
Estoy de vacaciones, o debería. El caso es que paso mis días de asueto en un pequeño pueblo de la Sierra de Segura intentando desconectar de la actualidad cultural para pasear por senderos que huelen a romero y tomillo, donde el silencio solo se rompe con el sonido de las cigarras o el golpe seco de una rama al partirse bajo mis chirucas. Hoy me ha picado una avispa y ha dado al traste con la calma estoica que me había prometido en las tierras de mi admirado Jorge Manrique, obligándome a volver cojeando, con el tobillo ardiendo, mientras pensaba que ni en mitad de la montaña me libro de que algo —o alguien— me devuelva a la realidad.
Irreflexivamente y producto del mal humor causado por la puñetera himenóptera he abierto el correo electrónico. Mientras el ventilador gira con desgana en esta tarde bochornosa arrastrando un aire tibio que no refresca, entre boletines de prensa que nunca leeré y algún comentario pertinente de un amable lector de mis artículos, ha aparecido un mensaje con un encabezado solemne: China Global Television Network Corporation BEIJING, Aug. 11, 2025 (GLOBE NEWSWIRE). A mitad del email me doy cuenta de que estoy leyendo algo que no debería haberme llegado. Nunca he tenido relación con esta agencia, no he pedido sus envíos ni mostrado el menor interés por ninguno de sus clientes.
Sin embargo, ahí está, hablándome de Dongji Rescue con un entusiasmo medido. La nota está escrita con la solemnidad de un comunicado oficial y el pulso retórico de un editorial de época, para informarme que la última producción cinematográfica de la locomotora asiática narra como los pescadores chinos de la isla de Dongji rescataron a cientos de prisioneros británicos mientras los soldados japoneses les disparaban. Despliega frases largas y enfáticas que alternan el homenaje a la compasión desinteresada con denuncias sobre el “hegemonismo” y el “unilateralismo” del presente, acusaciones al revisionismo japonés y citas del propio director sobre el peligro de distorsionar la historia. Lo interesante no es solo lo que cuenta —un acto de heroísmo convertido en símbolo de paz— sino a quién se lo cuenta, y cómo.
La historia acontece en octubre de 1942. Segunda Guerra Mundial, aguas del Mar Oriental de China. El Lisbon Maru, un barco japonés de transporte, arrastra en sus entrañas a más de mil ochocientos prisioneros británicos. No hay luz, ni aire suficiente para todos. No hay esperanza, tampoco. Y entonces, desde algún punto invisible bajo la superficie, un submarino estadounidense lanza un torpedo. No hay sospecha de quién viaja dentro. La explosión parte la historia en dos: el barco herido, a la deriva; los japoneses sellando las bodegas, disparando a quienes intentan escapar. Muchos se hunden para siempre. Algunos consiguen trepar hasta la cubierta, respirar.
Ahí es donde aparecen ellos. Pescadores de Dongji, en barcos que parecen demasiado frágiles para su propio peso, remando hacia un naufragio que todavía humea, como si en su mundo solo existiera esa regla vieja y simple: si hay alguien en peligro, se rescata. Y lo hacen. En los registros militares, todo esto ocupa unas líneas en letra pequeña. En Dongji Rescue se estira, se hincha de agua y de luz, y se convierte en una epopeya de dos horas y media. IMAX, ochenta millones de dólares, casi la mitad de la película bajo el agua. Las casas de Zhoushan reconstruidas tal y como eran, como si los fantasmas pudieran reconocerlas. Guan Hu dirige como quien sabe que las imágenes pueden tornarse más ciertas que la propia historia y que proyectadas en la pantalla el tiempo suficiente, acabarán sustituyendo a la memoria.
Lo primero que impresiona no es el argumento, sino la escala. Seis años de trabajo antes de la primera claqueta: descendientes entrevistados, archivos desenterrados, viajes a las islas para estudiar la luz de una tarde concreta o la textura de la madera vieja. Los barcos que vemos no son réplicas de cine, sino embarcaciones construidas con técnicas tan antiguas que ya parecen parte de un museo vivo. En las escenas submarinas, la cámara se mueve como si tuviera pulmones propios: despacio, reteniendo el tiempo, prolongando ese momento en que el aire se acaba y aún no ha llegado el rescate. Y entonces uno entiende que ese ritmo —esa dilatación casi insoportable— no es casualidad. Es la forma con la que el director nos obliga a habitar el heroísmo, segundo a segundo.
