La primera vez que supe que existía un neuromante llamado José Valenzuela fue en la edición inaugural del Concurso de Divulgación Científica Ciencia Jot Down. Su ensayo, una pieza breve y precisa —de aproximadamente 1400 palabras— titulada «Escapando del mundo real: Don Quijote y la ilusión de Matrix», no ganó el primer premio, pero llamó mi atención desde el primer párrafo en el que afirmaba que, en la exploración de la zona liminal de la realidad y la fantasía, Cervantes se adelantó cuatro siglos a la pregunta que hoy inquieta a la neurociencia y a la inteligencia artificial: cómo distinguir la experiencia real de la simulada. En sus propias palabras: «a Neo le antecede Don Quijote».
Valenzuela habla en su artículo de percepción, de conciencia y de cómo lo humano puede perderse entre los bastidores de lo binario expandiendo los límites de la experiencia. Había en aquel texto primigenio la raíz de toda su obra posterior: una inquietud por los mecanismos de la mente que configuran la forma en que la tecnología y la ficción se entrelazan para establecer lo que entendemos por realidad y la subyacente construcción de identidades. Desde aquel primer ensayo ya se intuía su territorio natural: ese horizonte de sucesos mental donde la ciencia se vuelve relato, la emoción se codifica y lo humano empieza a confundirse con lo posthumano.
Han pasado ya más de once años desde aquel encuentro, y nuestro neuromante se ha convertido en una de las voces más singulares del pensamiento interdisciplinar español. Ingeniero y doctor en Humanidades, ha construido una trayectoria que combina literatura, neurociencia y tecnología. Su tesis doctoral, Hacia tierras lejanas. Emoción y cognición en la lectura de ficciones literarias. Un análisis de la narrativa de J. M. Coetzee, investiga los mecanismos cognitivos y narrativos que despiertan respuestas emocionales en el lector, a través del análisis de seis de las obras más representativas del premio Nobel sudafricano. Su conclusión es certera, llegar a emocionarse intensamente con la literatura depende de cómo la experiencia lectora combina la transportación al mundo narrativo, la distancia estética y el juicio crítico, logrando que incluso el desasosiego y la reflexión moral se conviertan en una vivencia satisfactoria y transformadora.
En 2018 publicó Todos nacemos locos (Editorial UOC), un ensayo que analiza la representación de la locura en el cine y la cultura contemporánea y cinco años más tarde dio un paso más allá con Locura. Un elogio de la diferencia (Norma Editorial, 2023), un cómic realizado junto al dibujante Alfredo Borés que combina divulgación científica, testimonio y reflexión social sobre la salud mental. En paralelo, ha desarrollado proyectos de investigación en el Grupo Eventlab de la Universidad de Barcelona, y ahora en Brainlab donde trabaja con realidad virtual y neurociencia. Allí participa en el desarrollo de algoritmos de inteligencia artificial capaces de analizar señales cerebrales para detectar posibles retrasos en el neurodesarrollo del lenguaje en bebés mediante registros de EEG.
En todos esos campos —de la literatura cognitiva a la experimentación tecnológica—, Valenzuela ha mantenido una coherencia esencial: su interés por comprender cómo la mente construye mundos, cómo la ficción modifica la percepción y cómo la empatía puede ser inducida, medida o incluso programada. Esa misma curiosidad junto con su background interdisciplinar atraviesa su novela Una, donde la inteligencia artificial, la identidad y el duelo se entrelazan hasta que el lector ya no sabe si asiste a un experimento científico o a una confesión íntima. En ella, el investigador científico que habita en una de las multiplicidades de Valenzuela lleva al terreno de la narrativa todo lo que ha aprendido en los laboratorios, en los ensayos y en las viñetas: que la conciencia no es un dato, sino una puesta en escena.
