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¡Boom, crash, bang! Nuevas crónicas del nuevo periodismo

Nuevas crónicas del nuevo periodismo
Tom Wolfe, 1965. Fotografía: Jack Robinson / Getty.

Interior. Noche. Un bar, claro.

Ruido de voces casi gritonas, conversaciones que se cruzan, clinclines de vidrio. Siete u ocho mesas, llenas de gente. Una soprano de ojos color espuma canta canciones sin gusto. En la barra se sientan varios personajes. 

Hay un tipo vestido con traje blanco-blanquísimo, mocasines de piel, sonrisa irónica, sombrero posado cuidadosamente en percha tipo pub, justo a la altura de los taburetes. Hay otro también vestido de traje, pero con expresión más atenta, puro nervio, ojos de pillo. A su lado, un tipo enorme, espaldas de atleta, con una pipa entre los dientes, gafas ambarinas y expresión dura (mira fijamente a un punto de la pared, murmura palabras que no escuchamos). Hay una mujer tímida que intenta no tocar la madera con sus manos, hay un hombre que gira un Zippo color plata entre dedos, hay uno pequeñajo con cara de mala hostia y aspecto de pura pendencia. Alguien (tela cara en sus ropajes, cuello almidonadísimo, gruesa revista bajo axila) intenta atraer su atención. 

Todos tienen una botella de whisky, mediada, frente a ellos. También un vaso con hielos a medio derretir.

¿Cómo se llama la peli?

Welcome to the New Journalism.

El nuevo periodismo es libre

Un coche sale a toda velocidad. Tú, reportero, puedes escribir «un coche sale a toda velocidad». Es sucinto, tiene precisión. Es, oh, sí, puro dormirse. Pero también podrías poner «¡Ggghhzzzzzzzzhhhhhhggggggzzzzzzeeeeeeong! ¡Maldita sea!», y la cosa cambia, eh, la cosa cambia. Lo segundo lleva firma de Tom Wolfe. Lo segundo es New Journalism.

Wolfe le puso nombre y demiurgización a algo que venía produciéndose desde años atrás. Fue, por así decirlo, pontífice de novedades, y, como todos los pontífices, arrimó pelín el ascua a su sardina. Vamos, que para Wolfe era New Journalism lo que Wolfe escribe (y si coincidía con el resto… guay, miel sobre hojuelas). En pocas palabras… que podemos hacer cualquier cosa para contar la realidad, que tenemos las mismas herramientas que un novelista y cero pudor para utilizarlas. Que hay cinco «W», vale, pero se puede resolver el rompecabezas de formas diferentes. Que, si lo haces con estilo y mucho flow, romper un puzle para que encaje puede ser divertido, elegante y, sí… literario.

Porque ahí está el asunto. El periodismo es literatura, el periodismo es, dice Wolfe, la más alta representación del arte con letras. Porque tiene todas las armas que poseen narradores y bardos, pero, encima, le añades «verdad». Oh, no busquen la gran novela americana, amigos… la tienen delante a cómodos plazos. Y Wolfe, como autoproclamado representante del género, se aplica mogollón. Tiene oído, tiene facilidad para el detalle-metáfora, tiene un punto de distancia irónica. Y ningún complejo. Así que utiliza poemas en sus artículos, usa juegos de palabras, mezcla elementos de la psicología, de la cultura pop, de la Marvel y la Metro. Es el rey de las onomatopeyas, de los tacos sutiles, de los dobles sentidos, de los diálogos que se reconstruyen. Si nos habla del LSD introduce a su narrativa cierto aire «ácido», digresiones, párrafos laberínticos, trucos visuales con signos de puntuación. Es una delicia, es una estrella.

Es la nueva forma de contarnos el mundo.

¿Nueva?

