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Seis heterónimos

Seis heterónimos
Detalle de ‘El hijo del hombre’, de René Magritte.

La poesía es siempre forzar los quicios de la realidad, buscar conexiones no explícitas, perseguir lo otro. Y qué mayor alteridad que la del sujeto, la del poeta que se desdobla y se hace quien no es. A esto se le llama heteronimia: a la creación de una voz distinta, con características propias y diferentes de las del verdadero autor. Es una invasión de la lírica en el terreno de la ficción. Nadie como Pessoa ha encarnado esta desencarnación, en la que él desaparece para dejar como ente autónomo al ser creado. Sus más famosos heterónimos (Alberto Caeiro, Álvaro de Campos, Ricardo Reis y Bernardo Soares) no son más que cuatro de los cinto treinta y seis que ideó a lo largo de su vida, de su tropel de vidas. Otros poetas han empleado los heterónimos, de Antonio Machado (en su caso se prefiere hablar de apócrifos) a Eugenio Montejo. La diferencia con el seudónimo es que este es una mera ocultación del nombre verdadero. Por ejemplo, el norteamericano Sanuel Langhorn Clemens adoptó el de Mark Twain, por el que todos lo conocemos en detrimento del señor Clemens, ser tan real como pálido y borroso hasta rozar la irrealidad.

Tres libros recientes publicados en España han vuelto a poner sobre el tapete el asunto de los heterónimos. Sus autores son José Luis Rey, Jaime García-Máiquez y Rosana de Aza. La de Rey es una de las vocaciones poéticas más sólidas de de las que se tenga noticia en la actualidad. No solo es un poeta de obra ya extensa, sino que como traductor ha escalado varios ochomiles: las poesías completas o selecciones muy nutridas de Emily Dickinson, John Keats, Percy Bysshe Shelley o Alfred Tennyson. Anunció hará dos años que dejaba de publicar poesía con su nombre y ahora ha dado a la imprenta, con prólogo suyo, el libro de Fernando Plata Himnos a los altos (colección Vandalia). De Plata se inventa, en la sucinta nota biográfica, que es pontevedrés de 1999, y farmacéutico por tradición familiar. Para que un heterónimo adquiera sentido ha de escribir de modo diferente al del autor ortónimo (es decir, el que va a pecho descubierto con su nombre). Este Plata se parece bastante a Rey, concretamente al Rey de El dorado (su último poemario como tal, de 2023), aunque también trata de desarrollar su propio estilo.

En el prólogo, Rey desliza una frase desconcertante, que el apellido de Plata «ya indica cierta voluntad alquímica». ¿Elige uno sus apellidos? ¿Qué voluntad hay en ser hijo de quien se sea, salvo que el apellido que se emplee sea un seudónimo? Himnos órficos a los altos (sean estos quienes sean, como el color dorado también permite diferentes interpretaciones), poemas visionarios y «de honda espiritualidad» según su prologuista, son los de Plata, lo que no lo sitúa lejos del propio cantar de Rey, quien, sobre todo en sus últimos libros, no se parece a ningún otro poeta español.

«En este laberinto de los verbos, / por la senda de césped y adjetivos, / ay, / me perdí cuando era adolescente», escribe Plata. Y: «Si pudiera un día liberarme / de la prosa del mundo / tal vez no escribiría poesía. / Porque estaría ahí, en la poesía». Es una poesía derramada, llena de ohes y exclamaciones y preguntas. En más de un aspecto recuerda a la de Rilke (anotamos esto cuando se cumplen los cien años de la muerte del autor de Sonetos a Orfeo). Colindando con el tema de la alteridad y la heteronimia, estos versos abundan en la idea de que una voz puede ser múltiple y que, a lo Walt Whitman, lo pueblan multitudes: «Siento vidas ajenas que viví como propias, / las vidas de poetas muy amados. / Siento sus vidas como / si en la mía por fin desembocaran». 

Pero José Luis Rey no agota en Fernando Plata el cultivo de heterónimos. Ya antes había dado a conocer al muy diferente Luis Tulsa, poeta chileno de 1993 afincado desde la adolescencia en Madrid, cuyo libro Las pesadillas de un artista del siglo XXI es de 2017 (han seguido Las desventuras de un dandy enamorado, en 2021, y Andanzas por el cielo y el infierno, en 2025). La impostura heteronímica de Tulsa se acrecentó con el hecho de que José Luis Rey publicara una reseña de este hijo de su caletre mezcla de Juan Ramón Jiménez y Charles Bukowski, según él, tercera vía entre el esteticismo y el realismo sucio. El segundo libro de Tulsa, además, ostentaba un prólogo de quien no es sino un apócrifo: Rolando Guevara.

Jaime García-Máiquez publicó hace unos meses La humana cosa (Renacimiento, 2024), antología de sus poemas con prólogo de Luis Alberto de Cuenca. Reunía ahí lo más representativo de los libros signados con su nombre: Vivir al día (1999), Risa tonta (2003), El tesoro en la isla (2004), Otro cantar (2008), Oh, mundo (2012), Tres tristes trípticos (2013), Libro de viejo (2022) y un puñado de inéditos del futuro El gran miércoles. Pero también daba carta de naturaleza a sus heterónimos, cuyos libros representan casi la otra mitad del volumen. Son estos Fernando López de Artieta (Madrid, 1988), Rodrigo Manzuco (Córdoba, 1988) y Pascual de Blanes (1929-2020).

