
-Hassan, hijo de Ali Sabbah, nativo de Qom, estudiante en Ray, en camino hacia Isfahán.
Esta enumeración detallada incomoda a Jayyam. Es una invitación a decir más sobre sí mismo, su actividad, el objeto de su viaje. No comprende la razón y desconfía del procedimiento. Por lo tanto, guarda silencio y sin prisa se sienta apoyándose contra la pared y mira con insistencia a ese hombrecillo de tez oscura, tan endeble y demacrado y de rasgos tan angulosos. Su barba de siete días, su turbante negro apretado y sus ojos desorbitados le desconciertan.
(Samarcanda, Amin Maalouf)
Así describe el novelista libanés, Amin Maalouf, al personaje que inició todo. Ese «todo» se refiere a la cadena de asesinatos que tuvieron lugar en un momento remoto de la historia, pero también a un lenguaje que utilizamos hoy en día, con el que políticos y analistas se llenan la boca sabiendo que su audiencia entenderá lo que ellos quieren que entiendan.
Entre los videojuegos, las películas, los libros y los documentales, la Orden de los Asesinos, o hashashín, juega entre la leyenda y la realidad. Pero quizá siempre ha sido así; nunca fue lo uno ni lo otro sino una confusa disolución de ambas a conciencia.
Guerra asimétrica, el origen del miedo
Hassan i-Sabbah nació en Qom, en la actual Irán. Habrá fuentes que enfaticen la ascendencia yemení de su padre, nacido en Kufa, Irak, y radicado en Qom; o incluso que afirmen que el mismo Hassan habría nacido en Yemen y después habría hecho ese mismo recorrido. Lo importante, en cualquier caso, es que tanto Kufa como Qom son, y han sido siempre, centros intelectuales del islam chií. Lo mismo ocurría entonces con El Cairo de la dinastía fatimí, califas chiíes ismailíes, donde Hassan realizó sus estudios religiosos.
El turbante negro que describe Maalouf es —y de nuevo, sigue siendo— un símbolo religioso importante y aunque sea común dentro del chiismo, Hassan había optado por una rama concreta: el ismailismo nizarí. Aún en El Cairo, Hassan se había pronunciado a favor de la legitimidad de Nizar, el hijo mayor del califa, como sucesor. Así se ganó la enemistad del jefe del ejército fatimí, que finalmente lo encarceló.
La geopolítica de Oriente Próximo es a menudo divulgada como una lucha perpetua entre suníes y chiíes, las dos vertientes predominantes del islam. Pero la realidad sobre el terreno es mucho más compleja: existen decenas de subdivisiones —con frecuencia, de líneas y definiciones borrosas— y los conflictos sobrepasan las creencias religiosas. De hecho, en la mayoría de los casos, la fe es tan solo una tapadera que cubre las ansias de poder. Esta historia lo demuestra.
Aunque las cosas no pintaban bien para Hassan, el derrumbe del minarete de la prisión en la que se encontraba supuso su liberación y deportación. Golpe de suerte, deus ex machina, gracia divina… cada uno que lo llame como quiera. Tras un naufragio, un rescate y un largo viaje por Siria, finalmente llegó a Isfahán.
Aunque hoy en día Irán es un país de mayoría chií, la Persia del siglo XI estaba gobernada por los selyúcidas suníes y su población había abrazado generalmente la misma línea. Las políticas de la dinastía reprimían cada vez más a los grupos chiíes con intención de reforzar su legitimidad como gobernantes.
El énfasis que Maalouf hace en los «ojos desorbitados» del personaje no es aleatorio, sino una caracterización de un personaje que pasa las horas delante de sus libros religiosos y, hasta cierto punto, absorbido por ellos.
Con el descontento de la minoría chií, las ideas revolucionarias de Hassan comenzaban a calar, pero sus capacidades de resistencia y presión militar eran limitadas y cualquier bastión tomado por sus seguidores sería difícil de defender en caso de ataque. Todos menos uno: Alamut.
La fortaleza, situada al norte de Irán, se encuentra en lo alto de una montaña de difícil acceso y atacarla se convertiría en un calvario para cualquier ejército —más para Hassan y sus pocos discípulos, a los que dio el nombre de fedayín. Si ni siquiera los ejércitos selyúcidas serían capaces de conquistar la guarida, ¿cómo iba a conseguirlo Hassan?
