en un grado superior, más “humano”. La comprensión es la capacidad costosísima que se traduce en un conocimiento biográfico relativamente exhaustivo, y es una capacidad que, a diferencia de la ira, nos distingue en buena medida del resto de mamíferos. En las terapias sobre adicciones o problemas psicológicos podemos entender fácilmente que se suspende el juicio (y antes que el juicio, la ira) porque se reconoce al sufriente como perjudicialmente condicionado, buscándose nuevos condicionamientos (como podrían ser nuevos entendimientos sobre el mundo o sí mismo) que incidan positivamente en su comportamiento, mejorando, precisamente, sus condiciones de vida. En terapia no se culpa porque se comprende y, sobre todo, ya no vale para nada.
Por añadidura, encuentro ciertos inconvenientes derivados de la creencia en la libertad, pues atribuir esta cualidad descarga nuestra conciencia cuando abusamos del culpar, y por ello es frecuente comprender aquí al enemigo como malvado, la pareja de modo egoísta o a algunos conciudadanos negligentemente estúpidos: la mala voluntad, como la buena, impregna nuestra percepción del otro, y ha sido coartada para la aplicación de inimaginables sufrimientos durante miles de años.
Del mismo modo que el dolor, la ira es un desagradable sistema de alerta que nos protege, una consecuencia ambivalente del devenir evolutivo. Sin embargo, a diferencia del dolor, la ira no es exclusivamente interna, sino que se expande y descarga en otros. Este efecto, lógico y grave, ha propiciado con probabilidad nuestra fantasía de libertad, como justificación mediante el juicio de merecimiento. Por si fuera poco, la creencia en la libertad incrementa la angustia psicológica, ya sea ante el castigo padecido (“soy malo”) o ante el ataque, que suele resultar más perturbador cuando procede de una persona que de un simple hecho físico, a igualdad de daño: de sentimientos de culpa y traumas infligidos por humanos están llenas, concretamente, las clínicas psicológicas.
No obstante, está lejos de mi intención lanzar sin más una propuesta inhumana para el buen culpar. Prescindir de la ira o culpar parece tan difícil como hacerlo del dolor (tarea para faquires, por tanto). Además de difícil, sería una renuncia peligrosa, como es obvio. En el ámbito público, donde pueden establecerse instancias intermedias y costosas en aras de la objetividad y la comprensión, la erradicación del culpar me parece inexcusable a partir de un cierto grado de civilización. Necesitaremos seguir protegiéndonos de comportamientos peligrosos, pero el reproche y la venganza creo que son evitables. Respecto al ámbito privado, pienso que se abre un horizonte de perfección, tendente a la disminución del culpar, siempre y cuando se sustituya por la comprensión, y ésta no suponga un gasto imprudente. Mientras tanto, y según las irreductibles características de cada caso, presento la siguiente lista de opuestos posibles: el resentimiento nos seguirá recordando cosas como que debemos protegernos del daño que nos produce el comportamiento de otro, librándonos de una vida peor, o consumiéndonos en sus brasas; la furia, explosiva, nos ayudará a cortar de raíz las evoluciones catastróficas de una mala situación interpersonal, o su exceso nos arruinará la vida; la irritación, punzante y no definitiva, ayudará a que cualquiera nos tome en serio o a amargarnos el día a día; por último, la mera indignación o enfado podrá fortalecer o degradar una relación. Por supuesto, la anterior relación es tentativa y aporta una limitadísima lista de posibles situaciones. A partir de aquí, podría etiquetar determinados comportamientos ideales, pero considero imposible establecer una guía de acción o un código que pueda iluminar estas aguas turbias. En otras palabras, podemos discutir un caso (mediatizados sin duda por nuestra cultura y experiencia), pero no podemos confeccionar una plantilla razonable antes de conocer el mismo. Y conocer, como he intentado dejar claro respecto al ámbito de la psique humana, es una tarea titánica.
Para un determinista, protegerse del otro (y de uno mismo) es protegerse del universo. Dependerá del grado de fuerza e inteligencia la forma de incidir, porque no se trata de otra cosa: incidir y condicionar el comportamiento propio y ajeno. ¿Qué es lo mejor para un determinista? La inclinación de la balanza: menos sufrimiento y más comprensión, lo que directa e indirectamente repercutirá en su beneficio.
