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Reyes pidiendo paso, nobles que casi ciñen corona: el señorío jurisdiccional a través de ‘Juego de tronos’

La Boda Roja en Juego de tronos. Imagen HBO. el señorío jurisdiccional en 'Juego de tronos'
La Boda Roja en Juego de tronos. Imagen: HBO.

El señorío fue mucho más que un decorado medieval: un poder casi real que condicionó la política peninsular durante siglos y que, como en Juego de tronos, revelaba la fragilidad del propio rey.

Un monarca que anda pidiendo permisos. Un señor que le debe pleitesía, pero a quien solicita hospitalidad. Un pacto que nos parece poco comprensible. Y, de fondo, los rumores de una traición, de unos hechos execrables.

Suenan las «Lluvias de Castamere».

Ponte a cubierto, Robb, que te mojas.

Que no pasas, Robbie, que no

Bien, empezamos a lo grande. La Boda Roja, nada menos. Oh, sí, la Boda Roja. Cantidad de televidentes que reaccionan espantados, cantidad de lectores con resabio que miran de reojo a ver cómo reaccionan los televidentes espantados. Fue más bruto en imágenes, aclaremos, pero es que sobre letras… en fin, dura muchísimo más. Y lo imaginas. Y se queda ahí, en cosquilleos…

Aquí no vamos a desentrañar los elementos reales que inspiraron el lance exacto. Que los hubo, oigan, porque la Edad Media y la Moderna esconden, siempre, un modelo grandísimo para cualquier barrabasada cruel que usted quiera inventarse. Podríamos, verbigracia, andar citando la Cena Negra (guiño, guiño, y además es guerra de los Cien Años, que cuadra perfectamente), lo de Glencoe e incluso la conjura de los boyardos. Pueden escoger. Si es que somos —históricamente— unos brutos.

Pero, dijimos, nada de correlaciones históricas más o menos exactas. No. Explicar, explicar. Porque al lego en todo lo que son sociedad, administraciones e instituciones de los siglos oscuros (y posteriores, vamos a ver) igual se le queda pelín sorpresa con el desarrollo del asunto. Quiero decir… ¿no es Robb Stark el rey de todas esas tierras? ¿No le apoya la Casa Frey? ¿No es Frey uno de los hombres de su madre, la que casó con los señores del Norte para, entre otras cosas, asegurar esas geografías? Entonces… ¿por qué tiene que andar pidiendo favores? ¿Por qué no pasa por esos sitios tan angostos sin pedir permisos? ¿Por qué no actúa como el monarca que realmente es? ¿O los reyes tenían un poder limitado?

Sean ustedes bienvenidos al sistema señorial. O feudal, pero vamos a seguir diciendo señorial, porque nos centraremos, sobre todo, en la península ibérica. Y aquí feudos, lo que se dice feudos… pues por los condados catalanes, a mogollón, pero apenas más allá. Así que régimen señorial. Mola mucho, también, no se asusten.

¿Cuál de los hermanos tendrá la corona?

Vale, usted es un rey. Pero un rey medieval, un rey tipo Enrique IV, no un rey rollo Carlos III. Un rey que vive —pongamos que es rey de Castilla— con varias fronteras apetitosas (y amenazantes), con varios pifostios dinásticos y con más enemigos que los Caminantes Blancos por Benidorm. Dicho de otra forma, su poder está continuamente cuestionándose, bien por agentes externos o (sobre todo) por paisanos cercanos a usted. O, si lo prefieren, que su hermano (o su primo, o ese bastardo que engendró su padre —hay que ver lo golfo que era su padre en las razias—) dice tener más derecho al trono. Y como lo del derecho al trono tampoco lo tenemos muy claro (en otro capítulo se lo cuento, también es cosa muy de nuestros libros) pues aquí gana quien más argumentario ponga sobre la mesa. Y, en este caso, por «argumentario» lea usted apoyos.

