
Érase una vez un país en América Central. Está entre dos océanos, tiene muchas islas, se ve verde desde el aire y allí humean volcanes que dibujan sendas retorciéndose cual carretera de alta montaña. Que también hay. Carreteras de alta montaña, digo. De las que buscan ciclistas y aficionados. De las que temen todos, desean todos, anhelan todos, rehúyen todos.
Espacios de sol y lágrimas, de lluvia y sonreír.
El hogar del ciclista.
Bicis e historia
Cuentan que las primeras bicicletas se vieron, allá, hace como siglo y medio. Los liberales costarricenses, que importaron ideas, artilugios y ocios. Cuentan que la primera prueba fue en el Parque España, que montaban allí su caballito de acero algunos cachorros de familias influyentes. Cuentan que era diversión, que competiciones pocas, que somos gentlemen sin sudores ni similares, aunque nos organizamos, pues cosa de prócer es el bien organizarse. Club Ciclista Josefino, 4 de agosto de 1896. Cuentan, en definitiva, que para la década de 1940 hubo hasta campeonato nacional, así que está maduro el frenesí. Y en 1965 incluso se hace una vuelta. Oh, sí, la I Vuelta a Costa Rica. Cinco etapas entre sesenta y ciento cuarenta kilómetros, para un total de quinientos veintiuno. Días 27 a 31 de diciembre, porque las primeras ediciones se hicieron concluir con la Nochevieja, por acelerar festejos (hoy se busca navidad o alrededores). Cuatro equipos costarricenses, más los seleccionados de Guatemala, Nicaragua y Panamá. Veintiocho paisanos, contando todos. Miguel Ángel Sánchez fue el primer líder. Su hermano José Luis, a quien todos llamaban «el Negro», es ganador de inicio… Esa familia conquistó cuatro de las cinco etapas (la otra fue para Carlos Luis Castro).
Desde entonces… bueno, fecha tras fecha, sin falla, hasta diciembre de 2024. De José Luis Sánchez a Luis Daniel Oses. Han ganado la Vuelta a Costa Rica ticos, colombianos, mexicanos, guatemaltecos, un venezolano y otro de los Estados Unidos. Premio que se reparte. Y leyendas, desde el primitivo Evangelista Chavarría, ejemplo de humildad y reciedumbre, hasta los Emilio Artavia, Saturnino Rustrián, Carlos Alvarado Reyes, Juan Carlos Rojas o el legendario Andrés Brenes. También Federico Ramírez, el Lico.
Y él, claro.
Él.
No lo hay mayor.
(Hoy Costa Rica cuenta con una veintena de ciclistas profesionales compitiendo, en todas las categorías, por el mundo).
Una rara avis
Primero, los nombres. Porque los nombres son importantes, los nombres sirven para conocer las cosas, sí, pero también para aprehenderlas. Los nombres tienen poder, visten y marcan.
Nuestro protagonista se llama Andrey. Sí, con «Y». Andrey Amador Bikkazakova (San Ramón de Alajuela, 1986). Menos de diez mil almas, allí. Dos presidentes de la República, un poeta renovador, un ciclista revolucionario…
Lo de Bikkazakova le viene por su madre, igual que el Andrey. Raíces rusas por ese lado, españolas por el otro. Nieto del exilio por la guerra civil. Desde Galicia que llegaron hasta Costa Rica, buscando porvenir y fortuna.
El chico era… inquieto. Hiperactivo, diríamos hoy. En el colegio ni una mala palabra, pero es que tampoco atendía demasiado. Eso y que tiene tendencia a los arranques. No le gusta la autoridad, no le gusta que le ordenen, que le hagan de menos. Será constante durante toda su carrera pro. No le metas hombro, no le quieras ganar posición con macarrismo o mala mezcla. Saldrá horrible.
(Ah, le decían «Orejones» en la escuela, pero qué atrás quedan esos años. Otros, más traviesos, le pusieron Chucky, como al muñeco. Tampoco con él podías hacer bromas o pasarte de listo).
