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Más que camisetas

Más que camisetas

Los jugadores del Celtic de Glasgow no llevaban números en sus camisetas, sino muy grandes, cosidos —o adheridos, no sé, supongo que lo primero— en los pantalones blancos.

Los de la Juventus de Turín, al contrario de lo que era habitual, llevaban los números enmarcados sobre fondo negro —lo habitual es que, si eran adhesivos, se plancharan directamente sobre las camisetas y, si no, se cosieran.

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En esos entonces, los jugadores iban numerados del 1 al 11, al menos en España. Pero en otros sitios se permitían la extravagancia de ponerse cada cual en la espalda el que quisiera. Así, el portero de la selección holandesa, cuyo nombre he olvidado agraciadamente —dada su condición de estatua en la final contra Alemania de 1974, donde se limitó a mirar cómo el balón entraba en la portería ante un chut parvulario de Müller— llevaba el número 5, y Cruyff, que se quedaba sin copa, lucía siempre el 14 en el Ajax y en la selección naranja —en España estaba obligado a llevar el 9.

En ese Mundial, dado que las camisetas de la selección holandesa eran de una marca que no era la que patrocinaba a Cruyff, este, dado que no podía negarse a llevarla, ideó una manera de distinguirse de sus compañeros para publicar su protesta: la camiseta oficial llevaba tres franjas negras en las mangas; la de Cruyff llevaba solo dos.

Cuando Cruyff abandona el Barça —no recuerdo si antes o después de apilar millones en USA— se va a jugar al Levante: todo con tal de no cambiar de colores. También creo recordar —pero la memoria es una maga que se sabe todos los trucos— que, cuando se fue con Beckenbauer al Cosmos de Nueva York, se puso el 30, pero no me hagan mucho caso.

Vagamente recuerdo que en las reglas del soccer, dado que a los yanquis la lentitud del fútbol les ponía de los nervios y el penalty les parecía una indecencia, y consideraban que cada córner debería ser sancionado con pena máxima, cambiaron las reglas para las faltas dentro del área, y un penalty se transformaba, no en disparo directo del lanzador, sino con el encargado de ejecutarlo partiendo a solas desde el centro del campo ante el portero enemigo, y con unos segundos de ventaja sobre los defensas que debían perseguirlo mientras el guardameta trataba de atajarlo.

Las camisetas entonces eran eso, camisetas. Te regalaban por Reyes una en 1976 y te valía para 1979, porque no había cambiado nada: eran unos colores y un escudo. Como mucho, los cambios estaban en el cuello, a veces redondo, a veces en pico —aunque había equipos que, tal vez por hacer caja, no sé, hacían variaciones repentinas: el Granada pasó de llevar las franjas verticales a llevarlas horizontales.

Resultaba bonito hasta saber alguna historia de cómo nacieron los colores de un equipo. El Barcelona, por ejemplo, según leyenda, viste azul y rojo porque muchos de los que acompañaban a su fundador, el suizo Gamper, eran empresarios textiles, tenían uno de esos lápices de dos puntas —una roja y otra azul— y, al tratar de llenar la silueta en papel de un jugador, a alguien se le ocurrió pintarle una mitad de la camiseta con una punta y la otra con la otra. Que el resultado reflejara los colores del cantón en el que había nacido Gamper decidía la cosa.

Hubo un tiempo en que me sabía las equipaciones de casi todos los equipos y retengo información absolutamente banal que, sin embargo, me acompañará para los restos: el Júpiter vestía a rayas rojas y grises —arriesgada combinación, sin duda—; el Sabadell, con cuatro cuadrados arlequinados azules y blancos; el Flamenco de Jerez, con camiseta de lunares verdes sobre fondo blanco.

Las primeras botas de colores que vi, las vi en un cromo del madridista Netzer: eran de color celeste —aunque la memoria insiste en decirme que Cruyff jugó una vez con botas blancas.

El Barça llevó calzón rojo con su camiseta habitual la tarde en que un vulgar Levski Spartak de Sofía lo derrotó. Y una vez vistió con camiseta blanca —la del eterno rival—, dada la coincidencia de colores del equipo contrario, el Aston Villa, granate con mangas azules.

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Esto de llevar las mangas de un color distinto era muy inglés: el West Ham United y el Arsenal también vestían con camisetas de mangas distintas.

