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‘Esa cosa con alas’: y dijo el cuervo…

Esa cosa con alas. Imagen: Avalon
Esa cosa con alas. Imagen: Avalon

Que el Amor cuervo es todo lo que hay,
es todo lo que sabemos del Amor cuervo,
y es de rigor: el peso cuervo debe ser
proporcional al surco cuervo que deja.

Con estas palabras de Emily Dickinson, Max Porter introduce su primera novela, El duelo es esa cosa con alas. Aunque antes de garabatear sobre sus versos —tachando y sustituyendo distintos conceptos por la palabra «cuervo»—, ya había tomado prestado de la poeta el título de uno de sus poemas: «La esperanza es esa cosa con plumas». Un préstamo que no se traduce únicamente en las palabras con que bautizar su novela, sino que es más bien una cuestión de fondo: en el duelo tiene que haber esperanza.

Para su primer largo de ficción, Dylan Southern traslada a la pantalla la novela de Porter, encargándose también del guion. Y esa adaptación no es tarea fácil: un libro que varía de la prosa al verso, de la paranoia al costumbrismo, de lo narrativo a lo experimental. Un libro de género difuso y esquivo que sume al lector en una experiencia inmersiva y profunda de bajada a los infiernos. Por eso, por la esencia de su referente, Esa cosa con alas se siente tan desquiciada, tan profundamente dolorosa desde su inicio. Un sentimiento que se traslada a la pantalla desde lo visual y que se concreta en uno de sus planos iniciales, cuando la cámara abre el diafragma para recibir más luz y convierte así a la figura del padre (Benedict Cumberbatch) en una sombra en mitad de la estancia. Este contraluz materializa la razón de ser de la cinta: un hombre atrapado entre cuatro paredes que se desvanece en la oscuridad, mientras que desde la ventana penetra la luz de un exterior que bulle de vida, tan fuerte e intensa que solo consigue enfatizar más su nueva condición de ser en sombras. Esto es lo que, en definitiva, hace Dylan Southern: servirse de las herramientas del lenguaje cinematográfico para describir un estado emocional complejo. Y, sobre todo, un proceso repudiado por las convenciones sociales y culturales: asumir la muerte.

«El luto conforma el tejido mismo de la identidad, y es dueño de una belleza caótica». Esta es la historia del duelo de un padre y dos hijos. Sin nombre asignado, tan solo el rol que ostentan en el relato, esta familia se enfrenta con lo que está metamorfoseando la forma en que habitan el mundo. La pérdida lo abarca todo, la totalidad intangible de elementos que configuran la realidad. Southern se convierte en arquitecto de la locura dando forma a ese nuevo mundo que oscila entre lo real y lo onírico, sin llegar nunca a aclarar del todo si hay algún límite entre ambas facetas. Así resulta ser la llegada del cuervo, una abrupta irrupción de lo tenebroso y lo fantástico en el drama que transforma el dolor en terror. Pero, ¿en qué plano de realidad se produce la llegada de este nuevo inquilino? Una de las grandes virtudes de la cinta es la ausencia de absolutismos. El caos que experimentan sus personajes se refleja también en lo visual: al menos en primera instancia, la imagen no aclara si se trata de una fantasía derivada de la paranoia del padre o si, en realidad, la ficción ha abrazado lo fantástico. Resulta compleja la transición que se produce desde la oscuridad con que se presenta la criatura (una figura amenazante de gran tamaño y voz crepuscular) a la compañera que resulta ser. Un cambio que nunca termina de desprenderse de lo tenebroso, de lo grotesco. Es una presencia que contamina y determina las relaciones entre ellos y con el resto del mundo, y que afea lo que antes fue un hogar feliz.

Pero quizá la respuesta a este ir y venir de lo real a lo fantástico, de la luz a la oscuridad, de lo feo a lo bello, esté en la estructura del film. Al igual que en la novela, son tres los puntos de vista, tres narradores que van dando forma a la historia: el padre, los niños y el cuervo. Pero mientras que en el libro estos van intercalando continuamente sus intervenciones, como si les arrebataran a los otros el turno de palabra, Southern apuesta por unificar sus voces en distintos bloques que ordenan el relato, un cambio que funciona como catalizador y moderador de las emociones. No es arbitrario que sea el padre a quien primero se le dé la palabra: él empieza a sentir y ver esa presencia alada, la dibuja, la experimenta con cada parte de su ser. Pero el duelo, por muy personal e intransferible que sea, tiene una dimensión ambiental que alcanza a cuantos lo rodean. Es por ello que Esa cosa con alas es una polifonía, un grito en canon que se emite cuando se siente según los tiempos de cada uno, según cuando nos visite esa cosa con alas…

Pero, en realidad, esta es una historia de narradores no fiables… «Érase una vez un demonio que se alimentaba del luto de otros». Así se expresa el cuervo en la novela, con franqueza, al igual que en la película, verbalizando todo aquello que normalmente uno autocensura. Hay crueldad y desprecio, hay violencia y hay corazón en sus palabras. Pero, ¿cuánto podemos fiarnos de nuestros pensamientos en mitad de un tornado de dolor? Esa cosa con alas retrata los claroscuros (literales y metafóricos) que asedian al ser humano cuando la tragedia irrumpe en su vida. Es un viaje de delirios, de tachones hechos sobre un papel, de espejos que devuelven la mirada, de heridas que supuran hacia dentro y se enquistan hacia fuera. Es una incursión en una mente que se resquebraja, que inventa historias que crea, que transfiere, que la anestesian. Es la entrada a un mundo caótico y triste, pero a la vez acogedor, cálido, donde al final lo que reina es la esperanza, esa cosa con plumas.

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