(Nota: no he hablado de ese entrañable negativo del culpar, el perdón. Y no lo he hecho porque realmente no es un negativo, no es su contrario: es una posible consecuencia. Para perdonar se precisa haber culpado antes).
BIBLIOGRAFÍA
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Coates, D. J. and N. A. Tognazzini, 2012, “The Nature and Ethics of Blame”, Philosophy Compass, 7: 197–207.
Engelman, J., Clift, J.B., Herrmann, E., Tomasello, M. (2017), “Social disappointment explains chimpanzees’ behaviour in the inequity aversion task”, Royal Society, https://doi.org/10.1098/rspb.2017.1502
Holgado, M. (2019), “What´s the Point of Silent Blame?”, Annales Universitatis Mariae Curie-Skłodowska, sectio K – Politologia, http://dx.doi.org/10.17951/k.2019.26.2.7-23
John Brockman (ed.), Este libro le hará más inteligente, Barcelona, Paidós, 2012. p. 60.
Scanlon, T. M. (2013), «Interpreting Blame», in Coates, D. J. and Tognazzini, N. A. (eds.): Blame: Its Nature and Norms, New York: Oxford University Press, pp. 84-99.
Strawson, P. F. (1962), “Freedom and Resentment”, Proceedings of the British Academy, 48: 1–25, reprinted in Watson 2003.
Tooby, J., Cosmides, L. et al. (2017), “The grammar of anger: Mapping the computational architecture of a recalibrational emotion”, Cognition, 168, p. 110 (traducción propia).
Wolf, S. (2011), «Blame, Italian Style», in Wallace, R. J.; Kumar, R. and Freeman, S. (eds.): Reasons and Recognition. Essays on the Philosophy of T. M. Scanlon, New York: Oxford University Press, pp. 232-347.
[1] “El antinatalismo filosófico como oportunidad para revalorizar la procreación”, Pablo Mula Buitrago, Jotdown, 05/10/2024, https://www.jotdown.es/2024/10/antinatalismo-filosofico-procreacion-1/








«No pongo ejemplos de cada caso porque son fáciles de imaginar, además de divertidos cuanto más groseros. Estaré encantado de leerlos en comentarios.»
Pero amigo… ¿de verdad crees que más de uno, dejándome a mí de lado, va a tener siquiera el ánimo para entrar a debatir estos sesudos conceptos? Tiene gracia, cuando iba al cole, siempre pasaba por ser el más listo (en líneas generales) de la clase. Pues bien, ahora, reconozco que me veo incapaz de seguirte el paso. Sin sarcasmo.
En ese caso, el fallo ha sido mío por no cumplir la máxima de la claridad como cortesía del filósofo. En mi descarga diré que, cuando se está muy relacionado con ciertos conceptos, resulta difícil volver a la visión del neófito para transmitirlos. Sin embargo, lo considero una obligación, y agradezco la franqueza del comentario, que me servirá en adelante.
Como curiosidad, una persona querida me envió ayer el texto después de pedirle a la IA que se lo explicara de forma «cute», ya que detectó el mismo problema. El resultado me dejó impresionado. Me alegró que la IA entendiese tan bien el texto, pero me quedé con la espinita de no haberlo hecho yo mismo. Saludos.
Me pregunto si ejemplo del caso uno sería el típico «mira lo que has hecho! por tu culpa!»; del segundo caso, los grupos de ciudadanos echando la culpa de la gestión de la dana al Estado o a la CA según la ideología política del grupo al que pertenezcan y del caso tres un político culpando de su propio comportamiento al heteropatriarcado o también sería culpa vicaria?. Mejor los forofos de fútbol echando la culpa del resutado al arbitro?. Me he hecho un lío…
Hola, Lara, gracias por comentar.
Son buenos ejemplos. El tercer caso seguramente es el más difícil de discernir, porque depende de qué entendemos por «elementos estables de las cosas». Lo que se dice «culpar al empedrao». En los dos primeros casos se busca un efecto, ya sea cambiar el comportamiento de alguien o alcanzar acuerdo en el culpar a un tercero. Al tercero lo llamo aquí «periférico», pero entra también en el grupo que se suele llamar «culpar patológico». Un elemento estable de las cosas es que un bebé haga sus necesidades como y cuando lo necesite. Si eso a alguien le suscita la emoción de la ira hacia el bebé, y por lo tanto le culpa de un comportamiento inevitable, está culpando de manera absurda y entra claramente en este tercer caso.