Vamos, que el monarca se dedica al unte para quienes le puedan ayudar (tanto para ganar sostenes como para restarlos a sus primos, hermanos, etcéteras). Y quienes le pueden ayudar son los nobles, claro (y la Iglesia, pero en este capítulo hablamos de nobles). Pasa que, en contra de lo que ustedes creen, los reyes nunca andan muy sobrados de pasta, porque el tesoro público pues… Los monarcas multimillonarios son, en Europa, cosa muy moderna, no vayan a pensarse, y por eso, entre otras rubias causas, hubo de encamarse la casa Baratheon con la casa Lannister, que los segundos tenían parné.

Y eso, los reyes no poseen dinerillos, pero sí fincas. Muchas fincas. Poseen, de hecho, una finca enorme, inmensa, a la que llaman reino. Y, como es suya, hacen y deshacen sobre ella a libre albedrío. Vamos, que como no puedo pagarte tu lealtad (o tu no deslealtad) con billetes, pues te regalo una huerta. Y como hablamos de reyes, nobles y demás pues a lo mejor las huertas son valles enormes, o espacios tan morrocotudos como para figurar en grandísimo sobre los mapas. Espacios donde, además, el monarca transfiere alguna de sus atribuciones de jurisdicción. Porque esa es otra.

Cuando hablamos de señoríos jurisdiccionales lo hacemos de cualquier territorio en el cual una, varias o todas las atribuciones jurisdiccionales son ejercidas por persona diferente al rey. O, si prefieren, que existen sitios donde el recaudador de impuestos, el gobernador o el juez no son designación del rey, sino de otra persona. Y lo mismo con el gobierno. Y con los juicios. Y con la administración, las «políticas de fomento», la seguridad y la economía. Todo… o algo.

Ya ven, casuística absoluta. Porque esa es otra. Nosotros hablamos de señoríos y ya rápidamente todo el mundo piensa en castillos enormes, extensiones inmensas y todo con un aire muy «Milo Manara dibujando El Cid». Y, oye, mira, a veces cuadra, pero en otras… Vamos, que existen señoríos con solo un pueblo, o ni siquiera, que tenemos señoríos de solo un barrio (por Cantabria hay). Y, como comprenderán ustedes, ser casa de la Vega-Mendoza pues te convierte en un pez gordísimo del reino, pero ser primogénito de la casa de Sotronca y gobernar la villa de San Martín en Valdeolea pues… Siempre es mejor ser señorito que enseñoreado, pero a veces se habla del ganadero con más poder (lo que no es poco, pero ahí se queda).

Apunte: la casa de Sotronca sigue existiendo, y hoy el título viene ostentado por una Hohenlohe. Lo que ha cambiado el cuento.

Dos últimos apuntes. El rey siempre se queda con un elemento jurisdiccional para sí, como es la mayoría de justicia, ese privilegio mediante el cual la última instancia jurídica ha de ser ante tribunal del monarca. Lo que tampoco sirve para mucho si han ejecutado tu sentencia, por ejemplo de muerte, la misma tarde en que fue dictada, como ocurre en ocasiones… pero tampoco vamos a ponernos tiquismiquis. Y lo segundo… seguro que ya se han dado cuenta, pero cuando ven esos mapas tan bonitos de, por ejemplo, la península ibérica medieval, esos que marcan cuatro o cinco reinos en colorines: todo falsario. Metan ahí, adicionalmente, los pequeños señoríos jurisdiccionales que llegaron a existir. Y van por cientos.

Imaginen caos.

El primer Stark, nada menos, me hizo señor de estos valles

Así que, normalmente, esto de los señoríos proviene de dádivas que conceden los monarcas. Con erótico resultado. Y, como nos gusta exhibir hidalguías (se cuenta más tarde, al hablar del honor), pues embellecemos pelín el asunto, que de lo contrario queda chusquete.

Aparece en varias ocasiones durante los libros de Martin (la televisión es menos dada a genealogías) que cierto señor, terrateniente o como conste en su natura fue intitulado como tal por el mismísimo Brandon el Constructor (o equivalente meridional, pero se entiende símil). Vamos, que se retrasan lo más posible esos privilegios, porque así nos imbricamos con la leyenda y se hace más difícil lo de pensarse que… en fin, que es un pelín de morro, y que el rey nos quiere comprar con fincas y terrenos urbanizables. En la península ibérica el equivalente es tasar nuestros señoríos en la Reconquista (si le echas huevos de sobra al asunto puedes irte hasta los visigodos, pero no gustaban mucho de visigodear los góticos españoles, que esa continuidad es invento muy posterior). Dicho de otra forma: sumando el número de familias que afirman (por blasón, distinciones o saga seminal) haber estado en las batallas trascendentes contra los musulmanes nos da que aquello debía ser aglomeración inmensa de paisanucos, máxime cuando cada cual iba con sus mesnadas y sus etcéteras.

