Ciencias

Los nichos ecológicos de la divulgación, el mercado de la ciencia y los vaivenes de la torre de marfil

The doctor is in (Bruner & Gemini) divulgación científica

Han pasado diez años desde que publiqué, en esta misma revista, «Los prisioneros de la torre de marfil», un artículo donde presentaba mi punto de vista sobre la divulgación científica. Desde hacía ya unos cuantos años, el acuerdo entre ciencia y mercado se había sellado oficialmente, y los frutos empezaban a madurar: el sistema académico, la investigación, las revistas y la divulgación se habían vuelto parte activa de un nuevo nicho económico, frágil e incoherente, pero provechoso. Ya se habían perfilado al menos dos formas de sacar tajada a la comunicación de la ciencia. La primera consistía en promocionar el mismo mundo de la investigación y sus actores (los investigadores, sus instituciones y sus historias), condición sine qua non para poder colocar este elemento en la red económica. La segunda atañía a la venta de la misma información científica, es decir, el relato de los resultados de la investigación. Ninguno de los dos objetivos suena mal en principio, porque, al fin y al cabo, en un sistema productivo como el nuestro, anclar la divulgación a la dinamo mercantil puede generar un retorno importante para el contexto social. En nuestra cultura, si algo no rinde económicamente, no prospera, así que mejor que divulgación y comercio se pongan a trabajar juntos, en una simbiosis que pueda traer ventajas a ambas partes. Lástima que, como siempre, esta teoría y sus buenos propósitos no consideren las debilidades del género humano, un ser profundamente azotado por deseos, anhelos y compulsiones muy difíciles de gestionar, tanto a nivel individual como colectivo. En este caso, evidentemente, el riesgo residía (y reside) en que los egos empezaran a desviar la finalidad de la misión, que las empresas acabaran hundiendo sus garras en las carnes de la ciencia y que el público acabase zarandeado como marionetas del negocio o, más bien, como clientes acorralados por sus depredadores. Que es, al fin y al cabo, lo que ha pasado. ¿En qué medida? A pesar de tener mi propia estimación, dejo que la posteridad diga si con esta jugada hemos salido (de verdad) ganando o no.

En el caso de la divulgación, el primer peligro de un chanchullo entre ciencia y mercado es sencillo: que la ciencia se transforme en entretenimiento. O sea, que pierda su valor cultural y se vuelva circo. Cantidad y calidad, lo sabemos, a menudo son inversamente proporcionales, y en una economía de escala, para vender mucho hay que rebajar el nivel. Para conseguir más clientes hay que bajar cada vez más el listón, y este listón rebajado forjará mentes cada vez más simples, lo cual implicará, a su vez, una posterior bajada del listón. Es decir, el objetivo acabaría siendo precisamente el opuesto al de la verdadera divulgación, que pretende contribuir a que este listón, poco a poco, suba.

Desde luego, hay que reconocer que este mecanismo está compuesto por distintos elementos, y no se puede meter todo en el mismo saco. En mi artículo de hace una década, insistía yo mucho en la necesidad, por ejemplo, de distinguir entre divulgación científica y periodismo científico. El divulgador es, según mi esquema de entonces, un investigador que está disponible para contar, solo a quien esté interesado, los detalles de su ciencia. Por su parte, el periodista es un experto en comunicación, que tiene que informar a todo el público del estado actual y general de la ciencia. Dos roles, dos competencias, dos métodos, dos objetivos distintos. Dos nichos ecológicos, económicos y sociales diferentes. Pero ya sabemos que todo cambia, la evolución es imparable y la impermanencia es ley de vida. En el caso de la evolución biológica, las nuevas especies se originan de las anteriores. Unas veces con un proceso llamado anagénesis, donde una especie se transforma, gradualmente, en otra. Otras, con un proceso llamado cladogénesis, donde una especie originaria se divide, se separa y genera dos (o más) especies hermanas. Puede pasar que, de esas dos hermanas, una siga siendo parecida a la especie originaria, mientras que la otra adquiera una biología muy distinta. Este segundo caso se da, por ejemplo, cuando una pequeña parte de la especie originaria se queda aislada o coloniza un ambiente diferente. Ese ambiente diferente implicará diferentes requisitos ecológicos que, de forma unas veces más lenta y otras veces más repentina, impulsarán un cambio en la biología de esa población satélite. Por último, hoy en día sabemos también que muchas especies se pueden mezclar, por hibridación, y generar así nuevas formas biológicas a través de un proceso que se llama evolución reticular.