Carnevalli era un portero de Las Palmas que tenía la costumbre de cambiar de camiseta solo cuando perdía un partido; si no perdía, seguía poniéndose la misma camiseta —en época en la que los porteros iban casi todos de negro: Iríbar, Sadurní, García Remón—, aunque ya a mediados de los setenta cambió la costumbre y Reina iba de verde, Miguel Ángel, del Madrid, iba de celeste, Artola iba con una franja en medio de la camiseta amarilla.

Aunque mucho antes, en los treinta, los porteros solían ir con cuello vuelto y, a menudo, con un jersey que lucía una uve. En Inglaterra —y esto me sorprendía mucho de niño, porque en España no se estilaba— solían llevar pantalón blanco.

En fin, este alud de recuerdos inútiles que me coloniza neuronas sin que pueda deshacerme de ellos —pero ya se encargará el tiempo— me ha venido a la cabeza leyendo More than a shirt, magnífico libro del periodista británico Joey D’Urso que trata de contarnos cómo las camisetas de fútbol explican la geopolítica, la fuerza del dinero, las astucias del poder.

Dice la historia que el primer equipo en vender su camiseta para cederle espacio a un patrocinador fue el intrascendente Eintracht Braunschweig de la Alemania Federal. Necesitaban un empujón económico para financiar viajes y fichar mejores jugadores, y a alguien se le ocurrió tentar a una empresa para volver a sus jugadores «hombres-anuncio». Jägermeister, un licor de hierbas, se apuntó.

Puede que, para la historia del fútbol, eso valga; para la de la publicidad, desde luego, es un poco falaz, porque antes de eso algunas camisetas ya hacían publicidad: de las propias marcas que confeccionaban esas camisetas. De ahí que el logo de Adidas hiciera publicidad de Adidas ya en los años cincuenta, como Puma lo hacía con un ídem saltando sobre una D, que se suponía que era el jugador.

Pero donde verdaderamente se publicitaban era en las botas, con sus legendarias tres líneas Adidas, su puma Puma —de la que hizo publicidad el portugués Eusébio—, y ya a finales de los setenta había jugadores que, al personalizar sus botas, las convertían en producto mercantil: las preciosas Kevin Keegan.

Más atrás aún podríamos decir que las selecciones nacionales —que tenían, y no sé si aún tienen, prohibido hacer publicidad de nadie que no sea la marca deportiva que los patrocina— aprovechaban cualquier momento importante para utilizar el uniforme como reclamo propagandístico. La mítica escuadra azzurra —cuyo primer color era más bien celeste, en honor a la casa de Saboya—, después de ser campeona del mundo en el 34, afrontó el Mundial del 38 cambiando a la camisola negra: los jugadores eran camisas negras, no tenía Mussolini manera mejor de decir que el país ya era una extensión de su Partido Fascista.

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Los alemanes concurrieron a ese campeonato con su águila imperial de siempre, pero sobrepuesta a la esvástica nazi. Quieras que no, era un modo de publicitar el estado de la cuestión.

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Los rusos prescindieron de la hoz y el martillo, preferían decorar el rojo de sus camisetas con su CCCP, las siglas de «Союз Советских Социалистических Республик», o sea Soyuz Sovétskikh Sotsialistícheskikh Respúblik.

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D’Urso arranca mucho más cerca: está interesado en mirar la actualidad de nuestro mundo a través de las camisetas. Y plantea un reportaje escrito en prosa precisa que no solo, naturalmente, habla de fútbol —aunque cuando lo hace sabe de lo que habla—; tiene una capacidad extraordinaria para volver literatura jugadas, entrenamientos, concentraciones. Pero son pasadizos para recorrer lo que de veras le importa: ¿cómo reflejan las camisetas de los equipos de fútbol el orden mundial?

Así preguntado parece una ocurrencia pasada de rosca, pero lo cierto es que se las arregla para indagar en el decurso del fútbol como máquina de blanqueamiento de regímenes nefastos y empresas nodrizas que cotizan solo mediante empresas parásitas, para que la parte del león de sus fortunas siga a salvo de tributos. Escoge veintidós casos de equipos como podría haber escogido cincuenta, pero el veintidós se adaptaba pitagóricamente a los jugadores que saltan al terreno de juego, y esos caprichos compositivos tienen su encanto.

Como se sabe, en la actualidad los equipos necesitan cambiar de equipación de un año a otro para obtener réditos con las ventas de camisetas en todo el mundo. De ahí que un año el Barcelona recuperase su primera equipación con media camiseta grana y la otra media azul; al año siguiente, las líneas fueran muy finas; se volviesen más gruesas al siguiente; un año decidieran pasarse al ajedrez para convertir la camiseta en un tablero, mientras el Athletic de Bilbao le encargaba el diseño al artista Dario Urzay, que —ideando un uniforme de camuflaje— no satisfizo a la afición.

