
Hace unos días hablaba con la escritora Montse Sánchez Alonso, autora de El hielo de los suyos (Tránsito, 2025), sobre la eficacia de los actuales procesos de manifestación con los que la sociedad civil está trasladando su malestar y posicionamiento ante el genocidio que está aconteciendo en Gaza. Colaboramos en la recogida de firmas que nos llevan a textos que condenan la barbarie; subimos imágenes a nuestros perfiles en redes en las que podemos leer nuestra más firme condena ante la masacre. Solicitamos que se dejen de adquirir productos de corporaciones que apoyan, de manera más o menos explícita, al Estado de Israel. Elaboramos listas en las que se explica cómo debemos actuar en la huelga global. Enviamos WhatsApp a los amigos y cómplices, en los que la emoción se convierte en la medida de todas las cosas. Y todo esto sucede mientras subimos, al mismo tiempo y a esos mismos canales de (in)comunicación y (des)información, fotografías de nuestras piscinas, viajes, perros y demás imágenes cuyo valor depende del grado de inclusión de nosotros en dicha fotografía, valor que viene concedido y predeterminado por los diversos algoritmos. Conviene no olvidar esto: quién concede el valor.
Por lo tanto, nos encontramos ante un paradigma que equipara unos tobillos en una playa con los cuerpos de muertos en Palestina. Un paradigma cuyo orden normaliza nuestra vida al lado de la muerte en Oriente Medio y, mientras esa normalización sucede, la cultura del algoritmo hace su trabajo (sucio): acelera la banalización de la existencia a través de la visibilidad entusiasta y narcotiza nuestra acción política, trasladándola de lo presencial y físico a la dictadura de lo intangible, sobre cuya eficacia debemos reflexionar especialmente tras los acontecimientos más próximos y la dolorosa decisión de la Europa de Ursula von der Leyen.
Quiero que se comprenda la dimensión de lo que acabo de escribir. Mi intención no es responsabilizar al ciudadano ni incrementar el dolor que sentimos ante las noticias que escuchamos en la radio o que leemos en las principales cabeceras nacionales e internacionales. Tampoco pretendo plantear un empleo de las redes sociales estrictamente vinculado a la denuncia —esto sería realmente insoportable— ni un empleo que apueste por el abandono del gusto por la belleza ni por el arte o el pensamiento. Las redes sociales tienen una dimensión única, hermosa, consistente en la construcción de biografías colectivas a partir de biografías personales que debemos preservar y potenciar, pues ahí reside su naturaleza política. Debemos también aprender a desafiar los imperativos de los algoritmos, atrevernos a ser parias de vez en cuando. Perdemos visibilidad, sí, pero ganamos dignidad.
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