
La familia de Helena Jubany ha conseguido frenar el musical que se iba a representar sobre su asesinato. Sí, has leído bien, digámoslo a coro: UN-PUTO-MUSICAL. Canciones, coreografías, focos, quizá incluso un número final donde la víctima asciende al cielo con un crescendo de cuerda y humo escénico, no habría que aventurar detalles sin verlo pero uno imagina a estas alturas del siglo XXI que podría incluso ser sobre hielo y en patines. Y lo peor es que la existencia de un producto así y no parece inverosímil. Tal vez porque hemos normalizado el hecho de que el crimen, cuando se viste con el vestuario correcto, se convierte en cultura.
Helena Jubany tenía veintisiete años cuando la asesinaron en 2001 en Sabadell. Era bibliotecaria, activa en asociaciones excursionistas, una persona corriente y luminosa a la que alguien —o varios— mataron de forma brutal y arrojaron desde una azotea tras haberla drogado. Su caso sigue sin resolverse del todo, entre silencios, sospechas y errores policiales y judiciales. Dos décadas después, mientras la familia continúa pidiendo justicia, alguien ha decidido que la mejor forma de «recordarla» es montando un espectáculo con música y coreografía. Un musical. Sobre un crimen real, aún abierto, aún doloroso.
El true crime no es un género sino es un síntoma. Es la manifestación audiovisual de una civilización que ya no se asusta de nada, solo de quedarse sin contenido. Un musical sobre un asesinato no es una aberración puntual, es el destino lógico de un ecosistema narrativo donde todo puede transformarse en espectáculo si se le añade la iluminación adecuada. El horror, mientras esté bien producido, pasa de ser tolerable a rentable. Porque el crimen, hoy, ha pasado deinvestigarse a guionizarse, dirigirse y producirse. La víctima se convierte en personaje, el asesino en protagonista carismático, y el investigador —ese pobre periodista que antes se jugaba el cuello— ha sido sustituido por un showrunner con pitch deck y un sponsorship de Audible (no sé si me estoy inventando la mitad de las palabras, pero me entendéis). Todo lo que alguna vez fue tragedia ahora es branded content con estética true crime premium: dron sobrevolando una urbanización, piano melancólico, plano de taza de café humeante. La distancia emocional del espectador está calibrada al milímetro para que no sienta nada más incómodo que curiosidad.
Y ahí estamos nosotros, devorando asesinatos como quien mira recetas en TikTok. Nos tranquiliza pensar que es «interés por la condición humana», pero en realidad es hambre de relato. Necesitamos nuestra dosis diaria de mal empaquetado en voice over femenina. El asesinato de Helena Jubany podría ser una experiencia cultural compartida, igual que lo fue El caso Asunta, o Don’t F**k with Cats, o cualquier otro título que encadene trauma y consumo pues la ética se mide en horas de audiencia en stream. El crimen es ahora una forma de ocio íntimo. Lo consumimos en pijama mientras el algoritmo nos sugiere «otras putas mierdas que podrían interesarte». Hemos logrado domesticar el horror metiéndolo en nuestras rutinas. Si alguien se atreve a ponerlo en duda, le respondemos que «es periodismo narrativo», como si el prefijo «narrativo» justificara cualquier barbaridad.
No hay misterio: el true crime funciona porque satisface una curiosidad antigua —ver cómo sufren otros— sin hacernos sentir culpables. Es pornografía moral con coartada ética, el género que nos permite mirarnos en el espejo del criminal sin mancharnos las manos, que nos deja sentir el vértigo de la oscuridad sin apagar la luz negra de la tele. Por eso la mera idea de un musical sobre el caso de Helena Jubany no es una broma macabra sino es el epílogo lógico de una industria que ha aprendido a estetizar el sufrimiento, a envolverlo en brilli-brilli narrativo, a hacerlo cantar y bailar. Y lo más grotesco no es que alguien haya tenido la idea, sino que habría público dispuesto a pagar la entrada. Público que saldrá del teatro comentando «qué reflexión tan profunda sobre la violencia de género», como si la reflexión no fuera, precisamente, que hemos perdido el pudor. Si alguna vez existió un límite entre el arte y la necrofilia cultural, hoy ese límite lo marca el autotune.