En mi opinión, lo interesante de este tipo de análisis no es establecer realidades monocolores que obviamente no existen, sino el hecho de que permiten debatir y pensar con más claridad sobre casos concretos. Y creo que ejemplos como el del político y el heteropatriarcado son interesantes porque suscitan la duda: ¿Dónde deberíamos situarlo? En este caso, dependerá de si se considera al heteropatriarcado un elemento estable de las cosas. O si emplea el heteropatriarcado para una culpa vicaria. O si realmente no lo está culpando porque ni el político mismo se lo cree. Saludos.
El culpar tendrá sentido en la tradición judeo-cristiana. No más allá.
Al leer el primer párrafo del presente artículo en mi mente se concreta un juicia de valor: «Vaya pelotudez».
No debe entenderse que tenga usted la culpa de mi juicio ni que haya una relación causal. Simplemente no andamos en la misma onda, aunque compartamos aparentemente la misma lengua.
Conocí en la uned a una profesora de clásicas muy obsesionada por el tema de la culpa. Me topé alguna vez que otra con ella en el edificio de humanidades y en mi mente solían aparecer como en un letrero luminoso intermitente dos palabras: «Vagina reprimida».
Ella no tenía la culpa de mi pensamiento. Tampoco había una relación causal, porque en otras ocasiones, cuando se ponía a largar en el reservado en que comíamos, mandangas del nacional catolicismo, la palabra que aparecía en mi mente era «bosta» que, evidentemente, anda en latitudes cercanas, pero no es lo mismo.
Pienso que haríamos mejor en volver a leer a Hume cuando nos dé por ir de originales o nos aburramos. Un genio el filósofo escocés, sin duda. No valoramos lo suficientemente a los clásicos.
Hola, Javibaz, gracias por comentar.
En la tradición judeo-cristiana se hace un uso muy particular y potente del culpar, de eso no cabe duda. Hasta el punto de que se puede pensar que el culpar se reduce a este contexto. Pero creo que no es más que la explotación de una emoción muy humana (y no solo humana).
Existen estudios con macacos en los que muestran indignación cuando se les da un trato desigual (comenzar a darles peor comida que al macaco de al lado, por ejemplo). Esa emoción iracunda muestra descontento hacia otro individuo, a quien sin duda reprocha su acción. Para mí el culpar es algo tan sencillo como eso. Por supuesto, puedo estar equivocado.
Mi tesis es equiparar completamente el culpar a la emoción de la ira. ¡Una postura muy humeana! Para el escocés, la moral brota de los sentimientos y afectos, como bien sabrás. ¡Saludos!
El reduccionismo con los animales le da una ventaja: que no le van a desmentir. Hay que interpretar lo que hacen, porque ellos no disponen de lengua articulada. Pero es usted quien da la hermenéutica y arrima el ascua a su sardina como le parece. Es un ardid inteligente hasta cierto punto. Ese punto se llama “canon de Morgan”. En vez de macacos, dé un ejemplo con amebas.
La culpa tampoco tiene ese papel en Hume, que yo recuerde. Me da que a partir de la Modernidad la noción de culpa no tiene recorrido filosófico ni científico. Beccaria introduce la noción de proporcionalidad en el derecho entre el delito y el castigo, que suprime por completo el concepto de culpa. Es más, aparece la noción de “eximente”. Una persona sin educación, con padres maltratadores o a la que le falta un hervor no posee la misma responsabilidad que alguien educado, con una infancia feliz y plenamente consciente de sus actos. La medicina entra en lo jurídico.
Los ilustrados se opusieron aun más que los modernos a los católicos y a los luteranos del Norte y Hume era uno de ellos, de lo más combativo.
La idea de culpa cae en el discurso religioso. Sigue rigiendo, por ejemplo, en Arabia Saudí e Irán en donde quien delinque peca en contra del gobierno y en contra de Alá. También será muy significativo para el “opus dei”, obvio.
Dejando aparte la falacia naturalista, su argumento topa también en contra el muro de la crítica de la causalidad. Si la argumentación de la causa eficiente en lo físico la vaporiza, peor acontece en el razonamiento moral con la noción de culpa.
El esquema culpa-castigo es fundamentalismo judeo-cristiano. Huele a botafumeiro por mucho que usted desee clasificarlo al incienso en el orden de los mandriles.
