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Corre, Forrest, corre

Forrest Gump. Imagen Paramount Pictures.

Fue tal el peso que ejerció Forrest Gump sobre el imaginario del corredor popular que, todavía hoy, se usa forrest como mote entre componentes del gremio. En Reddit se mantiene una docena de hilos en los que aún se debate por qué Gump echó a correr, o qué le hizo detenerse después de tres años y pico cruzando los Estados Unidos. Después de dejar atrás definitivamente la amenaza de que en 2025 se estrene secuela alguna del bombazo cinematográfico de 1994, podemos tirar de la manta: están a salvo de ser bombardeados de nuevo con el simplón y encantador muchacho de Alabama que corre y corre. En primer lugar, porque Tom Hanks se ha negado a rodar una segunda parte. En segundo lugar —bienvenidos a la vida misma—, porque las cosas son muy diferentes en el libro. Ábranse una cerveza y siéntense.

Tras un desafortunado encuentro entre una librería de viejo y un amigo barcelonés, corredor él, me llegó una edición del libro homónimo, escrito por el novelista Winston Groom en 1986. De la lectura de la novela saqué dos conclusiones; una, es verdad que Forrest Gump es medio idiota, bastante más que en la cinta rodada casi diez años más tarde; la otra es que es mentira que Gump corriera cruzando el país durante tres años y dos meses. Es más, al mocetón no hay manera de arrancarle un trote si no es huyendo del horror. 

El pelotón del virus de la zapatilla ha vivido en un engaño, si es que esto les llegó a importar a ustedes. Como coda para afectados graves (entre los que me encuentro, ya les digo de partida), olviden también que, entre esa galería de momentos icónicos de los años ochenta por los que el bobo sureño discurre de manera accidental, Groom hiciera la más mínima mención a las preciosas y Hilfiger zapatillas Nike Cortez que Forrest convierte en icónicas. Tampoco a la filosofía de correr como remedio contra el dolor del alma tras la pérdida amorosa. 

Porque Gump, en el papel, es un mostrenco demente, se percibe a sí mismo como un caso perdido, es un superdotado sexual, tiende a tomar malas decisiones por sistema y viaja acompañado de un orangután con el que ha vivido delirantes viajes espaciales.

Salvo en lo del poderío sexual, Forrest Gump es sencillamente un protagonista quijotesco. 

Como todos sospechamos, una descripción así de sus andanzas no entraría por el ojo del público en las salas de cine de medio mundo. Y así lo entendió enseguida la industria, por mucho que la joya de Miguel de Cervantes haya sido traducida a más idiomas que el manual de uso de su tostadora.

La apuesta por lo exitoso, la dulcificación de sus embestidas contra la realidad o el amor de Jenny, es un curro memorable del guionista que llevaría la historia al cine. Afamado y tocado por la varita mágica de convertir textos en taquillazos, Eric Roth entregó un primer borrador del guion el 18 de diciembre de 1992 al equipo que encabeza Robert Zemeckis. El flechazo es inmediato. Roth, guionista de zambombazos como The Insider (1999), Ali (2001), Munich (2005), El curioso caso de Benjamin Button (2008), Dune (2021), House of Cards (2013-2017) o Mank (2020), nominado a seis Óscar, da un golpe de timón a la historia original y la convierte en un caramelo empleando apenas ciento treinta páginas —que puede encontrarse por la cara en internet.

La película muestra una visión liberal y edulcorada de una América (sic) que sufre esas hemorroides que le han salido en forma de movilización izquierdista contra la guerra de Vietnam. Por el contrario, el libro en sí mismo es un alegato contra esa guerra maldita; muestra crudamente esa miserable selva impenetrable, laboratorio de injusticia social y genocidio disimulado. A medida que el libro progresa, uno descubre que el Forrest literario arrastra en sus pies dos descarnadas y gigantescas bolas de presidiario: la ya mencionada, haber sobrevivido a la máquina de picar carne joven de la guerra, y otra más: sobreponerse a esa trituradora estudiantil llamada sistema educativo estadounidense.

