
Resulta difícil escribir sobre un autor que apenas ha sido publicado en España. Y en este caso el «apenas» es literal, pues se circunscribe a una sola novela, rodeada de cierto culto y que dio lugar a una famosa película. Pero la edición de Falling Angel (1978) que nos trajo la editorial Valdemar en 2009, con traducción de Eduardo Goligorsky, tampoco es un volumen muy presente en nuestro imaginario colectivo, tal vez porque no aprovecha el título con que se estrenó en este país la exitosa versión cinematográfica: El corazón del ángel (Angel Heart, 1987), magnífico filme de Alan Parker que ha sabido llegar a varias generaciones y resistir magnética el paso del tiempo, pese a la encarnizada repulsa con que la recibió la miope crítica nacional. Así que debo apelar a la paciencia de los lectores ante la falta de asideros reconocibles debido a la exigua bibliografía en castellano de la persona aquí retratada: tal vez, ojalá, encuentren en el recorrido de esta semblanza una recompensa placentera en sí misma, deseablemente incluso un aliciente que los mueva a perseguir las obras de William Hjortsberg con el entusiasmo con que a mí me llevó a perseguirlas la simple lectura de Falling Angel.
Solo puedo alegar que, desde mi punto de vista, el de un modesto especialista en rastrear narradores condenados a los márgenes o injustamente ignorados por el canon académico, merece mucho la pena seguirle la pista a Hjortsberg (el apellido, cierto es, no ayuda a popularizarle en nuestro país: tampoco en el suyo, donde sus conocidos se dirigían a él como «Gatz»). Quizá su mayor virtud, o una en la que me reconozco como amante de la cultura popular, es que «para él, todo era literatura: desde Krazy Kat y Little Nemo a Chandler y Fitzgerald, sabía ver la belleza en toda esa creación». Sirva este artículo como primera piedra en la empresa desinteresada de traer a España más obras surgidas de su considerable talento, una veta creativa casi siempre a medio camino entre la tiniebla y la chanza. O, como mínimo, para que se edite en lengua castellana la formidable secuela literaria de El corazón del ángel, continuación escrita casi cuatro décadas más tarde y que viera la luz en su idioma original en 2020, tres años después de la muerte de su autor.
Su vida a vuelapluma
William Hjortsberg nació en Nueva York el 23 de febrero de 1941. Su padre era un marino mercante sueco que podía presumir de bisabuelo célebre, el actor de teatro Lars Hjortsberg (1772-1843); y su madre una hija de granjeros en Suiza. Si la Wikipedia estadounidense proporciona escasa información sobre Gatz y sus progenitores, él mismo es un poquito más generoso en su propia web personal: Helge Hjortsberg e Ida Welti se conocieron en un baile y ninguno hablaba la lengua del otro. Se casaron en 1930 y pasaban todos los veranos en una casa en las montañas de Catskill, al sureste del estado. Allí, su hijo único aprendió a pescar trucha y a los ocho años recibió de regalo su primer rifle calibre .22. Confiesa que los momentos más felices de su infancia están ligados a ese lugar. Esa felicidad se rompería pronto, con el fallecimiento de su padre cuando Gatz solo contaba diez años.
Helge se había reconvertido en dueño de un bar restaurante llamado Castleholm. Si hacemos caso a algunos artículos recientes, Castleholm no era poca cosa: el local contaba con su propia orquesta, dirigida por el compatriota Ivor Peterson, acordeonista y compositor, y el mismo Gatz lo considera como «el mejor restaurante sueco de Manhattan». La familia Hjortsberg residía en el mismo edificio, en un apartamento de la undécima planta. El ático lo ocupaba, en aquel entonces, el célebre periodista y escritor Damon Runyon, creador de los relatos que inspiraran el musical Ellos y ellas (Guys and Dolls), y quien décadas más tarde sería recreado como personaje por el propio Hjortsberg en su novela Nevermore. Tras la muerte de Helge, la pérdida material fue también notable: Ida hubo de trabajar como empleada de hotel y su hijo sirvió en una pizzería, labor que compaginaba con sus estudios.