Volver sobre ese concepto de misal y breviario en estos momentos sólo es un signo de que en los tiempos en que nos está tocando vivir la ventana de Overton se está aproximando a marchas forzadas al fascismo. Ya hemos conocido en JD a un sorete reviviendo el espectro del Heidegger del nazismo. Los que conocimos el nacional catolicismo de pata negra sabemos de qué palo va esta pelotudez.
Están muy bien.
El borrador y el texto definitivo.
Gracias por tomarse el tiempo en leer.
Se me coló. JD interpretó que era un bot quien posteaba y copié y pegué dos veces inadvertidamente mientras cambiaba el VPN. La segunda, lo pulí un poco más.
Me salen ampollas leer ciertas cosas que están apareciendo por aquí. Durante mi época de estudiante este tipo de pelotudeces eran más que frecuentes entre las frígidas e inceles amantes de las vigilias de la inmaculada. Supongo que esta literatura descerebrada seguirá siendo regular en las firmas del ABC y medios afines, enfermos. También entiendo que anide en las poltronas tardofranquistas de las facultades universitarias. Pero que se publiquen zurullos como éste sin el menor sonrojo en una página afín a la ideología en tiempos felipista, indica hasta donde llega la resaca reaccionaria que ha invadido la sociedad. Está cerca el día en que Ana Bosta Quintana firmará aquí un artículo que escribirá su ex.cuñado, el negro. OKDiario anda llamando ya a las puertas.
@javibaz
Lo suyo con el racista esclavista escocés, Hume, roza la obsesión (lo cita en cada comentario, en cada foro); se lo digo sin «juicio de valor»…
Ya no digamos el «hombre de paja» del «nacional catolicismo» CuLpAbLe de todos sus traumas personales y de las «vaginas reprimidas» que, vuestra merced, no ha podido disfrutar en vida; lástima que Hume y sus acólitos fueran culturalmente puritanos, ellos tampoco las disfrutaron…
Pero, oiga, toda la culpa es de Franco y de la «equivocación de Dios en Trento», como le gusta decir al mandarín sofista del régimen del 78, Pérez-Reverte…
Usted pertenece a una generación de jubilados resentidos con su pasado y su país; nadie dice que todo fueran luces en la historia de España; pero, si busca oscuridad genocida, el Imperio Británico y sus «ilustrados» se llevan la palma, con mucha diferencia.
Por último, Hume NO fue un clásico; los clásicos occidentales estaban todos en el Mediterráneo, mientras, los anglosajones se dedicaban a cónclaves druídicos, muy alejados de luz intelectual del Sur.
De la sobrevalorada (vía propaganda) «Ilustración», tanto anglosajona como francesa, salieron cosas tan bonitas como el racismo científico (Hume incluido), el capitalismo extractivo vía colonias portuarias (Compañía de Indias Orientales), el Darwinismo Social (legitimación del la raza superior, que derivó en genocidios étnicos y eugenesias masivas) o la explotación capitalista de mano obrera a gran escala (salía más barato mal-pagar proletarios que mantener esclavos negros…).
Curiosamente todo esto no «huele» a «puritanismo determinista anglicano», por qué sera…
En cambio, todo lo hispano huele a «botafumeiro nacional católico»…
Por fortuna, muchos jóvenes en España ya no se tragan la propaganda anglosajona ni la afrancesada; a su generación (jubilados resentidos), en cambio, ya les ha pillado con el pie cambiado; la disonancia cognitiva es muy fuerte y los traumas personales ya ni digamos.
«La Universidad de Edimburgo elimina el nombre de David Hume por racista y pro-esclavitud»
A veces les sale el tiro por la culata a los anglos; eso sí, ahora, habrá que contarles que significaron las Leyes de Indias escritas en Salamanca por escolásticos castellanos (sí, los que «huelen a botafumeiro») 200 años antes de que Hume existiera…
El choque generacional al que apuntas tiene mucho sentido y creo que se le da menor importancia de la que tiene. Será cosa de la «Ley del Péndulo» de la que se habla tanto y que cuyos tentáculos llegan a todos los ámbitos. La sociedad española, pero también la del resto del Europa parece partida en dos mitades cuyas formas de ver el mundo son irreconciliables.
Que Heidegger fuera un nazi de mierda, desde un punto de vista intelectual me da igual. Aprecio el valor documental de sus páginas más panfletarias, así como estimo y mucho el valor cultural de otros escritos, verdaderamente inspirados.
