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Contra la estupidez con filosofía: breve antología de ideas que aún resisten al algoritmo

Lou Andreas-Salomé, Paul Rée y Nietzsche. (DP) filosofía
Lou Andreas-Salomé, Paul Rée y Nietzsche. (DP)

El pensamiento filosófico, si alguna vez tuvo algo de inútil, fue precisamente por su condición de imprescindible. Y si alguna vez fue sublime, fue porque no sirvió para absolutamente nada. En una época en la que las ideas se consumen como si fueran stories de Instagram —quince segundos, pasar al siguiente—, preguntarse por la esencia de las cosas es una forma tan bella como suicida de resistencia. Aunque a veces, todo hay que decirlo, no se sepa muy bien qué demonios están diciendo los filósofos. Porque hay que admitirlo: la filosofía ha sido siempre un poco como el arte contemporáneo mal explicado. Y sin embargo, tiene sus momentos de fulgor. Uno de ellos es cuando Aristóteles, ese señor que lo mismo te hace la lógica formal que el guion de Top Gun, afirma que «la finalidad del arte es dar cuerpo a la esencia de las cosas, no el copiar su apariencia». Es decir: que lo importante no es la réplica servil, sino el alma de lo representado. Como cuando alguien finge entender a Hegel. No importa que lo entienda, importa que parezca que ha comprendido la esencia. Y que lo publique en X.

No por casualidad, el estoicismo ha regresado en forma de camiseta de gimnasio con citas de Marco Aurelio. El filósofo emperador —un oxímoron con toga— dejó dicho: «No obres como si fueras a vivir mil años; obra como si el fin estuviera muy cerca». Es decir: no te apuntes al gimnasio para el verano que viene, sino para el lunes. Todo muy estoico y muy coach. Porque si algo ha demostrado TikTok es que el alma también necesita su dominio… y su filtro. Y de paso, un ring light, una esterilla minimalista y una biblioteca falsa de cartón piedra detrás, que aporte autoridad clásica al discurso mientras sueltas que todo fluye pero que tú, sin tu rutina de mañana con journaling y café de setas, no puedes con la vida. Marco Aurelio aprieta, pero no ahoga.

Pero si hablamos de talentos precoces, Nietzsche no fue solo el enfant terrible de la filosofía, sino también el niño prodigio de la filología griega. Con veinticuatro años ya daba clase en la Universidad de Basilea, demostrando que se puede hablar en nombre del superhombre sin haber terminado de afeitarse la primera barba. Lo suyo no era una carrera académica: era una emboscada al pensamiento europeo. Mientras sus colegas aún debatían sobre si apuntarse a seminario o a Erasmus, él ya firmaba tratados donde sepultaba a Sócrates, a la moral judeocristiana y a la música como consuelo. No es de extrañar que la humanidad no esté preparada para su pensamiento: aún no ha terminado de digerir Gran Hermano VIP, y eso que la voluntad de poder ya se ensaya ahí —solo que en versión peluquería de tertuliano y nominaciones por estrategia emocional.

Y sin embargo, si hay una frase que ha logrado el prodigio de convertirse en eslogan ontológico para tazas, sudaderas y presentaciones de PowerPoint es aquella de «Pienso, luego existo». Descartes, que no conocía el dropshipping pero lo hubiera petado, no solo sentó las bases del racionalismo moderno, sino que nos legó la única idea filosófica que puede defenderse con una camiseta sin mangas y sin pasar demasiada vergüenza. Frente al empirismo de los británicos —tan práctico, tan poco dado a la metafísica, tan tea time y tan poco cogito—, el francés apostó por la razón como único salvavidas posible en un océano de dudas metódicas. Dudar de todo salvo de la propia capacidad de dudar: un gesto tan radical que hoy nos parecería de cuñado lúcido. Lo irónico es que, varios siglos después, la razón ha sido desplazada por el algoritmo, y existimos sobre todo si salimos en la primera página de Google. El pensamiento ya no precede al ser: precede al clic.

Del pensamiento a la carne. O mejor dicho: a la que se negó a ser solo carne. Simone de Beauvoir escribió El segundo sexo como quien lanza un meteorito sobre el patriarcado existencialista. En un mundo donde Sartre filosofaba sobre la libertad mientras se resistía a recoger su plato del desayuno, Beauvoir comprendió que el cuerpo también es destino, pero que hay destinos que se reescriben. Y lo hizo sin pedir permiso, sin ceder a los corsés de su tiempo, ni a los filosóficos ni a los de encaje. Su ensayo, una mezcla de antropología, historia, literatura y vida vivida, diseccionaba los mitos de la feminidad con una precisión quirúrgica. Y lo hizo sin pedir permiso. Hoy, su legado se repite como consigna en los escaparates y como cita en PowerPoint de jornada institucional, a menudo sin pasar por el filtro de la lectura ni por la conciencia de que lo personal es —todavía— político. Porque la mercancía nunca ha dejado de buscar formas nuevas de apropiarse del cuerpo de las mujeres, aunque ahora lo haga en nombre del empoderamiento.

