Sociedad

Gaza ante su algoritmo

9 de agosto de 2025, Barcelona, España. Miles de personas participan en el Movimiento Global por Gaza en Barcelona, una acción mundial para denunciar el genocidio en Palestina. Foto Cordon Press.
9 de agosto de 2025, Barcelona, España. Miles de personas participan en el Movimiento Global por Gaza, una acción mundial para denunciar el genocidio en Palestina. Foto: Cordon Press.

Hace unos días hablaba con la escritora Montse Sánchez Alonso, autora de El hielo de los suyos (Tránsito, 2025), sobre la eficacia de los actuales procesos de manifestación con los que la sociedad civil está trasladando su malestar y posicionamiento ante el genocidio que está aconteciendo en Gaza. Colaboramos en la recogida de firmas que nos llevan a textos que condenan la barbarie; subimos imágenes a nuestros perfiles en redes en las que podemos leer nuestra más firme condena ante la masacre. Solicitamos que se dejen de adquirir productos de corporaciones que apoyan, de manera más o menos explícita, al Estado de Israel. Elaboramos listas en las que se explica cómo debemos actuar en la huelga global. Enviamos WhatsApp a los amigos y cómplices, en los que la emoción se convierte en la medida de todas las cosas. Y todo esto sucede mientras subimos, al mismo tiempo y a esos mismos canales de (in)comunicación y (des)información, fotografías de nuestras piscinas, viajes, perros y demás imágenes cuyo valor depende del grado de inclusión de nosotros en dicha fotografía, valor que viene concedido y predeterminado por los diversos algoritmos. Conviene no olvidar esto: quién concede el valor.

Por lo tanto, nos encontramos ante un paradigma que equipara unos tobillos en una playa con los cuerpos de muertos en Palestina. Un paradigma cuyo orden normaliza nuestra vida al lado de la muerte en Oriente Medio y, mientras esa normalización sucede, la cultura del algoritmo hace su trabajo (sucio): acelera la banalización de la existencia a través de la visibilidad entusiasta y narcotiza nuestra acción política, trasladándola de lo presencial y físico a la dictadura de lo intangible, sobre cuya eficacia debemos reflexionar especialmente tras los acontecimientos más próximos y la dolorosa decisión de la Europa de Ursula von der Leyen.

Quiero que se comprenda la dimensión de lo que acabo de escribir. Mi intención no es responsabilizar al ciudadano ni incrementar el dolor que sentimos ante las noticias que escuchamos en la radio o que leemos en las principales cabeceras nacionales e internacionales. Tampoco pretendo plantear un empleo de las redes sociales estrictamente vinculado a la denuncia —esto sería realmente insoportable— ni un empleo que apueste por el abandono del gusto por la belleza ni por el arte o el pensamiento. Las redes sociales tienen una dimensión única, hermosa, consistente en la construcción de biografías colectivas a partir de biografías personales que debemos preservar y potenciar, pues ahí reside su naturaleza política. Debemos también aprender a desafiar los imperativos de los algoritmos, atrevernos a ser parias de vez en cuando. Perdemos visibilidad, sí, pero ganamos dignidad.

Mi intención tiene forma de duda y aparece cuando adultos y adultas comparten, en las historias o en el feed de Instagram, por ejemplo, el cuerpo moribundo de un niño gazatí, la imagen de una piscina o la última frivolidad viral. Mi duda se alimenta de la ya mencionada banalización de la existencia que celebramos y de la que participamos activamente. ¿Estamos concediendo el mismo valor a estas tres cuestiones? Y ahora sí: ¿qué grado de responsabilidad existe cuando compartimos estas imágenes en simultáneo? ¿Podemos decir que este comportamiento es un comportamiento emancipatorio o estamos siguiendo el camino marcado por el canon tecnológico? Quizá estemos donde justamente quieren que estemos, en esa sumisión voluntaria de la agenda tecnológica que precisa de tres contextos bien delimitados y nutridos: la suspensión moral, las narrativas de la no incomodidad —que nada nos turbe— y la legitimización de una vida que es vida únicamente cuando es contemplada por otro.

Hace años asumimos un pacto con el diablo, un pacto del que, además, no hay vuelta atrás, pero sí hay margen para generar pequeñas resistencias y disidencias, margen que nos permita impulsar una convivencia tecnológica que incorpore a su agenda el contacto físico entre personas en lugar de precipitarnos a ventanas individuales donde podemos contemplar y ser contemplados de manera permanente. Contemplación que, por otro lado, sirve de muy poco a nuestras vidas más allá de hacernos creer que somos algo que, en realidad, no somos. Deberíamos recordarnos, con más frecuencia, que hay muchos otros como nosotros haciendo exactamente lo mismo. Pero volvamos a la posibilidad de generar un (nuevo) marco político en el ahora que no centre todo el músculo en lo tecnológico, especialmente ahora que sabemos que Europa ha abandonado su carrera por la apuesta y desarrollo de los derechos humanos digitales. Esa posibilidad pasa, de manera exclusiva, por el cuerpo, por lo físico y presencial. Cuando se pone el cuerpo en juego, cuando estamos con otros cuerpos, somos esos otros cuerpos. Cuando ocupamos el espacio público para reclamar el cese inmediato del genocidio en Gaza somos mucho más que apariencias y representaciones, ese ente abstracto que impide el conocimiento entre personas.

Cuando nos atrevemos a abandonar los designios de los algoritmos de las redes es mucho más difícil ser agresivo y hostil ante el cuerpo de una persona que deja de ser solo un tuit. Es mucho más difícil denigrar cuando el vínculo es presencial, cuando somos capaces de intuir, por el contacto físico, la vida de esa persona, sus luces y sombras. Y es mucho más fácil sentir que nuestros cuerpos unidos, que, gracias a ese contacto físico, pueden abandonar esa suerte de desánimo colectivo que tan bien le viene al tecnocapitalismo. Debemos generar narrativas presenciales y físicas enfocadas a generar discursos de ánimo que permitan a la gente reclamar responsabilidades, exigir otra vida que es posible por mucho que nos hagan creer que todo está jodido y que no hay vuelta atrás. Y esto, precisamente, se puede impulsar con la ayuda de las redes sociales y sus algoritmos.

Hemos terminado aparcados en este lado tan pobre de la historia porque, cuando todo arrancó con Facebook, allá por el lejano 2004, no sabíamos que el músculo tecnológico iba a ser como el actual, nadie explicó y nosotros no pedimos explicaciones. Conforme se acumulaban las nuevas tecnologías, que nadie seguía sin explicarnos, el año de la pandemia nos explotó en la cara y modificó el mundo conocido. La presentación de las redes como un contexto lúdico y relacional y la abrupta transformación digital en favor de la salud pública solo ha precipitado el sinfín de procesos deshumanizadores que somos incapaces de controlar y comprender. Pero ahora sí sabemos, o, mejor dicho, comenzamos a saber y este comienzo puede servirnos de impulso para las narrativas presenciales anteriormente citadas. No podemos seguir equiparando procesos emancipatorios con lanzar un tuit. Salir a la calle es dar nuestra opinión sobre la situación del mundo real. Y cuando escribo mundo real me refiero al mundo que arde, que estalla y sobre cuyo suelo se acumulan miles y miles de personas asesinadas. Y no hablo exclusivamente de Gaza.

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