Pero más allá de su perfección técnica, Dongji Rescue es un mensaje. Estrenada en un momento en que la política exterior de Estados Unidos arrastra el desgaste de los primeros meses de mandato de Donald Trump —con su lema “América primero” y su desdén por el multilateralismo—, la película ofrece un relato que desplaza el centro moral del mundo. En vez de soldados norteamericanos cruzando medio planeta para salvar europeos, son pescadores chinos los que rescatan a británicos. El subtexto es evidente: China no solo tiene capacidad económica o militar; también puede erigirse como referente moral.
Dongji Rescue llegó a los cines chinos el pasado 8 de agosto de 2025 y, en solo cuatro días, recaudó 350 millones de yuanes (unos 50 millones de dólares). Para este jueves 14 de agosto está prevista su llegada a Australia y Nueva Zelanda en una tanda limitada de copias, con entradas ya agotadas en varias salas de Sídney y Melbourne gracias al entusiasmo de la comunidad china local. El estreno británico tendrá lugar el 15 de agosto con una premiere en el Odeon Leicester Square de Londres y pase comercial al 22; Trinity CineAsia, la distribuidora, reporta preventas muy fuertes y que la cinta ya es tendencia en TikTok Reino Unido. A partir del 29 de agosto comenzará su despliegue continental: los derechos para Alemania y Francia se vendieron hace semanas, impulsados por el prestigio que Guan Hu obtuvo en Cannes por su película Black Dog.
En el tráiler, la tensión bélica se alterna con momentos casi hipnóticos: cuerpos suspendidos en el agua, haces de luz que atraviesan la superficie como cuchillas, el silencio espeso antes del momento decisivo. En la prensa del país asiático destacan que el plano secuencia inicial —un drone que retrocede desde el camarote de un prisionero hasta mostrar el convoy japonés— que dura 4 minutos y 37 segundos es más espectacular que el desembarco de Salvar al soldado Ryan. La postproducción, a cargo de More VFX (los mismos que The Wandering Earth 2), incluye 1.400 tomas de efectos digitales que convierten cada ola en un personaje: hay una cresta alzándose como una patada voladora justo cuando el Lisbon Maru se inclina a estribor que parece un easter egg ideológico.
Sin embargo y como era de esperar, el guion no se detiene en detalles incómodos. El torpedeo accidental por parte de un submarino estadounidense se menciona apenas de pasada. La complejidad de la ocupación japonesa, la precariedad extrema de los pescadores, o las ambigüedades de la guerra se diluyen en favor de una narrativa limpia: héroes chinos, víctimas británicas, villanos japoneses. China domina este arte de narrar. No es nuevo. Desde 2012, las cintas de «rescate global» chinas han pasado de ser un subgénero (Operation Red Sea, The Captain) a una estrategia de Estado. El giro es sutil pero letal: mientras Hollywood exporta superhéroes con capa y trauma, Beijing ofrece pescadores con red y ética confuciana. El mensaje es claro: cuando occidente se retrae, China extiende la mano. Y la mano, claro, siempre lleva un guante de seda con etiqueta «Made in Yiwu». Hoy, las historias llegan en 4K, con subtítulos multilingües y estrenos coordinados en varios continentes. La propaganda ha aprendido a vestirse de universalidad.
El gesto más audaz de Dongji Rescue está en invertir el patrón dominante del cine bélico. Durante décadas, Occidente nos mostró una y otra vez a sus soldados salvando a “otros”: europeos, asiáticos, africanos. Aquí, por primera vez en la memoria de muchos espectadores, son los chinos quienes salvan a los occidentales. No es solo una rareza narrativa; es una declaración política. Un cambio de sujeto que, en tiempos de crisis de imagen para Estados Unidos, se lee como una alternativa plausible a su liderazgo moral. Para el público chino, la película reafirma que la grandeza de su país no reside solo en sus índices de crecimiento, sino en su humanidad. Para el público extranjero, ofrece una imagen amable: un país capaz de salvar, perdonar y tender la mano a quienes lo humillaron en el pasado. Y lo hace con un guion que, aunque simplifica la historia real, logra que el espectador salga de la sala convencido de que lo que ha visto es, si no toda la verdad, al menos la parte importante.
No puedo evitar pensar en cómo este uso del pasado como materia maleable es, en sí mismo, un patrón histórico. Durante siglos, China ha cultivado relatos fundacionales donde los hechos y la épica se entrelazan: crónicas imperiales, leyendas populares, novelas históricas que construyen un linaje moral para el presente. Hoy, ese mismo impulso se canaliza a través del cine, con recursos y ambiciones que rivalizan con Hollywood. Y el objetivo ya no es solo reforzar la identidad interna, sino disputar el liderazgo cultural global.