En fin.

Sin negar lo anterior (el Salado y los Garcilasos, por ejemplo), vimos más arriba que el origen de muchos señoríos estaba en apoyo directo al rey. O, si prefieren, en atención a favores presentes, pasados o futuros. De índole militar, de índole diplomática y, a veces, de índole económica. Vamos, que se compraban los señoríos, no vayan a pensarse.

O se ocupaban.

Porque esa es otra. A veces alguien (un noble, un guerrero, un mandamás) está encaprichado con cierto valle o cierta villa y dice: venga, para mí. Y se pone en plan conquistador, y deja allí a sus lugartenientes para el gobierno y la recaudación de impuestos (a los señores les importa mucho el gobierno y muchísimo la recaudación de impuestos), y luego vuelve con el rey tan tranquilo, y se lo comenta: oye, monarca, que mira, que me he quedado con estas tierras, porque hace buenísimo y se dan de narices las castañas, que a mí me gustan mucho, por otoño, las castañas. Y, claro, el rey (que, recordemos, anda repartiendo amores porque es un debilucho) hace análisis de coste/beneficio… ¿prefiero ese valle del norte tan umbrío, que ni siquiera sabía de su existencia hasta hoy, o estar a buenas con semejante mastuerzo, que bien podría desalojarme del trono? Pum, hecho, eres conde de Buelna, almirante Pero Niño.

(Personajazo, este Pero Niño. Para otra ocasión).

A veces, incluso, hasta los siervos se ponen chulescos, y quieren darse ínfulas en lo de elegir. Las behetrías son la facultad que tiene un individuo para escoger si quiere someterse a un señorío jurisdiccional o no, y, en el caso de que quiera, la facultad para escoger a qué señor quiere rendir pleitesía. Tiene origen altomedieval, y están vinculadas a la idea de hidalguía generalizada en las tierras del norte. Las behetrías pueden ser «de mar a mar» o «de linaje». En el primer tipo puedes escoger al señor jurisdiccional que desees dentro de todos los que hay en el reino, mientras que en el segundo debes escoger uno dentro del mismo linaje o familia.

Todo muy lindo, pero… estas behetrías fueron elemento más simbólico que práctico, por cuanto la señorialización de los espacios territoriales fue completa, y la opción de quedar «independiente» era casi nula. O, dicho de otra forma, que si tienes que «servir» a los Lannister y dices que nanai de servir a los Lannister, pues luego no te extrañes si tu granero arde misteriosamente esa misma noche, ¿no?

¿No?

Paga, paga, paga. Y ensancha el alma. Ah, y obedece

¿Atribuciones de estos señores? Pues las que el monarca quisiera. A veces tienen derecho a recaudar un tributo nada más. O tienen jurisdicción para asuntos civiles, pero no penales. O juzgan, pero no ejecutan lo juzgado. O tienen administración, pero no gobierno. O tienen todo, absolutamente todo. Vamos, que son reyes en aquellos sitios que ha dibujado el rey. Reyes absolutos. Ponen y deponen gobernantes, judicaturas, «policía», oficios. Aprueban deslindes y ordenanzas, ofician consejos y convocan huestes. Poseen jurisdicción alta y baja (penal y civil), mero y mixto imperio (juzgan y ejecutan lo juzgado), primera y segunda instancia. Todo.

Ah, y los pagarés.

Porque hay pagarés de narices.

Pequeño ejemplo, sacado de un manual universitario. Los señores reciben prestaciones de naturaleza jurídico-privada, como aquellas derivadas de la misma propiedad de la tierra. Es decir, que cobran a sus siervos por «usar» sus tierras… y les cobran en forma de censos, de rentas, de pagos periódicos o, con acción más sibilina, mediante sernas (trabajo personal, y evidentemente gratuito, que se hace periódicamente en la tierra privativa del señor), recajes (obligación de proporcionar carruajes al señor cuando lo solicite) o yantares (obligación de alimentar al señor, sus oficiales y sus tropas cuando lo solicite).

