
«Como una rata sacudida por un perro». Así se sintió David Starr Jordan cuando un temblor lo despertó en su cama. A las 5:12 de la madrugada del 18 de abril de 1906 hubo un terremoto en San Francisco con una magnitud de 7.9 en la escala de Richter. Duró cuarenta y siete segundos. Parte de la ciudad se vino abajo y murieron tres mil personas. Lo primero que hizo David fue correr al cuarto de su hijo Eric, mientras gritaba llamando a Knight, su otro hijo, de dieciocho años. Desde el piso de abajo llegaba el sonido de una música tocada por el caos. Trozos del techo caían sobre el piano en una truculenta cadencia de notas in crescendo. David tomó a Eric en brazos y bajó por las escaleras. En ese momento se agitaban con violencia, por lo que descender por ellas fue casi tan difícil como andar por el pasillo de un tren español en marcha.
Fuera se encontraron a salvo David, con su hijo en brazos, y su mujer, Jessie. Apenas pudieron fijarse en que el suelo volvía a su estado habitual de reposo, pues Knight no había salido. Lo hizo poco después y se encargó de romper el alivio de David de inmediato.
—Papá, estaba sujeto a la barandilla de mi ventana. He visto desaparecer toda la universidad.
David dejó allí a su familia y corrió hacia el campus de Stanford. No se detuvo a mirar las ruinas de la torre de la iglesia, no atendió a los desperdigados alumnos que buscaban la confirmación de que aquello había pasado, de que no seguían durmiendo en sus habitaciones. David no reparó en los géiseres de vapor que expulsaban las tuberías como dragones heridos, ni temió los destellos que saltaban de los cables cortados. El profesor Starr Jordan incluso tardaría un rato en caer en la cuenta de que bajo los escombros de la universidad había cadáveres de jóvenes que no llegaron a salir al césped de Stanford. David solo tenía una meta: su templo del orden. Cuando llegó a la sala que buscaba, el suelo era un reguero de peces y cristales rotos del que emanaba un pestazo a etanol y putrefacción. David presenció treinta años de trabajo destruidos en cuarenta y siete segundos. El caos ganaba. Otra vez.
***
Si la ciencia es una lucha constante contra el caos, David Jordan nació científico. Salió de su madre, Huldah, a un mundo por ordenar. Junto a su equipo, llegaría a descubrir una quinta parte de los peces conocidos en la época. Corría el año 1860 y David Jordan tenía asignadas tareas en la granja familiar aptas para sus nueve años. Fue por entonces cuando eligió Starr como segundo nombre y lo mantuvo para siempre. Se debió a su interés por las estrellas. El cielo de la noche lleno de puntitos brillantes fue el primer caos que David necesitó conocer, necesitó ordenar. Se hizo con un atlas astronómico y cinco años después conocía los nombres de todas las estrellas que cubrían su granja en el estado de Nueva York. Ordenado el cielo, se puso con el suelo. Empezó a trazar un mapa. Primero del huerto familiar, luego el territorio hasta la escuela, no tardó en ponerse con los pueblos vecinos y acabó copiando y estudiando planos de casi todo el planeta. Sus padres, puritanos como Dios manda, se hartaron un día de ese raro e inútil entusiasmo de su hijo y tiraron los mapas de David.
Lo primero que hizo David cuando pasó a secundaria fue visitar la biblioteca. Se llevó a casa un libro sobre flores, pistoletazo de salida a su nueva obsesión. Llenó las paredes de su cuarto con los nombres científicos de las plantas que fue identificando. A su madre la sacaba de quicio. ¿Qué niño de granja como Dios manda llamaba Helianthus annuuss a los girasoles? No solo a su madre. David entró en esa etapa en la que el mundo se vuelve fragoso para los bobalicones sociales que ordenan plantas. ¿Le importó a David? No más que su lucha contra el caos. Pronto dejó de lado las flores más grandes y bonitas. Según él: «aunque no fueran hermosas, las pequeñas significaban más para mí que cientos de las más grandes. Una característica del interés científico, a diferencia del estético, es la inclinación por lo oculto y lo insignificante».
Identificadas todas las plantas de su territorio que venían en los libros, empezó a dibujar y nombrar él mismo las que nadie había bautizado aún. Campanula rotundifolia. Kalmia glauca. Astragalus canadensis. David sufría coleccionismo compulsivo con la aceptada frustración de estar rellenando el inabarcable álbum de la naturaleza, pero poder nombrar sus descubrimientos de semejante guisa merecía la pena cualquier reto imposible.