Una mezcla de cladogénesis y de evolución reticular es lo que le ha sucedido, probablemente, a la divulgación científica: el éxito del negocio (a veces de rasgos inquietantemente similares a los de una burbuja económica) ha generado una nueva categoría de divulgadores, con un nicho propio, que están colonizando la tierra de nadie que separaba la divulgación del periodismo. No son investigadores (porque no se ocupan de investigar), pero tampoco son periodistas (porque su competencia está mucho más especializada). Proporcionan una información específica, pero con el objetivo de alcanzar al mayor público posible. Estos nuevos divulgadores, divulgadores «de profesión», han surgido unas veces por cladogénesis, al brotar de los investigadores o de los periodistas. Otras veces, por evolución reticular, como híbridos de los dos grupos originarios. Sea como fuere, ocupan un nicho en parte distinto y están generando adaptaciones específicas. Creo que, en este momento de evolución incipiente, sería útil desglosar las características de estos tres grupos, en un análisis preliminar que quedará pendiente de validación basada en el largo plazo.

En contra de lo que se suele hacer en la taxonomía tradicional, propongo cambiar el nombre a la especie originaria, la de los investigadores, que en lugar de divulgadores científicos podemos llamar científicos divulgadores. Son los que hacen investigación, los que la cuentan, y están disponibles para todos los que quieran escuchar su voz. Su profesión es la de científico, y por ende tienen una competencia teórica, práctica y técnica sobre ciencia. Además, se conocen el mundillo de la ciencia, el de verdad, no el que se cuenta en las películas o en las revistas de ocio. No suelen tener mucha competencia en las dinámicas del mercado de la comunicación, porque este aspecto no es parte de su misión. Es decir, pueden saber comunicar, pero pueden no saber gestionar los intereses del negocio. Su público es, cuando más y cuando menos, especializado. Importante: por lo menos en principio, en su divulgación no hay conflicto de intereses, porque su nómina no depende de ella.

La nueva especie, aunque derivada, es probablemente a la que dejaría el nombre de divulgadores científicos. Su labor es la de divulgador, no la de científico. No tienen competencia práctica ni metodológica, porque no hacen investigación ni están en los laboratorios, pero sí tienen competencia teórica, porque se han formado a propósito. Desde luego, tienen una especialización extrema en el mercado de la comunicación, probablemente la adaptación más importante del grupo, la que determina la competición y la supervivencia. Ya no se dirigen a un público necesariamente especializado, porque su misión consiste en alcanzar al mayor número de personas posible. Y esto genera un conflicto de intereses, porque su nómina (y su supervivencia) sí que dependen de ello. Tienen que gustar, tienen que encajar, tienen que moverse según los principios que rigen las expectativas y necesidades de sus clientes.

Finalmente, los periodistas científicos se quedan con sus rasgos ancestrales: no tienen competencias ni prácticas, ni técnicas, ni teóricas, ni falta que les hace, porque se ocupan estrictamente de comunicación. Son los especialistas de la información, los conocedores de la sociedad, con todo lo bueno y lo malo que esto conlleva. Su público no está para nada especializado, y su conflicto de intereses es extremo, porque de la venta de la información depende no solamente su salario, sino también los altibajos del mercado, e incluso la política de su país.

Ahora bien, todas estas categorías y este modelo «evolutivo» pueden ser útiles para generar un esquema de referencia, pero ya sabemos que luego, en la vida real, las cosas suelen ser más imprecisas y menos explícitas que las elegantes construcciones teóricas. Las definiciones se emborronan, y las situaciones se diversifican más allá del simplismo conceptual. Por un lado, las especializaciones de estos tres grupos hacen que ocupen nichos distintos, lo cual genera diversidad y oportunidades. Sin embargo, por otro lado, estos nichos se solapan un poco, lo cual puede llegar a generar una competición parcial por los mismos recursos. En concreto, los nuevos divulgadores científicos pueden llegar a rivalizar con las otras dos categorías al acercarse a un público un poco más especializado (pretendiendo competir con los investigadores) o demasiado general (pisando los pies a los periodistas). Pero las posibles dinámicas e interacciones son difíciles de prever, porque, al final, las cosas siempre son más complejas que cualquier esquema, y cada caso tiene su propio karma y su propio peso. De hecho, hay que tener en cuenta por lo menos dos consideraciones adicionales a esta taxonomía de la comunicación científica.

La primera es que, aunque hemos distinguido tres categorías, la verdad es que habrá una gradación más o menos continua entre ellas. Algunos científicos invertirán más que otros en la divulgación, por lo que adquirirán en parte las adaptaciones (y las limitaciones) de los divulgadores. Habrá también divulgadores con más competencia científica o con más vena periodística. Y periodistas más cercanos al mundo de la investigación. Las combinaciones y las gradaciones son, como siempre, infinitas, y el nicho de cada uno será, entonces, en parte distinto. La segunda es que estas categorías profesionales siempre tendrán menos importancia que el valor y la personalidad del individuo, que son las verdaderas brújulas de una vida y de sus frutos. Todo se puede hacer bien o mal. Así que el producto de cualquier forma de comunicación científica dependerá, en gran medida, de quién esté llevando a cabo el proceso. Dependerá de sus habilidades y, por supuesto, de cómo su ego le asesore (y le mienta) en el momento de tirar hacia el bien de la comunidad o hacia sus propios intereses. Entre los que se ofrecen como puentes entre ciencia y sociedad habrá personas competentes e incapaces, valiosas y golfas, honradas y corruptas. Y, de nuevo, todo ello surtido con una amplia gama de diferentes combinaciones y grados intermedios de sus cualidades individuales. En este caso, el ejemplo más conocido y sensible son precisamente los periodistas, una categoría tan necesaria y valiente como, a menudo, tan culpable de fomentar y manipular todas las debilidades y los miedos de la sociedad. Estará en la voluntad, o en la actitud, de cada uno la elección de ser simbionte o parásito del organismo que lo sustenta. Ya se trate de ciencia, política o religión, todo vale para repartir poder y dinero, y las multitudes, como moléculas de un gas, se dejan maniobrar con unos pocos parámetros tan bien conocidos por gestores y mercaderes del saber y de la información.