Que Hume fuera un racista de mierda no reduce en un ápice la genialidad de haber formulado la falacia naturalista (en la que él mismo a veces incurre), su crítica de la causalidad, la supresión de los hasta entonces objetos de la metafísica bajo las monarquías y la teocracia (el alma, el mundo y Dios) o haber dado un paso decisivo para independizar la psicología científica de la metafísica y la teología.
Si mañana a una puta que haya pasado toda su vida haciendo la calle le publican un texto de metafísica en los que discute razonadamente la orientación de tales o cuales filósofos, consideraré sus argumentos y punto. Me importa y poco si es española, francesa, romaní o selenita, ni con cuántos se haya acostado.
Ahora, cuando un quídam, que a buen seguro no ha dejado otro rastro de su paso por el mundo que estiércol, tenga la jeta a criticar a genios de la cultura y para pontificar públicamente su cortedad y su nazionalismo patrios una y otra vez, cansinamente (que no es la primera que lo hace), entonces toca sugerirle, con toda educación, en qué lugar lo suficientemente digno debe colocar sus “valores”. O sea, métaselos por el culo.
Usted ya se ha «metido por el culo» a Hume, mejor dicho, se lo han metido mientras usted mordía la almohada.
Perdone mis modales, solo le respondo usando los suyos; entiendo que los sujetos resentidos y traumatizados no empatizan mucho con terceros.
El parrafito con los «logros» del escocés tienen su andamiaje intelectual en los escolásticos castellanos, empezando con Juan de Mariana, siguiendo con Gómez Pereira y Francisco Suárez, acabando con Francisco de Vitoria, entre otros.
Lástima de prejuicios fanáticos hacia los católicos y hacia lo hispano (es decir, hacia usted mismo).
Haría bien cambiando el español (su lengua materna) por el inglés, aunque me temo que en los foros anglosajones siguen llamando a la gente del sur con el acrónimo PIGS; hay cosas que no cambian, como ve…
De esta manera, con un poquito de suerte, no perdería tanto el tiempo insultando a terceros y dejándose en ridículo de manera tan asidua, que ya tiene usted una edad…
La única función de la que es capaz un mierda como usted consiste en desviar los hilos.
No entra para nada en el artículo en cuestión. Demasiado largo para su comprensión lectora (o más bien para la falta de la misma).
Va usted directamente a los comentarios a ver si hay algo que ofenda a su moral de mierdecilla y poder manifestar su “talento” de idiota premium.
No es la primera, ni la segunda, ni la tercera vez que lo hace. Lo hace siempre.
Aparece siempre cuando otros ya han comentado para desviar el hilo.
¿Por qué no vuelve a forocoches, a la burbuja o, mejor aún, se va directamente a tomar por culo?
Mmmmm… Pelea de gatas…
Perdona, mi ausencia, se de primera mano, que no puede vivir sin insultar a sus repilicantes.
Un servidor no está disponible 24/7, como un jubilado resentido (usted).
No ahondo en el artículo, porque usted tampoco lo hace, y precesamente, le estoy respondiendo a usted, no al autor (que usted denigra como no podía ser de otra manera…).
Simplemente apunto su obsesión por el sobrevalorado David Hume y su (auto)odio hacia lo hispano y católico; queda usted totalmente representado en lo segundo…
En fin, siga insultando y disfrute de su jubilación (resentida).
Un abrazo (ya le queda poco odio que escupir).
Agradezco sobremanera sus intervenciones. En esta oportunidad porque confunde «paro» con «jubilación» y por dejar claro, además, qué valor tiene para un católico de pata negra como usted las navidades.
Dado que los católicos no se sienten bien si no se sienten mal, básicamente en eso consiste su existir, créame que no tengo claro si debo desearle un próspero año nuevo o que le parta un rayo y pueda disfrutar de la vida eterna. Elija usted lo que mejor le convenga.
En la novela las semillas mágicas de Naipaul, el protagonista indio se entrevista con un líder que le explica que su país había sido invadido a lo largo de la historia por ocho pueblos distintos. Pero, antes, al llegar a la casa donde se entrevistan, ve que el ascensor no está al ras del hall, sino que está cuarenta centímetros más alto que el suelo y se sube por unos escalones de cemento.
En la novela «Desventuras de un botijo en alta mar», el protagonista también se encuentra con que el ascensor, en este caso, está 50 centímetros o incluso más, por debajo del ras del hall y decide bajar por las escaleras, no fuera a ser que…
Comento sólo los cinco primeros párrafos.
