
El pensamiento filosófico, si alguna vez tuvo algo de inútil, fue precisamente por su condición de imprescindible. Y si alguna vez fue sublime, fue porque no sirvió para absolutamente nada. En una época en la que las ideas se consumen como si fueran stories de Instagram —quince segundos, pasar al siguiente—, preguntarse por la esencia de las cosas es una forma tan bella como suicida de resistencia. Aunque a veces, todo hay que decirlo, no se sepa muy bien qué demonios están diciendo los filósofos. Porque hay que admitirlo: la filosofía ha sido siempre un poco como el arte contemporáneo mal explicado. Y sin embargo, tiene sus momentos de fulgor. Uno de ellos es cuando Aristóteles, ese señor que lo mismo te hace la lógica formal que el guion de Top Gun, afirma que «la finalidad del arte es dar cuerpo a la esencia de las cosas, no el copiar su apariencia». Es decir: que lo importante no es la réplica servil, sino el alma de lo representado. Como cuando alguien finge entender a Hegel. No importa que lo entienda, importa que parezca que ha comprendido la esencia. Y que lo publique en X.
No por casualidad, el estoicismo ha regresado en forma de camiseta de gimnasio con citas de Marco Aurelio. El filósofo emperador —un oxímoron con toga— dejó dicho: «No obres como si fueras a vivir mil años; obra como si el fin estuviera muy cerca». Es decir: no te apuntes al gimnasio para el verano que viene, sino para el lunes. Todo muy estoico y muy coach. Porque si algo ha demostrado TikTok es que el alma también necesita su dominio… y su filtro. Y de paso, un ring light, una esterilla minimalista y una biblioteca falsa de cartón piedra detrás, que aporte autoridad clásica al discurso mientras sueltas que todo fluye pero que tú, sin tu rutina de mañana con journaling y café de setas, no puedes con la vida. Marco Aurelio aprieta, pero no ahoga.
Pero si hablamos de talentos precoces, Nietzsche no fue solo el enfant terrible de la filosofía, sino también el niño prodigio de la filología griega. Con veinticuatro años ya daba clase en la Universidad de Basilea, demostrando que se puede hablar en nombre del superhombre sin haber terminado de afeitarse la primera barba. Lo suyo no era una carrera académica: era una emboscada al pensamiento europeo. Mientras sus colegas aún debatían sobre si apuntarse a seminario o a Erasmus, él ya firmaba tratados donde sepultaba a Sócrates, a la moral judeocristiana y a la música como consuelo. No es de extrañar que la humanidad no esté preparada para su pensamiento: aún no ha terminado de digerir Gran Hermano VIP, y eso que la voluntad de poder ya se ensaya ahí —solo que en versión peluquería de tertuliano y nominaciones por estrategia emocional.
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