Mientras termino la investigación demencial a la que me ha llevado la nota de prensa, empiezo a ver el propio correo como la primera escena de la película. No es casual que llegue a medios y periodistas que no están en la órbita habitual de Pekín. Es un lanzamiento al mar de boyas narrativas, confiando en que algunas lleguen a puerto. El estreno es solo una parte del plan; el resto consiste en que la historia se cuele en conversaciones, artículos, redes sociales. Que se convierta en referencia, incluso para quienes no vean la película. Y yo, avispa mediante, me he prestado a ello.
La tarde ya es noche, aunque el bochorno se mantiene impertérrito en tanto que el ventilador gira igual de lento. Yo sigo con el correo abierto, leyendo por tercera vez esas frases que hasta hace unos días pertenecían en exclusiva a las producciones hollywoodienses. Afuera, la calle está quieta, como si el calor hubiera vaciado el mundo. Pienso que Dongji Rescue es más que una película: es un ensayo práctico de diplomacia cultural, una demostración de cómo un país puede tomar un episodio olvidado y convertirlo en un símbolo que cruce fronteras. Y en esta tarde inmóvil, frente a la pantalla, entiendo que la primera escena no se rodó en un tanque de agua ni en una playa de Zhoushan, sino aquí, en mi bandeja de entrada.







Mis dieses. Lo has contado tan maravillosamente que no faltaré al estreno.
Excelente divulgación, señora. Muchísimas gracias. La veré sin dudas. Justamente ayer miré por tercera vez “800 héroes”, una película china sobre un hecho histórico, la defensa extrema de Sanghai contra el invasor japonés, un peliculón, con una épica, ética y estética muy a lo hollywood pero con un final inesperado pues no ganan “los buenos”, al contrario, mueren sacrificándose y perdiendo esa ciudad. Pienso que es el homenaje a un grupo, o sea a la mínima expresion de una sociedad de la cual poco sabemos todavía. Bienvenido sea este impulso artístico, venga de donde venga, con tal de que nos cuenten el pasado, un pasado que, como en el caso de mi país, quedó sepultado por la Historia Impuesta de los vencedores. Todavía no pierdo las esperanzas de ver una película argentina en la cual se nos narren las gestas protagonizadas sobre todo por gauchos, orilleros, africanos, “vagos y malentretenidos”, mestizos e indios en la defensa de “Santa María de los Buenos Ayres”, en el primer intento de invasión inglesa en 1806, y en el segundo de 1807. Quedará para la Historia las reflexiones en el diario de Doña Mariquita Sanchez de Thompson, en cuya casa, según la Historia se confeccionó nuestra enseña patria, la celeste y blanca, pero también la admiración por las tropas inglesas, los invasores “tan blancos y rubios, limpitos y ordenados ellos, no como los nuestros, negros, feos y mal vestidos”. Y el colmo de una fina ironía aristocrática que todavia nos hace, mal que nos pese, sonreir: “Si los ingleses no se asustan por la traza de nuestros soldados, ¿cómo harán para vencer?” El mismo pueblo que años después, en 1845 protagonizará otra epopeya al rechazar la prepotencia de ingleses y franceses al querer remontar los soberanos rios internos, con el solo permiso de sus cañones sobre las primeras naves a vapor, para comerciar con el entretierra, siempre en manera asimétrica: bienes primarios, carne, cueros, plumas y grasas contra manufacturados, producto de la novísima industrialización de Inglaterra y Francia, situación económica internacional que todavía perdura hoy en dia en la burguesía porteña. “La Vuelta de Obligado” es el lugar geográfico de tal hazaña, un recodo que hace el rio. Y si llegaron ahi y hasta más arriba con corriente adversa, destruyendo con su mayor potencia y modernidad de fuego las defensas costeras, no previeron que desembarcar sería imposible. Cargas a caballo y de a pie en las orillas, balas, lanzas, piedras, facones y sables no lo permitieron. Tuvieron que volver con sus barcos agujereados por la metralla pero funcionantes, pero más que nada por el hambre en las tripulaciones que comenzó a imponerse. Un error estrategico que la avidez comercial e ideológica volvió a repetir en la Historia de los imperios. “Qué los tiró los gringos, unagransieté, cruzar tantos mares, venirse al cuete, qué digo, venirse al cuete” canta una zamba, la de Obligado, uno de los pocos testimonios artísticos de tal hazaña. Gracias nuevamente por la amena, reflexiva y sobre todo, poética lectura.
¿Para cuándo una superproducción de la victoria de El Alamo desde el punto de vista mexicano? O las gestas de Gálvez, Blas de Lezo, las mentiras del Maine etc