– Sobre el primer párrafo: Acerca de la inexistencia de temáticas universales yo echaría un vistazo a la “crisis de los relatos” de Lyotard, por ejemplo. En la misma línea posmoderna, Vattimo, Rorty o Ricoeur. Lo que quiero decir es que este artículo es retrógrado.
– Sobre el segundo párrafo: No hay un uso razonable de la culpa. Por un lado, Nietzsche señala que la “buena nueva” consiste en la eliminación de la noción de pecado y, en consecuencia, del sinsentido de la culpa por lo pasado o la preocupación por el futuro. A su entender la tríada culpa-pecado-expiación es una manifestación atávica del judaísmo de Pablo al entender que la muerte de Jesús era un sacrificio para expiar los pecados comunes. Por otro lado, la noción de culpa se presenta como el síndrome premenstrual, que existe como “patología” cultural occidental, pero que se trata de un síndrome desconocido entre las mujeres africanas, latinoamericas y asiáticas, aun a finales del siglo XX. Hay un extenso trabajo firmado por Masters, Johnson y Kolodny al respecto.
Por lo tanto, la pregunta no es a qué obedece la culpa, sino a qué fines responde la pretensión de “elaborar una buena teoría general” de una práctica común que está culturalmente vinculada con la tradición judeo-cristiana. Porque obviamente no se trata de un “universal”. Esa motivación cuadra con y alienta a un peculiar talante político-religioso ultraconservador.
Tercer párrafo: Una cosa será la responsabilidad penal de un delito y otra los ejemplos que propone el artículo, que arriman el ascua a su sardina. La desgracia de emparejarse con un católico/a conduce a apreciar las chorradas de las que es capaz su imaginación. Por ejemplo, la propensión neurótica que tienen los católicos en culpar a todos por todo, incluso a los niños por hacer cosas de niños. Un niño da guerra porque es un niño. No es “culpable” de dar guerra. Es sólo un niño. Pero en el cuento de hadas en que viven los católicos es fundamental crear el sistema pecado-culpa-castigo.
Cuarto párrafo: Hay vida más allá del enfoque “cognitivo”. El deseo de convertir lo histórico-social en una proyección de lo biológico es la marca distintiva del pensamiento ultraconservador. Se trata de “una” lectura que posee una larga tradición desde el positivismo, pero que no es científica, sino tan paracientífica como “Horizonte”, que persigue también que la teoría del diseño inteligente forme parte de la biología. Baste citas a la poshistoria y a la antropología cultural para encontrar un posicionamiento de una manera completamente distinta a ese presunto enfoque “cognitivo”.
Quinto párrafo: Yo no considero para nada atractiva la noción de culpa. Para los frailes lo será, porque sin ella ya podrían echar el cierre a su chiringuito, lo que les obligaría a trabajar de verdad, no a inventarse su trabajo. Que “la ira se relaciona con nuestras limitaciones cognitivas” es una frase que suscribiría Aquino. Y en su negación de la libertad y su determinismo no hay tampoco nada original. Cuenta con una ristra de precedentes también paracientíficos, todos conservadores e inspiradores del totalitarismo, entre los que destacan Comte, Stahl o Von Stein. Según ese “determinismo” los reyes o los jefes de estado lo son porque Dios ha determinado que ese sea su papel, lo mismo que las águilas reinan en los cielos y los leones sobre la tierra. O sea que la revolución es un error ya que la desigualdad natural ha sido instituida por Dios o el cosmos ultradeterminado. Su opinión le encantó a Napoleón y a Leopoldo II, y será muy del agrado de Putin, Trump y Kim Jong Un. Pero no es ciencia. Y como filosofía, su pensamiento parece paracientífico, ultraconservador y criptofascista.
Hola, javibaz, gracias de nuevo por la lectura y comentario.
Nunca hubiera imaginado que este texto fuese facha. Pero, ¿qué no es facha en estos extraños días que vivimos? Criptofascista en este caso. Su lucha debe ser titánica y muy cansada, pero sin duda necesaria.
Tengo una duda que me carcome desde hace días, pero el interés que muestra por este artículo, que sin duda no lo merece, me insufla ánimo para intentar resolverla mediante la siguiente pregunta: Si no cree en el culpar, ¿qué está haciendo exactamente cuando llama «mierda» al autor de otro comentario en este foro? Ya ve que mi visión es demasiado corta, pues para el martillo parece que todo son clavos, y cual martillo tengo la impresión de ver la práctica del culpar en cualquier lado. Estoy seguro de que arrojará luz a la cerrazón de mi pensamiento. Por ello, se lo agradezco por adelantado.
