
—You escaped from a locked room six years ago.
—Six years for you.
Cuando Terry Gilliam quiere hacer una película inspirada en una obra ya existente, dice que evita ver o leer la fuente original. Y que lo hace para no sentirse intimidado por la responsabilidad que ello supone, no por una cuestión de —digámoslo así— contaminación. Lo hizo en Brazil con el 1984 de Orwell y repitió en Doce monos con La Jetée de Chris Marker, el cortometraje en el que tres décadas antes ya se podía ver la paradoja temporal que, con una potente redondez argumental y estructural, también define a Doce monos. Que al ex-Monty Python le encantaban los viajes en el tiempo estaba claro: escribió y dirigió Los héroes del tiempo a principios de los 80. Y también tenía una cuenta pendiente con la ciencia ficción tras la amarga experiencia con Brazil. Así que es fácil imaginar su impresión cuando leyó el guion de Doce monos. Un guion firmado por alguien que había escrito los guiones de Blade Runner y de Sin perdón, casi nada.
Universal Pictures tampoco estaba dispuesta a repetir lo vivido diez años antes y concedió a Gilliam el montaje final siempre y cuando el estudio pudiese elegir a los actores. Fue un rotundo win–win. El director contó la historia que quiso y el proyecto atrajo a Bruce Willis y a Brad Pitt, que querían retos distintos a los que sus carreras ofrecían día tras día. El resultado cuantitativo fue que los casi treinta millones de dólares de presupuesto se convirtieron en ciento setenta de recaudación.
Y no es que Nick Nolte y Jeff Bridges, candidatos originales del director para los papeles de Willis y Pitt, no tuvieran peso. Es que a la hora de elegir cabezas de cartel que aseguren un rendimiento económico hay un factor que en Hollywood es ley: la temperatura de una carrera. Según esta ley, Nolte y Bridges estaban gélidos, especialmente el segundo. En cambio, Willis y Pitt estaban tan calientes que prácticamente quemaban la pantalla. El primero venía de hacer Pulp Fiction y la tercera entrega de Jungla de cristal. En cuanto al segundo, fue contratado un segundo antes de romper en estrella. Y es que tras la firma del contrato se estrenaron en menos de un año Entrevista con el vampiro, Leyendas de pasión y Seven. Not bad.
Brad sorprendió a propios y extraños con su interpretación y se ganó una nominación al Óscar. Y Bruce, pese (o gracias) a que al empezar los ensayos Gilliam le hizo leer un documento llamado «clichés interpretativos de Willis», también sorprendió con un acting superior a su media. Suya fue la idea de aparecer con la cabeza rapada, algo que agradó al director hasta el punto de decir años más tarde que el actor posee «una de las mejores arquitecturas craneales del mundo, algo bello de fotografiar».
Por su parte, Gilliam se mantuvo fiel a su estilo. Más comedido de lo habitual en cuanto a la narración pero manteniendo sus acostumbradas referencias cinematográficas (Vértigo, que inspiró a su vez a La Jetée, está muy presente de principio a fin) y la estética steampunk para representar el futuro. O esa querencia suya por el plano holandés, con ese horizonte torcido presente en, entre otros muchos, el famosísimo plano del león dominando Filadelfia desde lo alto de un edificio.
Para terminar, conviene recordar otro de los grandes aciertos del filme, su leitmotiv, la melodía con tintes trágicos que Astor Piazzolla compuso en la Suite Punta del Este para orquesta y bandoneón, un instrumento parecido al acordeón pero con botones en lugar de teclas. Y es que quien haya visto la película sabe que escuchar la pieza musical y no recordar Doce monos es imposible. Y viceversa.
Una fuerza irresistible y bidireccional, como la que empujaba a James Cole a ese momento singular del pasado.









¿Eso es todo?
¿Y qué más?
También hay acordeones con botones, son o eran lo normal en el centro de Europa y también se usan en el Cono Sur. El bandoneón es más chico, pero de más amplitud.
Es una de las mejores películas sobre viajes en el tiempo que he visto, y soy un apasionado del tema.
Además plantea una cuestión que encuentro muy interesante: si lo que sabemos o creemos saber del pasado es realmente lo que pasó.