Carrera pro, dije. Porque Andrey hace deporte. La bici, le gusta la bici, le encanta la bici. Ah, esos héroes de las Vueltas a Costa Rica… como ellos seré, piensa, mientras se queda hasta tarde para ver por la tele los resúmenes del Tour de Francia. Quiere ser como los del maillot jaune, pero fija idolatría en algo más cercano. Lico, el Lico Ramírez, ganador de la Vuelta a Costa Rica en el año 2000, un intento en el ciclismo europeo, en España, allá por 2004. Ojalá…
Hogar humilde, esfuerzos máximos. Y él responde. Desde los trece años que empieza a labrarse futuro. Ruedas finas y gordas. Destaca a nivel nacional. Más que eso: es un ciclón, nada ni nadie puede con el chico que llegó desde San José. Tiene futuro, dicen, hará algo. Y empieza, Andrey, a ponerse maillots, maillots de verdad, maillots con publis y patrocinadores. Uno de raigambre poco ciclista, si quieren, ese blanco, y rojo, y azul de Pizza-Hut. Sí, el mismo Pizza-Hut del Lico.
(Qué lejos queda la zamarra rosácea, tan fashion, de su Education First).
Al equipo lo llevó su madre, doña Raisa. Si quieres andar en bici, hazlo como es debido. Casi no es ni adolescente y Andrey quiere medirse a los mayores. Entrena como si tuviera cinco años más, acumula kilómetros, pedaladas con seriedad. En carrera es valiente, pundonoroso, a veces demasiada rabia en la derrota. Pero es que ganaba tanto… Si hasta lloraba al perder, como cuando amaneció enfermo en la última etapa de la Vuelta, la que sube hasta el Cerro de la Muerte.
(Ya les dije que los nombres importan. Y a esto le dicen Cerro de la Muerte. Cuarenta y seis kilómetros de longitud. Cinco por ciento de pendiente media. Corona a tres mil trescientos treinta metros).
Aquel día estaba enfermo Andrey, y subió el Cerro a gatas, y terminó en Cartago plañidero. Decepcionado. Perdedor.
(Aunque fuera doble campeón nacional juvenil. Aunque hubiese ganado mil cosas en casa y otros países. Aunque dominase la carretera y el MTB).
Fueron sus últimos meses en Costa Rica. Un gran salto le esperaba.
De las pitayas a las alubias
Pero qué es esto. Mira qué frío, mira, mira. Por las mañanas, cosa de no creer… todo niebla, grises, pareciera que puedes pellizcar las nubes. Y el termómetro como si no quiere subir, que sales a entrenar forrado en ropa, nunca pensé que pudieras dar pedales con tantas prendas encima. Pero salimos, eh, si tocan cien kilómetros se hacen cien kilómetros. O ciento veinte, habiendo rato, siempre es mejor tener fondo.
Ah, y espera… nieve, también tenemos nieve. Incluso en la ciudad, aunque eso no pasa mucho. Pero allá arriba, tirando para Ibañeta… a montones. Es curiosa, la nieve, porque está helada, y a veces tira más a gris que a color blanco, y para nosotros, para los de las bicis, supone problema grande. Pero siempre te da algo así, en el pecho, como de alegría al verla. Y tienes que tocar, quitar los guantes y tocar, y se te queda la mano roja, y húmeda, y es una sensación como de ser niño hoy…
Le cambió la vida a Andrey. Hacía puestos, tenía futuro, hasta ganó una etapa en la Ruta de los Conquistadores, que, dicen, es la carrera de MTB más exigente en el mundo, esa que reproduce, en solo tres días, lo que hizo Juan de Cavallón y Arboleda. Solo que él tardó veinte años.
Y eso, que se le abren posibilidades a nuestro tico. Pero, al tiempo, debe tomar la más difícil de las decisiones. Habla con José Adrián Bonilla, otro paisano que prueba suerte por Europa. Tienes que venir, le dice. Aquí están los mejores, tienes que venir. Serás uno de ellos, tienes que venir.
Y Andrey, ambicioso, va.
Por Navarra aterriza, por Pamplona. Enero de 2008, apenas entrado en la veintena. Qué diferente el mundo, cuántas cosas por descubrir. Las costumbres, los amaneceres. También, sí, esa nostalgia del desarraigo, de la familia en otra tierra, en otro mundo. Cuando yo me levanto ellos marchan y se acuestan. Pérdida y victoria. Ganó, Andrey, un nuevo nido. Ahora tiene hermanos y parientes nuevos. Algunos, como él, buscan hacer fortuna. Otros son padres bienhechores que auxilian. Les dice Iban Latasa, o Cristian Thomas, también Sergio, Martín, Egoitz Aguirre, Miguel Escribano. Y ese alma con cuerpo enérgico que responde por Manuel Azcona.
