Encuestas Ocio y Vicio

¿Cuál es el juguete más querido de su infancia?

Foto Dario (CC) encuesta juguetes
Foto: Dario (CC)

Ustedes ya tienen unos añitos. Sí, sí, no miren para otro lado, no finjan tras su pose de canallita trasnochao. Unos añitos. Así que, igual que me pasa a mí, no entienden una mierda cuando ven los anuncios de juguetes por la tele. Máquinas con más botones que un Renault, nombres en inglés, aparatos con capacidad mental como para sacarte un carnet de moto. Es todo, sí, un lío, algo incomprensible, un salto generacional dramático.

Por eso, y por aprovechar el discutible recurso de la nostalgia facilona, les proponemos hoy un ranking para escoger el juguete preferido de su infancia, más allá de burros pequeños, peludos y suaves. Ese que lo hizo gritar de alegría un enero de hace tanto, el que llevaron al cole, el que dejaban junto a la cama, no les fuera a desaparecer, que en esta casa somos, aprendimos, tirando a pobres y traicioneros.

¿Están ya todos los chavales en la cama? Vale, guay, elijan su juguete favorito o añadándlo, si es que falta, porque vamos a hablar de sorpresas, de regalines, y de cómo unas y otros aparecen, como por arte de magia, mientras Cayetana Álvarez de Toledo hace puñitos muy fuerte…

(La caja de voto está al final del artículo)

La ropa

Vale, igual los jóvenes leen esto de «ropa» y piensan en la primera equipación del Real Madrid, que es un buen regalo (aunque solo si eres del Real Madrid, ojo), de rascarse el bolsillo y agradecer entre lágrimas (sobre todo si eres del Sporting, ojo). Pero no, la «ropa», en aquel entonces, era otra cosa. Vamos, que hace unas décadas si querías la camiseta de tu equipo te la terminaba haciendo tu madre, y así salía el asunto, con los colores regu, porque «me sobraba tela». Así que ropa, lo que se dice ropa… te regalan jerseys. O camisas. Pantalones, camisetas, una chaquetilla. Cosas de ilusionarse poco cuando eres un niño, pa qué engañarnos. Cosas que, encima, esconden suspicacias sobre «qué querrá decir». Finjan, amigos, finjan.

Momento cumbre: Cuando ya no es que te regalen ropa, es que son calcetines. Pero no calcetines posmodernos, con dibujos de Estudio Ghibli, no… calcetines negros, o blancos con raquetitas. Bajón importante. 

El Tragabolas

Vale, sobre el papel, inmejorable. Cuatro hipopótamos que tragan bolas, como su propio nombre indica. Quiero decir: a qué niño no le seduce ese planteamiento. Lo problemático llega después, cuando empiezas a jugar con tu primo Jesús Julián y, oye… digamos que aquí no hay estrategia alguna. Que los bichos tragan menos que un equipo de Clemente, que la única forma de conseguir resultados es metiendo hostias grandísimas sin pensar en nada (mira, también como los equipos de Clemente). De nuevo planteamiento atractivo para el púber, pero, desengañémonos, con fecha de caducidad corta. 

Momento cumbre: Una bola (pequeña, de color blanco, esfericidad canónica… muy pequeña, pequeñísima) cae al suelo y es inmediatamente ingerida por perros, gatos o bebés. Siguen toses, momentos de tensión y la certeza de que una maniobra Heimlich no es tan sencilla como en el Equipo A.

La Atari

Crecer es afrontar las decepciones. Ese acné no-tan-episódico, ese sobrepeso no-tan-sanísimo, esa estolidez no-tan-es-que-es-muy-callao. Seguro que saben por dónde voy. Pues para entrenar a los púberes cara la vida adulta una Atari venía genial. Porque tú abres la caja, y piensas que aquello va a ser la hostia, que han desembarcado los recreativos en tu salón, que nunca más tendrás que irte hasta el cuchitril de la esquina para que te roben doscientas pelas y te pongan colorao… Tú piensas todo eso, digo, y ves que trae la consola el comecocos (Pac-Man era muy de haber estudiado en Londres), y también el E.T., que menudo peliculón E.T., que hasta la versión de los Hermanos Calatrava tenía su cosa, que no puede ser malo un juego de E.T., coño. Y luego… el comecocos luce ridículo, E.T. se cae por las esquinas como tu tío Sebastián en nochebuena, y el juego ese de Indiana Jones tiene doscientas pantallas con tres variaciones leves. Esto es la vida, machote, vete acostumbrando.

