Arte y Letras Literatura

‘Nadie’ vuelve al mar

Nadie vuelve al mar Abandonando Ítaca
Ulises y las sirenas, por John William Waterhouse.

¡Cíclope! Preguntas por mi nombre y te lo diré (…). Mi nombre es Nadie (Oudis). Nadie, me llama mi madre, también mi padre y mis compañeros. (Homero, Odisea, canto IX)

De la misma manera que todo niño empieza a andar sin importarle la meta, todo ser lingüístico que se precie de serlo arranca a hablar sin otro objetivo que el propio fluir de las palabras. Las palabras pueden hacer referencia a hechos o acontecimientos ajenos a ellas mismas, pero aun en este caso hay veces que empapan de tal manera lo que describen que este es ya indisociable de las mismas, como un material cuya superficie se reduce a poros. Poesía y narrativa cuentan entre las expresiones mayores de esta fertilidad de las palabras. 

El reto que supone la narrativa es de otro orden que el que supone la poesía (y al respecto el autor de este poema podía decir algo ya que su incursión en el arte ha sido por medio de la novela). Una gran escritora y pensadora francesa, Hélène Cixous, opone la novela a la poesía como lo atado por la representación a lo que permite que brote el inconsciente, y con ello la verdad que precisamente la representación ocultaría. Sin embargo, la propia escritora apunta que hay excepciones. El libro que comentamos es quizás una de ellas.

Nadie vuelve al mar Abandonando ÍtacaPues otorgando a la metáfora y a la musicalidad todo el peso que la poesía requiere, Abandonando Ítaca reconstruye una historia que se lee (eventualmente se escucha) de corrido, en unidad acabada de poesía y narrativa, no solo para describir las peripecias del protagonista sino para interpretarlas. Poemario inusual, constituido por un único poema, sin artificios que impostan el quehacer poético y que busca en todo momento las palabras exactas para la descripción.

En muchas de las grandes historias narrativas el propio narrador es partícipe de la peripecia. Así, el Ismael de Moby Dick, que sobrevive a la tragedia «tan solo para contarlo», o la figura emblemática del Narrador en la Recherche proustiana. No es sin embargo el caso de Abandonando Ítaca. Juan José Gómez Cadenas ha optado por construir un poema con una división en diecinueve pasajes en el que el narrador no entra en escena, pero efectúa una suerte de viaje interior, una reflexión de gran carga ética, tomando como peldaño para la misma las peripecias de escogidos protagonistas del viaje efectuado por Ulises.

Se trata de una suerte de testigo oculto que ha asistido a todas las vicisitudes por la que ha atravesado Ulises, sabe la verdad de las mismas, e interpela al héroe largo tiempo después de su regreso a una Ítaca casi puramente metafórica (¿Y si Ítaca significase/ solo el lento declive de la edad provecta?), reprochándole el haberse a menudo apartado de esa verdad, el haber magnificado las proezas y en ocasiones haber ocultado a sí mismo las motivaciones profundas de su acción. Versos muy precisos señalan a dónde nos quiere llevar el autor: La guerra empezó mal, / y ahora eres anciano, / doblado como los antiguos olivos de tu isla, /te preguntas cómo no lo viste venir, / te preguntas cómo fuiste tan necio, / y tan cruel. 

El lector va a encontrar en esta apuesta de Juan José Gómez Cadenas una poesía con una cadencia, un ritmo, que refleja el eco de la batalla vital de Ulises en cada verso construido. Gómez Cadenas nos sugiere que su incursión en el mundo de Homero fue barruntada desde su infancia. Ulises, nos dice, es su tema «desde muy niño». El propio autor nos recuerda en su escrito final que hay una necesidad vital en la construcción de este poema:

«Creo que es correcto, por tanto, asegurar que la semilla de este poema, fue plantada hace medio siglo. Pero faltaba un elemento, que requería, precisamente, el paso del tiempo». Un paso del tiempo que ha exigido a Gómez Cadenas introducirse en la tarea de construir su poesía, su poema. Tarea que le ha llevado, como al héroe de Ulises, a mirar la realidad desnuda de esa vida que discurre libre como el agua que se escapa entre los dedos. «Escapar a las contingencias del tiempo en una metáfora» dice Marcel Proust respecto al proyecto que constituye su obra. También Juan José Gómez Cadenas parece buscar en la palabra la ocasión de escapar al destino de los hombres, destino que precisamente solo a través de la palabra misma alcanza significación. El lector puede detener también su tiempo. Recrearse en la mirada de este Ulises tan particular. El ejercicio que ha hecho el autor nos va dejar anclados como esa arena de la playa que se queda quieta para ser acariciada por el agua del mar. Como Ulises en sus días.