El bueno de Gump cuenta con simpleza —y sin los adornos de la película— cómo pasa de asistir a colegios para idiotas a un sistema universitario en el que un imbécil es utilizado para alimentar el show de las ligas deportivas. Cuando es expulsado por su comprensible nulidad académica, todavía el ejército de los EE. UU. es capaz de sacar provecho de sus deficiencias cognitivas y dar una utilidad macabra hasta al más bobo. El país usa como papel higiénico a sus jóvenes y Groom lo expone usando una acidez enormemente solvente en sus páginas hasta que el lector lo deglute, inmovilizado por la disparidad entre ambos formatos. 

Probablemente tenga mucho que ver que el novelista luchase en la Cuarta División de Infantería en Vietnam entre 1966 y 1967. Groom ensaya en este alegato las posibilidades de escribir contra la auténtica estupidez sistémica de su país: bajando un peldaño en el uso de la ironía de Forrest Gump, toda su carrera posterior fue un respetado escritor de historia militar. Por Conversaciones con el enemigo (1984), un relato sobre un prisionero de guerra estadounidense en Vietnam acusado de colaboración con el enemigo, fue finalista del Premio Pulitzer. Y las narrativas bélicas yanquis es el tópico en el que se de desenvolverá como autor en los años venideros: escribiría sobre presidentes como Thomas Jefferson o Ronald Reagan, e iconos del generalato y del ejército como las trilogías bautizadas con los títulos Generales (2015), Aliados (2018) o Patriotas (2020). 

¿Entonces, la barba de un año, la gorrita y las carreteras infinitas? Entiendan que los aficionados a correr pasamos demasiadas horas medio drogados por la dopamina, cuando no pensando en las musarañas. Algunos, en lugar de ser mejores personas, regresamos de nuestros trotes mascullando y alimentando el rencor.

Vayamos a la página 113 del borrador de Roth: «[Exterior de la casa de Gump. Forrest está sentado en silencio en una mecedora del porche]. Al día siguiente, sin una razón en particular, decidí salir a echar una carrerita». ¿De un autor como Groom, hijo, nieto y bisnieto de soldados, podía esperarse que se entusiasmara por la explosión del jogging de los años ochenta? Es difícil asociar una personalidad así con un deporte tan alejado de las estructuras académicas a las que Groom estaba acostumbrado. El novelista se siente mucho más cómodo echando al joven Forrest a percutir contra unos tipos con hombreras y casco, y a no dar una intentando comprender las complejas estrategias del fútbol americano.

Tampoco aparece por ningún lado que un pelotón de iluminados siga corriendo, embobados, a un Forrest mesiánico. Ni hay etéreos amaneceres ni reflexiones sobre la simplicidad de un acto como correr por pura liberación. Toda esa mística nos la hemos tragado enterito porque Hollywood decidió no jugarse los cuartos y rompería la esencia del libro: un héroe que cae en picado cual Quijote incomprendido. Y porque los runners somos un público facilón y necesitado de referentes.

Muy al contrario, el joven al que mandan a casa tras la debacle de Vietnam se enfrenta en el libro a un descenso a los infiernos moderadamente cervantino. Ve morir a sus compañeros soldados en el hospital de campaña, su madre le escribe que un incendio ha devorado su casa, vive el punto pivotal de la novela cuando es vilipendiado como veterano a su retorno a Washington, lo llevan a la Casa Blanca para encontrarse con un presidente con las capacidades cognitivas cómicamente empobrecidas, y se enrola en una banda folk donde canta su amor de la infancia, Jenny Curran

Tras su regreso a la vida civil, Forrest es enchironado; reflexiona sobre los orates que le rodean en el calabozo tras haber participado en un tumulto político; su madre huye con un protestante del asilo donde vivía, arruinada; por su capacidad de resolver rutinarios y largos cálculos matemáticos descubren que Forrest puede ser de utilidad y es embarcado en dirección al espacio junto con una astronauta y un orangután y, después de varias trapisondas y vagabundear (nada que ver con el siempre impoluto traje de la película), termina echando pulsos por cinco dólares y peleando en los rings sórdidos de la lucha libre mientras va vestido con un gorro de imbécil y unos pañales gigantes. Solo le falta que le engañen un cura y un barbero para saltar desde Missouri hasta Argamasilla de Alba.

