Humor snob

El infinito en un Funko

funkoinferno scaled
Visto en Reddit

Siempre me asusta abrir la primera caja, cruzar el umbral del precinto. Con cada Funko vuelvo al temblor de las primeras compras, al vértigo insondable del gasto inútil

Preludio

Cuando, hace unas semanas, publiqué el artículo titulado Funko ergo sum: la Comic-Con de Málaga y el vacío existencial a los cuarenta, haciendo una pequeña sátira sobre una de las muchas variantes del fenómeno fandom en la Comi-Con de Málaga no pensé que estuviera provocando un melodrama para viejóvenes. Se trató de un texto ligero, un guiño irónico al entusiasmo desbordado de quienes hacen cola disfrazados para comprar muñecos cabezones de edición limitada. Pero bastó pulsar “publicar” para descubrir que había escrito, sin saberlo, un manifiesto de guerra cultural: los creyentes del vinilo contra los apóstatas del sarcasmo.

No imaginé que el texto desataría una tormenta digital que ni el propio Funko de Zeus habría controlado. En menos de veinticuatro horas, la pieza acumulaba decenas de comentarios en la web de la revista, más de cincuenta en Menéame, cerca de doscientos en Burbuja.info y cientos más en redes sociales. Algunos se partían de risa con el artículo mientras otros lo consideraban una blasfemia, ofendiéndose por razones que se escapan a mi raciocinio. Llegué a la conclusión de que algo, en apariencia tan trivial, como el coleccionismo de Funkos no era un pasatiempo, sino una religión y que yo había escrito su herejía fundacional.

Lo que más me fascinó no fue el volumen de la reacción, sino su intensidad emocional. Había quien se reconocía en la parodia y lo tomaba con humor, pero también quien se defendía con la solemnidad de un teólogo atacado. En Burbuja.info me llamaron «incomprendido elitista», «snob con complejo de Sócrates» y «señor mayor que no entiende la cultura pop». En Menéame, la cosa fue más incisiva: «este tipo ha escrito un tratado sobre juguetes como si fueran los Ensayos de Montaigne». En la propia web de Jot Down los lectores se dividían entre los que celebraban la sátira y los que me acusaban de despreciar la pasión de los demás. Había nacido, sin preverlo, una polémica transgeneracional sobre el sentido del plástico.

Pasadas las primeras 24 horas fui consciente que criticar a ese pequeño muñeco de cabeza cuadrada, con su mirada de pez y su sonrisa ausente, había tocado una fibra mucho más profunda de lo que imaginé. No hablaba de un simple objeto, sino de un símbolo, de la encarnación del modo en que nuestra época traduce la emoción en mercancía, la nostalgia en catálogo y la identidad en inventario. Así que decidí volver sobre el asunto, ahora con menos sorna y más lupa, para entender cómo un trozo de vinilo puede convertirse en metáfora de toda una civilización.

Creo que los Funkos describen a las personas que los apilan: dime qué cabezón custodia tu salón y te diré qué infancia no has superado

Los comienzos

La historia de los Funkos comienza en 1998, en una casa de Snohomish, un pueblo del estado de Washington. Mike Becker, un diseñador con querencia por objetos retro, buscaba una figura del icónico Big Boy, el niño mofletudo con peto a cuadros rojos y blancos de los restaurantes americanos. Como no encontraba ninguna, decidió fabricarla él mismo. Así nació Funko, como una mezcla de juguete vintage y chiste estético. Aquellos primeros muñecos, cabezones y sonrientes, pretendían ser una sátira nostálgica, una recuperación de lo kitsch como gesto de cariño hacia el pasado. Pero el tiempo, y el mercado, convertirían esa ocurrencia en un imperio.

En 2005 Becker vendió la empresa a Brian Mariotti, un hombre que intuyó lo que su creador no había querido ver: el potencial ilimitado del fetiche. Mariotti convirtió Funko en una fábrica de licencias. Empezaron a producir figuras de personajes de cómics, series y películas. Luego llegaron los músicos, los atletas, los filósofos, los presidentes, los escritores. En 2010 lanzaron la línea Pop!, que condensó el ADN de la marca: cabezas grandes, ojos negros sin pupilas, ausencia total de expresión. Esa fórmula resultó un éxito. El mundo se llenó de pequeñas figuras con el mismo gesto vacío, el mismo magnetismo blando, la misma promesa de pertenencia.

