
Los pescadores de Livonia sospechaban que los peces del Báltico no solo oían lo que decían, sino que también les entendían. Aquella gente de mar recurría a artimañas para despistar a avispados arenques y espadines; usaban códigos cuando, por ejemplo, avisaban de que la red iba por babor, de que se acercaba otro bote por estribor… Ni siquiera mencionaban las palabras «luz», «faro» o cualquier otra que hiciera referencia a la claridad. Todo el mundo sabe que, cuanto más oscura es la noche, mayor es la captura.
La pesca fue siempre esquiva para los livones, pero fundamental para su supervivencia: no había patata, ni berza, ni nada comestible que germinara en aquella tierra arenosa donde solo crecían los pinos más espartanos. Se comía pescado, o no se comía. Hasta tenían una receta en la que lo mezclaban con la leche. El resto del mundo no ha probado plato parecido.
Un día, a punto ya de estrenarse la segunda mitad del siglo XX y tras una guerra global y terrible, Stalin decidió que aquella costa sería el confín occidental del imperio soviético; una Frontera con mayúscula, y como tal, debía ser protegida. El tirano prohibió pescar a los lugareños, incluso trepar por las dunas y asomarse al mar. Para cuando se levantaron aquellas torres de vigilancia unidas por alambradas, los livones ya habían arrastrado sus botes tierra adentro. Volverían pronto; aquello no podía ser más que una locura temporal; enseguida estarían faenando de nuevo. Se equivocaron. Sin poder echarse a la mar, fueron muchos los que abandonaron aquel arenal yermo para siempre, y también los que dieron con sus huesos en el gulag.
Y así, entre los embates del hambre más atroz y el castigo colectivo más brutal, es como casi desapareció la lengua que entendían los peces.
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Baiba Suvcane huyó aún en el vientre de su madre hasta que nació en Riga, en la capital. Allí, la pequeña aprendería el letón y, por supuesto, el ruso que se hablaba desde el Báltico hasta el Pacífico; desde las olas heladas del Ártico hasta el desierto del Karakum. El livón solo lo escucharía de boca de sus abuelos, durante aquellos veranos que pasaría en la aldea. Las alambradas seguían ahí, pero dejar atrás el asfalto capitalino para corretear descalza por la arena era algo a lo que una niña no podía resistirse.
Le gustaba estudiar. Se licenció en Geografía y luego trabajó aquí y allá hasta que consiguió aquel puesto de administrativa en el Teatro Nacional de la República Socialista Soviética de Letonia. Baiba, que roza ya los ochenta, de ojos azules y rasgados bajo un flequillo plateado, nos lo ha contado todo sentada en un banco del jardín comunitario de su edificio. Volvió a la costa livona para quedarse cuando se jubiló; compró un apartamento en el bloque de los maestros de escuela de Kolka y ha escrito varios libros sobre los suyos desde entonces.

Los suyos
Los livones —o livonios— nunca fueron muchos. En su momento de máxima salud, cuando cronistas rusos del siglo XIII los describen como «paganos muy temerarios en el campo de batalla», se extendían por una superficie muy superior a la actual, pero no sumaban más de treinta mil. Con el paso de los siglos y, sobre todo de cruzados, daneses, alemanes, polacos, suecos y rusos en sus versiones más belicosas —además de plagas y hambrunas varias—, su número fue menguando. Siempre había lugares más amables para vivir. A mediados del siglo XIX serían unos tres mil, ya concentrados al noroeste de la actual Letonia, pero fue el siglo XX el que abrió las puertas al abismo. La ocupación alemana del territorio en la Primera Guerra Mundial provocó un éxodo en masa y quemó todas las casas livonas menos una (aún sigue en pie, se puede visitar). Algunos volvieron cuando se enfriaron los últimos rescoldos, pero ya con la Segunda Guerra Mundial en ciernes. Vuelta al exilio para evitar, entre otras cosas, el reclutamiento forzoso del ejército alemán o el soviético.
En la más esquizofrénica de las realidades, muchos jóvenes bálticos incluso llegaron a vestir ambos uniformes en un territorio que cambió de manos varias veces durante la guerra. Para entonces, los últimos livones se concentraban en una pequeña franja costera a ambos lados del cabo de Kolka. En el extremo norte de la región de Kurzeme —la antigua Curlandia— confluyen las aguas del Báltico y las del golfo de Riga. Allí es donde volvió Baiba.
«De no ser por los investigadores y escritores finlandeses y estonios no tendríamos nada documentado, todo se habría perdido para siempre», recuerda Baiba. A diferencia del letón y el lituano, ambas pertenecientes a la familia baltoeslava y, por lo tanto, lenguas indoeuropeas, los parientes cercanos del livón hay que buscarlos entre fineses, estonios y el resto de los pueblos finoúgrios. Pero antes de la cercanía provocada por un vínculo filogenético está la mera proximidad geográfica. Para un livón siempre fue más fácil llegar en su bote a la isla estonia de Saaremaa que a la remota Riga. Además, cada primavera llegaban agricultores y ganaderos estonios en barcos cargados de cerdos, caballos y queso. Algunos se quedaban hasta el invierno, y otros incluso acababan instalándose en aquel arenal inhóspito. Puede que fueran sus hijos o sus nietos los que se ganaran la vida con el contrabando de alcohol en la década de los 20 del siglo pasado. Los isleños de Saaremaa hundían miles de botellas de vodka en el fondo del Báltico, siempre atadas a una boya que los livones pudieran ver. Una vez más, era el mar el que les daba de comer.