Con cuentagotas, i-Sabbah infiltró a varios agentes en Alamut que, de manera lenta y silenciosa, fueron convenciendo a más y más personas dentro de la fortaleza hasta que las puertas se abrieron desde dentro para dar la bienvenida a su nuevo líder.
Hassan tenía ahora un refugio fácil de defender, pero seguía sin poseer un ejército lo suficientemente fuerte con el que lanzar una ofensiva contra los selyúcidas en lo que hoy en día llamaríamos una guerra asimétrica. Encerrado en su austera habitación y probablemente con los ojos más desorbitados, el líder llegó a una conclusión.
A lo largo de la historia se han recopilado descripciones de los fedayín y su fundador. La mayor parte de ellas provienen de fuentes suníes, del bando contrario, o de autores orientalistas posteriores que se basaban en estos escritos y otros como los del viajero Marco Polo para elaborar sus propias interpretaciones.
Unos dicen que, en Alamut, Hassan ofrecía a sus seguidores un jardín paradisíaco para su disfrute; otros, que consumían hachís —de ahí el término hashashín— y su mente se difuminaba… Aunque todas ellas improbables, autores de todas las épocas han dado sus versiones sobre los motivos por los que los fedayín eran individuos con un máximo nivel de lealtad a la orden.
Es esta lealtad la que permitió a Hassan i-Sabbah, también conocido como el viejo de la montaña, ofrecer una inquebrantable resistencia a los selyúcidas. Al no poseer un ejército para arrasar ciudades, los fedayín descabezarían las filas enemigas a través de asesinatos selectivos de gobernantes y altos cargos y así derrumbarían la moral de sus contrincantes.
De la misma manera que se habían hecho con la fortaleza de Alamut, los agentes pasaban largas temporadas infiltrados en instituciones del enemigo, ganándose la confianza de su objetivo para que, cuando llegara el momento adecuado, las posibilidades de éxito fueran casi totales.
Cada víctima requería un plan diferente y, por lo tanto, los fedayín pasaban semanas de entrenamiento que variaba en función de su objetivo. El único elemento común era la necesidad de no ser detectado. Un asesinato con espada o hacha sería demasiado escandaloso, un arco aumentaría la posibilidad de fallo, así que la daga se convirtió en su firma.
La primera víctima fue el visir selyúcida, Nizam al-Mulk, asesinado por fedayín infiltrados en la corte, pero a lo largo de los años, decenas de altos perfiles se añadieron a la lista con ejecuciones que requerían incluso la inmolación del asesino. La lealtad de los fedayín y la capacidad de infiltración que habían demostrado desató un enorme miedo entre aquellos que podían convertirse en objetivos.
Parte de la leyenda cuenta cómo Hassan, ante la visita de un enemigo a su fortaleza, ordenaba a sus fedayín que saltasen desde las murallas para encontrarse con la muerte. Los hombres saltaban con tranquilidad y dignidad y los ejércitos enemigos se iban por donde habían venido.
La propagación del miedo
Poco a poco, la orden de Hassan i-Sabbah comenzó a hacerse con una red de fortalezas bajo su mando, y aunque durante años operaron en las tierras persas, el éxito de sus operaciones permitió a los fedayín extender sus tentáculos sobre Siria. El miedo crecía.
En 1106, la célula fedayín de Alepo conspiró junto al emir de la ciudad para asesinar a su rival Khalaf ibn Mulaib, en el fuerte de al-Madiq, actual provincia de Hama. Tras un exitoso ataque en el que algunos de los hijos de Khalaf fueron también asesinados, al-Madiq cae en manos de los hashashín y establecen allí su primera fortaleza en Siria.
Para su suerte, un hijo de Khalaf que había conseguido escapar acudió a Tancredo, el príncipe cruzado de Galilea. Aunque en un principio no le dio mucha importancia a la toma de al-Madiq, Tancredo decidió finalmente llevar a cabo un ataque y expulsar a los fedayín. Así, los hashashín se encuentran con un nuevo enemigo contra el que en las décadas siguientes seguirían aplicando las mismas tácticas que habían desarrollado contra los selyúcidas.