(De Miguel Azcona, recientemente desaparecido, dice, todavía hoy, que fue su segundo padre).
Ha fichado Andrey por Lizarte. Galibier Lizarte, entonces, hoy tienen hasta equipo pro, patrocinado por Kern Pharma. En la órbita (no directa, pero en la órbita) de su futuro Movistar. Allá donde enseñoreaban Perico o Miguel Indurain. Qué mejor sitio para crecer. Qué mejor sitio para tocar triunfos.
Llegan. Le cuesta adaptarse a Andrey. Está tan lejos todo. Hace frío, no conoce a nadie, no sabe cómo debe hacer las cosas en aquel lugar tan distinto al suyo, porque nada tienen que ver pitayas y alubias. Quiere irse, regresar a Costa Rica, dejar atrás los sueños. Bonilla le da ánimos. Sigue, sigue un par de añitos, y después ya decides. Y él, corajudo, entrena. Un puesto aquí, una victoria allá. Destacando, mucho, en el Tour de l’Avenir, fábrica de campeones. El prólogo, el maillot, un sexto final. Allí estaban Bakelants, o su conocido Rui Costa, también van Garderen, Caruso, Pantano, Jérôme Coppel, Diego Ulissi, Fabio Duarte. El parvulario donde juegan los que llegan para killers. Ya tiene hechuras de pro.
Así que le pasan. De Lizarte a Caisse d’Epargne, que después reza Movistar. El equipo de Unzúe, el de Jaimerena y tantos. Corren, allí, Alejandro Valverde, Joaquim Rodríguez, Pablo Lastras, Txente, Pereiro. También Rigo Urán, siempre ayuda, siempre sonrisa.
Y, entonces, ¿qué? Pues estar entre los grandes. Apretar los dientes. Buscar tu sitio, hacer cronos cucas, ponerse fiero en montes. Y trabajar, trabajar mucho, trabajar como el gregario excelso que estaba llamado a ser. Sin quejas, sin ceder a dolor. Como cuando debuta en el Tour de Francia, año 2011. Una caída al principio, un esguince. Grado dos, diez a quince días de inmovilización total. Olvídenlo, yo seguiré. Sube los Pirineos, sube los Alpes. Tentación de abandono. En cada col, en cada noche. Pero él sigue. Es, muchos días, último de la general (solo que, de los de delante, ninguno lleva un tobillo roto). Aprieta dientes, se le escapan lagrimitas algunas tardes. «Si logra acabar el Tour», dice el médico de su equipo, «será una de las cosas más extremas que habré visto en mis muchos años en el ciclismo». Finalmente adelanta a Fabio Sabatini. Termina la Grande Boucle con un solo tobillo y sin lanterne rouge.
Es el primer costarricense en París. O, al menos, en primero en bici. O, al menos, el primero que concluye todo un Tour de Francia.
Venía curtido. Andrey, que traía ya piel dura. Entrenando. Lo asalta un grupo de delincuentes, él intenta huir, le roban la bici, lo golpean. Queda inconsciente junto a un río. Riñón dañado, pulmón que funciona a trompicones. Seis horas estuvo allí, sin saber que estaba. Era su último entrenamiento del año 2010, y en el hospital decían que la recuperación sería larga, difícil.
Siete meses más tarde terminó el Tour de Francia.
Con el tobillo roto.

El despertar latino
Andrey encontró, en Movistar, ecosistema estupendo. Inmejorable, podríamos decir. Raíces de nieve y cellisca, palabras con acento dulzón. La antigua casa de Indurain es, en aquellos años, refugio para ciclistas latinos. Por allí estaban Nairo, o Rigoberto, o Argiro Ospina, también un tiempo de Mauricio Soler (antes de su desgracia), o Winner Anacona, o Dayer. Hasta pasó Carlos Betancur, un tipo que podía comerse el mundo y se lo tomó demasiado al pie de la letra. Y por una temporada no coincidió Andrey con José Rujano, de los ciclistas más indescifrables que haya habido y habrá. Ah, y su compañero del alma, Richard Carapaz, claro, pero de Richard Carapaz les hablo más tarde.