En pocos años, Funko pasó de vender un par de miles de figuras a producir millones. En 2017 salió a bolsa y su sede en Everett se convirtió en un parque temático del coleccionismo. La empresa tenía licencia prácticamente de todo lo que pudiera reproducirse en tres dimensiones: desde Darth Vader hasta Marie Curie, pasando por Amy Winehouse o Einstein. Cada nueva serie venía acompañada de ediciones exclusivas, variantes raras, figuras “chase” —ediciones especiales difíciles de conseguir—, todo un vocabulario teológico del deseo. Los coleccionistas empezaron a hablar de sus Funkos como si fueran reliquias. Edurne contaba en este mismo magacín que tenía una habitación solo para sus Funkos y que temía la reacción de su hija cuando la descubriera.

Lo curioso es que Funko es que nació como una broma para acabar sintetizando el espíritu de nuestro tiempo. Si el siglo XX se definió por el consumo masivo, el XXI se define por el consumo emocional en el que no compramos cosas, compramos sentido. El Funko no vale por lo que es, sino por lo que representa. Es un trozo de identidad empaquetado, un amuleto de nostalgia. Tenerlo es decir: “Yo fui ese niño, ese fan, ese espectador”. La posesión sustituye a la experiencia. Ya no basta con haber amado una película o una serie: hay que tenerla materializada en vinilo.

Si alguien hace cola por ti para conseguir una edición exclusiva, desea tu placer; es un acto de amor y una tregua luminosa en medio de la guerra de lanzamiento

El análisis

Desde un punto de vista psicosocial, el fenómeno es fascinante. El coleccionista de Funkos no se concibe a sí mismo como consumidor, sino como custodio. Vive la compra como una misión, la búsqueda como aventura, la colección como biografía. Cada figura añade una pieza al relato de quién cree ser. Pero esa construcción identitaria se sostiene sobre un principio inquietante: la serialidad. Todos los Funkos son iguales. Cambian el color, el peinado, los accesorios, pero el molde es idéntico. La diferencia, como en la sociedad contemporánea, es una ilusión controlada. La diversidad se produce en masa.

Kant habría observado en los Funkos la prueba empírica de su Crítica del Juicio: la humanidad, incapaz de comprender la belleza desinteresada, la reduce a una cuestión de serie numerada. Heidegger los habría contemplado con una mezcla de espanto y ternura, viendo en ellos el triunfo del ente sobre el ser, la victoria del objeto producido sobre la existencia pensante. Y Hegel, si hubiera tenido estantería, habría reconocido en el Funko la dialéctica perfecta del espíritu moderno: la cultura que se aliena en su propio reflejo y lo celebra como progreso. No veneramos a los héroes, sino su forma industrial. El Funko de Kant no remite a la razón pura, sino al gesto pueril de poseerla. Lo sagrado ya no es la idea, sino su reproducción en vinilo con ojos vacíos.

El fenómeno también tiene una lectura generacional. Muchos de los coleccionistas actuales rondan los cuarenta o cincuenta. Son adultos que crecieron con la televisión, los cómics, los videojuegos, y que ahora, en medio de un mundo precario y líquido, encuentran en estas figuras una forma de permanencia. El Funko funciona como una cápsula emocional: cada cabeza de vinilo conserva una chispa de lo que fuimos, una miniatura de la inocencia perdida. El problema es que, al multiplicarse, la nostalgia se convierte en ruido. La emoción original se diluye entre ediciones especiales y cajas apiladas.

Hay, además, un componente ritual. Los lanzamientos se anuncian con anticipación mesiánica; las ferias se convierten en peregrinaciones; las estanterías, en altares. El coleccionista que no abre las cajas para no perder valor es el equivalente contemporáneo del monje que no toca las reliquias. Ambos creen en la pureza de la conservación. La diferencia es que el monje esperaba la salvación del alma; el coleccionista, la revalorización en Wallapop.

Antes de la invención del molde, cada ídolo era único. Para que existiera un nuevo ejemplar, alguien debía tallarlo a mano; hoy basta con imprimirlo en masa y fingir que sigue siendo especial

Corolario

Cuando Irene Vallejo escribió El infinito en un junco, el mundo creyó recuperar la fe en los libros. Se habló de la civilización, del saber transmitido, de la fragilidad de los papiros y de los dioses que velaban por las letras. Hoy, en cambio, nuestra civilización encuentra su sentido en una estantería de plástico blanco con pequeños tótems cabezones que custodian el alma de Netflix, Marvel y el capitalismo sentimental. El infinito, ya no en un junco, sino en un Funko.

Los antiguos egipcios momificaban gatos; nosotros plastificamos ídolos. Un Funko Pop de Freddie Mercury o de Frida Kahlo cumple la misma función simbólica que una estatua votiva en Delfos: apaciguar el vértigo del tiempo. Cada figura promete una pequeña eternidad, una cápsula emocional que resiste al desgaste de la memoria. Irene Vallejo rastreaba el nacimiento de la lectura; el Funko rastrea el fin de la experiencia. Ya no leemos, sino que acumulamos. No poseemos los libros que amamos, sino sus versiones cabezonas. Existen Funkos de El Principito, de Harry Potter, de Cien años de soledad. Es cuestión de tiempo que aparezca un Funko de Irene Vallejo sosteniendo un Funko de sí misma, cerrando así el bucle perfecto de la cultura pop: la eternidad autorreferencial.