“Si no cree en el culpar, ¿qué está haciendo exactamente cuando llama «mierda» al autor de otro comentario en este foro?”
Convendría que usted ajustase su artículo a la “exactitud” analítica que me reclama. Sigo esperando a que nos explique cómo supera el canon de Morgan para aplicar la conducta de los macacos a seres humanos.
Acerca de ese “exactamente” lea la primera proposición del segundo párrafo del primer capítulo de “Sobre la Interpretación” de Aristóteles, por ejemplo.
La finalidad que persigo al llamar al Sr. Andy “mierda” es pragmática: por un lado, intento que se ilustre; que lea los artículos antes de opinar si puede, cosa que el muy capullo de momento no hace. Mejor si lee literatura relacionada con los mismos. En caso de que sea incapaz, que se calle. Para soltar las estupideces que escribe ya están Mayor Oreja y otros, que a fin de cuentas defienden los valores de su clase.
Ahora muevo yo. Hace unos meses me topé con una mujer que se sintió mal porque la vi contemplando porno. Me dijo que le parecería una guarra. Le dije que no tenía esa impresión. Aparte de que sea una opción libre ver porno, suele acontecer con las personas que han sido sufrido un abuso sexual, que se hacen adictas al porno. Supongo que es una manera mediante la cual una víctima compensa y trata de busca el modo de controlar de alguna manera una experiencia traumática pasada. Ése era su caso.
Sin embargo, para quien enarbole la carta de la culpa, esa víctima es culpable a posteriori de la violencia que sobre ella se ejerció o será culpable de estar salida o de haber nacido.
El invento judeo-cristiano de la culpa la vuelve a convertir en víctima. Qué civilizado.
Así que, claro, en su floritura intelectualoidea, de la que estará usted muy satisfecho, yo sólo veo una bosta de paquidermo.
Sobre el canon de Morgan: me parece muy pertinente en muchos contextos, aunque cada vez menos por los descubrimientos recientes sobre la inteligencia animal. Pero no entraré ahí.
Sucede que en este artículo reduzco el culpar a una emoción. En todo caso, se puede achacar reduccionismo a esta equiparación del culpar y la ira, y sin duda puedo estar equivocado, aunque de momento me parezca la tesis más razonable.
Muchísimas especies animales muestran emociones, y la ira es una de ellas. Si experimentar esta emoción es equivalente a culpar a alguien o a algo, como sostengo, no creo que el canon de Morgan pueda tumbarlo.
Mi experimento mental es el siguiente: busco una emoción iracunda que no implique culpar, generalmente culpar de un daño que se está recibiendo, de algo que nos molesta. La ira evolucionó para protegernos. Y como otras emociones, ha sido explotada por el poder religioso, político y/o económico.
Por último, respecto al tema del porno, ¿realmente cree que las opiniones ajenas son las retrógradas? La auténtica bosta de paquidermo (deliciosa expresión que le alabo) es la que usted excreta en el teclado al hablar de mujeres que dice haber conocido.
Y por mi parte, hasta aquí.
Sobre el canon de Morgan: me parece muy pertinente en muchos contextos, aunque cada vez menos por los descubrimientos recientes sobre la inteligencia animal. Pero no entraré ahí.
Sucede que en este artículo reduzco el culpar a una emoción. En todo caso, se puede achacar reduccionismo a esta equiparación del culpar y la ira, y sin duda puedo estar equivocado, aunque de momento me parezca la tesis más razonable.
Muchísimas especies animales muestran emociones, y la ira es una de ellas. Si experimentar esta emoción es equivalente a culpar a alguien o a algo, como sostengo, no creo que el canon de Morgan pueda tumbarlo.
Mi experimento mental es el siguiente: busco una emoción iracunda que no implique culpar, generalmente culpar de un daño que se está recibiendo, de algo que nos molesta. La ira evolucionó para protegernos. Y como otras emociones, ha sido explotada por el poder religioso, político y/o económico.
Por último, respecto al tema del porno, ¿realmente cree que las opiniones ajenas son las retrógradas? La auténtica bosta de paquidermo (deliciosa expresión que le alabo) es la que usted excreta en el teclado al hablar de mujeres que dice haber conocido.
