Ocio y Vicio Destinos

El viaje circular del espíritu: la necesidad de ir lejos para acercarnos a nosotros mismos

El viaje circular del espíritu
Eddie Redmayne y Felicity Jones en The Aeronauts, 2019. Fotografía: Amazon Studios.

Cuando el viaje se erige en uno de los principales sentidos de la vida, acaba por transformarse en un juego de la consciencia, placentero, y en ocasiones excitante, aunque también arduo y prolongado. Cuanto nos ocurre a lo largo de la marcha se asemeja a un espejo: ¡no es posible separar el fondo de la superficie! Llamadas internas y de afuera, estímulos del entorno y acuciantes o serenas respuestas de las entrañas. Todo ello forma parte de un proceso que respiramos en el día a día de los desplazamientos significativos en los que libremente nos embarcamos. Nuestros sentidos más recónditos se adhieren e identifican con la superficie más presente y definida. Se trata de un espejo por el que en ambos sentidos circulan con una rara coherencia infinitas imágenes y experiencias. Son el poso de la existencia, con la que inevitablemente nos identificamos, el doble camino de nuestra vida que en privilegiados momentos podemos contemplar, y un eco las engarza a todas ellas con largos, sutiles hilos de luz que a nuestra niñez unen con el/la anciano/a que seremos.

Todo eso sucede cuando se encara el viaje no como evasión, sino que es emprendido en el curso de una búsqueda consciente de sentido y aprendizaje. En definitiva, y más allá de las apariencias, donde realmente tiene lugar esta odisea es en nuestro interior. En efecto, por muy lejos que vayamos, más y más se nos apodera la extraña sensación de estar acercándonos a nosotros mismos. Como a este respecto decía G. K. Chesterton, diferenciando cual burbujas de agua y aceite ambos mundos: «El viajero ve lo que ve, el turista ve lo que ha venido a ver». En el marco del primer caso, de quien quiere «ver» por sí mismo, abismándose en terrenos poco frecuentados, puede decirse que el viaje posee en común numerosos elementos simbólicos con las peregrinaciones y los ritos iniciáticos de la Antigüedad. De Eleusis al mitraísmo, de Heliópolis a los templos hindúes, estos transformaban a partir de unas experiencias determinantes la manera de percibir la vida, y cuanto hay más allá tras incontables velos. ¡Lo inaccesible solo se revela inesperadamente! Viaje y cultos mistéricos abrigan en igual medida una dinámica pendular de sufrimiento y gozo alternados en una marcha siempre transformadora. Necesarios para el desarrollo de la propia vida adulta, se trata de la evolución de un yo personal y social, encaminado y proyectado hacia un Yo superior, testigo de nuestro transcurrir por la Tierra. Es ese que a la postre aproxima y unifica al pequeño ego con el resto de los seres humanos de cualquier época.

El viaje intensificado nos brinda el extraviar por un tiempo nuestras seguridades, el salirnos de eso que denominan hoy la «zona de confort», no como capricho o riesgo incalculado, sino como condición sine qua non para poder avistar algo allende la línea del horizonte. Es el mismo confín que nos ha de devolver a casa vivos, pero transmutados, como a Ulises. Pero nunca concluye hasta el último instante de la respiración, por mucho que se persiga, ese fondo siempre en movimiento, con una visión fija o definitiva. Es lo mismo que sobre la ubicua circularidad resumió el conde germano Hermann von Keyserling diciendo: «El camino más corto hacia uno mismo recorre el mundo».

El viaje nos sitúa aquí y ahora, en ocasiones con dulzura y otras con cierta brutalidad. Todas ellas ofrecen una enseñanza basada en poder vivir el tiempo de forma cualitativa, sabiendo bien a cada paso cuáles son nuestros límites y posibilidades. Al igual que existe un lenguaje prosaico y descriptivo, frente a otro poético y revelador, puede decirse que la dimensión espaciotemporal de nuestra percepción gana en determinadas circunstancias un plus de propiedades que iluminan y enriquecen los caminos por los que avanzar. Se trata de eso que Abraham Maslow denominó «experiencias cumbre», momentos especialmente intensos y transitorios, en ocasiones tan inefables como paradójicos que, dotándonos con una gran sensación de libertad y plenitud, en una rara experiencia de unidad interno-externa, nos llevan más allá de nuestro yo habituado. ¡Y es ahí donde encaja el viaje y sus virtudes inherentes! Como decía el filósofo e historiador Hippolyte Taine sobre esta necesidad del cambio de mirada: «On voyage pour changer, non de lieu, mais d’idées» viajamos no para cambiar de lugar, sino de pensamientos»).  