Pero es que también reciben contraprestaciones derivadas de la modificación de las condiciones iniciales del asunto… vamos, que si el señor recibe una aldea con cien almas, pues cada elemento que cambie de esa naturaleza habrá que pagarle, ¿no?… Vamos, digo yo, que si piensas lo contrario eres un puto jipi.

Así cobran las goyosas (pago que debía darse al señor en la boda del siervo —lo juro—), las mañerías (pago periódico que se da al señor por cultivar las tierras en previsión de la posibilidad de morir sin descendencia), la luctuosa (una parte de la herencia va para el señor) o la infurción (contraprestación que debe dar el cultivador que recibe una tierra).

¿Jodidos? Pues aún hay más. Porque los señores tienen derechos exclusivos. Exclusivos. Por usar su monte (montazgo), o sus praderas (herbazgo), o cruzar sus puentes (pontazgos), o entrar en sus villas (portazgos), o utilizar sus hornos (fornajes), o sus caminos (peajes), o las sendas cercanas a los castillos, que son las más seguras (castillería).

Sumen, a eso, el pago por cada casa habitada de su señorío (fumazga), el porcentaje por cada actuación procesal de cualquier pleito que se lleve a cabo en su señorío (sayonía) y los impuestos, propiamente dichos, que tenga en su persona el señor.

Ah, y también hay tributos de carácter más «práctico», que no todo va a ser pagar en la vida… las anubdas, por ejemplo (vigilancia de términos), o las veredas (construcción y mantenimiento de caminerías).

¿Ahora sí?

Jodidos, ¿verdad? Jodidísimos.

Ya no molan tanto los protas del asunto.

Ah, que no se me olvide, ¿vieron lo de los pontazgos? ¿Les recuerda a cómo empezó este capítulo, con esas cosas del rey pidiendo pasar por las tierras del señor y etcéteras, etcéteras?

Pues eso.

No somos reyes, pero casi

Así que tenemos unos paisanos que ostentan poder casi omnímodo sobre zonas muy definidas en el espacio. Paisanos que juzgan, gobiernan y administran como reyes, pero que, a su vez, rinden sometimiento a un «rey mayor». Piensen, por ejemplo, en los gobernantes de Dorne, que tenían un aire independiente muy a lo «vale, te beso el anillo cada dos o tres añucos, pero a mí déjame bastante en paz». Entonces… ¿por qué no eran reyes?

Bueno, pues la respuesta no es fácil, como siempre que andamos con sutilezas del parla. Digamos que para erigir un reino necesitas reconocimiento de la Santa Sede (el que consigue Afonso Enríques, por ejemplo; el que, muchos piensan, hubiese acabado por solicitar el Cid en Valencia) y necesitas ostentar algunos ejemplos más de soberanía. El apellare, verbigracia, que es llamar a los siervos para que acudan al ejército. Y esto bien que lo hacen los señores de jurisdicción, pero siempre en nombre del monarca, lo que es matiz. Tampoco pueden, en principio, acuñar moneda, porque acuñar moneda es síntoma gordo de ser independiente… pero algunos señores feudales por Europa bien que tenían sus cecas funcionando.

En realidad son, si quieren, detalles (y no pretendemos quitar importancia a denominaciones y gestualidad). El señor debe sometimiento al rey, y acude cuando le llaman, y rinde cuentas… pero hace, deshace y rehace cuándo y cómo quiere dentro de las atribuciones que le fueron concedidas… hasta tal punto que no puede el monarca desdecirse en ellas (ni tampoco los reyes que vendrán). De ahí al ensoberbecerse… pues un paso. Por mis tierras domino y manejo. Allí soy rey, e incluso el rey debe «someterse» a cierta ritualística en el señorío. A la misma que él, o, más frecuentemente, sus antepasados, dispuso.

Lo de los antepasados, vimos, es importante, porque te da pátina de respetabilidad. Así que si yo domino el puente, el desfiladero o ese puerto que comunica valles… y si lo domino, porque así fue encomendado a mi familia por parte de la tuya generaciones atrás… pues tú, monarca advenedizo, también debes seguir tus reglas. Porque no puedes cambiarlas.

