
A ras de suelo no se ve nada. Desde luego, nada fuera de lo normal: carreteras comarcales, campos de labor y unas cuantas naves industriales desperdigadas. Pero en las ortofotografías históricas se aprecia una gran silueta en el terreno. Hay una diferencia muy sutil en el tono de la vegetación que dibuja un gran rectángulo rematado con un semicírculo en uno de sus extremos. Algo bajo esa forma altera ligeramente la composición química del subsuelo. Mide doscientos ochenta metros de longitud y setenta y dos metros de ancho. ¿Será lo que parece ser? Los investigadores imaginan por un momento el traqueteo de las cuadrigas, el restallido de los látigos y el rugido de los aficionados en las gradas, pero prefieren no dejarse llevar. Son dos hermanos, uno arqueólogo y el otro, arquitecto, pero también son daltónicos. Y en lo tocante al color, no están acostumbrados a fiarse de sus propios ojos. Toman nuevas fotos mediante vuelos de dron, hacen más mediciones. No es posible que aquello lleve dos milenios allí y que hayan sido ellos, precisamente, quienes lo hayan visto primero. O quizá, solo quizá, su defecto en la visión tenga algo que ver con el descubrimiento. Las personas con daltonismo no pueden ver ciertos colores, pero son más sensibles a los matices de los brillos y las sombras.
Pero sí: es un circo romano. Lo prueban su forma, sus dimensiones y el hecho de encontrarse a las afueras de Trespuentes, un pequeño pueblo alavés a unos seis kilómetros de Vitoria. Allí está el yacimiento arqueológico de Iruña-Veleia, donde se levantaba la mayor ciudad romana del País Vasco. Hay veinte circos como este en la antigua Hispania, pero solo se conocían dos en la mitad norte peninsular: los de Tarraco y Calagurris, es decir, Tarragona y Calahorra. Ahora sabemos que los romanos levantaron uno más, al menos, en la antigua Veleia. Debió construirse en torno al siglo I, durante la época de esplendor de la ciudad, y las estimaciones preliminares indican que podía dar asiento a cinco mil personas simultáneamente. El hallazgo fue anunciado en 2024 por la Diputación foral de Álava y la empresa Arkikus, una startup dedicada al estudio, puesta en valor y divulgación del patrimonio a través de las nuevas tecnologías a la que pertenecen, precisamente, nuestros protagonistas de vista privilegiada. Se llaman Javier e Iker Ordoño y son dos de sus cuatro fundadores. A pesar de que no se ha excavado todavía, el circo romano de Veleia ya ha demostrado dos cosas. La primera, que la ciudad llegó a ser un núcleo próspero y pujante, tal y como se sospechaba, en la época altoimperial romana. Y la segunda, que la colaboración entre instituciones públicas y empresas privadas nunca está de más, también en el plano de la investigación. Con la ayuda de la tecnología, el rigor y un poquito de buena suerte, incluso puede llevar a dar pequeños saltos de gigante.

Una ventana al pasado
Javier e Iker Ordoño están acostumbrados a viajar al pasado. Llevan haciéndolo desde 2019, cuando constituyeron Arkikus junto a Arantxa Satrústegui y Gonzalo Álava. «Visitábamos lugares patrimoniales de los que hoy solo quedan ruinas y nos decíamos: si ya nos cuesta imaginar a nosotros, formados en arquitectura y arqueología, qué aspecto pudieron mostrar estos lugares en el pasado, ¿cuánto le costará a aquellos con menos conocimientos en la materia? ¿Por qué no aprovechamos nuestros conocimientos para proveer a los visitantes de todos estos lugares de una herramienta tecnológica diferencial que promueva esa imaginación y facilite la interpretación de esos lugares, abriendo una ventana al pasado?», nos cuenta Javier.
Y desde entonces, han abierto muchas ventanas gracias a la recreación virtual. A viejos castillos y fortalezas, iglesias y conventos en ruinas, antiguas plazas y puentes y hasta grandes conjuntos arqueológicos como el de Veleia. Para ello, explica Ordoño, estudian con detenimiento el entorno patrimonial en cuestión y lo documentan exhaustivamente. Luego recurren a técnicas de escáner y fotogrametría para levantar «un gemelo digital sobre el que, partiendo del análisis documental, levantamos nuestros escenarios virtuales, empleando diferentes programas de modelado 3D, renderizado y postprocesado gráfico». Finalmente, una aplicación móvil o web pensada principalmente para smartphones y tablets, aunque también puede integrarse en gafas VR, permite al usuario acceder a esa misma recreación, que incluye escenas interactivas 360º y contenidos complementarios, como audios, vídeos e incluso pequeños juegos, que enriquecen la experiencia. En la versión móvil, es tan sencillo como descargar la app de Google Play, en caso de móviles con el sistema operativo Android, o en la App Store, para los dispositivos con sistema iOS.