El viajar opera como una magnífica y privilegiada máquina aceleradora del tiempo y de las experiencias. Podríamos decir que actúa como un avanzado laboratorio de nosotros mismos. Posibilita el pasar en una corta duración por muy variadas situaciones, obteniendo de ellas nuevas destrezas, convertidas a su vez por un giro de la visión en perspectivas que nos lanzan en direcciones antes desconocidas. Se basa en un sentimiento contrario al signo de los tiempos en este inicio del milenio, que abomina de la introspección, del silencio y el misterio, y que por temor intenta anular los terrenos inexplorados… Como señala un conocido proverbio chino, el resultado de ello es que «quien regresa de un viaje no es el mismo que quien partió»

Sin apenas percibirnos de ello, el viaje, mezcla de actividad y visión en proporciones cambiantes y fluidas, se torna espontáneamente en una auténtica meditación. Si sabemos evitar el mecánico diálogo interno, en esas circunstancias nos hacemos un espejo que interioriza paisajes, al tiempo que refleja ahí fuera algo de nuestro ser, ese del que, aunque no lo sepamos, queda siempre una impronta en insospechados observadores. Meditamos gracias a nuestro movimiento acompañado por la respiración, en el eje de nuestra marcha, que es la que abstrayéndonos de nuestras preocupaciones acaba por sacarnos de los límites de la mente. El ego se hace así más y más pequeño frente al sol de la consciencia. 

Puede decirse que el viajar posee en su faz más prosaica una clara horizontalidad: las cosas que simplemente suceden, el antes y el después de conocer a alguien, los actos y sus consecuencias, etc. Pero existe también en ese caminar una verticalidad tan literal como quien en un determinado punto se sube a una escalera, y contempla en torno a sí el paisaje, encarnando allí arriba unos sentidos más atentos y agudos. ¡Adviene ahí un conocimiento bien distinto! Ocurre como cuando se entra a un templo y hemos de descalzarnos frente a lo sacro. Aunque tal cambio cualitativo se da únicamente cuando el viaje deja de ser una huida de la rutina, o un entretenimiento, para adquirir el significado que solo ofrece la búsqueda del propio sentido. Ese que ilumina el resto de la marcha con azares y acontecimientos fuera de lo previsible, ligados a una vertiginosa escalada de la percepción. ¡En ese doble salto de ascenso y descenso, viajamos… surfeamos, podría decirse, enigmática y fluidamente sobre el propio viaje! 

Mezcla de conocer y desconocer nuestro objetivo último, de descartar e improvisar… como señalaba Lewis Carroll: «Si no sabes a dónde vas, cualquier camino te llevará allí». No importa demasiado hacia dónde vayamos, desiertos profundos, o arriesgadas cataratas… porque todo, desde los lejanos parajes, hasta los lugares a priori más sencillos y cotidianos, acaban haciéndose reflejo de nuestro interior. El énfasis siempre se pone en la intensidad de los ecos de la experiencia, en las vivencias fortalecedoras y transformadoras. 

Al igual que todo en este universo conocido, el viajar posee las dos fases de los movimientos pendulares. ¡Tras la inspiración sigue la expiración! Al tiempo que se va hacia adelante, se da siempre un regreso hacia sí mismo, una interiorización de todos los elementos que se encuentran en el entorno, que es la que posibilita el cambio, la transformación. La condición básica es suspender el deseo de llegar. Consiste en poner el foco en la marcha misma y sus múltiples posibilidades de continuidad, en lugar de querer llegar a una conclusión. Es la búsqueda pertinaz de una metáfora redonda y lograda que a cada paso nos construye, que nos conforma con cada prueba en el curso de la expedición. Avanzamos por un terreno intermedio que no se halla afuera ni adentro, que no es material ni espiritual, sino que está hecho de esos dos orbes en igual medida, y a través de diversos velos lleva a encontrarnos con nosotros mismos.