El crimen, en el siglo XXI, no se resuelve sino que como polémicas, chismes, retos virales, odio o debates tontísimos se monetiza. Es el recurso natural del capitalismo tardío, una mina inagotable de atención emocional. Cada asesinato, cada desaparición, cada cadáver descubierto, genera una nueva cadena de valor que va del podcast a la serie documental, del documental al true crime ficcionado. El cadáver no descansa en paz sino que se convierte en una inversión que cotiza. Las plataformas compiten por ver quién empaqueta mejor la tragedia llenando su catálogo de muertos ilustres y los espectadores consumimos el dolor ajeno con la misma placidez con la que antes veíamos Los Simpson. Lo llamamos «conciencia social», pero es simple economía de la atención pues el morbo es la única divisa estable.
El proceso es casi industrial. Primero llega la noticia, breve impacto, conmoción controlada. Luego los productores husmean la historia, tantean derechos, negocian con familiares, revisan sumarios, afinan el tono emocional. El crimen se somete a un proceso de postproducción ética, se le quitan los trozos demasiado repugnantes, se añade música de piano, se reconstruye la escena en 4:3 y el resultado se lanza al mercado como reflexión sobre la violencia. Lo que fue horror se convierte en entretenimiento con conciencia. Un poco de lágrimas, un poco de justicia poética, un call to action que nadie escucha y a tomar por culo, otro éxito en los diez más vistos esta semana. Y a partir de ahí el problema no es solo la rentabilidad del crimen, sino hasta cómo se narra. El true crime contemporáneo es una forma de arquitectura emocional, una serie de mecanismos diseñados para que el espectador no piense, sino que sienta lo justo. La tragedia se calibra para el confort ético. Se nos permite indignarnos, pero solo durante cuarenta y cinco minutos, justo antes de que el algoritmo nos recomiende otras víctimas que podrían gustarnos.
En esta cadena de montaje del horror hay, sin embargo, quienes intentan trabajar con dignidad. Los documentales y podcasts de investigación periodística operan en otro plano. No decoran el dolor, lo analizan como parte del hecho terrible investigado. No ponen música triste, ponen contexto. Su objetivo no es alimentar el morbo, sino estudiar el crimen, exponer sus ángulos, señalar a los responsables institucionales que suelen quedar fuera de plano. Pero esos productos son minoritarios, y sufren un mercado que los devora porque las reglas de la atención son las mismas para todos y si no capturas al espectador en los primeros treinta segundos tu historia se pierde en el algoritmo.
El resto de productos son solo una industria del cadáver narrativo que se alimenta del mal, lo digiere y lo caga esterilizado. Lo convierte en algo que se puede consumir sin culpa vendiéndolo como reflexión cuando es solo morbo de lujo y un ritual del participamos cada vez que hacemos le damos al play. No miro documentales de asesinos por interés periodístico, los miro por el mismo motivo por el que la gente se arranca los pellejos, el gustico. Busco, como tú, ese instante exacto en que la voz en off baja el tono y dice que encontraron el cuerpo. Da rabia y fascina al mismo tiempo. El asesino se ha convertido en nuestro protagonista idea y nos lo filman, lo psicoanalizan, lo convierten en un personaje con arco dramático y banda sonora. Lo miro con la mezcla de asco y ternura con que se observa un insecto que se revuelca pero sigue vivo. No hay distancia moral, solo la comodidad de saberme a salvo. El true crime funciona así, el monstruo actúa y yo miro, y ambos fingimos que el espectáculo tiene algún valor didáctico y la víctima es un trozo de carne o, con suerte, una excusa para la pena penita pena y la indignación.