Entre los años 40 y 50, Gatz estudió en la escuela de primaria Grace Church School, donde fue monaguillo («la mejor manera de conocer chicas», solía bromear) y en el instituto McBurney de Nueva York, del que también serían insignes alumnos J. D. Salinger (de hecho, la escuela es mencionada en El guardián en el centeno) y nada menos que Robert de Niro, el futuro Lucifer de Hjortsberg en la gran pantalla. Gatz adoptaría ya un cierto estilo de vida bohemio, durmiendo algunas noches de verano a pierna suelta en Central Park y haciéndose asiduo de la escena jazzística neoyorquina, que lo llevó a ver en directo a figuras como Miles Davis, Dizzy Gillespie o Dave Brubeck.
Gatz pasó su etapa universitaria en Darmouth College (Nuevo Hampshire) y allí fue compañero de habitación de Stephen Geller, futuro guionista de esa gema de culto titulada Un maravilloso veneno (Pretty Poison, 1968, de Noel Black, con unos apropiadísimos Tony Perkins y Tuesday Weld). También fue alumno de dramaturgia en la Escuela de Drama Yale, donde trabaría amistad vitalicia con el reputado escritor Thomas McGuane.
En 1962, Gatz se casó con Marian Renken y juntos emprendieron un periplo vivencial por Europa, África del Norte, España, las Islas Vírgenes Británicas, Costa Rica y México. Durante esos viajes empezó a escribir sus primeras frustradas obras de envergadura. En 1967, con su segundo proyecto de novela (jamás publicada) ganaría la beca Wallace Stegner para escritura creativa en la Universidad de Stanford (California). Dos años más tarde vio cómo ese proyecto terminado era rechazado por diecinueve editoriales neoyorquinas. Sin perspectivas esperanzadoras como escritor ni en ningún otro desempeño profesional, se vio obligado a trabajar como reponedor de existencias bajo el cielo californiano. «Simplemente renuncié a ganarme la vida con la escritura», explica en su web. «Y renuncié también a mis “normas de escritor” (escribe de lo que conozcas; escribir es un trabajo serio; nunca escribas colocado). Rompí todas las reglas. Ahora solo se trataba de divertirse». Por suerte, McGuane le echó una mano y envió ese mecanoscrito fruto de la actitud punk de su amigo a su propio editor en el gigante editorial Simon & Schuster. Así vería la luz Alp (1969), el primer trabajo publicado de William Hjortsberg.
La bola empezaba a rodar…
Sátira y ciencia ficción
No he logrado leer Alp por ningún medio, así que debo fiarme de las críticas y del propio Gatz. Se trata de una sátira localizada en unos fantasiosos Alpes suizos. «Posiblemente la mejor sátira cómica escrita en Estados Unidos», soltó Mcguane, frase de faja perfecta para dar el espaldarazo definitivo a su colega. John Leonard, del New York Times, definió a Hjortsberg como «un S. J. Perelman satánico… pasado por Disney y el marqués de Sade». Para rematar esa impresión, su viuda, Janie Camp, me comenta que «Alp seguramente resultaría ofensivo para cierto tipo de público, pero es un libro hilarante. Estoy segura de que sabrías apreciar el humor negro y delirante de Gatz».
Así pues, lo que parece claro es que, desde sus inicios, nuestro autor se movía cómodo en el terreno satírico, en una ficción trufada de altas dosis de ironía y un espíritu irreverente que ya no lo abandonarán durante el resto de su bibliografía. Dudo que su debut cosechara grandes ventas, pero la inclusión de su nombre en un artículo de la revista Life sobre «jóvenes promesas» le ayudó a preservar la ilusión y el impulso de seguir escribiendo.