El nuevo periodismo quizá no es tan nuevo

Vale, igual esto es lo que se ha hecho toda la vida. Lo de subjetivizar el asunto, dar visiones personales, contar no tanto lo que fue sino lo que sentimos y vivimos que fue. Vamos, periodismo reporteril de siempre, oigan, con traqueteo a sones de la literatura. Tampoco les voy a decir que La Ilíada sea New Journalism, pero…

Pero hay cosas que sí. Las crónicas de Albert Londres sobre Cayenne, las que hizo más tarde, en el Tour. Annie Londonderry, quien pilló tan maravillosamente el asunto de la autopromoción que hasta se cambió apellido (Londonderry era marca de agua mineral que la patrocina en su vuelta al mundo). También, si quieren, la larga tradición latinoamericana haciendo lo que llaman «la crónica». Lean, hoy, a Leila Guerriero o Martín Caparrós, eso es New Journalism. O los inicios de Gabriel García Márquez, cuando practicaba «el oficio más lindo del mundo» (en cuanto empezó a ganar pasta dejó de ser periodista y se pasó a las novelas, así que pongan lo anterior en solfa). García Márquez creaba y recreaba. Creaba y recreaba tanto que encajan divinamente sus historias, tanto que puedes creerlas un poco así, como de no creerte. Algunas las sabemos, bum, falsas. Pero vamos, que sus intenciones estéticas (dejen de lado las éticas) estaban ahí.

Entonces… ¿qué hicieron de nuevo los yanquis? Pues poca cosa, pero mucho ruido (ya ven, qué yanqui). Digamos que tuvieron padrinazgo de espesor en Truman Capote y todo aquello de los Clutter (o en el Hiroshima de Hershey). Gozaron, también, con el apoyo (y los dinerillos) de algunas revistas legendarias, totalmente volcadas al asunto de ser mejores, más interesantes y más cool. Esquire, especialmente, la misma Rolling Stone. Y pillaron, sobre todo, un momento de cambio, de efervescencia (contra)cultural, un despertarse del Gran Sueño a través de postbeatniks, Saigones, Panteras Negras y drogas que aceptaba (casi pedía) nuevas formas de expresión. En la efervescencia que va desde Eisenhower a Reagan el periódico merece toques de novela…

Y la realidad merece que la vivamos hasta sus últimas consecuencias.

El nuevo periodismo es gonzo

Oh, sí, hasta las últimas, Doctor Gonzo, hasta las últimas. Espera… ¿acaso te estás desintegrando, Doctor Gonzo? ¿Acaso te conviertes en una masa informe de números, y espíritus amerindios y pastillas de colorinchis? ¿Es eso, Doctor Gonzo?

Joder.

Hunter S. Thopnson era un tipo… peculiar. Cuenta Marc Weingarten en esa maravilla que es La banda que escribía torcido (traducción de Stephen Merchand Fernández, Libros del K.O., 2013) que cierto día andaba puliendo su crónica en la redacción de The Rolling Stone junto al editor John Lombardi. A su lado, una caja enorme con sombreros y pelucas. Cada poco, Hunter se cambiaba el paisaje de su testa. 

Eso es Hunter S. Thompson.

Eso y un periodista brutal.

Brutal en muchos sentidos. El gonzo por excelencia. Porque, si a ti te mandan para que cubras una carrera de caballos en Kentucky… en fin, qué menos que mamarte una miaja y entablar conversaciones con el paisanaje local, porque los caballos son cosa de esnobs. Y eso es el gonzo, amigos, cuando nuestros entrañables reporteros se involucran tanto en acción que, de una forma u otra, la hacen avanzar. Puede ser, como hacía Gay Talese, a base de entrevistas llenas de silencios y mirares. Puede ser, como experimentó Norman Mailer, a base de masculinidad tóxica y farfulleos. O también sale, Hunter S. Thompson dixit, con mogollón de drogas.