D’Urso arranca en Serbia, y con Gazprom, la empresa rusa de gas, que para publicitarse escogió Serbia —no por nada, uno de los pocos países europeos prorrusos que no ven nada malo en que Rusia se quede con Ucrania—, pero pronto se extendió a algún equipo alemán (el Schalke 04, donde jugaba por entonces el exmadridista Raúl).

Un periodista ruso, preguntado por D’Urso, le dice que en Belgrado nadie olvidará lo que Gazprom hizo para salvar al Estrella Roja de la bancarrota, a cambio de hacer lucir a los jugadores el nombre de la empresa en sus camisetas. En 2011, Putin visitó Belgrado —era una visita de Estado—, pero encontró tiempo para asistir a un partido del Estrella Roja contra el Zenit… en la categoría sub-19, lo que para el equipo serbio fue una muestra de verdadera diplomacia. No es raro que, en los días de la invasión rusa de Crimea, el estadio del Estrella Roja se llenase de banderas rusas.

La vinculación del fútbol —muy lejos ya de «la recuperación semanal de la infancia» de la que habló Javier Marías, porque raro es el día que no haya partido de fútbol— con el crimen organizado tiene tres razones de peso que D’Urso se encarga de escudriñar: el lavado de dinero, las apuestas y el prestigio. No es así raro que el narcotráfico viera en el juego una magnífica oportunidad de inversión, y el capítulo dedicado a Escobar es de los mejores del libro.

Ya en el año 1990, Los Angeles Times publicó una investigación sobre las relaciones entre carteles de la droga y clubes de fútbol. Se concluía que, dado el poco dinero que el fútbol colombiano permitía lavar entonces, los narcos lo hacían más por divertimento o como prueba para extender el negocio en lugares donde los réditos fueran más suculentos. David Arrowsmith concluía que Pablo Escobar no usaba el fútbol para lavar las paladas de millones que atesoraba, sino por invertir en el club de sus amores, el Atlético Nacional, y ayudarlos con tal de que lograran una Copa América o situarlos en la cúspide del fútbol del continente.

«Como un emperador romano quería darle a la gente de su ciudad pan y circo, los llevaría a la gloria y después sería amado por los aficionados».

Un jugador del que no se da el nombre dice en el libro de D’Urso que los dealers son los únicos en Colombia a los que les gustaría pagar sus impuestos. Naturalmente, es una frase para coger con pinzas.

A otro nivel, la experiencia de Escobar como patrono fue copiada y extendida. El cártel de Medellín usaba bancos de Curaçao para lavar billones. Ya en el año 1981, el dueño del Atlético Nacional, Hernán Botero, tenía 57 millones de dólares en un banco de Florida: eran los beneficios por la exportación de vastas montañas de cocaína. Otro jefazo, Gustavo Upegui, fundó el Envigado FC, que llevaba en la camiseta la silueta del capo. Se ve que los narcocorridos no eran suficientes.

El gas qatarí, las aerolíneas emiratíes, la gasolina en Newcastle, la cocaína en el Atlético Nacional, las criptomonedas del Beşiktaş, una empresa china en la camiseta del West Bromwich Albion… Todos ellos necesitaban colonizar camisetas. Los partidos entre Emiratos Real Madrid y Qatar Barcelona se vivían en esos países como enfrentamientos nacionales, del mismo modo que se previó que el partido más visto en China sería un Lorca-Jumilla, porque los dueños de los muy modestos equipos murcianos eran dos empresarios rivales de Shanghái, de donde recibió el nombre apoteósico de «el derby de Shanghái», aunque finalmente las audiencias no batieron ningún récord Guinness.

Siguiendo el rastro del dinero, el reportero va dibujando un panorama tenebroso que también tiene implicaciones religiosas: el Celtic de Glasgow, con el que empezaba este texto —católicos escoceses enlazados con los irlandeses—, prestó sus colores a la comunidad árabe chilena que formó el Palestino CD, mientras que los Rangers simbolizaron su protestantismo con el naranja de su segunda equipación.

Pero quien se lleva la palma, sin duda alguna, es la empresa Emirates, que fue sponsor del Arsenal en 2006, del Milan en 2010, del Madrid en 2013, del Lyon —enemigo del catarí PSG—, del Hamburgo (antes de que descendiera a Segunda), del Benfica. Se da el caso de que es la única empresa que puede enorgullecerse de que los veintidós jugadores de un partido de la Champions llevaran camisetas con su leyenda, pues en 2024, cuando se enfrentaron en una eliminatoria el Milan y el Madrid, ambos equipos estaban esponsorizados por Emirates.