Desde luego hay que reconocer el mérito de Eric Roth por edulcorar un libreto que perfectamente podría haber firmado el camello de Quentin Tarantino. Entre otros aspectos, evitó lanzar a las pantallas la imagen más genuina y recurrente que ofrece la novela: un país irónicamente gobernado, en palabras de un idiota, para idiotas. El guionista bregó con un material escrito que tenía más cosas en común con las ácidas películas que competían ese año de 1994 en la cartelera. La historia de Forrest Gump arrasó porque conquistó los corazones del Hollywood más blanco frente a las irreverentes Pulp Fiction, un festín visual que encandiló sin embargo a una generación entera formada por un nuevo público salvaje, o contra Cadena perpetua, que denunciaba la corrupción del sistema de prisiones. Pero el viento del éxito es caprichoso y el largometraje de Zemeckis acabó alineado con un frente buenista, en el que militaban El cartero de Pablo Neruda o El rey león.

La quijotesca peripecia de Forrest nos lo muestra despojándose de sus bienes por voluntad propia, renunciando al dinero ganado pescando gambas al frente de un pelotón de inadaptados, o que el azar le tiene guardadas algunas sorpresas, como perder apostando contra sí mismo en el mundo de la lucha libre. El río de su vida, tozudo bajo la máquina de escribir de Groom, le reconduce una y otra vez al cauce de la calle, a la quietud de una mendicidad ante la que no se queja. Acompañado por su escudero, el orangután Sue, se deja ir hasta convertirse en un músico de la calle, un hombre orquesta vagabundo de cierto y, oh, inesperado éxito. 

De lejos vigila su ángel de la guarda, un teniente Dan que encarnó magistralmente Gary Sinise. El mutilado veterano de guerra aparece cíclicamente y lo mismo despluma a Forrest que se pone a su servicio en el negocio de la pesca. Sinise, hoy día convertido en una especie de apóstol de los veteranos de guerra norteamericanos, lo mismo sacude ese saco de gimnasio que es la idiocia inconsciente de su protegido, que lo defiende como poseído por un código ético divino. Está presente recordando el fantasma de las crisis mentales y la bipolaridad que sufrieron los soldados que regresan de las guerras. Chicos que venían de un sitio donde los asesinaban y que pasan a ser recibidos con escupitajos e insultos. 

«¿Volver a casa era esto?», debieron pensar. Volver se convirtió en desaparecer incluso de las páginas de un libro. La vida no es una caja de chocolates, como reza la cita cinematográfica que colocó Eric Roth pensando que la vida era una recopilación de anécdotas alegres, con las que podíamos huir de la realidad. El cine, en esencia, se reduce a hacernos llegar eso con eficiencia. La prueba es que los corredores seguimos prefiriendo la versión de chocolate.

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4 comentarios

  1. El quisquilloso

    El ultimo párrafo te ha delatado: este articulo esta traducido total o parcialmente del inglés, ya que la versión original dice efectivamente “life’s like a chocolate box [la vida es como una caja de chocolates]”.
    Pero en español (castellano y latino) la frase es “la vida es como una caja de bombones”. Y nadie que haya visto la pelicula en su estreno en España (como se infiere del articulo) y se haya documentado para escribir al respecto se equivocaria en una frase que incluso en español ha sido parodiada y repetida hasta la saciedad.

    El diablo está en los detalles, querido “autor” del articulo.

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