Una de las características principales de la novela es que la narración se construye como una partitura de voces. Un coro que comenta, ironiza y a veces interrumpe, mientras los personajes discuten con el Autor cuestionando su propio relato. Este dispositivo teatral a modo de interludios funciona como una exploración metanarrativa, donde los personajes son conscientes de estar representando una historia dentro de otra, convierte la novela en un escenario donde la creación se examina a sí misma, y donde los personajes adquieren conciencia de su condición ficcional. El estilo, como en el universo de Luigi Pirandello, oscila entre el monólogo interior, los diálogos fragmentarios y los pasajes casi poéticos, con saltos temporales, perspectivas cruzadas y rupturas de la cuarta pared—hola Phoebe— .
La trama principal gira en torno al intento de Una por dar sentido a su existencia mientras alquila su cuerpo a desconocidos que buscan aliviar el dolor físico o experimenta lo que está fuera de su alcance. En esos encuentros en ausencia se pone de manifiesto como la adicción de los usuarios, la confusión de identidades y la degradación de la experiencia humana se convierten en soma. Paralelamente, se desarrollan las subtramas familiares que se alejan de lo metafórico y distópico para alejar al lector de la abstracción y situarlo en un terreno más íntimo y reconocible: la madre enferma, la hermana distante, el padre de Jana enfrentando el duelo por la muerte del nieto y la parálisis emocional de su hija. Es en esas líneas domésticas donde la novela ancla su humanidad, donde lo tecnológico y lo simbólico encuentran su contrapeso en la fragilidad cotidiana.
En su dimensión más filosófica, Una plantea una pregunta que atraviesa toda la narración: qué queda del yo cuando la memoria y el dolor pueden externalizarse, cuando la tecnología permite habitar o ser habitado. Esa reflexión conecta con las experiencias subconscientes de los protagonistas de algunas obras de Philip K. Dick, especialmente de Ubik y Ojo en el cielo, donde las capas de realidad se deshacen hasta volverse indistinguibles. Como en las novelas de Dick, aquí lo tangible se descompone: la vida cotidiana de Una podría ser una simulación, un teatro interior o el sueño de otra mente. El lector, como los personajes, se ve atrapado en un bucle de percepciones que se repliegan sobre sí mismas, entre lo humano y lo digital, la vigilia y el recuerdo.
La tecnología que permite el intercambio de cuerpos no aparece como un artificio futurista, sino como una evolución previsible de las aplicaciones actuales de emparejamiento. En puridad toda una vanguardia técnica no es más que un trasunto de la alienación contemporánea que produce la sustitución del contacto por la experiencia mediada. Valenzuela combina la ciencia ficción con la introspección psicológica y la comedia surrealista conectando con el existencialismo de Samuel Beckett, donde el absurdo y la espera son formas de resistencia ante el vacío. Como en Esperando a Godot, los personajes de Una se mueven dentro de un tiempo suspendido, repitiendo actos, conversaciones y rituales que revelan su impotencia y su necesidad de sentido.
En su tono y estructura, la novela también dialoga con la obra del gran Víctor Balcells, capaz de confundir al lector sobre dónde termina la ficción y empieza la conciencia de estar leyéndola en medio de luces de neón metaliterarias. Valenzuela se inscribe en la línea de autores como Juan José Millas o Enrique Vila Matas que con una escritura autorreflexiva transforman el acto de narrar en parte del conflicto por lo que los personajes no solo cuentan, sino que se saben contados. El resultado es una obra que juega con el teatro postmoderno, la autoficción y la filosofía del cuerpo, moviéndose entre la confesión y la parodia, entre el duelo íntimo y la especulación sobre la conciencia.
Una es, en última instancia, un retrato del desconcierto contemporáneo a través de la figura de una mujer que se presta, se borra y se multiplica. José Valenzuela, conocedor de las capacidades de la realidad virtual, construye una parábola sobre el desarraigo emocional, la fragilidad del yo y la necesidad de inventarse para sobrevivir en los universos que nos esperan a la vuelta de la esquina. La protagonista cual empleada de Lumon Industries vive escindida entre dos conciencias incompatibles que acaban transformando la utopía de Los propios dioses en su reverso dando lugar a cuerpo “residuo” que enfrentada a la pérdida de identidad solo le queda la posibilidad de reinventarse.










Gracias por esta joya, la voy a buscar y por supuesto, leer.