Momento cumbre: Cuando descubres el Custer’s Revenge y, pese a tener nueve años, comprendes lo que es la vergüenza ajena, el sexismo y la incorrección política. 

Dinero

Lo apreciarás más tarde. Más tarde. Cuando ahorres pal quinto calimocho, cuando te quieras meter en hipotecas. Más tarde. Será entonces, y agradeces. Qué pedazo de regalucu, güelu, qué pedazo de regalucu. El dinero, el billete que te dan así, como avergonzaos, como diciendo qué quieres, no me salió ir a comprarte . Y eso, que mola mucho, pero en ese instante no, en ese preciso instante, cuando tus familiares ancianos (tienen que ser familiares ancianos) te pasan el peculio con más discreción que si pagasen farlopa, el mundo es una mierda, las decepciones son inmensas y, en fin, tú te has hecho grande. Di adiós al niño que fuiste, amiguete, entras ahora en los durísimos años de la adolescencia y la adolescencia tardía. Con suerte sales de ahí en moto, a los cuarenta y tres.

Momento cumbre: Cuando pasas frente a un bar y abres los ojos, pensando: joder, el viejo sí que sabe…

Los He-Man

Esteroides, masculinidad tóxica, magia y tecnología, perímetros torácicos como el tronco de un castaño. Y molonidad, mucha molonidad, todo molonidad y ochenterismo. Encontrarte un muñequito He-Man el 6 de enero era jolgorio para cualquier chaval de mi época, ansioso por sacarlo de su caja (con la consiguiente pérdida precoz de un buen puñado de billetes en el mercado coleccionable) y ponerse a fingir hostias enormes, hostias inmensas como Eternia. Los He-Man, además, nos enseñaban valiosas lecciones sobre la existencia y la ambigüedad moral, porque… en fin, porque los malos eran mucho más guays, y todos queríamos los malos. Me vas a comprar tú un paisano bigotudo y con armas (un cazador medio de Albacete, para que me entiendan) con Skeletor, epítome de todo lo acojonante que existe en el mundo (y generador de cosplays ridículos hasta decir basta). No lo intenten sin sus dos o tres ciclos de esas ampollitas que venden en los vestuarios del gym

Momento cumbre: El castillo, cuando te cae el castillo de Grayskull y pasas a ser, hasta marzo, el niño más envidiado de la plaza.Porque un castillo siempre mola.

Exin castillos

¿Dijimos que un castillo siempre mola? Pues imagina construirlo. En los castillos hay leña fortísima, hay muros como para detener al Ronaldo del 96, hay banderas, torres del homenaje, paisanos con arcos y escudos y espadas. Sean bienvenidos, jóvenes aspirantes a masón de grado treinta y tres, a los Exin Castillos, nuestra escuela de cantería medieval y juegos tipo Cruzadas way of life. Tú podías hacerte enl castillo de la Mota, o el castillo de Argüeso, o cualquier castillo donde saliera la voz de un Anthony Quinn más acabado que Dani Güiza (minipunto si pillan todas las referencias)… Y, sobre todo, podías inventar nuevas creaciones, con puentes levadizos, brea en su punto, serpientes marinas y rayos láser. Porque esto es un juguete, colega, no un libro de historia… Escoge: ¿arco de herradura u ojival?

Momento cumbre: Eres un niño, así que vas perdiendo piezas poco a poco, poco a poco… primero tres almenas, luego dos gárgolas, después la techumbre… Hasta que, un día, te encuentras construyendo el equivalente a un piso de protección oficial en la Edad Media (escala 1:1).

Cromos

Regalo envenenado por excelencia, una maldición rumí más larga que los moscosos de George R. R. Martin, algo sobre lo que podría escribirte Edgar Allan Poe A ti te regalan el álbum y tres sobres de cromos y ya tienes la, podríamos decir, obligación moral de seguir con la colección de marras. Siete mil euros más tarde, y tras la tercera hipoteca, te das por vencido, y entiendes que nunca saldrá ese cromo del Tato AbadíaO tempora, o mores.

Momento cumbre: Te salen Joaquín, Finidi y Denilson en el sobre que viene de regalo con el álbum, y te ciscas en la memoria de Davor Suker

Libros

Yo soy muy de libros. Compro muchos, y hasta escribo algunos (demasiados, en ambas categorías). Y de crío igual… dame, dame libros. Los clásicos, los de «elige tu propia aventura», alguna mierda con ilustraciones totalmente inapropiadas para mi edad… encantado. Pero, oigan, hay que reconocerlo, nunca fueron los libros el regalo estrella para ningún chaval, ese que grabas su expresión con el móvil porque sabes que va a petarlo en Tuister. Así que háganlo moderadamente.