La paranoia avanzaba desde Asia a Europa, donde la información y desinformación de los hashashín comenzaba a llegar a oídos de los gobernantes cristianos. Pero ni los selyúcidas turcos ni los cruzados europeos serían, en cualquier caso, los únicos objetivos de la orden del viejo de la montaña. La dinastía fatimí del norte de África también se convirtió en un objetivo repetido de los hashashín. Califas y visires fatimíes fueron víctimas de sus dagas, al igual que varios altos mandos del califato abasí de Bagdad.
A pesar de que la paranoia se había extendido por tres continentes a través de pequeñas dosis de sangre, los hashashín se vieron, en ocasiones, maniatados. Pero el no poder hacer uso de sus dagas no impidió que la orden atacara mediante tácticas menos violentas pero igualmente efectivas.
Intimidación sin sangre
Tras la muerte de Hassan i-Sabbah en 1124 y la desintegración progresiva del imperio selyúcida, el alquimista Rashid ad-Din Sinan estableció un cuartel general de los hashashín en la fortaleza de Masyaf, en Siria, ahora independiente de Alamut.
Siria —que estaba gobernada por un niño de tan solo once años— se veía amenazada por el sultán Saladino de Egipto que, a pesar de su lealtad al infante, había decidido tomar el país antes de que cayera en manos de los cruzados. Saladino era visto como un defensor de la ortodoxia islámica suní y Sinan sabía que no tardaría en ir a por ellos para reafirmar su reputación.
Durante el asedio de la ciudad de Alepo, los hashashín, con ayuda de los gobernantes locales, infiltraron a varios agentes en las filas del sultán y, aunque consiguieron deshacerse de un emir, Saladino no sufrió ni un rasguño. Una segunda operación tuvo lugar un año después, donde Saladino resultó herido pero finalmente sobrevivió.
Con la victoria de Saladino sobre Alepo bajo acuerdo de vasallaje, el sultán centró sus esfuerzos en evitar cualquier potencial ataque de los hashashín. Masyaf fue sitiada en 1176 por las tropas suníes, lo que puso a Sinan y sus seguidores en una auténtica encrucijada.
El asesinato de Saladino no garantizaría la retirada de las tropas y, por lo tanto, tampoco la supervivencia de los ismailíes de Masyaf. Sinan debía jugar sus cartas de forma diferente esta vez y optó por una presión psicológica que no involucrara cuchillos.
Mientras Saladino duerme, una figura camina entre las luces débiles de su tienda —algunos dicen que fue el mismo Sinan—. Sin despertar al sultán deja una nota clavada en la mesa con una daga:
«Los fedayín no temen a la muerte. Te derrotaré desde tus propias filas».
De la misma forma que los panfletos lanzados en nuestros tiempos desde aviones sobre la población civil, o los avisos difundidos a través de las redes sociales, la nota de Sinan aplicaba esta táctica de intimidación tan clásica de la guerra psicológica.
Saladino entra en pánico y accede a abrir una puerta a las negociaciones. Pero las palabras no bastan y, como en la actualidad, hay que enseñar los dientes. Sinan envía un mensajero con información para Saladino y le da instrucciones de no hablar hasta estar a solas con el sultán.
Saladino, rodeado por su círculo cercano, se encuentra con el mensajero, que insiste en tener una conversación en privado: «Esto es solo para tus oídos. Para nadie más». El sultán pide a sus acompañantes que abandonen la tienda a excepción de sus dos guardaespaldas.
El emisario, de nuevo insiste en quedarse a solas con el sultán, que responde: «Confío en estos hombres como en mis hijos. Lo que sea que me vayas a decir a mí se lo puedes decir a ellos. No se van a ir».
Saladino había creado la situación que Sinan estaba buscando. Entonces, el mensajero se dirige a los guardaespaldas: «Si os ordeno que ataquéis a este hombre ahora, ¿lo haríais?». De pronto, las hojas de sus espadas comienzan a asomar a ambos lados del sultán.
La duda acerca de la lealtad de sus filas llevó a Saladino a buscar una alianza con Sinan y sus hombres que, a partir de ese momento y al menos durante unos años, confrontarían a los cruzados europeos.