Un año después, lanzó Gray matters, estupenda nouvelle de ciencia-ficción sobre la preservación de la vida cerebral más allá de la muerte física de nuestra carcasa corporal, en el marco de un planeta Tierra arrasado tras la III Guerra Mundial. La trama continúa funcionando hoy día e incluso podría decirse que ha tomado mayor relevancia aún en nuestro mundo de inteligencias artificiales y obsesión por la juventud. Este relato sí alcanzó una segunda edición, además de generar una versión condensada para Playboy, gracias a la cual su creador ganaría el Premio Editorial Playboy al Mejor Colaborador de Nueva Ficción, batiendo al mismísimo García Márquez. El texto disfrutó asimismo varias ediciones extranjeras, incluida una de largo calado en Francia, e inauguró en 1973, con el título de Materia Gris, la colección argentina Biblioteca de Ciencia Ficción Foton del Grupo Editor de Buenos Aires.
Por entonces, Marina y Gatz vivían en la costa mexicana.
Oleada de olés
Animado por la idea de volver a vender una fantasía de género a Playboy, Hjortsberg emprendió una sólida segunda incursión en la ficción especulativa con Symbiography. Esta vez nos sumerge en una Norteamérica postapocalíptica menos minimalista, en la que un diseñador anacoreta y hedonista confecciona sueños a medida de un próspero mercado como si fueran cotizados videojuegos. Desafortunadamente, la cabecera de Hugh Hefner rechazó este relato largo, que terminaría siendo editado como libro con tirada limitada y relanzado a posteriori en la competencia directa del magnate del erotismo, la revista Penthouse. En años subsiguientes, publicaciones del ramo como el mensual de desnudos femeninos Oui (la versión yanqui del Lui francés) seguirían imprimiendo algunas de las historias de Hjortsberg.
Tras la debacle comercial de Symbiography, Gatz dudaba si consagrarse a la escritura de una novela épica sobre vikingos, debido a la cantidad de años que le iba a ocupar documentarse. Así que finalmente optó por regresar a la sátira en el tono de su ópera prima y al sencillo placer de divertirse escribiendo: de este modo, en 1974 nació Toro! Toro! Toro! (el título parodia el de la entonces conocidísima película bélica Tora! Tora! Tora!), una deliciosa ridiculización del arte del toreo y sus clichés, muy popularizados entre el público estadounidense gracias sobre todo a Hemingway y su Muerte en la tarde (1932). La trama, que involucra a una torera y a un rinoceronte, se sitúa en la España tardofranquista que el autor ya había conocido en sus viajes. Fue otro fracaso en ventas, pero se trata de una novela muy entretenida, ingeniosa y bien escrita, y que, obviamente, alberga para los lectores españoles un interés especial debido a sus pinceladas costumbristas y a los tipismos nacionales que llaman la atención de Gatz y son objeto de su ocurrente distorsión bufa.
La pandilla de Montana
En 1969, de nuevo gracias a su amigo McGuane, el aún joven Gatz visitaría con su familia la Montana más silvestre, un exuberante paisaje serrano que le fascinó hasta el punto de instalarse en dicho estado en 1971, dentro de la comunidad de Pine Creek (Condado de Park). Allí formaría parte de lo que su vecino el poeta Richard Brautigan llegó a denominar «The Montana Gang»: un grupo de artistas, actores y escritores afines en su inconformismo y su amor por la naturaleza, entre los que destacan el gran Jim Harrison (firmante de la excepcional Leyendas de otoño y que terminaría siendo consuegro de Gatz), Jeff Bridges, Peter Fonda («mi hermano del alma», en palabras del autor), Warren Oates («un auténtico caballero y filósofo»), etc. Con su todavía esposa Marian educarían a sus hijos Lorca (la cual llegaría a ser bailarina profesional) y Max en el más ortodoxo estilo granjero: con caballos, cerdos, conejos, gallinas y jardín propios.
Y de nuevo McGuane, ahora un guionista de cine en alza, aconsejó a Gatz probar suerte en ese medio…
Y, esta vez sí, William ‘Gatz’ Hjortsberg daría de lleno en la diana.