La empresa no se conforma con la meca del fútbol, sino que va colonizando clubes donde puede: en Túnez, el Étoile Sportive (según un periodista africano consultado por el autor, Emirates llegó en un momento delicado, en el que sobre el club tunecino pesaba la posibilidad de desaparición por deudas). Y no hay que olvidar que la aerolínea da nombre a uno de los grandes teatros del fútbol: el Emirates Stadium, de Londres, el campo del Arsenal. De donde, dice el cronista, «para los londinenses Emirates ya no es una aerolínea, sino un estadio, no importa que no sepan de fútbol, tampoco saben de rugby y saben que Twickenham es la casa de la selección inglesa como el Lord un lugar donde se disputan partidos de cricket». Algo parecido logró Etihad con el Manchester City.

El libro de D’Urso acaba convenciéndonos, en efecto, de que una camiseta de fútbol es mucho más que el símbolo de un club, sea el nuestro o no. Una aparentemente inocua combinación de colores y logos susurra mucho acerca de valores sociales, luchas financieras que infiltran cada vez más la geopolítica en todos los aspectos del juego. Que jeques, magnates rusos y chinos, narcos, estén detrás de las más mastodónticas inversiones realizadas en el fútbol y a la vez hayan llevado a este a una sobreproducción de juego —con sucesión de torneos, millonarias ventas de derechos de retransmisión, cientos de momentos de publicidad— ha terminado por desmentir aquella inolvidable frase del técnico yugoslavo Vujadin Boskov según la cual «fútbol es fútbol». Qué va. Ojalá el fútbol fuera solo fútbol, pero qué va.

De entre los libros de fútbol —o sobre, o para, o con— que uno ha leído, el que prefiere es sin duda Fiebre en las gradas, de Nick Hornby. Hay otro, recién traducido al español, que parte de una idea excelente: contar la historia del siglo XX a través de unos cuantos partidos de fútbol: Historia del mundo en 12 partidos de fútbol, de Stefano Bizzotto.

Esta indagación que ha hecho Joey D’Urso en la actualidad financiera a través de una, aparentemente, simpleza como las camisetas de fútbol no es tanto un gran libro sobre fútbol —o de, o para, o con— como un examen inteligentísimo acerca de cómo se mueven algunos poderosos actores de nuestro presente: cómo la política exterior china se cuela en la camiseta de un equipo de la Premier, cómo la guerra de Ucrania se refleja en un equipo alemán, cómo los petrodólares van consiguiendo que olvidemos cómo se pisotean los derechos humanos en algunos países.

Las camisetas son un gran negocio, sin duda. Pero, además de eso, al convertir a los jugadores en hombres anuncio, son una manera muy sutil de hacer política, de lavar dinero o de plantar olvido sobre los más inaceptables delitos.

Ojalá alguien se preste a traducirlo pronto.

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14 Comentarios

  1. “ Otro jefazo, Gustavo Upegui, fundó el Envigado FC, que llevaba en la camiseta la silueta del capo”.

    Perdón, pero lo de la silueta del capo en la camiseta no es cierto. Éramos (¿somos?) casi un narcoestado, pero ni siquiera a principios de lo 90 era costumbre hacerlo tan flagrante como para que hubiese existido un equipo de fútbol profesional que luciera un logo con la imagen de un capo (!!).

    • Juan Bonilla

      Traduzco el párrafo en cuestión del libro -se acompaña con una fotografía que demuestra lo que dice, si bien es cierto que en la fotografía quien luce la camiseta es un maniquí: » La camiseta del Envigado FC de Colombia lució en 2012 el rostro de Gustavo Upegui, fundador del club, asesinado en 2006. Su hijo, quien lo sucedió como propietario, y el club fueron posteriormente sancionados por el gobierno estadounidense por presuntos vínculos con el narcotráfico». Obviamente el club se defendió argumentando que no estaba utilizando la silueta de ningún capo, sino homenajeando a su fundador.

      • Gracias por la amable respuesta. Y si, tiene razón: solo en esa camiseta de 2012 lucieron, arriba del número y en pequeño, la efigie del fundador. Por el texto entendía que lo tenía desde siempre. Saludos.