Uno no puede evitar pensar que los Funkos son los papiros de nuestro tiempo. Los antiguos escribían para que las palabras no murieran; nosotros coleccionamos para que los recuerdos no se evaporen. Cada figura es un pequeño intento de fijar la emoción, de ponerle cuerpo a lo intangible. Pero esa misma acumulación termina revelando el vacío que trata de llenar. Bajo la montaña de cajas relucientes late una ansiedad muy contemporánea: el miedo a desaparecer en la sobreabundancia de lo efímero.

Quizá por eso mi primer artículo provocó tanta irritación. Porque reírse del Funko es reírse del espejo donde muchos se reconocen. No ataca al muñeco, sino a la necesidad de tenerlo. Y en el fondo todos, coleccionistas o no, participamos de esa pulsión: llenar con objetos lo que el tiempo vacía. Tal vez por eso, cuando pienso en los papiros de Alejandría, imagino que el arqueólogo del futuro no encontrará rollos escritos ni códices encuadernados, sino cabezas de vinilo con ojos negros, perfectas, indestructibles, testigos de una civilización que soñó con el infinito y lo encerró en una caja de plástico transparente.

Agradecimientos del autor: a Irene Vallejo por El infinito en un junco fuente de inspiración hasta para los más absurdo (como los Funkos) y a Fran Matute, gracia y figura, por el título del artículo, gracia y figura.

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7 comentarios

  1. Un artículo muy original. Lo de los Funkos es inexplicable.

  2. Pues estoy de acuerdo con el artículo.

    Yo no colecciono Funkos, pero si que tengo algún que otro ítem de mi infancia. Por ejemplo, el coche fantástico y el coche de regreso al futuro. El primero es de una serie que me da vergüenza ajena ver en la actualidad, y el segundo es de unas películas que aún hoy disfruto volviendo a ver.

    Por esa diferencia entre objetos de admiración, reconozco que no los guardo por admiración a la ficción, sino quizás por nostalgia de un momento de mi vida que no volverá. Y por no olvidar todo lo aprendido en esos años. Y por demostrar a mis hijos de que yo también fui niño antes de seguir ellos existieran.

    Que no vuelva, a veces me da pena, pero casi siempre me alegra.

    Gracias por el artículo!

  3. Tergiversador de Enredos

    No voy a entrar en el análisis principal del artículo, porque carezco de herramientas para ello. Todo me suena a psicología y filosofía follando para perpetuarse. Está claro que no tengo ni pajolera.
    Con lo que sí me voy a quedar es con esta frase: «El coleccionista de Funkos no se concibe a sí mismo como consumidor, sino como custodio». Sustituyo Funkos por Libros, y sí, soy yo. Concibo mi biblioteca personal como un ente que he creado (la idea que sobrevuela el par de miles de ejemplares que la componen) para disfrute propio y, al mismo tiempo, un disfrute ajeno que me sobrevivirá. Y para ello necesita de preservación, tanto en el plano material como en el inmaterial. Soy el autoerigido Custodio de mi propia Biblioteca, y si eso no le importa a nadie, al menos me importa a mí.
    Otros vendrán que la joderán, pero eso ya no será responsabilidad mía. Que se lo digan a Hernando Colón.

  4. Es increíble el imperio a partir de una idea tan simple. Asombroso también el amplio rango de edades que coleccionan e incluso viven por y para los Funkos. Gran artículo como siempre!

  5. Exquisito, como el primero.

  6. Gavrilo Princip

    Fantástico, como siempre, al igual que el anterior artículo sobre funkos. El penúltimo párrafo, simplemente brillante.

  7. De acuerdo con el artículo. Ese tipo de productos tienen un target claro, no son los niños, sino adultos que tienen poder adquisitivo, y que compramos nostalgia. ¿Somos una sociedad infantilizada? si, creo que en muchos aspectos, y esto puede ser una muestra, aunque habría que conocer el perfil completo de la persona, es decir, como es en su vida laboral, sentimental, intelectual etc. Como dice por ahí un comentario, tener uno que otro ítem de la infancia es algo en lo que hasta yo me incluyo, pero regir la vida de uno en eso, da para un análisis por demás interesante (y aunque suene machista decir esto, pero en México, estas aficiones alejaban a las mujeres ¿será asi todavía?. Saludos al autor y a l@s lectores

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