
El primer largometraje de Lilly y Lana Wachowski continúa relativamente olvidado en España. En realidad, Bound (Lazos ardientes, 1996) tuvo un éxito más bien discreto en su día —y el que tuvo, obtenido en gran medida gracias a su circulación por videoclubs o al esperable morbo que despertó—, y a uno le resulta incomprensible cuando encuentra un thriller tan atractivo, rodado con autoridad y un sentido del ritmo incompatible con desinteresar al espectador más perezoso. No es frustrante observar el impacto que ha llegado a tener Matrix, por mucho que algunos la consideremos decepcionante en un segundo visionado, pero sí lo es darse cuenta de que el valioso neo-noir que la precedió no se haya ganado, ni de lejos —al menos en este país—, un respeto similar.
De la textura grisácea de sus imágenes emergen Gina Gershon y Jennifer Tilly, cuya gracia natural impide apartar la mirada del jardín en el que se meten sus personajes. Sin proponérselo, logran despertar una enorme simpatía en el espectador valiéndose de miradas y gestos llenos de verdad, inherentes a ellas e imposibles de aprender en ninguna escuela de interpretación. Cada acierto o error que cometen importa o afecta a quien lo contempla. Como si de un pequeño milagro se tratase, coincidieron en la misma película dos carismáticas actrices de los 90, que han reunido unas cuantas producciones autorales estrenadas alrededor de esa década: Bullets Over Broadway, The Fabulous Baker Boys, The Cats Meow, The Insider, Showgirls, The Player… Trabajaron con algunos de los mejores, por mucho que sus carreras no hayan alcanzado la repercusión mantenida en el tiempo de la que gozan otras oscarizadas compañeras de la misma generación.
En un primer contacto, no es difícil percibir que parte de la frescura de Bound radica en presentar como protagonistas a dos mujeres cuya cooperación las permite desenvolverse en un entorno hostil dominado por mafiosos —pues ambas se complementan, se ayudan y se necesitan—, sobreviviendo y abriéndose paso en él. A este novedoso punto de vista se le añade la ruptura de expectativas que se da en el impredecible desarrollo de los personajes: el dibujo que se hace de Violet y Corky nos muestra dos personalidades diferentes que se terminan abandonando. La que en un primer momento parecía frágil, únicamente capaz de usar como arma su sensualidad, consigue sacar de ella una fortaleza y valentía arrolladoras. Y la que parecía imprescindible por habernos insinuado desde el inicio estas últimas cualidades, queda en ocasiones en segundo plano víctima de su debilidad.
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