  2. E.Roberto

    Ya que se habla de cómo se llegaron a los colores de camisetas famosas, no olvidemos la de Boca Juniors, el equipo más popular de Argentina (después de River, que nació también en el barrio de la Boca y en los mismos años). A los “xeneizes” (genoveses, en su dialecto) sólo les faltaba el color de la camiseta, y como es un barrio portuario, decidieron copiar el color de la bandera del primer barco que llegaba. Y atracó uno de Suecia. Bien proletario.

  3. MacNaughton

    El más mítica – y molesta – camiseta que yo me acuerdo fue la del Hibernian temporadas 78,79, 80 más o menos que era la primera en la historia del fútbol escoces que llevaba patrocinador: Bukta, fabricante de ropa deportiva (el Hibernian ha sido primero en casi todo en Escocia, primer equipo a jugar en Europa, a a tener el marcador electrónico, a tener focos)

    También era la camiseta que llevaba George Best cuando jugaba aquella corta temporada y media con el Hibernian, todo un acontecimiento en Edimburgo: para bien, y para mal. Pero era muy molesta, hecha de un material áspero que molestaba, sobre todo si hacia calor. La revolución en los tejidos de las camisetas era cosa de los 80… en dos o tres años se transformaron…

    También, la segunda camiseta (¿se dice así? La camiseta de fuera de casa la decimos en inglés o away strip) era de una extraordinaria morada, décadas antes de Podemos existía..

    En cuanto a los números, al nivel profesional no sé, pero desde luego se podría comprar para planchar y adherirse a la camiseta… me acuerdo yo de eso… otro mundo a hoy en día…

    En cuanto a escritores: el gran Hugh Mcllvanney sobre el futbol escocés es el mejor. Y me acuerdo de haber disfrutado de «Football Against The Enemy» de Simon Kuper hace mucho…

    Hugh Mcllvaney era hermano de William, autor de «Laidlaw», la novela fundacional de la novela negra escocesa contemporánea. Ambos eran muy buenos. Cuanto les echamos de menos hoy en día.

  4. Fernando

    Jongbloed era el nombre del portero holandés en Alemania 74 y llevaba el dorsal 8 :)
    Lástima que el gran Johan Cruyff estuviese peleado con Jan van Beveren, el magnífico guardameta que entonces jugaba en el PSV. Con él en la portería hoy Holanda tendría un Mundial en su palmarés.

    • Óscar Valladares

      No puedo estar mas de acuerdo. Alguien dijo entonces que más que un portero, era un barrendero. Horrible.

  5. Gerulaitis

    Si que le falla la memoria a Bonilla. Cruyff no jugó en el Cosmos con Beckenbauer. Fue Pelé

  6. Eric Castel

    El Levski Spartak nunca ha eliminado al F.C Barcelona. ¿No sabes ni usar la wikipedia? Pobrecito….

  7. Hola, buen articulo sin embargo quiseria hacer una pequeña aclaración.

    De acuerdo al circulo personal de Pablo Escobar, el equipo de los amores del patrón era el Deportivo Independiente Medellin o DIM, el otro gran equipo de la capital paisa.

    Las malas lenguas dicen que el capo ayudo a Atl. Nacional a conseguir su primer titulo de Libertadores sin embargo aquello no sería por amor al equipo sino por intereses «geopolíticos».

    Esperando un segundo articulo que explique la complicación que fue poner un patrocinio completo en una camiseta con franja cruzada como la de River y como se ha ido sorteando con el tiempo. Un saludo.

  8. Tergiversador de enredos

    El origen de los colores de una camiseta es siempre un tema interesante, pero se dan algunos casos que, sean reales o legendarios, resultan particularmente fascinantes. Algunos, como los de Boca, la Juve o el Barsa, están ya muy manidos; de entre las joyas por conocer, me quedo con el (supuesto) origen de la camiseta del C. A. San Telmo argentino.
    Otra historia camisetera fascinante es la que atañe al partido Hungría-Francia del Mundial 78.
    Y si buscamos camisetas icónicas, la de los Colorado Caribous es imprescindible.
    Os apunto las historias, y os animo a buscarlas.

  9. Filipino5001

    En cuanto al cambio en la direccion de las franjas en la camiseta del Granada, fue Candido Gomez Alvarez, presidente en los 70, quien decidio su cambio para hacer al equipo distinguible a primer golpe de vista en una epoca en la que los televisores aun eran en blanco y negro. Muy buen articulo y deseando poder el libro, por cierto.
    PD. Disculpas por la falta de acentos

Responder a Fernando Cancel

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