Momento cumbre: El niño recibe un libro «infantil» de Pérez-Reverte y empieza a decir palabras gruesas, lanzar loas a los Tercios y, en general, oler a varondandy.

Operación

Niños con escalpelos y la arrogancia propia de un cirujano (he visto muchas series de hospitales, sé que es así). A priori suena bien, aunque se te cae un poco el mundo al saber que los filos son de coña y no vamos a diseccionar ningún mamífero. Pero… meh, Operación fue un trallazo brutal, un megahit, un must ochentero. Con esos huesecitos tan salaos, con esa nariz tan roja, con ese pulso trémulo a lo abuelete con tres patxaranes. Quien no haya jugado alguna vez al Operación que levante la mano (sin romperse el hueso de la risa).

Momento cumbre: Cuando empiezas a buscar las identidades anatómicas entre Operación y otros miembros de la familia de parecidas edades a la tuya, y terminas descubriendo un mundo de exploraciones que te habían vedado. Lo siguiente es el Twister…

¿Quién es quién?

Cientos de matriculados en Criminología empezaron con el ¿Quién es quién? Cientos de matriculados que luego pasaron al truecrime tipo Netflix, y que vienen flipados, pero flipados a mogollón, con sus dotes detectivescas. Que si tiene gafas, que si tiene sombrero, que si es Eme Punto Nosequé… De ahí a pedir pruebas de ADN hay un paso… Después, una vez hechas las oposiciones, llegan los lloros, los rechinares de dientes y los «pero qué mierda es esta». Todo por el ¿Quién es quién? Nunca subestimen un juego. 

Momento cumbre: Cuando te aciertan a la primera, o tras solo una pista. No sabes si ha sido potra o es que tú no eres demasiado listo y pillas siempre igual. Da mucha rabia.

Barbie

Donde ustedes ven un intento del señoro autor por meter algún juguete «rosa» en el artículo, yo veo una reivindicación de una sanísima normatividad corporal, un leve consumismo yanqui (también yonqui) y un grado de pijerío que solo alcanzas si te haces influencer de padres, no sé, infantas. Contemplar cómo en los anuncios te vendían la nueva mansión de Barbie, el nuevo descapotable de Barbie y el nuevo golden retreiver de Barbie te hacía plantear hasta cuándo la ironía inconsciente es tan inconsciente…

Momento cumbre: Ves la peli de Barbie unas décadas más tarde y, en fin… No has entendido nada, y tienes muchos más años de tu edad.

G.I. Joe

¿Tienes claro que el ejército es una salida laboral como cualquier otra? ¿Crees que Charles Bronson actúa como debe actuar un hombre que se precie? ¿Coincides en que rojos, putas y maricones están sobrerrepresentados en la industria jugueteril? Pues, querido amigo de futuro extremo centro, tengo una buena noticia… Los G.I. Joe son tus muñecos ideales, esos con los que puedes invadir países centroamericanos y extender la democracia y el american way of life sin los melindres del colonialismo cultural. Porque aquí vamos con todo. 

Momento cumbre: Descubres que los G.I. Joe que realmente molan son los malos, los de la organización liderada por Hank Scorpio. En el fondo, ¿quién quiere someter su jurisdicción a las agencias pudiendo ser un supervillano?

Simon

Luces parpadeantes, colorinchis, cuatro notas repitiéndose, falsa sensación de mnemotecnia… Que tras la popularidad del Simon llegasen Irvine Welsh, la ruta del bakalao y los coches tunning no es, creo, casualidad. Un punto de partida sencilluco, una curva de aprendizaje (ojo al anacronismo) bien cuidada, y una capacidad para la obsesión psicopática que te firman los del MK Ultra. Aun no sé si el Simon es un juguete, un arma de control mental o un mal viaje de Andy Warhol. Pero mola, mola muchísimo…

Momento cumbre: cuando cierras los ojos, ves lucecitas y empiezas a mover las manos sin darte cuenta. Momento ideal para descansar un rato. Y para no tomar medicamentos fuertes.