Como señaló Marguerite Yourcenar: «Parece haber en el hombre, como en las aves, una necesidad de migración, una necesidad vital de sentirse en otra parte». El viaje acertado, ese que provoca una sana euforia anímica, una expansión que lleva a descubrir nuevos paisajes, nos sitúa de una manera plena e intensa en el presente. Pero ahora se trata de un presente sin fin, continuo, que no ignora al tiempo el pasado, al precisar la enseñanza de las experiencias tenidas. Y a su vez prevé, por un enigmático desdoblamiento también el futuro, sin preocupación ni ansiedad, visualizando todos los posibles siguientes pasos. Juego de tiempos que concluye en un presente podríamos casi decir eterno, continuo, porque se trata de la continuidad de la consciencia. 

Son los problemas, las dificultades, los verdaderos maestros del camino. Como una droga, el viaje consigue sacar de cada cual aquello que llevamos dentro. De afuera recogeremos lo que llevamos en nosotros. «Aunque viajemos por todo el mundo para encontrar la belleza, debemos llevarla con nosotros para poder encontrarla», como decía el gran pensador Ralph Waldo Emerson. 

***

Como nos señala Omar Jayyán: «La vida es un viaje, y viajar es vivir dos veces». De mano de los viajes, la literatura nos ofrece en ciertas ocasiones el acceso a cumbres de un peculiar pensamiento, costura a costura, sabiamente entreverado con la experiencia. Se nos muestra en tales casos la expansión del conocer a través de los más variados campos: arte, navegación, botánica, música, arqueología, etc., haciendo la totalidad de ellos blanco en una búsqueda sin fin. En todos esos libros y páginas de las más variadas épocas concurre un cierto grado de esplendor y belleza, más un carácter iniciático al discurrir el foco de la atención y los sentimientos por tales o cuales lugares. Así, dentro de la enorme variedad de sus prismas, el hilo conductor en la literatura de viajes suele ser su empleo como metáfora de la vida proyectada hacia el horizonte: «los ríos que van a dar al mar…».

Uno de los casos más significativos que haya quedado por escrito del viaje espiritualizado es el de Basho, ese poeta japonés del siglo XVII que emprende su peregrinación al norte remoto de las islas del sol naciente, invirtiendo casi tres años en su periplo. En sus largas caminatas a pie escribió unos famosos diarios, las Sendas de Oku, que son un prodigio de prosa poética llamado haibun, cercano al haikú, género que dominaba, y en ese momento en boga. El estilo de su escuela shōfū se caracteriza por una cierta ligereza y gracia que dulcifica la gravedad de los temas que suele tocar (karumi), junto a una búsqueda de la simplicidad expresiva (sabi), una gran capacidad de sugerir más que de nombrar (shiori), añadido al llevarnos a descubrir la belleza de las más sencillas cosas (hosomi): 

Silencio

el canto de las cigarras

penetra las rocas.

Sus palabras son instantes congelados de quien, frente a la acción opta por la contemplación. El mismo que en todas sus composiciones nos regala con la profundidad de su mirada. Con sus palabras serenas y nostálgicas, nos deja el testimonio de la impermanencia del mundo, pero también de su belleza, a través de una sutil contemplación de la naturaleza: de las plantas casi petrificadas… a los animales bien despiertos… frente al manto de la lluvia y los vaporosos fenómenos atmosféricos. 

Los poemas de Basho parecen surgidos de la bruma una mañana de invierno, nos llegan venidos de una gran lejanía, pero por otro lado nos son curiosamente cercanos. Solo la fusión arraigada en Japón del budismo zen y el shintoísmo, nos explican esta rara mezcla cercana a los koan que trascienden la dualidad de los fenómenos, acoplando la pesantez y ligereza, la exaltación y el pesimismo: 

Este hombre en 

marcha sobre la

tierra 

que gira… va

también, como 

todos

nosotros caminando 

dentro de sí mismo.

Más contemporáneo nuestro, Henri Michaux, quien experimentó en su periplo oriental con las «emergencias y resurgencias» de su propio ser, nos dice en su cuaderno de ruta titulado Un bárbaro en Asia que, «para añadir más adelante: «las filosofías occidentales hacen perder el pelo, y acortan la vida. La filosofía oriental hace crecer el pelo y prolonga la vida»».