Así, a ritmos de calipso, de cumbia, de yaravís y joropos, es como iban pedaleando aquellos muchachos vestidos de azul. Descubriendo carreras, haciéndose un hueco en el pelotón de los mejores, de los más grandes que hay. Explorando límites.
Los de Andrey están, aún, por conocerse. Es el primer tico en correr (y acabar) el Giro, el primero en correr (y acabar) el Tour, el primero en correr (y acabar) la Vuelta. Conoce también las grandes Clásicas. San Remo, Lieja, de Ronde van Vlaanderen, Lombardía. Sufrió, incluso, en París-Roubaix. Dos veces. Agua la primera, llegó al Velódromo de las Hilaturas en 2012. Casi por obligación, o trabajando para otros, iba Andrey a las clásicas. Tenía cuerpo y hechuras de flandrien, pero…
(Ay, aquella Gante-Wevelgen que tuvo tan cerquita, esa que le arrebató Sagan, otro ansias, con su lanzamiento tan temprano en el esprint).
Con todo, precursor. Una vez más. Terminará su carrera con diecinueve apariciones en los Monumentos, dieciocho en Grandes Vueltas, ocho en los Campeonatos del Mundo.
Da para decir que tuvo carrera extensa y seria, ¿no?
Incluso ganando cositas, no vayan a pensarse. Esperen, que se lo cuento.
Qué bien ruedas cuando ruedas bien
Hay que ver, macho, lo bonito que es esto. Mira, mira, allí… las nieves, los torrentes cayendo por entre piedras grises, esos nubarrones tan gordos. En serio, me encanta. Costa Rica es más cuca, no vayas a pensarte, pero es que los montes son diferentes, más de árbol y verde. Aquí… como un canto saliendo de los mismos Alpes. ¿Cómo dices que se llama? ¿Cervino? ¿O Matterhorn, o también Hore? Qué raros sois, con tanta historia. Espera, espera, que se me escapan. ¿Ves? Me despisto mirando arriba, y se me pierden de vista los otros dos con tanta curva. Barta y de Marchi, les digo a los otros dos. Nah, chupao. Yo creo que nos llega para jugar a la victoria. Y soy más rápido. Bueno, más rápido no sé, pero traigo unas patas… Venga, esprint, dos, tres bicis, fácil. Las manos en el rostro, la sombra titubeante sobre un suelo mojado. Ganar en el Giro. Qué sensaciones, qué sensaciones.
Hubo un tiempo en que Italia fue territorio tico. Amagando allá por 1990, con Luis Gabelo Conejo, Cayasso o Flores. Sueños de septentrión (Génova, Turín), despertar por Bari, que el sur de la bota es cruel y exigente. Pero nosotros hablábamos de bicis. De cuando el Giro (todo un Giro de Italia, ahí es nada) se puso rosa, sí, pero un rosa como si lo hubiera imaginado Pacífica Fernández Oreamuno, un rosa muy Centroamérica. Y fue por él.
Tres años grandes tuvo Andrey Amador en Italia. Que igual les parecen pocos, pero vaya corsas. Primero la victoria de Cervinia, año 2012, cuando lo de Joaquim Rodríguez y Ryder Hesjedal, el pódium con menos glamour para la carrera más bonita. Allí, por el valle de Aosta, decimocuarta etapa, final en Breuil-Cervinia, a los pies del coloso tras subir los colosos. Col de Joux, el monte final. Arrancada de clase. Nunca antes un costarricense había triunfado en el Giro. Momento histórico.