Hablábamos antes de lazos culturales. Al igual que los estonios, los livones escogieron la melodía del himno finés. En 1923 fundaron la Asociación Livona y, desde entonces, siempre ha contado con el respaldo de sus vecinos del norte para clases de lengua, producir libros, y hasta para levantar un centro cultural. Fue inaugurado en 1939 en la localidad livona de Mazirbe, justo en vísperas de la ocupación soviética. Pasaron muchos años hasta que recuperó su función. Con el grueso de la comunidad en Riga, los livones aprovechaban cumpleaños, bodas o cualquier otra excusa para reunirse y hablar su lengua. Se tuvieron que acostumbrar a que cada celebración familiar acabara en un calabozo de la KGB.
En agosto de 1989, la bandera tricolor livona (azul, blanca y verde) se izó de nuevo junto a la finesa, la estonia y la húngara en el centro cultural de Mazirbe. Amigos y familiares se reencontraron en un lugar al que muchos no habían podido volver desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Dos años más tarde, Letonia recuperó su independencia, pero el número de hablantes de livón no superaba los doscientos. Dicen que fue en 2013 cuando murió el último ser vivo que pensaba en esa lengua. Hasta los ciento tres años aguantó Grizelda Kristina —así se llamaba—, antes de abandonar nuestro mundo desde Canadá.

«Ellos»
El único autobús diario que conecta Kolka con Riga sortea pequeños puestos de pescado ahumado a estribor antes de adentrarse en una enorme masa boscosa. Durante el trayecto —cuatro horas para recorrer ciento cincuenta kilómetros— hay gente que para el vehículo en mitad de la nada, o se baja de él ahí mismo. Hay leñadores cargados de hachas y motosierras, y también algún carpintero camino de esas sufridas casas de madera, castigadas por tanto viento y tanta lluvia. A veces, a babor y entre los pinos, se ve el mar. Es un viaje que comienza en la periferia letona más remota para desembarcar en la ciudad, junto a tres antiguos hangares para zeppelines. Hoy albergan el mercado de la capital. De ahí son veinte minutos a pie hasta el Instituto Livón. No podía ser más céntrico, justo en el antiguo edificio de la Facultad de Biología, a la orilla del canal de Riga. Fundado en 2018 bajo el ala del Ministerio de Educación y Ciencia de Letonia, presume en su página web de ser la «única institución científica del mundo dedicada al estudio de la cultura y la lengua de la otra nación autóctona de Letonia».
«Nunca se ha hablado de “nosotros” en oposición a “ellos” porque los livones son una parte orgánica e integral de Letonia. Todos somos letones», zanja desde su despacho Valts Ernstreits, presidente del instituto, poeta y lingüista de cincuenta años, de perilla gris y brazo izquierdo tatuado. Dicen que es el hablante de livón más solvente a día de hoy. Ernstreits sitúa en la veintena el número de personas capaces de comunicarse en esa lengua con cierta fluidez, y entre mil y dos mil aquellos que se definen a sí mismos como pertenecientes a este pueblo (la nacionalidad singular se recoge en sus pasaportes). Habla de «avances sustanciales» desde la independencia del país en 1991.
«Hasta principios de los 90, la mayoría de los letones pensaban que los livones eran un pueblo que se había extinguido allá por el siglo XIII. Hoy es muy difícil dar con un letón que no sepa que siguen ahí. Puede parecer un detalle insignificante, pero es un gran paso: ya no necesitas empezar cada conversación con una introducción histórica, sino que puedes abordar lo importante desde el principio», se congratula Ernstreits. La institución que dirige produce recursos digitales para la divulgación de la cultura y la lengua. Hay otros proyectos, como el de la señalización en bilingüe que vimos en las calles de Kolka, o el campamento de verano anual donde los chavales reciben clases básicas del idioma.
«Revitalizar la lengua es una tarea complicada. No se trata únicamente de aprenderla, sino también de producir canciones, diccionarios… todo lo que contribuya a un entorno favorable para su desarrollo», subraya el experto.