Paranoia actual y anacronismos injustos
De alguna manera, el hecho de que la orden de los hashashín cuente hoy con tantos rasgos de leyenda se debe a que era precisamente la autovillanización su estrategia fundamental. A través de la difusión de rumores, unos más verídicos que otros, los fedayín generaron un fuerte estado de paranoia entre los líderes de tres continentes.
Hay quien hoy en día compara los asesinatos de los fedayín con las acciones de grupos terroristas islámicos. ¿Realmente hay aquí una equiparación justa? En cuanto a la inmolación, sí —al menos en ocasiones ambos ofrecen ejemplos evidentes—, pero a pesar de que cualquier persona pudiera ser un hashashín encubierto, no todo el mundo era un potencial objetivo. Los asesinatos no eran indiscriminados como los de organizaciones yihadistas como Al-Qaeda o el Estado Islámico pero tampoco como los de ETA en su momento, donde el terror se extiende a la población civil.
La estrategia del miedo se utiliza a menudo en guerras de todo tipo sin necesidad de acudir al terrorismo. Las tácticas de los hashashín son utilizadas hoy en día por ejércitos y organizaciones paramilitares de todo el globo. La difusión de amenazas, propaganda que engorda las capacidades de acción de uno u otro bando, la desinformación… todo esto intimida; contribuye a generar inseguridad, miedo, terror.
¿Qué es el terrorismo en cualquier caso? Hasta hoy, no existe una definición globalmente aceptada para este término. ¿Cómo lo utilizamos entonces? Pues, parece ser, a conveniencia de nuestros ideales e intereses.
De nuevo, el retrato que nos ha llegado de los fedayín proviene de una oposición con interés en demonizar a Hassan i-Sabbah y a sus seguidores porque suponían un peligro para la estabilidad de sus gobiernos.
El hecho de que algunas de las víctimas de los hashashín fueran líderes cristianos enviados desde Europa ha nutrido los relatos de autores del viejo continente, que enmarcan el oriente islámico como un ejemplo de la antiaspiración.
Sin embargo, hoy en día la distancia temporal nos permite observar la historia desde otra perspectiva y se hacen esfuerzos por revisarla desde un punto de vista crítico. Aun así, por la razón que sea, el juicio moral al que se somete a los hashashín no se asemeja a la percepción contemporánea de los kamikaze japoneses o los zelotes judíos a pesar de utilizar tácticas similares si no idénticas. Los primeros se suicidan por patriotismo; los segundos, por su libertad; los hashashín, ¿por fanatismo religioso?
La comparación con el extremismo islámico contrasta con la heroización de la orden en la cultura popular como en los videojuegos de la saga Assassin’s Creed, donde los fedayín están curiosamente desprovistos de su particular carácter religioso pero se enfatiza el carácter morboso del género de espías.
En otras palabras, cuando son los malos, se los retrata como musulmanes terroristas, fanáticos; cuando son los buenos, son una comunidad fraternal formada por individuos, como poco, seculares, casi ilustrados que luchan contra las fuerzas del mal.
Quizá saquemos más provecho de esta historia si hacemos un esfuerzo por comprenderla cuando la sangre no hierva después de una desintoxicación de clichés (des)informativos.
Con la llegada de los mongoles, las fortalezas de los hashashín fueron cayendo como piezas de dominó; Alamut incluida. Más tarde, los mamelucos serían los dueños de esa porción del globo y la influencia de los hashashín fue debilitándose. Con ello, la paranoia comenzó a disiparse, aunque los fedayín siguieron llevando a cabo ataques a sueldo.
El último asesinato conocido fue el de Felipe I de Monfort, en 1266, probablemente encargado por el sultán mameluco Baibars. Aunque no hay registros de ninguna operación de los fedayín desde finales del siglo XIII, la comunidad ismailí nizarí se asentó discretamente en Siria y posteriormente se extendió con la misma modestia a otros rincones del planeta hasta la actualidad.
Hoy en día, los nizaríes aún luchan contra la sombra de los fedayín. El cliché persigue a esta minoría que es, con demasiada frecuencia, acusada de amasar grandes fortunas y dirigir intrincadas conspiraciones como si la fe de uno hiciera que le lloviera oro cada mañana.








Pues nada, otro pastiche para intentar vender la idea de que los musulmanes son buenos pero los entendemos mal en occidente.
¿Los musulmanes son malos?