Arte y Letras Historia

Las mil vidas de un kakái

El único juez kakái de Irak, poco antes de que su aldea desaparezca para siempre. Fotografía Karlos Zurutuza.
El único juez kakái de Irak, poco antes de que su aldea desaparezca para siempre. Fotografía: Karlos Zurutuza.

Corría septiembre de 2013 y mi amigo Falah, un kurdo de Kirkuk (Irak), no dejaba de hablar de una pequeña biblioteca a media hora de coche. «Puede que no haya otra igual otra en el mundo; diría que no la hay ¡Tenemos que ir!». 

A mí me parecía increíble que supiera siquiera de la existencia de aquel lugar. 

Estaba en la «zona gris» iraquí, el territorio en eterna disputa entre kurdos y árabes. Una de las zonas más volátiles de todo Oriente Medio. Un auténtico cementerio a cielo abierto. También son tabiques de adobe y tejados de uralita, montañas de cascotes, un burro escuálido atado a un poste, una cabra masticando un calcetín rescatado de entre la basura abrasada por el sol. Y polvo, mucho polvo. Podría ser una aldea del sur afgano, o el libio, pero era Alí Saray, «el palacio de Alí». Siempre me ha fascinado que lugares así lleguen a tener un nombre. Lo bueno es que no suelen ser muy grandes y es fácil acabar tocando la puerta que uno busca. 

Abrió Rayab Asi Karim, un hombre moreno de unos cuarenta años —aunque seguramente tendría diez menos— y dueño de un generoso bigote. Era el fundador, propietario y administrador de la única biblioteca de entre las doce aldeas de la región: un antiguo cobertizo de adobe en el que parecía que eran las estanterías las que sostenían la pared, y no al revés. Muy probablemente, era la única biblioteca dedicada a la religión kakái en todo el mundo. Karim decía que llevaba toda la vida recopilando libros sobre los suyos, que ese sería su legado.

Pero vivían a medio camino entre Tikrit —ciudad natal de Sadam Huseín y bastión de sus seguidores— y Erbil, la capital kurdo-iraquí.

«La zona está llena de terroristas y nosotros somos uno de sus objetivos más fáciles», apostilló Karim, entre tazas de té turco y una bandeja de caramelos saudíes. Me pareció entrever algo parecido a una sonrisa bajo su bigote, de esas que se mascan para ahuyentar el mal fario. Para entonces, Irak llevaba diez años sumida en una pesadilla en la que el no musulmán, el no hetero, el no suní, el no chií… el diferente, lo pagaba a menudo con la muerte o el exilio. Sin ir más lejos, la mayoría de los cristianos del país optó por lo segundo (pasaron de un millón y medio en el país a menos de ciento cincuenta mil). Y todo esto antes de que el Estado Islámico entrara en escena.

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Un comentario

  1. José Antonio

    Gracias Karlos, muy interesantes siempre tus artículos.

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