Me fascina la pureza con que el montaje del true crime convierte la muerte en ritmo. Los directores de fotografía son los nuevos sacerdotes del mal domesticado. Colocan la cámara, abren diafragma, y el horror entra suave como mi culo gordo si me lo untan en mantequilla y me tiran por un tobogán. Las empresas que fabrican estas historias las visten con una estética de tragedia elegante, luces frías, música mínima, tomas lentas. Si es bello no puede ser obsceno, si es bello puede venderse. El true crime moderno es una mitología para descreídos y ya no hay dioses que castiguen, solo monstruos que fascinan. Frente a las historias de terror ficcionales creadas con toda la gloria y maravilla de la imaginación, esas historias dignas fruto de la fantasía que nos hace humanos, el crimen real ocupa su lugar porque cumple pero mal la misma función, nos permite sentir sin pagar el precio. El horror morboso se convierte en un pasatiempo limpio, en una emoción segura para paliar el tedio y lo consumimos convencidos de que solo observamos, cuando en realidad estamos participando.
Los que tenemos una edad crecimos viendo cómo el dolor se convertía en programación televisiva. Lo de Alcàsser no fue un suceso, fue una serie en directo. Míriam García Iborra, Desirée Hernández Folch y Toñi Gómez Rodríguez fueron secuestradas, torturadas, violadas y asesinadas, y un país que descubría que podía cenar mirando su representación. Nieves Herrero y el resto de la tropa abrió las puertas de la tragedia en prime time, y detrás de ella entró todo el mundo: cámaras, maquilladores, tertulianos, chiflados conspiranoicos y el olor de la carroña mezclado con el del maquillaje. Los presentadores lloraban con gesto de funeral y el público, en casa, se secaba las lágrimas con el mando en la mano. Aquél espectáculo reafirmó otra cosa, el terror sexual. El miedo a la violación, al secuestro, al cuerpo expuesto. Las niñas de Alcàsser fueron convertidas en advertencia nacional. Se multiplicaron las cautelas, las llamadas al llegar, la idea de que la noche pertenecía al peligro. La espectacularización del crimen sirvió para reeducar el deseo. No solo mataron a tres chicas, mataron también la posibilidad de moverse por el mundo sin miedo. Y los medios, en lugar de denunciar esa domesticación del terror, la convirtieron en hábito informativo. El miedo vende, y más cuando se dirige al cuerpo de las mujeres. Nos escandaliza recordarlo, pero si hoy existieran aquellos programas lo veríamos igual, solo que en 4k y con banda sonora o en un podcast para escuchar a la hora de dormir. Lo consumiríamos diciendo que es memoria histórica o que sirve para reflexionar sobre la violencia de género porque hemos aprendido a justificar el morbo con eufemismos más caros. Aquel espectáculo televisivo murió de éxito, pero dejó descendencia. Hoy el morbo ha pasado de los platós a los auriculares y ya no necesitamos cámaras, solo un micrófono y una voz templada que nos lleve de la mano por la escena del crimen. Los asesinos se reproducen en streaming, las víctimas se comprimen en formato audio y he ahí el milagro tecnológico del dolor portátil, que para la prosa ya están los periódicos
Por otro lado tenemos a los nuevos narradores que no venden sangre, venden conciencia. Se presentan como investigadores, como justicieros digitales. No son Nieves Herrero sino su digievolución en el detective youtuber. Usan planos cuidados y terriblemente modernos de acercar y alejar el zoom y desenfocar mucho y un discurso que se viste de reparación moral, pero detrás de cada gesto indignado hay una sonrisa ensayada frente a la cámara. El protagonismo ya no recae sobre criminales y víctimas, sino en el propio narrador, que convierte la tragedia ajena en un espejo donde admirar su sensibilidad. Ahí entra sin ir más lejos Cómo cazar a un monstruo, ese documental convertido en performance del yo, donde el crimen es la excusa y el protagonista el autor. No hay una búsqueda de verdad, hay un casting de emociones. Un adulto con gorra puesta al revés (repito: UN ADULTO CON GORRA PUESTA AL REVÉS) se graba a sí mismo mirando la cámara, opinando, sufriendo, indignándose con rostro de póster. Es la estetización del periodista como héroe de su propia investigación, un Cristo digital que se filma mientras carga su cruz por las redes. Parece un poco obsceno apropiarse del horror ajeno para iluminar el propio rostro. En esta cultura del yo el crimen solo sirve si se puede narrar en primera persona. No basta con contar lo que pasó, hay que contarse dentro. El periodista convertido en influencer, el influencer convertido en protagonista, las víctimas convertidas en contenido. Todo es reciclaje del yo-yoísmo-YO. Las redes sociales no han inventado el narcisismo pero lo han vuelto rentable. El ego no es un problema sino un modelo de negocio. Y el true crime contemporáneo encaja perfectamente en esa lógica. Cada historia de horror se convierte en una oportunidad para demostrar sensibilidad, inteligencia emocional, ética instantánea.