A ustedes igual les suena Hunter por dos cosucas: una foto donde se le ve con cara de chiflao, gafas tintadas de chiflao, gorro de chiflao y pitillo; y por la peli Miedo y asco en Las Vegas, basada en su road trip (más trip que road) de similar título. Maravilla lisérgica de literatura libre, literatura desequilibrada, literatura, oh, sí, periodística, donde conocemos las desventuras de Hunter y su colega Oscar Acosta, trasuntado en el texto como el Doctor Gonzo que todo lo puede y todo lo… en fin, y todo lo caotiza. David Felton, otro editor de Thompson, contaba cómo Hunter telefonea desde cualquier casino, dice que Oscar está fuera de control, y al fondo se escucha alboroto, aparatos cayéndose, máquinas que se rompen. 

El gonzo, amigos, también es puro New Journalism.

Ah, Hunter S. Thompson también escribió una maravilla sobre los Ángeles del Infierno. Fue preciso, se involucró hasta todo lo involucrable, bebió, fumó, se drogó, le pegaron palizas. 

Pero es que, a estas alturas, ustedes no pueden sorprenderse con nada.

El nuevo periodismo es pop

Bueno, a ver, no siempre, mira Joan Didion.

En el mundo desmesurado del New Journalism Joan Didion fue, por decirlo suavemente, la genialidad discreta. Vamos, que no trajes blanquérrimos, no sombreros lóquers, no chorradas de autopromo brutal. Didion se dedicaba a escribir, y lo hacía muy bien, con eso es suficiente, vuelve cuando tengas otro reportaje, tienes una sensibilidad única.

Tampoco encajó mucho Didion en el aspecto ideológico. O en el aspecto «paripé ideológico», si son de natural sarcásticos. Mientras todos sus colegas iban encantados de conocerse con eso de la contracultura, Didion era más de la distancia prudente. O del rechazo filosófico, vaya. Qué coño me cuenta usted de pranksters y mierdas así, oiga. Los neoyorquinos tenían fascinación grande con el oeste, California y todo eso, pero es que Joan había nacido allí, y sus leyendas le parecían… pues eso, leyendas. Valle Central, muchacha rústica, las ciudades son un foco de perversión y decadentes. Aproximado. Ella no vio nunca los sueños existencialistas del ácido, la realización a través del enganche. No, sus yonquis tienen menos «camiseta deslavada» que «chándal ochentero, dame veinte duros p’al autobús». Fue un contrapunto sobrio y moralizante en tanta desmesura.

Porque lo demás… pues eso, desmesura. El nuevo periodismo es pop, oigan, y lo es hasta sus últimas consecuencias. Cualquier manifestación cultural, por bizarra y cutre que parezca, nos acabará interesando. Ya no hay intelectualidad, solo intelectuales. Y así tenemos las crónicas de Wolfe sobre fiestas a cual más decadentes, y las crónicas del mismo Wolfe sobre aquel cóctel para recaudar fondos (con los Panteras Negras, con la perpetua sensación de incomodidad y surrealismo), y hay historietas deportivas (de boxeo, de fútbol, de baloncesto), y derbis con caballos o coches, y pintores malos (o buenos), y escritores buenos (o malos, o idos). 

Eso es, también, el New Journalism. La certeza de que cualquier cosa merece ser contada.

Al nuevo periodismo se lo llevaron por delante

Y, oye, las contamos. Todo, absolutamente todo. Tanto que, quien sabe, quizá hasta nos quedamos sin asuntos por contar.

El nuevo periodismo murió por varias razones. De éxito, de miseria, por abandono, ya nos llegaron otros aires. Es fácil echar la culpa a Rupert Murdoch porque… en fin, porque quién no tiene ganas de echarle culpas a Rupert Murdoch. Y puso, el paisano, eh, puso. Se compró unos cuantos periódicos en Estados Unidos, les rebozó en su estilo sensacionalista, erótico soft y con olor a pachuli de informar (entrecomillen ese «informar»). Seguro que citan dos o tres medios actuales con idéntica filosofía. Vamos, que encajaban regular allí las crónicas de extensión a lo Gargantúa, experimentos formales y aire provocador. Así que nos las pulimos, y a ver qué ocurre.