En Un Drama en Livonia, Julio Verne discurre sobre las cuitas entre «germanos» y «eslavos» en ese rincón del Báltico, pero sin dar pista alguna sobre la singularidad de los livones. «¡Oh, Riga! ¿Quién te ha hecho tan hermosa? Esclavitud de los livones. Pero llegará el día en que compremos un castillo a los alemanes y les hagamos danzar sobre sus piedras calcinadas». No es un hijo de Kolka el que declama, sino un aristócrata ruso. Hasta Verne cayó en el error de borrar a este pueblo del mapa, algo insólito en un autor tan minucioso a la hora de describir lugares y gentes. Ya dice Ernstreits que parte del trabajo de su institución busca recordar el impacto de la lengua y cultura livonas al resto de los letones. Basta un solo dato: el letón se acentúa en la primera sílaba de cada palabra —como el finés y el estonio—, y eso es algo que, entre otras cosas, le debe al sustrato livón.
Ellas
Si bien los esfuerzos para la revitalización de la lengua en Letonia son tangibles, ya nos contó Baiba que fueron los vecinos estonios y fineses los primeros en ponerse manos a la obra. En la segunda mitad del siglo XX, el Instituto de Lengua y Literatura Estonia se convirtió en un centro de referencia en el estudio de la lengua livona. Aquella semilla germinó, y hoy son muchos los jóvenes estonios que se interesan por dicha cultura. Es el caso de Britt Kathleen, una recién doctorada en Estudios Finoúgrios que encontró una tatarabuela livona cuando construía su árbol genealógico.
«Siendo estonia, descubrí que podía entender gran parte del livón por las similitudes lingüísticas. Tras estudiarlo por mi cuenta, comprendo prácticamente todo, pero no me acabo de lanzar a hablarlo», reconoce la joven desde una céntrica cafetería en Tartu. Habla de quince estudiantes de lengua livona en su universidad en el último semestre, de la publicación de nuevos libros, e incluso de eventos como el «Día del Patrimonio Livón». ¿Que si se podrá retirar la ventilación asistida a la lengua? Dice que sí, pero que hacen falta más materiales —una gramática inglés-livón entre otros — y que todo depende en gran parte de la voluntad del Gobierno letón. «Incluir la lengua en el currículo escolar, aunque solo sea como optativa, sería un gran gesto», asegura.
Puede que uno de los pasos más audaces hasta la fecha se haya dado en la ribera norte del golfo de Riga. Habíamos oído hablar de esa pareja, los Mednis, que está criando a sus hijas en livón en Helsinki. Janis y Renate, ambos letones de origen livón, se casaron en 2019. Un año después, en mitad de la pandemia, nació Kuldi, su primera hija. Para entonces, Renate llevaba un tiempo estudiando la lengua con la ayuda de su marido y ya habían tomado la decisión de criarla en livón. Hemos hablado con él por Zoom. Le enganchaba el tema desde que era un crío, y empezó a estudiar la lengua por su cuenta, usandopósits que pegaba por todas partes. Es un hombre inquieto al cargo de numerosos proyectos culturales que incluyen uno fotográfico y otro musical. Pero lo que más ha dado que hablar es ese libro que publicó en 2022. Se titula Kūldaläpš (La niña de oro en livón») y, por supuesto, está dedicado a su hija Kuldi. Su segunda hija, Īlma Mari, nació un año más tarde.
«Además de mi mujer y yo mismo, había varios especialistas en lengua letona y livona implicados en el proyecto. Fue un gran desafío, pero el equipo era muy sólido y conseguimos hacerlo juntos», recuerda Mednis. Hay una gramática al final de cada capítulo: «¡Buenos días!», «¡No llores!», «Hace calor fuera»… así hasta catorce, todos con su traducción al letón. Al final del libro se incluyen consejos sobre pronunciación. Dice Mednis que el libro está destinado a que niños y padres aprendan juntos.
«Me cansé de oír hablar del livón como de algo del pasado, del mito de que su último hablante nativo murió en 2013… De hecho, conozco a una mujer de setenta años que aún lo conserva. Se llama Maija Norenberga y vive en Sīkrags, una aldea cerca de Kolka. Siempre hablo en livón con ella. Es muy amiga mía, pero no sale demasiado ni le gusta dar entrevistas», explica.
Que sepamos, la otra hablante nativa es Kuldi, esa niña llegada al mundo en mitad de una cuarentena que no podrá ir a una guardería en la que hablen su lengua. Pero es la protagonista de un libro, y también la que pasa las páginas que revelan lo que va descubriendo por sí misma: la arena (jõugõ), el mar (mer), el cielo (tōvaz) y hasta las características vacas azules (siņņi nīem). O esa tarta de cumpleaños que lleva su nombre escrito en letras de chocolate. Como si viera su vida reflejada en un espejo de papel.









La del cabo de Kolka es una fotaza (que en lituano significa foto). Oí hablar de Livonia por el licántropo Thiess del siglo XVII, en un libro del historiador Carlo Ginzburg. Búsquese si apetece, es fascinante.
¡Apuntado! Livonia aparece mucho en la literatura como espacio geográfico, pero apenas hay reseñas de los livones como tales. El ejemplo de Verne está ahí, hay muchos más.
En otra novela de Verne, Miguel Strogoff, la chica que viaja con él también es livona.
¿Y es un idioma distinto del carelio?
Sí. Es de la misma familia finesa junto al estonio y el finés, entre otras.