Agradezco esa última frase suya, expresión intelectual y altanera del pataleo, cuando alguien desea tener razón como sea. He llorado de pena y de dolor.
A diferencia de usted, yo soy un técnico. Cuando mis cálculos no cuadran, no me encierro en mi concha ni en una torre de marfil. Salgo al mundo a buscar qué ha ocurrido.
Mi impresión personal es que usted no ha estudiado lo suficiente el tema y tiene tanta perspectiva socio-histórica para darse cuenta de lo que implica el concepto de la “culpa” como un topo.
De sesenta para arriba no serán pocos los que podrían haberle puesto al día sobre el siniestro significado de ese concepto en España, porque hasta la tercera generación alcanzó la barbarie que fue la guerra civil y la postguerra. Pero un trabajo de campo por las residencias cuesta. Hay que ir entrevistando estructuradamente a personas que no son nadie, ganándose su confianza. Lleva mucho trabajo y no es tan glamuroso como leer unos cuantos artículos y libros, y recibir el terrón de azúcar y la palmadita en la cabeza del director del departamento.
Bajo el nacional-catolicismo de mi niñez, el tema de la culpa era sobreabundante. Ese concepto justificaba la violencia que ejercían los agresores culpando a las víctimas por la barbarie que recibían.
Nietzsche describe cómo semejante noción hebrea invierte la relación natural de la lengua, pervirtiéndola. Seguro que es un concepto popular entre las FDI.
Durante la dictadura causaba pavor entrar en una comisaría de los guardias de asalto, la “gristapo”. Todo el mundo sabía que podías entrar sano y a las pocas horas caerte misteriosamente desde la ventana de uno de los pisos más altos con el cuerpo decorado de moratones por los manguerazos. Y que la gente murmuraría por lo bajini “por algo habrá sido”. La culpa, de la víctima.
A las mujeres que sufrían violencia doméstica y sexual se les culpaba de las agresiones, por ejemplo, por ir vestidas como iban vestidas. Escuche un par de éxitos populares de Manolo Escobar, cuyas letras eran de un machismo apabullante, titulado “con la cara lavada” que fija el canon de belleza femenina o “la minifalda”. Lo de “mi marido me pega lo normal” era la racionalización que hacían las mujeres de la violencia constante que se ejercía sobre ellas.
Los niños recibíamos palizas en los colegios de frailes, polígonos industriales de la culpa, que normalizábamos como podíamos. “Por algo sería” que recibíamos aquellos golpes, porque los frailes, los pobrecitos no tenían la culpa. Hace poco coincidí con un antiguo compañero de entonces que ha arrastrado toda su vida una cojera a consecuencia de una de aquellas palizas. Encima se vio obligado a justificarla en aquellos días diciendo que había sido la polio. Sí, la poliocía de la sacristía.
Cuando uno estudia auténticamente, se halle ideológicamente en donde se halle, llega un momento en el que las anteojeras caen por sí solas. Para eso hay que tener no sólo talento, sino el compromiso con la verdad de llegar allá a donde te lleve la investigación. Da igual si uno ha sido formado en ciencias o en letras. No parece ser ésta la senda que usted ha elegido.
Hay un joven que ha tomado la otra ruta, al que no puedo por menos de respetar, aunque su saber no pertenezca a mi campo:
https://www.youtube.com/watch?v=Bdt1kq0bayw
Alguien así para mí ya es un gigante. No es éste su caso.
Le vendría bien repasar el fragmento «Las Horas» de Pródico de Ceos, conocido también como «Heracles en la encrucijada». Lo encontrará a partir del capítulo 21 del segundo libro de los «Recuerdos de Sócrates» de Jenofonte, si es que tiene alguna curiosidad, cosa que dudo.
El «joven» que usted apunta es un «pobre muchacho víctima de la II República como ideología».
Si estos son sus referentes, arreglados estamos…
En este vídeo se refutan todas las majaderías de este «joven»:
https://www.youtube.com/watch?v=_IrQByy0KsA&list=LL&index=1&t=2s
P.D: el vídeo no es para usted, usted ya está amortizado vital e ideológicamente, es para algún despistado que lea este foro con capacidad de razonamiento crítico, del que usted carece y sin prejuicios basados en traumas personales, de los que usted presume.
Siga a lo suyo, y ¡Feliz año!
¡Ja, ja, ja! Déjenlo ya, ¿quieren?
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