La triunfal caída de Harry Angel
Un día, Gatz explicó la idea que sería el germen de El corazón del ángel a McGuane, quien replicó enseguida: «Es demasiado buena para Hollywood, escríbela como novela». Y es que esa idea anidaba en él desde su juventud, plasmada en un cuento primerizo que principiaba con esta gran frase: «Hace mucho tiempo, el Diablo contrató a un detective privado». También sumó al proyecto otros puntos de partida inspiradores, como la insólita noticia sobre una ceremonia vudú celebrada en pleno Central Park. Desde el inicio sabía cómo iba a culminar la historia, pero en el camino necesitaba construir convincentemente un armazón de novela negra, pues de paso se planteaba el proceso como un homenaje a sus tres escritores favoritos del género: Hammett, Chandler y Macdonald (Ross). Una beca del Fondo Nacional para las Artes le permitió pasar medio año escribiendo un borrador sin preocuparse de sus ingresos económicos.
El resultado, Falling Angel (El ángel caído, 1978), es una novela con envoltura noir y fondo sobrenatural que funciona a la perfección. Como si Raymond Chandler hubiera escrito El exorcista, dice Stephen King. También es una carta de amor al Nueva York de los años 50, un monumento a la cultura pulp y un descenso terrorífico a nuestros propios miedos. Sigue constituyendo el mayor éxito de Gatz: nominada al Premio Edgar, ganadora del Premio Editorial Playboy (también llegó a serializarse en dicha cabecera), vendida a quince países, adaptada a un exitoso filme de los 80 y reeditada con prólogo del mismísimo Ridley Scott…
La versión fílmica de Alan Parker es otra joya con sus virtudes intransferibles: uno de sus aciertos estriba en no limitarse al paisaje de la Gran Manzana y abrir la trama a Nueva Orleans, lo que aporta al material otros matices visuales y atmosféricos, además de procurar al largometraje una impronta estética propia. De otro modo, se hubiera arriesgado a quedarse en el mero homenaje al cine negro clásico de Hollywood: lo fácil hubiera sido rodar un noir retro en blanco y negro con guiño a la era de los estudios y, entonces, la forma artificiosa se hubiera comido al fondo. Zorro viejo, Parker le otorgó terrosidad y humedad pantanosa a la fábula, que como adaptación sigue siendo espectacular. Y encima cuenta con unos Mickey Rourke, Robert de Niro y Lisa Bonet extraordinarios. Eso sí, la novela ofrece mayores alegrías en torno al personaje de Louis Cypher, cuyas intervenciones siempre son victorias del relato escrito, como la impagable función de ¿ilusionismo? que el Diablo protagoniza en un escenario neoyorquino de mala muerte.
Romance irregular con el cine
Por esa misma época, finales de los años 70, Gatz empieza a probar suerte con la redacción de guiones originales. En 1977, Roger Corman le produce su libreto Infierno en Florida (Thunder and Lightning), que se encargará de filmar el director Corey Allen. Rodado el mismo año que la comedia motorizada por antonomasia de la América rural, Los caraduras (Smokey and the Bandit) de Hal Needham, Allen sustituye la pareja imbatible de Burt Reynolds y Sally Field por los simpáticos —por más que carne de TV y videoclub— David Carradine y Kate Jackson. Si bien se nos antoja chocante la involucración de Gatz en esta cinta de muy bajo presupuesto (prueba del manifiesto amor del autor por todo tipo de cultura popular, en este caso el subgénero de persecuciones de autos tan popular en los años 70), resulta divertidísima y se puede interpretar como una variación en serie B de la susodicha película de Needham.
Entre los méritos del guionista, destaca un diálogo que antecede en década y media a Pulp Fiction en la frívola conversación casual de los asesinos a sueldo encarnados por Samuel L. Jackson y John Travolta, camino de su «encargo». Aquí es un mafioso y su matón quienes mantienen una amena charla (y, al contrario que las interminables peroratas de Tarantino, misericordiosamente breve) mientras persiguen ¡en un carrito de golf! a su presa para quitarla de penas. Empieza hablando el matón:
—¿Has visto alguna vez Capitán Kanguro?