Así que pide permiso de paso, Robb.

Y quédate unos días, que te he organizado fiestorro.

Principios y finales

Vale, entonces… ¿qué cronología podemos darle a esto? Grosso modo, se entiende.

Vimos arriba que siempre queremos situar el comienzo lo más atrás posible, hasta hundirnos casi en leyenda, porque resulta complicado negar cualquier cosa a quien de tan antiguo posee derechos. Ficciones, las más de las veces, pero… por intentarlo que no quede.

Igual ustedes cubican en llevar todos estos asuntos a lo más florido de las guerras en la península. Vamos, los almohades, los almorávides, las Navas de Tolosa y todo eso. Y no, miren, no. El momento en que más señoríos jurisdiccionales se conceden es con los primeros Trastámara, que tenían poco poder sobre la nobleza más levantisca. Explicación: la nobleza más levantisca les había regalado el trono en guerra contra otra nobleza levantisca, así que los unos tienen deudas por cobrar y los otros están ansiosísimos por cobrarse deudas. Así que hay mercedes enriqueñas por doquier, verbigracia, y tenemos un siglo XIV y principios del XV en plan «redibuja tu mapa con nosotros».

El asunto pierde fuelle (aunque sin desaparecer) con Isabel I, que implanta eso que llamamos «Estado moderno». Vamos, centralización. Vamos, que como los reyes tienen más poder, pues necesitan menos de los nobles, y al necesitar menos de los nobles también han de «obsequiarles» en menor número. Traspasado a Poniente… si la Guerra de los Reyes la hubiesen ganado los Lannister, con ese aire tan «renacentista» que nos gastan, pues seguramente se hubiesen repartido muchas menos alegrías en forma de señoríos por todo el islote.

Claro que, como ocurrió en la realidad, no hubiesen podido despojar de las ya existentes. O no, al menos, de forma generalizada, que bien hicieron los monarcas castellanos para empujar a sus jurisdicciones en pos de pleitos antiseñoriales con susurros de «prueba, prueba, que tiene pinta guay». Excepciones, con todo. Los señoríos jurisdiccionales, especialmente los grandotes (especialmente aquellos que pertenecen a familias señeras, familias que siguen pululando por palacios y consejos), siguieron en vigor hasta… oh, sí, el siglo XIX. Época liberal, oigan. Teóricamente suprimidos en el Estatuto de Bayona (pero ya sabemos la aplicación que hay, con el Estatuto de Bayona) y la Constitución de Cádiz (pero ya sabemos la duración que hay, con la Constitución de Cádiz). Reemergentes cuando se ponía Fernando VII en plan absolutista. Eliminados, de forma definitiva, en la segunda mitad de la treintena decimonónica. Sí, con constituciones, Mendizábales ministeriados y Javier de Burgos dibujando provincias. Tan moderno.

Ni doscientos años llevamos sin señoríos jurisdiccionales.

Cosa de antesdeayer.

Aunque a ustedes se lo vendan como algo de la Edad Media.

O de los libros de fantasía.

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Un comentario

  1. A ver Marcos que el artículo es divertidísimo y es un gusto leerte pero lo de Robb…
    Lo primero, pide paso porque no hay otra. Los Gemelos es inexpugnable y no hay otra forma de ir al sur.
    Lo segundo es un rey de hace dos días. Y porque los señores del Norte dicen que se ha acabado la fiesta, que doblaron la rodilla por los dragones, pero hace mucho tiempo que estos dan malvas. Así que Frey juega a dos barajas porque reyes, o aspirantes, hay más de uno.
    Y lo de Dorne pues está bien claro. eran un reino (u principado) tan independiente como los otros seis (que de ahí vienen las grandes casas), pero eran tan gafos que decimos en mi tierra, que los Targaryen tuvieron mas manga ancha con ellos que con los demás porque a las malas ni pa Dios.
    Los de la vida real salen de un caudillaje militar y consiguen el trono a hostias. Lo que pasa es que luego con la lotería genética igual te sale un gran guerrero que un manflorito y hay que andar templando gaitas.

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