Y llegan otros, claro, con Amador siempre llegan otros. Por ejemplo, rondar el cajón milanés. Ah, qué delicia, competir con los mejores, con los más grandes. Y en menudo entorno, oigan, que ese Giro 2015 da para escribir novelas (de género negro, de género rosa, de género tipo cincuenta-sombras-en-bici). Allí andaba, Amador. Entre setenta y cinco miembros del equipo Astana, un Contador disfrazado de Roland Deschain y varios aventureros tipo Jeremiah Johnson que pasaban por la zona y, venga, pues atacamos en plan loqueras. Vamos, que aquel Giro fue una carrera de destrucción física y mental, una Grande corrida a lo «años 70» en tiempos del twitter. Y Andrey hizo cuarto. Llegó a ir tercero, ojo, en postura de cajón, tras la crono monstruosa y la llegada al lugar innombrable de la pantanidad (Madonna di Campiglio), cuando quedaba menos de una semana. Pero, finalmente, cayó hasta el cuarto puesto, arrollado por un Mikel Landa que tenía más dinamita en sus muslos que un testamento de Alfred Nobel. Con todo… cuarto. Cuarto en un Giro de Italia. Otro hito que supera.
¿Quieren más? Sigamos por Italia, porque nos gusta Italia, porque allí la gente disfruta de la existencia, porque no se parece en nada a Costa Rica, pero nos recuerda tanto a Costa Rica. Sonreíres y crepúsculos, el aperitivo mientras atardece. Ah, Italia… Qué bella, Italia; qué bella, su maglia; y qué lindo fue, sí, vestir de rosa. Otro muro que cae, otro espacio a la conquista. Solo unas horas, entre Cividale del Friuli (el pódium, los aplausos, las fotos, todo sonriente, tanto orgullo con esa prenda), y Corvara in Badia (la Sella Ronda, el Giau… mucha tralla para Andrey, que sufre, que desfallecerá). Pierde casi cuatro minutos con los buenos en Dolomitas, pero sigue aferrado a la general. Será octavo finalmente, entre los colombianos Urán y Atapuma. Meritorio, oigan. Cuesta tanto, vestir la maglia. Pero es que durante unos días, durante algunas etapas, pareciera que Amador podía asaltarse el Giro. Quizá no en pura lid atlética, pero sí tirando de astucia, de zorrería, de pendencias con su escuadra, de Valverde secando detrás. Pero, por unas u otras razones, aquello no salió. Y quedará, siempre, el «y si».
¿Saben qué? Tampoco importa mucho. Hizo historia cruzando los Alpes.
Es bonito ayudar al prójimo
Entre otras razones porque él no estaba allí para eso. Que, si sale, genial, pero lo nuestro es otro curro. El curro, básicamente. Trabajar, trabajar y trabajar. Andrey Amador forma parte de una élite injusta en el ciclismo: la de los grandes gregarios. Porque las bicis son deporte que se gana en individual pero se corre por equipos, y no hay dos piernas que puedan más que las de todos juntos. Así que los ases (los que abren portadas, los que generan magazines) necesitan compañeros. Que les quiten el aire, que los arropen en el pelotón, que consuelen sus desconsolares y abracen sus entrañas. Que compartan victorias, ok, claro que compartimos victorias, pero sin salir en los highlights. Qué injusto es eso, qué ingrato destino. Qué noble, también. Y ahí, en ese laburo de precisión, Andrey era uno de los más cotizados…
¿Cómo? ¿Que no saben lo que hace uno de estos gregarios? Ojo, gregarios de lujo, decimos, de los que aguantan con su líder hasta (casi) el final de las etapas montañosas, de los que están con su protegido durante (casi) todo el tiempo en las llanuras. Ahí entraba Andrey. Anchas espaldas, nervio, capacidad para no arredrarse. Perfecto para mover en el pelotón, a no sé, un Nairo Quintana, un Richard Carapaz, un Alejandro Valverde. Ahí… rendimiento top. Y cotizado, no piensen, porque un gregario de garantías vale tanto (vale más) que cualquier líder lleno de ínfulas y pocas patas.
Así que, visto de esa forma, el palmarés de Amador es impresionante. Estuvo con Nairo en su primer Tour, aquel de 2013 que terminó detrás de Froome, cuando ni él parecía creer las fuerzas que arrastraba. Estuvo, también, en su Giro de 2014, el de la apoteosis de escarabajos, el que ganó Quintana bajando Stelvio, entre nieve, con motos, banderas y mucha picardía. Y en las Vueltas. Ese mismo 2014 (pódium de Alejandro Valverde), un año más tarde (cuarto de Nairo), el Giro de 2017 (pódium de Nairo). O, ya con Carapaz al frente, la histórica victoria en Verona de 2019, el tiro al palo, un año más tarde, frente al Primož Roglič de la Vuelta, con aquello tan raro de La Covatilla.