—¿Capitán qué?
—Capitán Kanguro. Ya sabes, lo dan en la tele, por las mañanas.
—Eso es un programa para críos, ¿no?
—Bueno, sí, más o menos.
—No lo pillo. O sea, ¿qué hace un hombre hecho y derecho como tú mirando un programa para críos?
—A mi hija de preescolar, Judy, le gusta. Y cuando no tengo un trabajo pendiente, ya sabes, pues me siento con ella a verlo. ¡Es un buen programa para los niños, Rudi! Muy tranquilo, sin violencia.
—Lo único que yo veo es el programa de Carson.
—¿Sí? Bueno, yo es que detesto tanta violencia en televisión.
A este guion le siguió el de Sigue ese coche (The Georgia Peaches, 1980) de Daniel Haller, telefilme que a su vez podría considerarse la versión en serie Z de Los caraduras. El único caradura protagónico aquí es el irritante Dirk Benedict, acompañado en esta ocasión por las cantantes Tanya Tucker y Terri Nunn y confrontado por una curtida villana con los rasgos de Sally Kirkland. Por esa ruta terciaria y llena de baches la carrera guionística de Gatz parecía que iba a llegar a un callejón sin salida…
Pero entonces apareció de la nada Ridley Scott y le ofreció guionizar un proyecto de fantasía feérica largo tiempo acariciado por el cineasta inglés: tras muchas semanas de trabajo conjunto, el resultado, Legend (1985), se reveló un desastre en taquilla y en críticas. Aunque si hasta Neil Gaiman la puso a parir, ¡no puede ser tan mala! Y de hecho no lo es, pero para apreciarla en su justa medida hay que recurrir al montaje del director rescatado en 2002, con una veintena de minutos adicionales (113 de duración total) y con la música orquestal restaurada de Jerry Goldsmith para su banda sonora. El argumento, colmado de la misma pulsión sexual, mística del mal y humor socarrón que emparenta el universo élfico de Gatz con los relatos mitológicos de Tanith Lee, reúne todas las constantes del literato neoyorquino.
Sin embargo, este filme REALMENTE condujo a Gatz a un callejón sin salida: nunca más se volvió a rodar una sola película basada en guiones suyos, pese a que siguió escribiéndolos y viviendo muy bien de venderlos como opciones a diversas productoras.
Un poco de Poe
El mismo año que se estrenó Legend, Gatz publicó un libro de cuentos también relacionados con las fábulas y relatos de hadas: la difusión de Tales & Fables se resintió de una edición muy limitada, ilustrada por el dibujante de storyboards y diseñador de personajes de animación Vance Gerry (101 dálmatas, El libro de la selva, Los aristogatos). Numerosos guiones —y un segundo y fugaz matrimonio— mantuvieron ocupado a Gatz, quien ya no lograría alumbrar una nueva novela hasta 1994: Nevermore presenta una sorprendente trama de misterio que entra de lleno en esa fórmula puesta de moda una década después, la del thriller de época protagonizado por celebridades históricas (y que en el cine Nicholas Meyer ya había explotado década y media antes con sus gotas ci-fi en Los pasajeros del tiempo, al plantearnos a un atribulado H. G. Wells persiguiendo en pleno siglo XX a Jack el Destripador). En esta ocasión, el escapista Harry Houdini se alía con su amigo el escritor Arthur Conan Doyle para descubrir quién comete una serie de crímenes que emulan los descritos en los relatos con temática criminal de Edgar Allan Poe. Añadamos a ello como columna vertebral las discusiones verídicas entre Houdini y Doyle sobre las supuestas bases científicas del espiritismo (el padre de Sherlock Holmes fue un abogado sorprendentemente crédulo de la causa espiritista) y ya tenemos una propuesta de suspense con tirón.