Quimicefa

Deja que los chavales camelen, dijo el Fary, y a alguien se le ocurrió que, oye, igual estaba guapo ver sanos muchachotes haciendo experimentos en sus cocinas, ¿verdad? La premisa tiene un punto cool, un punto de «aprender deleitando», de «coño, dentro de tres décadas estrenarán una serie en la que los científicos son guays y se casan con vecinas rubias». Hasta ahí bien. El problema es que donde usted ve a Marie Curie los niños ven… en fin, los niños son niños, y su única aspiración es crear caos y destrucción. ¿Sabía que con los ingredientes del Quimicefa es posible crear un explosivo diez veces más poderoso que la nitroglicerina? No, no lo sabía, ni yo, ni los creadores del juego. Pero los niños sí, porque nacen con ese conocimiento innato. Dentro de la caja venían productos de limpieza, gafas protectoras y un seguro a todo riesgo. 

Momento cumbre: Cuando tu hija sale en la tele diciendo que la ha liao parda. Ahí te das cuenta de lo bien gastadas que estuvieron esas perras.

Scalextrix

Otro clasicote, otro deseo absolutamente ineludible de nuestra infancia. Imagínate, emular a Mansell, a Fittipaldi, a, no sé, Emilio de Villota (la F1 andaba regu en la España del felipismo). Luego pasa que, en fin, nadie tenía suficiente espacio y pasta como para hacer un circuito en condiciones, y dar vueltas infinitas al mismo óvalo terminaba por cansarte. Aquí, en Torrelavega, había un bar con Scalextriz gigantesco en el sótano, pero mejor no caer en ciertos ambientes antes de tiempo. Así que nada, a no salirte por las dos únicas curvas con tus coches, que tampoco rompían la barrera del sonido.

Momento cumbre: Cuando ponías el cochecito en un Scalextrix «de verdad» y te pasabas más tiempo cogiéndolo del suelo que jugando.

El barco pirata

Los playmboil siempre han sido cosa de deseo para los niños, aunque de aquella algunos les dijeran Famobil, por la comercialización «peculiar» en España. Pero bueno, que fueron algo de interés, por versátiles y variados. Y, entre todo el universo Playmobil, podríamos destacar el barco pirata, gigante tipo Titanic que apenas entraba en la bañera media de un piso, y que escondía en su caja, grosso modo, unos doce millones de piezas. Vamos, que lo montaba tu padre, sacando la lengua así, por la comisura del labio, y echando allí más horas que un opositor en la biblio. El resultado final era soberbio, aunque duraba bien poco con esa imagen, porque todo estaba tan… en fin, tan cuqui que se jodía y se «imperfeccionaba» a nada que jugases. Y es para jugar, ¿no? Así que fuera velámenes y sobrecubierta, y vamos a tirar bolas de plástico con los cañones, que a eso vinimos.

Momento cumbre: Encuentras una moneda, una de esas que van en el cofre, el quince de agosto, por la tarde. 

Monopoly

Oye, creo que los niños tienen pocos impulsos de afinidad capitalista a su alcance, dice el sujeto A. ¿Tú crees?, contesta alguien (quizá un soviet de incógnito), si tienen toda la parafernalia de las pelis, y los escaparates, y hasta en el cole les decimos cómo hacerse entrepreneurs. Nada, nada, hazme caso… les entra más. Y, hop, ahí está el Monopoly, adorable simulación que te permite mutar de Poli Díaz a miembro del Club Bilderberg en solo una vuelta. Únicamente necesitas ser despiadado, no perdonar ninguna deuda y ejecutar desahucios como si fueras un skin con ínfulas. Ahora sí que estás preparado para vivir en una gran capital cuando seas mayor. Ah, y aquí también sales prontito de la cárcel si tienes pasta.

Momento cumbre: El chaval, mirando al suelo, te dice que ha perdido toda su pasta en criptomonedas de influencers. Tiene veinte años y no sale de su habitación, pero se cree Jordan Belfort. Acertaste con el Monopoly, sin duda…

Los Transformers de palo

Porque, oigan, los Transformers molan, molan mucho, pero es que cuestan ojos de faces, y no están los dineros, en nuestra infancia, para ojos de faces. Así que cruzamos a la juguetería del barrio, rebuscamos entre cajas más viejas que Santiago Carrillo, y trincamos lo que buenamente semeje un robot que se transforma en… en fin, en cualquier cosa. Yo tuve un Optimus Prime que mutaba a cucaracha, cual Gregor Samsa, metáfora, sin duda, del final atómico en Cybertron, advertencia rainbow warrior para nuestra Tierra. Vamos, bien… pero era una puta cucaracha, y ningún niño quiere transformar su robot ciclópeo en cucaracha. 