Experto igualmente en sustancias psicotrópicas, con su modo irónico de sondear los interiores de sí mismo, de su cultura y de donde pasa, hila con sus acertadas y aceradas observaciones una búsqueda científica, casi geométrica del subconsciente humano. Mediante sus reflexiones nos deja la certeza de que hagamos lo que hagamos, siempre estamos comenzando. Como respecto de él dice su traductor, Jorge Luis Borges: «La noción china y japonesa de que los ideogramas de un poema se componen no sólo para el oído sino también para la vista, le sugirió curiosos experimentos». 

El propio título de la obra que comentamos es una declaración del tipo de inversiones conceptuales que fascinan a este escritor felizmente inclasificable: el «bárbaro» no es el extranjero, el nativo, sino el occidental que visita otros continentes. Su fascinación por la India, por ejemplo, le lleva a poner irónicamente de relieve la suciedad (interior) de los ingleses a ojos de los indios, frente a la obvia suciedad material de la pobreza en el país asiático: «El inglés se lava con regularidad. Sin embargo, es para el hindú el símbolo de la contaminación y de la inmundicia. El hindú no puede, no puede pensar en él sin sentir náuseas».

***

Todos los viajes forman en realidad parte del viaje… Y de ellos nos llegan ahora escenas de pasados más o menos remotos ligados al sol:

Tras un prolongado ascenso nocturno al Sinaí, sobre el monasterio de Santa Caterina, el viajero se ve recompensado con una visión tal vez única del amanecer. Desde el extremo de otras montañas más bajas, hundidas aún en un mar de penumbras, surge en la lejanía una primera línea azul, que va tornándose progresivamente anaranjada… ¡Y allí está el sol! ¡No es una esfera plana! ¡Con todos sus relieves y realces aparece como la luna llena de agosto! ¡Es perfectamente esférico y tridimensional al tiempo! Gracias a una nueva relación con el astro aquí instaurada, se diría que por vez primera pudiéramos verle con los perfiles llameantes y hasta quizá en su oculta cara. ¡Es una gran bola de deslumbrante azafrán! ¡Suspendida en el horizonte se abalanza hacia nosotros!

El lago Turkana, en el norte de Kenia… Ocupa una gran superficie, que según la posición del sol y la temperatura va cambiando de la manera más constante y sorpresiva a lo largo del día el color de sus aguas. De un profundo negro poco antes del alba, pasa a un plateado intenso con las primeras luces del astro al inicio del día. Poco más allá se convierte en un fuerte índigo, como en alta mar del Atlántico, para después hacerse con la caída de la tarde dorado.

Sobre un junco en el mar de China. Partidos la noche anterior del puerto de Surat Thani… hacia una pequeña isla entre Tailandia y Malasia. ¡Nos despierta un súbito amanecer cegador! ¡Es un sol que parece inaugurar la luz del mundo! 

… Una tarde de intenso monzón en Goa. ¡Es el arco iris más cercano y colosal visto nunca! Un resplandor indefinido que avanzando desde el sur por la carretera a Panaji, aparece a nuestras espaldas. Aun sin saber al principio de qué se trata, lo percibimos como una extraña presencia frente a un cielo ennegrecido al norte. ¡Sorpresa! ¡Allí están las refulgentes bandas de colores! ¡Del amarillo deslumbrante al verde esmeralda! ¡Del rojo ardiente al profundo morado! ¡Del intenso naranja al añil radiante, para concluir en azul abisal! ¡Esperan todos ellos que nos demos la vuelta! 

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2 Comentarios

  1. Pingback: El viaje circular del espíritu: la necesidad de ir lejos para acercarnos a nosotros mismos - Multiplode6.com

  2. Carlos, muchas gracias por El viaje circular del espíritu. Me ha gustado mucho el tono de reflexión y, en especial, cómo sitúas el viaje como experiencia que reorganiza la mirada.
    Te cuento además que estoy desarrollando una tesis doctoral sobre el viaje como herramienta de transformación (narrativas, sostenibilidad y saberes locales). Si en algún momento te encaja, me encantaría compartir contigo la idea marco en 15–20’ y recoger tus sugerencias.

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