divulgación científica
Características de las tres categorías de profesionales de la información científica.

Sea cual sea el trasfondo de estos nichos profesionales, hay un límite que es intrínseco a cualquier tipo de esfuerzo o compromiso: todos tenemos solamente veinticuatro horas al día. Se pueden aprovechar mejor o peor, pero, dentro de nuestras capacidades, tenemos que decidir cómo emplearlas. Si uno invierte en una cosa, no invertirá en otra. El tiempo dedicado a la comunicación es tiempo sustraído a la investigación, y viceversa. Así pues, que cada cual equilibre su propia balanza, procurando no caer en la sobrada (y frecuente) pretensión de poder hacerlo todo bien. Cuanto más nos especialicemos en un sentido, más descuidaremos el otro. El tiempo, la energía y la competencia se redistribuirán según la vieja ley que afirma que, en este universo, nada se crea ni se destruye: solamente se transforma.

Una nota final dirigida a nosotros, los investigadores. Por un lado, podemos fardar de ser los más cercanos a aquella ciencia que se pretende comunicar. Somos la fuente. Y sin fuente, no hay río. El hecho de que nuestras nóminas y nuestros reconocimientos dependan mucho menos del papel divulgador añade valor (y garantías) a nuestra contribución social. Sin embargo, el hecho de estar fuera del mercado y de sus reglas nos sitúa en una posición de debilidad y dependencia de los «profesionales» del sector. Y, por supuesto, de sus dinámicas. El riesgo es que, en este proceso de multiplicación filogenética, acabemos como fósiles vivientes, como bichos de feria o como especie en peligro de extinción, mantenida en un entorno controlado para que no se le acabe el chollo a los demás. En lugar de matar a la gallina de los huevos de oro, esta acabaría encerrada en una jaula en batería, carne de fábrica, alimentada a base de pellets y antibióticos para mantener las necesidades del mercado del ocio. Sería una vuelta a la torre de marfil, encerrados desde fuera, pudiendo hablar solo a través de una rejilla y con un intermediario encargado de contar su versión de nuestra historia. Oportunamente adornada con todos los honores y los decoros del mérito.

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3 Comentarios

  1. Pingback: La divulgación científica y su evolución en el mercado de la ciencia - Hemeroteca KillBait

  2. Y la cuarta especie en esta taxonomía ya está con nosotros: la IA. Que hace las veces de divulgadora, de periodista, de analista, de cuenta cuentos… Ya tenemos casos de flagrante hibridación entre las tres antecesoras que describes en el artículo y la IA… O incluso de sustitución. Y esta nueva supermente reclama ingentes cantidades de energía y recursos. Como nunca antes ninguna otra revolución (ni la agrícola, ni las industriales previas…). Cómo afectará la llegada de esta nueva especie a las otras tres tanto a nivel de competencia por los recursos de las personas (tiempo y atención) como de los recursos del entorno?

  3. Carolina

    La divulgación científica se ha convertido en una excusa para profesores de universidad mediocres que no saben investigar y que no tienen proyectos, y profesores de instituto con inquietudes pero sin los conocimientos necesarios para trasladar la ciencia a la población. Las unidades de cultura científica de las universidades no son más que chiringuitos de gente a la que le fue mal en la ciencia y los periodistas del gabinete de comunicación que en vez de hacer su trabajo y ayudar a los investigadores de verdad se dedican a hacer teatro y bolos. El panorama de la divulgación en España es desolador. Científicos divulgadores de calidad hay muy pocos y no les conoce nadie. Lo que sale en los medios son los faranduleros de nivel de secundaria al calor de las subvenciones para progres. Es un circo que se aprovecha de la ciencia para vender su mercancía y para hacer política. Han politizado hasta la ciencia y eso es malo para la ciencia porque provocará una reacción anticientífica (vacunas, cambio climático, etc.). Ese mundillo está lleno de golfos y funciona como una secta. Es normal que la gente no quiera saber nada de química o matemáticas si le ponen la cara de dos señoras que no son nadie en ciencia y que no hacen mas que copiar de libros americanos.

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