Momento cumbre: Cuando a tu muñequito se le rompe un brazo, la cabeza y tres complementos. En fin, te ha durado casi una semana…

Exin Basket y similares

Segunda aparición de la mítica marca Exin, ahora con un ¿simulador? de baloncesto (también había con deportes tan populares entre los niños como el hockey, el balonmano o la escoba). Juego que, mediante un sistema de muelles y extensión (con lo mal que envejecen los muelles y extensión) te retaba a meter un montón de canastas. Era imposible durante, aproximadamente, doce días, para, una vez cogido el truco, resultar aburrido de tanta infalibilidad. Vamos, que el dueño del Exin Basket parecía Michael Jordan jugando pachangas por Sestao… Menos mal que también traía su alto componente de azar, con esos joracos donde debían caer las bolas antes de probar suerte. Entrenamiento para futbolines y, seguramente, cigarrillos. Una mala idea. 

Momento cumbre: Tras una racha impoluta de trescientas victorias seguidas, el dueño del Exin Basket cae derrotado ante otro chaval que también tiene el juego en su casa. Posible reacción adversa, posible descarga de violencia gratuita, posible visita al médico. Lecciones vitales a tutiplén. 

Subbuteo

El Subbuteo era como jugar a las chapas, pero si tus padres traen apellidos compuestos y tú te llamas, no sé, Bosco Cayetano. Vamos, que son chapas para pijos. Sí, traen figurita, y colores, y un campo de hierba artificial que ya le quisiera el Eibar de los dosmiles… pero siguen siendo unas putas chapas. Hazme caso. ¿El terreno de juego? Dibujado en el suelo con tiza. ¿Uniformes? Siete folios y tres plastidecor. ¿Representación corporal mimética? Eso ya es más jodido, pero, en fin, somos chavales, imaginación. Si tienes el Subbuteo, además, pierdes oportunidades para los muchos bautismos de fuego, los muchos rituales de paso, que acontecen en cada cantina, cuchitril y tugurio a donde entras para pedir chapas. Ah, la mejor es de Cinzano, pueden creerme.

Momento cumbre: Cuando ves personas adultas (ejem) jugando al Subbuteo sin trasfondo irónico, cuidando mucho tácticas y estrategias. Ahí concluyes que no, que mejor no… Ah, también mola cuando te destrozas la uña jugando a las chapas y vuelves sangrando, para enfado de tu madre, pero eso ya solo ocurre si eres de clase obrera. 

El Tozudo

Imagina perder porque sí. No hay filosofía subyacente, no hay un encanto en la derrota. No eres el Atleti, para entendernos. Pero es que lo otro es demasiado aburrido, es demasiado fácil, es como recibir hostiones en Takeshi’s Castle… cero sorpresas. Pues eso era El Tozudo. A priori un planteamiento guay, con el rucio malahostia que no quiere cargar enseres. Símbolo de la clase obrera, vindicatio de los porteadores en expedición de pijos. Oh, sí, Tozudo se revuelve, Tozudo da coces, Tozudo tira todo al suelo si no eres delicado con él. Viva Tozudo, carajo. Solo que no. Que no reacciona, Tozudo, que tiene el tema más interiorizao que el personaje de Samuel L. Jackson en Django. Y los niños, ya de por sí poco pacientes, se enervan. Y se enervan. Y se enervan todavía más, y pegan toquecitos así, tap, tap, al bichejo, buscando accionar el muelle, buscando espectáculo, buscando sangre. Y nanai. Porque luego ni coz asesínica, ni enseres volantes, ni rebuznos de amenaza. Qué manera de palmar.

Momento cumbre: Cuando has perdido tantas piezas que resulta imposible accionar al bicho, por falta de peso. Esto pasa a los tres días, si eres de natural cuidadoso.


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2 Comentarios

  1. Gracias por hacerme accionar el hueso de la risa. Me hacía falta hoy

  2. Buenas.
    El Subbuteo era (es) para niños bien.
    Scalextric: un sueño que conseguí a los 30, al menos mi hijo lo disfrutó, eso sí, a base de ocupar el comedor de casa y dejarme las uñas con las dichosas pistas.
    Mi infancia es la del TENTE, versión patria del Lego, pero de estética menos infantil, sin necesidad de nociones en ingeniería industrial cómo ocurría con el Meccano.
    Y los AIRGAMBOYS, Madelmanes, Geypermanes (espectacular fue la conversión de casco azul de la ONU,negro, a soldado alemán) Clicks de
    Famobil (hoy Playmobil) y un sinfín de cochecillos de GUISVAL, Majorette y alguno de Payá ( made in Ibi, Alicante).
    Aish..p..a nostalgia..
    Gracias Marcos, como siempre.

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