Nevermore no obtuvo, sin embargo, el éxito merecido. Es cierto que el desenlace del enigma decepciona, más que por previsible por lo poco trascendente, y que Gatz no aprovecha todos los incentivos de partida en los prolegómenos, como esa joven médium, Isis, que parece que jugará un rol determinante en la trama y termina chupando banquillo, junto al también desaprovechado espectro de Poe. Pese a ello, la recreación y la atención al detalle de los años 20 norteamericanos suponen todo un deleite y, para nuestro asombro, la pareja de eximios e improvisados detectives (Gatz los concebía, y con razón, como protagonistas ideales de una «peli de colegas») ¡funciona! Da gusto ver dos figuras tan mediatizadas hasta lo trillado siendo manejadas con tanta seguridad y convicción. Y Houdini en especial se revela aquí de una personalidad apasionante.
En ese sentido, Nevermore es una obra muy lograda.
Una de cal y otra de arena
A Gatz se le fue más de una década de vida en la confección de Jubilee Hitchhiker (2012), colosal biografía de su amigo el poeta Richard Brautigan (1935-1984). Todavía no he sido capaz de coronar sus 880 páginas de apretada letra, pero recorrido un tercio de su extensión la sensación es muy satisfactoria y juzgo muy atinada esta descripción de The New York Times: «Uno de los méritos de Jubilee Hitchhiker es que no solo sigue los pasos de la vida de Brautigan, sino que también nos abre hábilmente las puertas de diversos mundos, desde la escena contracultural y beat de San Francisco a la época del periodismo gonzo en Montana». El primer capítulo, en el que su autor describe con increíble precisión y sincronización de infortunios el período de corrupción progresiva que sufrió el cadáver del rapsoda, flor muerta y desmadejada en el suelo de su casa tras un desolador suicidio del que nadie se entera durante semanas, merece por sí solo el mayor reconocimiento gremial. Probablemente se trate del trabajo mejor valorado de Gatz junto a El ángel caído.
Y ya no sería hasta 2015, ¡veintiún años después de Nevermore!, que Gatz retornaría a la ficción con Mañana, una novela negra fronteriza narrada en primera persona. Muy prometedora de partida, uno diría que comienza siendo la versión Hjortsberg de la hermosa nouvelle Revenge de su consuegro Harrison, tomando un poco también de Jim Thompson, aunque termine más próxima a la reinterpretación histérica del universo thompsoniano por parte de Oliver Stone en su (por lo demás muy apreciable) Giro al infierno (U Turn, 1997).
Ambientada en México a finales de los años 60, un jipi estadounidense despierta de su primer viaje de heroína junto al cadáver de una amiga prostituta. Su propia esposa ha desaparecido y él sospecha que unos vecinos compatriotas la han raptado, aunque por otro lado no puede estar seguro de no haber sido él quien ha asesinado a la chica ¡ni tampoco que su mujer no se haya hecho amante voluntariamente de uno de los fugados! Pese a esa duda, los persigue para aclarar las cosas.
Me hubiera encantado que me gustara, pero Mañana me parece un mejunje duro de tragar: ningún personaje cae bien y nada seduce como para hacer agradable el accidentado viaje en compañía de su narrador. Para mí es un tiro al aire.
Por suerte, a Gatz aún le quedaba una bala mágica en la recámara…
El mejor legado
Con el nuevo siglo, Gatz conoce a la pintora paisajista Janie Camp y la historia de amor entre ambos culmina en su boda en 2007. Juntos vivirán su romance de casi dos décadas en Linvingston, ciudad con menos de 10.000 habitantes situada a orillas del río Yellowstone, muy cerca del parque nacional del mismo nombre. «Mi tiempo compartido con Gatz fue breve en el contexto de su vida. Pero los diecisiete años que pasamos juntos fueron muy fértiles y trascendentes», me cuenta ella en un emotivo mensaje de correo electrónico.