Fue, esto último, con otros colores. Porque abandonó Andrey su equipo de siempre (el de casa, el que lo acogió en Navarra, el que mamó a Indurain y Perico) por el poderío british de Ineos. Modernidad, sofisticación, marginal gains y más pasta de la que proponían otros. Y, sobre todo, seguir a su amigo, al compa fiel, al tipo por el que no cuesta dejarse pellejos en carretera. Richard Carapaz. Estuvo Andrey animando y ayudando. El día de Courmayer, cuando trincaron maglia rosa. O por Ponte di Legno… Confianza y poderío. Cómo no acompañar a quien te tiende su mano.
A partir de entonces… ligar su vida al otro. Curro, curro y curro. Tirando del carro, protegiendo del aire, dando tres voces cuando hacen falta tres voces. No es fácil imponerse en un equipo anglo siendo latino. Otros idiomas, otras costumbres. Ellos lo hicieron. Qué delicia, el rodar. Quizá estuvo Amador más trémulo en ambiciones personales durante estos años, también en el salto (otra vez con Richard) a Education First. Solo que eso es indiferente. Lean de nuevo más arriba: al gregario no se le ve, el gregario es insustituible. Él lo era, lo ha seguido siendo hasta el último día de su trayecto profesional.
Ahora hay un pelotón sin Andrey. Le pudieron las lesiones, los accidentes, dijo basta, ya está, son muchos años, vivimos tanto… Él sigue sobre la bici. Retos, MTB, apariciones públicas, cosas más alocadas, más feroces, más en el límite. Todo lo que no puede hacer un ciclista preocupado por sus entrenamientos, por su «Día D y Hora H». Seguirán, sí, leyendo sobre él. Por muchos años
Es lo que tienen las leyendas.








“Gregario”. Esta palabra me suena más a un compinche de banda armada con malas intenciones y no a un grupo solidario. Vaya con este deporte que sigue siendo un misterio para mí. ¿Quién predispone el orden de partida tan heterogéno? ¿Por qué miran continuamente para atrás los que van primeros? ¿Por qué los grupos que comandan se alternan como si estuvieran de acuerdo? Me parece entender que los gregarios rodean al as para protegerlo, darle reparo e ínfulas. ¿Estando en el medio de su grupo es posible que el esfuerzo pedalero sea mínimo con un viento en contra menor, como para descansar digamos? Linda imagen sería. Como las abejas con su reina. Usted sigue siendo el portavoz de un deporte misterioso, con arcanos indecifrable, pero lo hace tan bien que es un gusto leerlo. Muchísimas gracias.
¿Quién predispone el orden de partida tan heterogéneo?: Los directores de equipo.
¿Por qué miran continuamente para atrás los que van primeros? : Para medir la distancia con los de atrás.
¿Por qué los grupos que comandan se alternan como si estuvieran de acuerdo? : Porque están de acuerdo.
Me parece entender que los gregarios rodean al as para protegerlo, darle reparo e ínfulas. Exacto.
¿Estando en el medio de su grupo es posible que el esfuerzo pedalero sea mínimo con un viento en contra menor, como para descansar digamos? Si.
Arcanos indescifrables descifrados.
Saludos cordiales!
Muchísimas gracias, estimado. De aquí en adelante podré dedicarme única y exclusivamente a hinchar por un candidato (si es uno del montón, un gregario digamos, mejor) sin tener que preocuparme por la escenografia o la trama de intereses deportivos de este maravilloso espectáculo. A sudar tupido, a respirar con afán juntos, a sufrir con él en la agónica y fatal volada final; un riñón mío le haría falta para el esfuerzo postrero. Después de la pelota de cuero, la bici es el mejor invento del hombre. “Va la culebra de pedaleros por los campos yermos de España vista del cielo, el sudor lubrifica los sueños por más que ofusque la vista, sin frenos en bajada, los sueños, el dolor en subida, los sueños, y levantar los brazos al final dejando a la bici que llegue mansita…” cantaba un poeta de mis pagos.
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