La diferencia con los noventa es que antes el espectáculo era grosero, ahora es elegante. Pero el impulso es idéntico. No sé qué es peor, si aquella televisión que se abalanzaba sobre las madres y padres de Alcàsser o esta nueva corrección estética que convierte cada crimen en oportunidad de marca personal. Que el barro explícito haya mutado en compostura hipócrita no significa evolución, sino reciclaje. Del mismo modo que aprendimos que aquel periodismo era basura, un día sabremos lo mismo del true crime que hoy consumimos, pues ha logrado que el mal se vuelva tan apetecible como tedioso. Tal vez la única resistencia posible sea mirar sin el filtro, sin banda sonora, sin montaje. Pero no lo haré, no sabría cómo. La verdad, desnuda, me resultaría insoportable. Prefiero la versión editada, el horror con colorimetría cuidada, el asesinato con voice over. He aprendido a vivir así, fascinado y anestesiado. Al final el verdaero mal no necesita esconderse, basta con que sea bonito.







No tiene usted ni idea de musicales, un género tan digno o más que cualquier otro.
Si una historia es digna de contarse, es digna de cantarse.
Hay cientos de ejemplos de musicales dignísimos con temas que uno no se esperaría (desde una planta carnívora a los atentados de las torres gemelas).
Como ejemplo:
https://luigithemusical.info/
No veo que haya nada horrible y dramático en el caso de Luigi más allá de que se encuentre privado de libertad, la verdad :(
Pues uno que entona el mea culpa. Este finde en casa hemos degustado «El caso Asunta» y seguidamente algún capitulo de «Crims», sí el de Jubany, razon por la que he entrado en el articulo y por un momento he pensado «Ostras, el algoritmo de JOTDOWN me ha leido el cerebro, aqui hablan de Helena».
Digamos que me he quedado un poco sorprendido, me he visto como degustador de true crime, de que esta afición por los asesinatos de dificil investigación pueda llegar a ser algo, tal vez, no demasiado bueno para la salud mental.
Mi impresión es que desde hace años las series, primero americanas (CSI’s, Mentes Criminales, Ley y orden….etc.) y luego empezaron a surgir nacionales, crearon un caldo de cultivo del cual nace directamente el siguiente paso; el relato real de estas series de ficción, los verdaderos investigadores, los verdaderos forenses, el departamento de criminologia y por último los dos protagonistas la victima (pobres) y el Asesino, o grupo de asesinos.
Estabamos expectantes por saber si toda esa parafernalia que veiamos en las series podia llegar a ser real. Y las series del Asesino de Tor, o el mismo caso de Helena Jubany o el caso Asunta, nos dan esa dosis de adrenalina en capsulas que parece ser que necesitabamos.
En fin, creo que no dejare de ver este tipo de documentales, pero si agradezco que alguien ponga el punto sobre la I y me diga que tal vez, solo tal vez, no sea tan Inocente al revivir estos dramas reales y con protagonistas que todavia caminan entre nosotros.