Veámoslos uno por uno. De todos ellos proporciona García-Máiquez notas biográficas (hay que señalar que cuando salieron los libros de cada heterónimo nada indicaba que aquel fuera su autor, aunque algunos lectores avisados pudieran sospecharlo). Artieta es arquitecto, y según Cuenca proyecta su mirada «sobre un mundo cosmopolita, nocturno, golfo, antipoético en su realismo cotidiano, pero con una forma casi siempre rimada, clásica, contundente». García-Máiquez dice a su vez que «es admirador del Siglo de Oro español, de poetas actuales vinculados con el humor y «la línea clara»» (es decir, la abanderada por Cuenca). El segundo de los libros de Artieta va dedicado «A Jaime García-Máiquez, ortónimo querido», e incluye estos versos: «Pues imagínese usted / lo que supone a un engendro / como uno (un heterónimo /anónimo, sempiterno / subespecie literaria / de un ortónimo en aprietos)».

Manzuco está, según su autor, muy vinculado literariamente «a los poetas minimalistas europeos y rusos». Al salir Casi, su primer libro, con el que ganó el Premio Alarcos, el espurio Manzuco se creó una cuenta de correo electrónico, incluso, para atender a la correspondencia generada por la publicación. Yo mismo recibí algunos mensajes desde esa cuenta. Cuando tuve claro el venial engaño, el pecadillo de autoría, le respondí apostrofándolo de Jaime al recibir un ejemplar dedicado de Casi, «por las palabras y el simpático juego». El poeta me contestó esto que ya no es secreto acerca de los heterónimos: «Con este ya van tres, sin contar que Jaime García también es otro más. Sé prudente con la identidad de Manzuco; de momento quiero que este chaval tenga vida propia». Quien también tuvo vida propia, pero brevísima, fue el apócrifo Augusto Censo que firmaba una nota de contracubierta del libro. Existió el censo de Augusto, el emperador romano, pero no existe ningún Augusto Censo.

En cuanto a Blanes, este fue profesor de secundaria en Pastrana, jubilado en 1999, fecha en el que retomó su afición a la literatura. Según la nota que precede a sus poemas, ha leído con atención a escritores como Virgilio, Calderón de la Barca, Jovellanos, Bécquer, la generación del 98 o Antonio Machado. Su única obra es El viejo canto del sepulturero (2013), dividido en secciones con números romanos. A él pertenecen estos versos: «Todo lo que uno escribe es testamento, / pero lo escrito con ochenta años / es como ante notario por lo menos».

En el epílogo a La humana cosa, García-Máiquez explica que su empleo de los heterónimos se produjo en una etapa en la que acaecieron muchos cambios en su vida y al no reconocerse a sí mismo ni a sus poemas, que le parecían escritos por alguien más joven y divertido. Decidió entonces firmarlo con su segundo nombre y su segundo apellido, surgiendo de este modo Fernando López de Artieta. «Era como una sombra estilizada de mí mismo, que se movía al son de otros soles y otras lunas», declara.

Por último, la granadina Rosana de Aza ha dado a la estampa con Libro de los papeles perdidos de Tamar de Córdoba (Mahalta). Como Chatterton o Elizabeth Barret Browning (por limitarnos a la poesía), se acoge a la vieja tradición del hallazgo de un manuscrito y consigue, mediante su talento, dar vida a una poeta andalusí, contexto que conoce bien por su atracción desde hace mucho y que le ha llevado a dirigir en Sevilla La Casa de la Memoria de Al-Ándalus. Los supuestos pergaminos encontrados en un cofre o pequeño arcón incluyen poemas amorosos y epitafios de musical hondura, más algunos textos que no pudieron ser de la venerable y difuntísima versificadora y que, sin menoscabo de su calidad, chocan por su modernidad en el mismo volumen de la poeta que se expresaba en árabe, como la Wallada de carne y hueso. Ya en 2020 había publicado Aza Libro de las mujeres desgraciadas de Kyoto, obra ganadora del Premio Elena Martín Vivaldi, donde daba la voz a apócrifas poetas japonesas.

Los heterónimos multiplican las posibilidades creativas de un autor, le hacen salir de su pellejo no solo por la experimentación de sensaciones y vicisitudes que no le son propias, sino también por los ensayos de nuevas formas, de estilos diferentes. Se usan por diferentes motivos: algo que no se puede firmar por una razón u otra, el mero deseo de probar nuevas tesituras, por evadir el bloqueo en el que la escritura ortónima puede encarcelar… Mudar de edad, incluso de lengua (mediante la declarada o tácita traducción), ha sido y es frecuente. Son maneras de trasvestimiento, y es curioso que en muy pocos casos quienes han optado por la heteronimia hayan también cambiado de sexo, del sexo desde el que hablan, poniéndose en el papel del otro, de la otra. Eso ha sido más bien potestad de dramaturgos y novelistas. Es un terreno en el que los poetas, tan abismados casi siempre en el yo, todavía tienen mucho que aprender.

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