En 1873 se graduó en Cornelly y fue contratado en el Lombard College para impartir clases de ciencia. Una mañana estaba echando un vistazo al periódico cuando vio el anuncio que daría un vuelco a su vida: «Curso de formación en historia natural impartido a orilla del mar». Una especie de campamento de verano a cargo de Louis Agassiz, un geólogo destacado en la época convencido de que «la mejor manera de enseñar ciencia era examinar la naturaleza», bajar al barro y mancharse las manos. Una perspectiva poco aceptada en ciertos círculos elitistas en los que los alumnos solo se rodeaban de textos y exámenes en los que repetir esos textos. El 8 de julio de aquel año, David Starr Jordan se embarcó hacia la isla de Penikese, el paraje donde Agassiz impartiría su curso, a veintidós kilómetros de la costa de Massachusetts, como veintidós años tenía David cuando puso pie en la isla, rodeado de personas entre las que dejó de sentirse, por fin, un extraño. No tardó en conocer varias cosas importantes. Entre ellas una joven botánica pelirroja llamada Susan Bowen, tan despampanante para David como los discursos de Agassiz sobre ciencia. El gurú de aquella pintoresca reunión afirmó que la mejor manera para llegar a Dios era con un bisturí. «Ay, si mi madre estuviera aquí escuchando esto», debió de pensar David. Agassiz sostenía que la naturaleza se regía por un plan divino, una jerarquía precisa de las creaciones de Dios, que, ordenadas correctamente, incluso rebelaban indicaciones morales en forma de pistas para progresar en la evolución de los seres vivos. Con la ciencia decimonónica hemos topado.
La primera mañana, David fue seleccionado para una expedición. Se subió a una goleta cargada de redes que poco después emergieron cargadas de criaturas brillantes que se agitaban en el aire. David contempló por primera vez las piezas del mayor puzle de su vida. Todo un tesoro por ordenar.
Una vez salió de Penikese con la bendición de Agassiz para dedicarse al coleccionismo científico, David tampoco necesitó más motivación para, mientras enlazaba trabajos de profesor en diferentes instituciones, marcarse el objetivo de descubrir y, claro, jerarquizar todos los peces de agua dulce de Norteamérica. Ala, hoy la ambición es subir un vídeo al día a las redes.
Lo hicieron fijo en la Universidad de Indiana. Se casó con la pelirroja Susan Bowen y tuvieron a Edith, Harold y a Thora. A sus treinta y cuatro años, David fue nombrado presidente de la Universidad de Indiana, el presidente universitario más joven del país. Si esto no es el éxito, que baje Darwin y lo vea. Una película cozy de superación y romance acabaría en este momento, pero David fue un ser humano en el mundo real y aquí reina el caos.
Primero fue el fuego. En julio de 1883 un rayo incendió el laboratorio donde David acumulaba miles de peces conservados en frascos con etanol, un elemento que hace pum en contacto con el fuego. «Las llamas duraron una hora, pero casi destruyeron el trabajo de una vida». El optimismo de David puede tocarse en ese «casi» que escribió él mismo. ¿Qué hizo tras el incendio? Esforzarse más y volver al agua, las redes y los peces. Dos años después murió su mujer. A Susan se la llevó una neumonía. Poco después murió Thora, su hija pequeña. Dos años después, David se casó con Jessie Knight, una de sus alumnas. Y en 1890, el éxito volvió a llamar a su puerta. Leland y Jane Stanford, un matrimonio con la cartera muy llena, le ofreció a David ser el presidente fundador de la Universidad de Stanford.
Con tantos recursos a su antojo, David diseñó partes de la universidad como un centro de investigación marina, el laboratorio Hopkins Seaside, y un edificio de piedra arenisca con techo a prueba de incendios fue el nuevo hogar para sus frascos con peces. En la fachada principal del edificio se levantó una estatua de mármol de un naturalista de patillas amplias y un libro en la mano. Ajá: Louis Agassiz quedó inmortalizado para recibir a todo el que llegaba a Stanford. David y Jessie se mudaron a una casa cerca del laboratorio de peces, donde criaron a Knight, Barbara y Eric.