Tras el poema y el epílogo hay un postscriptum, «Ulises revisitado», en el cual el autor rememora una conversación en Ginebra hace dos décadas, en la que tomaba parte Jenaro Talens. Allí se debatió sobre qué define exactamente un gran poema. La respuesta en el contexto fue que «un poema es una historia que nos conmueve, cuestionando lo que sabemos y lo que sentimos (…), una promesa de conducirnos a Ávalon atravesando la laguna Estigia, un beso acompañado de una puñalada».

Lo cual añaden «Todo eso y además una canción». En principio esa canción se escribe en la propia lengua, pero hay excepciones. Esta canción rememorando a Ulises está originariamente en inglés, en razón, nos dice el autor, de la imposibilidad de hacerlo en español. Dudamos de tal imposibilidad, la cual, en todo caso, ha sido circunstancia afortunada, puesto que, a oídos del lector, Jenaro Talens es coautor de esta canción.  

Somos seres arrojados al mundo. Iniciamos un camino. Un viaje que el tiempo dirime. Juan José Gómez Cadenas inició el suyo, y en estos momentos, ha encontrado en versión poética una respuesta a sus muchas inquietudes, algunas relativas a la creación, otras relativas al conocimiento. Pues en esta reflexión sobre un poema, hay un aspecto del autor que creemos pertinente recordar. Gómez Cadenas es un físico que, entre otras cosas, dirige una investigación de enormes implicaciones tanto científicas como filosóficas relativas a esa singular partícula que es el neutrino. Pues bien:

¿Está totalmente separado el Gómez Cadenas que rehace la historia final de Ulises y el que se ocupa en un laboratorio del Pirineo oscense de llegar a mostrar que el neutrino es su propia antipartícula (algo que dejaría fascinado al Hegel de la Ciencia de la Lógica)? La modalidad de rigor de la ciencia no es la modalidad de rigor del arte, asunto que desarrolló en su día el mejor Heidegger. En la primera legisla la objetividad y en consecuencia la exactitud, En la poiesis se trata de otra forma de aletheia, paradigmáticamente expresada en la metáfora. Fórmulas y metáforas constituyen la cristalización mayor de la riqueza del lenguaje humano. En un tiempo en el que el taylorismo intelectual hace estragos, es una suerte que personas como Gómez Cadenas busquen la metáfora nunca antes dicha, a la vez que intenta hallar tras la physis la fórmula que daría cuenta de la misma. 

Pero regresemos al texto. ¿Alguien te mata con engaños? preguntan los cíclopes al oír el pavoroso gemido de Polifemo tras arrancar la estaca que le ha cegado. «Esa parte de la historia es cierta al menos (…) /Y el pobre Polifemo gritó. /Nadie lo hizo». Señalábamos antes que Ulises es interpelado por una suerte de conciencia (asimismo sin nombre) que le recuerda el lado oscuro de sus hazañas, lo inútil y hasta lo necio de su aventura, sus trucos narrativos que suponen una ocultación empezando por el nombre: «la verdad se disuelve un poco más en amables mentiras, / como la sal en el agua». 

Han pasado veinte años desde su regreso a Ítaca. Ulises que ha superado ya los setenta inviernos, y en consecuencia debería estar tan muerto como aquellos a los que había quitado la vida, pero también como sus propios compañeros de aventura; Ulises, otrora astuto e inteligente y ahora incapaz y reconocer caras que vio la víspera; Ulises inmerso en un mundo en el que los vivos han perdido el nombre, mientras que los muertos hacen resonar el suyo… Ulises podría estar tentado por añadir a su vino alguna substancia de las que «los sacerdotes usan para facilitar la muerte de los moribundos». El ya evocado Ismael, narrador de esa historia emblemática y punzante que es Moby Dick, nos dice que, cuando su alma se siente como en un brumoso y descorazonador noviembre, la tentación de emular a Catón lanzándose sobre su daga, se neutraliza diciéndose que ha llegado el momento de hacerse a la mar («high time to get to sea»). 

«Hoy has decidido/volver a navegar», dice en el arranque la meditación final de Abandonando Ítaca. Y el narrador parece no ser ajeno a esta última decisión del héroe. Al mar, quizás nadando, o quizás en el barco que su hijo Telémaco le ofrece. En todo caso con el horizonte como única dirección y un destino ideal «¡Si! ¡Al mar!,/dejando atrás el miedo, /dejando los remordimientos / dejando el hogar. / Para encontrar el verdadero amor,/para encontrar a Circe».

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