(Spoiler: éxito. Spoiler: lástima).

Pero hay más temas, eh. Que los escritores se nos marchan hasta la ficción, porque bien decimos que la no ficción es género cumbre, pero después todos le ponemos ojitos a cualquier novela bien tocha. Miren a Tom Wolfe, que marchó detrás del primer Gordon Gekko que le puso ojazos (lo bien que escribiría Tom Wolfe sobre esos youtubers inanes del hoy, los Gekko del Cadena a Cien). Por ahí también se nos escurrió el nuevo periodismo.

Pero, sobre todo, estaba el cambio de década. De décadas, más bien. Tú puedes contar los años sesenteros con aire despreocupado, y puedes contar el decenio siguiente a mitad de camino entre la nostalgia y el meneo social. Pero después llega el tiempo de Reagan, y los cines ponen mucha superproducción con aire triunfaloide, y el Watergate es solo anécdota, y de Vietnam vino Rambo. La sociedad se anestesia (aparentemente), los cambios son menos cambiantes, todo el stablishment envuelto en banderitas. Jodido encajar para tipos como Hunter S. Thompson, por decirlo de manera breve. Que, también es cierto, estaba Hunter S. Thompson en aquel rato como para tenerle a sopitas, que los excesos se pagan, oigan, los excesos se pagan. Otra razón para que el nuevo periodismo decayera. Sumen la tele, sumen el hartazgo yanqui hacia la palabra escrita, que muta en excitaciones ante un nuevo mercado audiovisual. Entonces, en los ochenta, preferías ver un videoclip de Madonna antes que a un paisanuco contándote cosas sobre Madonna con palabras largas y expresiones supuestamente guays. 

Porque, y esto no es causa menor, igual el tema se nos había ido de las manos, igual los periodistas no tienen en su destino ser figuras públicas y stars del stablishment (un stablishment contracultural también es stablishmen). Se te van los pies del suelo, murmuras que si el truco eres tú, no la historia. Y acusas manierismos, y te conviertes, sin saberlo, en autoparódico. Lo autopárodico, entiéndanme, no puede molarlo más, lo autoparódico es una maravilla… salvo cuando aparece sin tú darte cuenta. Entonces pasas de Harrison Ford a Casper van Diem (o, si lo prefieren, de James Gunn a Zack Snyder). Vamos, que no, que la mejor forma para no ser cool es intentar, artificiosamente, parecer cool

Y sin embargo… bueno, a ver, lean a Foster Wallace. Que no puede haber nada tan contrario al New Journalism como Foster Wallace. Que es posmo, oigan, posmo. Pero con su miajita de nuevo periodismo, con su influencia, con su desenfreno ético y estético. O sea, que igual no se fueron nunca.

O sea, que igual seguimos ahí.

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3 Comentarios

  1. No soportaba que el nuevo periodismo hubiese muerto, por eso me inventé a Sol Colmenares, ya sabéis, la chica bien que hace espectáculos. Hace nada le seguía los pasos al Sr. Zimmerman, que habría sido su cumpleaños, se ocupaba del Señor Georgenson.
    https://pacodetorresapuntesdelnatural.blogspot.com/2025/02/las-bromas-de-mister-georgenson.html
    Saludos.

  2. Insufrible texto

  3. José Antonio

    Trabajé durante 15 años en un periódico, en la década de los noventa. No se yo si eso del ‘new journalism’ pasaba por la cabeza de alguno de mis compañeros, pero desde luego es un trabajo que te marca la vida, la redacción respiraba vida, los talleres también. Hoy… pues eso, ya se acabó todo. ¿Cuántos quioscos de prensa quedan en tu barrio?

Responder a Paco de Torres Cancel

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