Continuó su incansable labor. Un pez, un frasco, etanol y una etiqueta dentro con el nombre de la criatura. Varios compañeros de su equipo de exploración murieron en expediciones arriesgadas en busca de peces. Congelados en Alaska o por malaria en los pantanos de Georgia. ¿Qué hizo David a cada muerte? Contraatacar al caos con más agresividad para hacerse con peces. Tiraba dinamita al agua y en los arrecifes de coral para hacer salir a sus moradores. Esparcía veneno en el agua y se quedaba esperando hasta que la superficie del mar era un mercadillo de muestras muertas. Pescando en Japón en 1900, recibió la noticia de que su hija Bárbara había muerto a causa de la escarlatina. ¿Qué hizo David antes su segunda hija fallecida? Siguió ordenando el caos hasta llenar dos pisos de frascos con peces, etanol y etiquetas con nombres en su edificio a prueba de fuego…
… pero indefenso ante un terremoto. El sismo de 1906 derrumbó Stanford, incluida la estatua de Agassiz, que acabó con la cabeza enterrada en el suelo agrietado. Cuando David contempló, de nuevo, sus peces desperdigados por el suelo en un caos de etiquetas sin espécimen asignado, se agachó y empezó a coger criaturas. Miró una, buscó una característica diferencial. No recordaba qué era lo que tenía en las manos. La tiró. Cogió otro pez. Tenía miles donde escoger. Hasta que reconoció a uno. No andaba lejos la etiqueta de su nombre. David se hizo con una aguja, hilo y le cosió el nombre al pez. Un loco. Un genio. Imparable.
Claro que David era humano, así que no es de extrañar que escribiera que «la naturaleza no respeta a las personas. Manipulación imposible […]. Sus leyes inmutables […]. El que las desafía empuña un garrote de aire». Incluso publicó La filosofía de la desesperación, donde confesó que «el fuego que encendemos se agota en las brasas; los castillos que construimos se desvanecen ante nuestros ojos. El río se hunde en la arena del desierto […]. Hacia donde sea que miremos, podemos describir el curso de la vida en metáforas desalentadoras».
Y ahí que le dio la razón la vida. En 1913, el Consejo Directivo de Stanford decidió que era hora de apartar un poco a David y, desde luego, despojarlo de todo el poder e influencia que tenía el naturalista en la institución. Conservó el título de rector de manera honorífica, pero a partir de entonces perdió cualquier capacidad ejecutiva.
Como cabría esperar, David no malgastó un segundo en lamentarse, sino que recogió con gusto todo el tiempo libre que ganó de inmediato y encontró una nueva ocupación que, en su caso, ya sabemos que era el inicio de otra obsesión.
Buscando peces en los Alpes, descubrió Aosta, una ciudad santuario donde la Iglesia católica recogía a personas con discapacidades mentales y físicas que habían sido rechazadas por su condición. Allí recibían atención y alimento, con lo que algunos terminaron casados, teniendo hijos y prosperando en aquella ciudad alpina. A David esta dignidad de los más vulnerables le pareció un error garrafal y describió Aosta como «una verdadera cámara de los horrores». Dedicó su tiempo a escribir textos científicos para dejar clara sus ideas al respecto. Según la jerarquía natural, el orden divino, David defendía que las criaturas ancladas al suelo como las ascidias marinas y los percebes habían sido en el pasado formas de peces y cangrejos superiores que habían degenerado en criaturas más débiles, perezosas y menos inteligentes. Indicaba que, a largo plazo, toda ayuda prestada a un ser vivo desembocaría en un deterioro físico y cognitivo en términos evolutivos, un «pauperismo animal», y le preocupaba que esto estuviera ocurriendo en Aosta, donde se estaba degenerando al hombre en una nueva y peor especie. Puso en alerta a sus lectores de los peligros que conllevaba la caridad y la supervivencia de los menos aptos. David Starr Jordan recomendó el exterminio de estas criaturas como solución para prevenir una decadencia de la raza humana. Empezó entonces a añadir a sus escritos una palabra que pronto se propagó en Estados Unidos al amparo de autoridades científicas de la popularidad de Jordan.
Eugenesia.