Entre los clientes de Arkikus se cuentan museos, centros de interpretación y grandes monumentos repartidos por toda España. Algunos de sus trabajos más destacados son la app Castillo de San Vicente de Sonsierra, que recibió el Premio Hispania Nostra 2020 a las Buenas Prácticas en la señalización y difusión del patrimonio; la app Vitoria-Gasteiz 1850, que fue la primera en reconstruir el pasado de una capital vasca; y la app Enkarterri Virtual, que integra dinámicas de gamificación asociadas a la experiencia patrimonial. Uno de sus proyectos más recientes es la app-web Alcázar de San Juan VR, que permite a los usuarios explorar la reconstrucción de una población a lo largo de distintos periodos históricos. Y acaban de lanzar MAPPAN, una plataforma online que sirve como un mapa digital para divulgar espacios patrimoniales apoyados en nuevas tecnologías. Cuando se firma este artículo, Arkikus trabaja ya en una reconstrucción virtual del castillo de la localidad sevillana de Estepa en el siglo XV y en un vídeo inmersivo que mostrará la localidad barcelonesa de Molins de Rei a lo largo de su historia. La compañía compatibiliza estos proyectos con varios trabajos de investigación, particularmente en el campo de la teledetección aplicada al reconocimiento y documentación de yacimientos arqueológicos. Es el caso, precisamente, de las ciudades romanas de Iruña-Veleia y Arkaia, ambas en Álava.

El futuro de la recreación virtual del patrimonio
Es inevitable preguntar a Ordoño por la evolución de la tecnología en su sector, particularmente en el entorno de lo virtual y la realidad aumentada. Las gafas y cascos VR son cada vez más comunes y el llamado metaverso, prometen algunos, está a la vuelta de la esquina. Pero en Arkikus lo tienen claro: de momento, apuestan por la divulgación patrimonial a través del smartphone, que puede convertirse, gracias a sus apps, en una pequeña máquina del tiempo de bolsillo. «Siempre hemos tenido claro», cuenta, «que el patrimonio hay que darlo a conocer al gran público, por lo que hay que facilitarle el acceso en lo posible. Las apps móviles o las web apps permiten al visitante llevar la herramienta de disfrute del patrimonio en su propio bolsillo, dentro de dispositivos de uso generalizado como smartphones y tablets, con lo que no depende de instrumentos externos adicionales como folletos, guías, pantallas interactivas, gafas VR, etcétera. Ello no quiere decir que la experiencia no se pueda complementar con estos otros instrumentos, simplemente que no es necesario hacerlo».
La realidad aumentada, añade, «está muy bien para poder mostrar objetos animados y avatares o colecciones museísticas, o para jugar a juegos interactivos relacionados con el patrimonio», pero su alcance es limitado en el campo de las recreaciones de calidad de escenarios patrimoniales. «Presenta importantes limitaciones técnicas relacionadas, por un lado, con la inmersividad y el realismo de la experiencia y, por otro, tiene la pega de no ofrecer un acceso tan democratizado, al no ser aún tan habituales los dispositivos adaptados a esta tecnología y enfoque». Ordoño también es escéptico en lo tocante al metaverso: duda de la viabilidad «y, sobre todo, del interés real a nivel institucional» que pueda existir en crear un metaverso del patrimonio en sentido estricto. ¿A qué deberíamos poder aspirar, entonces, en el futuro? Él sueña con «desarrollar un proyecto a escala global, multiparticipativo y con criterios mínimos a cumplir, que permita recrear virtualmente y divulgar el patrimonio de países de todos los rincones de forma progresiva». En otras palabras: una especie de Google Maps del patrimonio reconstruido abierto a todo el mundo. «Probablemente sea algo más atractivo para los entes que se encargan de la salvaguarda del mismo y para fundaciones y grandes corporaciones interesadas en apostar por el patrimonio cultural». Quizá España pueda ser la punta de lanza, porque, como comenta Javier, nuestro país «es puntero en el sector de la recreación virtual del patrimonio, con referentes tan destacados a nivel mundial y compañeros de fatiga como 3DStoa o J.R. Casals, entre otros muchos».
Pero, de momento, los proyectos de recreación virtual en marcha y del circo romano de Veleia requieren la atención de Arkikus, así que el mundo tendrá que esperar. Y en arqueología, Ordoño lo sabe bien, las cosas se hacen rápido o se hacen bien, pero no las dos cosas a la vez. En el caso del circo, «ahora mismo estamos embarcados en cribar, categorizar y plasmar de forma organizada toda la información que hemos ido recabando de nuestros estudios de teledetección en el yacimiento». El documento de trabajo resultante, explica, será «una referencia para planificar los necesarios trabajos de protección legal, prospección y comprobación arqueológica que vendrán de forma consecutiva en los próximos meses o años». Solo después de eso, quién sabe, Arkikus podría embarcarse en una recreación virtual del circo romano de Veleia. Y el derrape de cuadrigas, el restallido de los látigos y el rugir de los aficionados en las gradas volverán a oírse en Álava dos mil años después.
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