Según la periodista y exeditora del Rolling Stone Maryanne Vollers, amiga y vecina de Gatz, «el escritor que detallaba orgías demoníacas con el regocijo de un asesino del hacha era también un cariñoso padre y abuelo que enseñaba pacientemente a sus nietos a pescar truchas». Añade que sobre todo echará de menos su «atronadora risa de sierra mecánica».
El 22 de abril de 2017, Gatz fallecía de un fulminante cáncer de páncreas. Sorprendentemente, le dio tiempo a dejar completado un mecanoscrito inédito: ¡la secuela de El ángel caído!
Lo más asombroso de dicha secuela es que su narrador, el propio Harry Angel, retomaba la crónica de sus peripecias en el mismo punto exacto en el que había concluido la primera novela casi cuarenta años antes. Y proponía de nuevo un viaje interior urbano, pero esta vez trocando Nueva York por París. El resultado es deslumbrante.
Si bien para los lectores europeos pueden parecer obvias algunas de las reflexiones culturales en torno a la capital francesa, el conjunto es un itinerario en pos de la magia y lo sobrenatural que embriaga desde la primera página. Claro que hay que enrolarse dispuesto a jugar: si las novelas excesivas no son lo suyo, no se adentren en esta aventura. Un ejemplo: el autor se regodea en la descripción de una felación entre curas parapetados en la embajada de El Vaticano y uno puede seguir las emanaciones de sus eminencias, por dónde pululan y polucionan, a través del mismísimo Google Maps; e, incluso, localizar la esquina por la que el antiheroico Angel trepa una tubería para espiar el peccato di cardinale.
Finalmente publicada en 2020 y todavía inédita en España, Angel’s Inferno supone respecto de su precedente algo similar a lo que la novela Hannibal fue a El silencio de los corderos: una secuela a más revoluciones, con un rango mayor de tonalidades y audacias que los defensores de los parámetros convencionales considerarán quizás inapropiadas y, para mi gusto, superior al original.
Gatz no pudo ver su última obra editada ni por tanto gozar la alegría postrera de sostenerla en sus manos, en una pirueta del destino que uno creía exclusiva de otros tiempos y que asocia a los escritores románticos del siglo XIX. Su final fue rápido y asumido con entereza, como explica Janie en un sentido epílogo escrito para la edición especial del díptico formado por Falling Angel y Angel’s Inferno.
Terminemos esta elegía con unas palabras suyas extraídas de dicho texto:
«En un mundo ideal, Gatz hubiera pasado sus últimos días en su cabaña, donde resuena el eco de Natural Falls, la impresionante cascada en las proximidades. Hubiera echado una última mirada al río Boulder, al otro lado del camino, donde pescó la mejor trucha durante más de tres décadas. Hubiera sostenido mi mano mientras paseábamos por los alrededores de la cabaña donde nos casamos, atento a cada flor primaveral y a todo el esplendor de ese paisaje que él tan bien conocía. Y con la caída de la noche, nos abrazaríamos bajo la luz de luna y esperaríamos ver alguna estrella errante que pudiera garantizar un último deseo.
Imposible imaginar que Gatz no hubiese querido plantar un último tesoro en el «jardín vudú» que con tanto amor creó y que incluía miles de ágatas, jaspes y fósiles de árboles, conchas, piezas mecánicas oxidadas que parecían retorcidas esculturas y cruces deformes. Los restos de esqueletos siempre eran bienvenidos. Gatz mantenía una perpetua fascinación por la historia que se agazapaba detrás de estos objetos y de su misma existencia. Y aunque ello no alterara sus creencias ateas, imagino que la atmósfera espiritual de este suelo sagrado junto a las paredes de su cabaña le hacía reflexionar. Era el sitio lógico donde dispersar sus cenizas. (…)
Murió conmigo en sus brazos y mi cabeza en su corazón. Así escuché su último chasquido de respiración. Elévate en paz, mi dulce y querido esposo».







Ayer vi a una señora de peso meterse en el mar y pude oír en mi cabeza: ‘No sea idiota, amigo. Margaret Krusemark es Madame Zora!’.