Pobres, bebedores, imbéciles, idiotas, discapacitados y moralmente depravados. Todos ellos eran «no aptos» para David. Una realidad de la naturaleza y no el juicio de un hombre era lo que marcaba esta peligrosa degeneración si no se actuaba a tiempo. Y David Starr Jordan nunca fue un científico que se detuvo en la teoría. Era un hombre de constante y muy persistente acción. Fue dando conferencias para propagar su mensaje. Conoció a otros eugenistas y las soluciones que iban planteando: pagar a las élites para que tuvieran más hijos y así desequilibrar la balanza a favor de los mejores humanos, o legalizar la poligamia para la clase alta con el mismo fin. Hubo quien empezó la guerra por su cuenta. El médico Harry Haiselden es conocido como «la cigüeña negra» por dejar morir a bebés discapacitados en un hospital de Chicago. Un grupo de doctores empezó a esterilizar pacientes no aptos por lo bajini, una solución que fue vista con buenos ojos por David, pues según sus palabras, esto significaba que «cada cretino individual sería el último de su generación».
Jordan siempre fue de frente y por derecho, convencido de que estaba defendiendo una causa noble que no había que llevar a cabo a escondidas y de manera ilegal. Gracias a su labor junto a sus amigos, lograron que en 1907 se aprobara en Indiana la primera ley de esterilización eugenésica forzada. Más tarde se aprobó también en California y el éxito volvía a David: fue nombrado presidente del Comité de Eugenesia de la Asociación Estadounidense de Criadores. Siguieron aprobaciones de esta ley en Iowa, Connecticut, Nueva Jersey. El mito de la antigua Esparta, de su supuesta obsesión por la perfección y la liquidación de los no aptos, resurgía en forma de siniestra realidad en la primera potencia mundial del siglo XX. En Harvard, Yale, Princeton y otras universidades que encabezan las listas de mejores del mundo se impartieron cursos de eugenesia. Se publicaron revistas. Algún avispado empezó a comerciar cosmética eugenésica para mejorar el aspecto y, por ende, el de su descendencia. En las ferias de pueblos y ciudades se celebraron concursos para ver quién tenía la mejor piel, los rasgos más simétricos o los bebés más proporcionados y con mejor peso. En 1916, Madison Grant publicó La caída de la gran raza, un libro que cruzó el charco y se convirtió en la biblia de un alemán de nombre Adolf y Hitler de apellido.
A finales de la década de 1920, Jordan estaba débil, casi ciego, diabético y en silla de ruedas. Tras la estela de aquel niño que contaba estrellas en el cielo de su granja quedaron más de sesenta mil esterilizados en Estados Unidos ya fuera legalmente o no. Criminales, vagos, deformes, mujeres y niñas diagnosticadas como locas, demasiado pasionales, por ser prostitutas o negras fueron abiertas por encima del pubis en mesas de operaciones de las que despertaron con las trompas de Falopio ligadas en nombre del bienestar y el progreso público.
David Starr Jordan, el mayor ictiólogo del siglo XX, dio nombre a un puñado de edificios como el Jordan Hall, sede del Departamento de Psicología en Stanford, a premios de ciencia y ubicaciones geográficas como lagos y tramos de ríos.
El 7 de octubre de 2020, la Universidad de Stanford emitió un comunicado: «Se cambiará el nombre de los espacios del campus que llevan el nombre de David Starr Jordan y se reubicará la estatua de Louis Agassiz».
En la década de 1980, los científicos se dieron cuenta de que los peces no existen en taxonomía. Es decir, no son un grupo válido para ordenarlos todos en un mismo saco dentro del puzle de la evolución. Los humanos hemos considerado que, por vivir en el agua, todos vienen de algún ancestro común, pero no, hay muchísimas diferencias bajo la superficie. Es como si todo cuanto vive en una montaña lo llamásemos «traceos» por convivir en un espacio común y en ese grupo entraran cabras, sapos, águilas y hombres barbudos. Por lo que toda la clasificación de Jordan es errónea.
¿Oyes eso, David? Es la música del caos.








La calificación de «nazi» queda anacronica, aunque se entienda.
Ese espíritu existió en países anglosajones y escandinavos hasta hace 50 años.
Pues no te falta razón, oye. A veces me obceco tanto en lo literario y narrativo que se me olvida que soy historiador. Y sí, por desgracia la eugenesia y sus distintas variantes ha tenido defensores durante demasiado tiempo. Y los seguirá teniendo, aunque en silencio. Gracias por leerme.
Hay que matizar las diferencias entre eugenesia y eugenismo, demasiadas veces se confunden…
Pues sí, Xavier. Por eso yo me limité a mencionar la palabra, el término, y luego me centré más en hablar directamente del punto de vista del propio David S. Jordan y cómo intentó aplicar su ideología. Gracias por leerme. Un saludo.