Claro que no todos quisieron subirse a la noria de la angustia. Algunos, como Kant, preferían el orden, la estructura, las categorías puras del entendimiento y las a priori del conocimiento. Los existencialistas del futuro se desharían en sudor metafísico preguntándose por el sentido de la vida en una cafetería de Saint-Germain-des-Prés, pero Kant barría las esquinas de la razón con precisión prusiana y componía tratados como quien ajusta los engranajes de un reloj de bolsillo. Su filosofía no se pregunta por el absurdo, sino por las condiciones de posibilidad del conocimiento: un hombre que pasea siempre a la misma hora no puede creer que el universo sea absurdo. Solo que aún no ha sido bien programado.

Pero antes de todo eso, antes incluso de que la filosofía se declarase moderna, hubo un monje que abrió la puerta a esa modernidad sin saber que se le iba a llenar de influencers conceptuales: Guillermo de Ockham. Separó razón y fe con una naturalidad que escandalizaría a cualquier comentarista de X en pleno debate religioso, podó conceptos con su famosa navaja —esa que ha acabado convertida en lema de racionalistas de sobremesa— y anticipó el vértigo del pensamiento que ya no necesitaba a Dios para existir. En su época, eso era casi terrorismo intelectual. Desde entonces, pensar se volvió peligroso. Y por eso cada vez se hace menos.

Y así llegamos a Auguste Comte, ese francés tan convencido de que la ciencia lo explicaba todo que inventó el positivismo. Dejó dicho que el único conocimiento válido era el que podía comprobarse empíricamente, lo que automáticamente dejó fuera a Dios, al alma y a toda la industria editorial de autoayuda. En su cabeza, la historia del pensamiento avanzaba en tres etapas: teológica, metafísica y positiva, siendo esta última la coronación científica de la humanidad. Lo que no imaginó Comte fue que dos siglos después, su sistema epistemológico sería secuestrado por youtubers con bata blanca que creen que citar un artículo de The Lancet les otorga autoridad moral sobre todo lo vivo. El positivismo, en su versión TikTok, consiste en medirlo todo salvo la estupidez.

Y hablando de lo que no se deja medir: Lou Andreas-Salomé. Filósofa, escritora, confidente de Freud, deseada por Nietzsche y Rilke, y descrita por el psicoanalista vienés como «una mujer de peligrosa inteligencia», que es exactamente lo que se sigue diciendo de toda mujer que no se calla. A sus ojos —los de Freud, los de Nietzsche, los de medio siglo de hombres desbordados— era un enigma insoportable: pensaba, escribía, decidía y, peor aún, no pedía perdón por hacerlo. Ella, que supo pasearse por los márgenes del deseo y del pensamiento con una libertad insultante —libertad que a muchos les pareció provocación y a otros, herejía—, nos recuerda que la filosofía también es una forma de vida, no solo una bibliografía interminable. Pero claro, eso no sale en los temarios. No puntúa en exámenes. Y apenas cabe en una nota al pie. Mucho menos en un currículum académico donde el deseo y la inteligencia no suelen figurar como méritos compatibles.

Y como remate líquido —líquido como el miedo, como el trabajo precario, como las identidades que se evaporan a ritmo de doomscroll—, aparece Zygmunt Bauman. Él no vino a salvarnos, sino a describir con desarmante lucidez que todo lo sólido se disuelve no en el aire, sino en la ansiedad. La modernidad líquida es esa sociedad en la que todo fluye, pero nada se fija; en la que el compromiso dura lo mismo que una story; en la que los vínculos se forjan sin tiempo y se cortan sin culpa, como quien borra una app o silencia a un contacto. Bauman no inventó el horror: simplemente le puso nombre con voz pausada y polaca, mientras nos explicaba que el progreso ya no era una promesa, sino una fuga hacia adelante sin mapa ni destino. Y mientras lo hacía, la posmodernidad se licuaba a su alrededor como mantequilla bajo el sol. Sin forma, sin centro, sin consuelo.

En resumen: si alguien pensaba que la filosofía era solo una asignatura para dormirse entre apuntes mal subrayados y fotocopias ilegibles, se equivocaba de siglo. También se equivocaba de mundo. Porque estos fragmentos de historia del pensamiento no son curiosidades de manual ni estampas decorativas para salones de té intelectuales, sino los huesos duros de una tradición que no sirve para vivir mejor, sino para no vivir engañados. Y a veces —cuando el algoritmo no lo impide, cuando aún queda una rendija entre el meme y el eslogan—, para reconocer que nos están tomando por imbéciles con sonrisa de coach y cita motivacional de fondo. No se trata de saber más, sino de no dejar que otros piensen por una. Porque a lo mejor el conocimiento no da la felicidad, pero al menos permite sospechar cuándo te la están vendiendo con descuento.

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