La investigación, como tópico de entretenimiento, siempre es una buena inversión para periódicos, películas e informativos de radio y televisión: toca temas curiosos o sensibles, luce tecnología, fomenta esperanzas y da un toque cultural y científico que por un lado huele a sabiduría y por el otro ameniza y relaja entre ráfagas de miedos, incertidumbres y preocupaciones que son el combustible inagotable del periodismo y del negocio de la información. Claro está que, en muchos casos, para cumplir con todos esos roles hay que adornar un poco el cuento, ya sea para confeccionar una noticia o para sembrar un poco de motivación en los más jóvenes, futuros parroquianos del sistema académico y supuestos profesionales de la siguiente era tecnológica. Pero en este caso parece no funcionar el efecto Dorian Gray: el investigador del retrato sigue siendo aquel de antaño, un explorador vocacional dedicado al conocimiento y los avances sociales, mientras que el que encontramos en los laboratorios es, cada vez más, el personaje de una historia bastante diferente, diseñado mucho más acorde con el perfil mercantil de nuestra sociedad actual. En las últimas dos décadas, de hecho, nuestras instituciones han liderado un cambio radical en toda la dinámica científica, que ha alterado profundamente las prioridades y los requisitos de la investigación y, por ende, la selección y la formación de sus representantes. Por un lado se ha propiciado una «democratización» de la ciencia, lo que ha ampliado sustancialmente el rango de personas que puedan estar interesadas en subirse al carro. Más allá de cumplir con un legítimo derecho social, esta democratización ha aumentado las posibilidades y la variedad de los recursos al abrir el abanico de las potencialidades humanas. Pero no hay que olvidar que, al mismo tiempo, esto ha implicado necesariamente una merma de la calidad general: hay que rebajar el nivel de la formación para permitir que todos la puedan alcanzar, incluso el menos capacitado (¡o el menos motivado!), y que nadie se quede teóricamente fuera del delicado e inestable sistema laboral. Si el balance final de esta estrategia resulta ser positivo o negativo es algo que habrán de juzgar las generaciones venideras.
El segundo cambio, mucho más profundo, ha sido pegarle al sistema científico la dinamo del sistema económico: la ciencia se ha vuelto mercado. Los estudiantes de las universidades, con sus matrículas, ahora son clientes. Y los investigadores, para publicar sus descubrimientos, tienen que pagar a las multinacionales editoriales, sufriendo así la metamorfosis de autores a consumidores. Así que la susodicha democratización, con este añadido, suena menos a propuesta ética y más a inversión económica para generar una fuente inagotable de futuros compradores.
Desde luego, no podía quedarse fuera de este golpe de Estado la investigación misma. La expansión y la globalización de la ciencia han ido progresivamente atrayendo (y necesitando) más dinero, y las líneas de investigación han empezado a depender cada vez más de financiaciones a gran escala. Las instituciones, grandes y pequeñas, descubrieron que podían quedarse con parte de las subvenciones que los investigadores obtenían para sus pesquisas, y en el momento en que gestores y mercantes se dieron cuenta del chollo, activaron los mecanismos del negocio. Se empezó a evaluar a los investigadores cada vez menos por sus logros científicos y más por sus aportaciones financieras. Poco a poco, aunque bajo la luz del sol y con la descarada desfachatez que ostenta el poder, se cambió el perfil del científico por la figura del empresario, un mánager agresivo y competitivo que entrega su ingenio a la expansión de su laboratorio, de su institución, de su nómina, de su peso institucional y de sus recursos monetarios. En los últimos veinte años, la criba se hizo cada vez más atrevida, hasta que un día ya pocos recordaban que, hasta finales del siglo pasado, el científico estaba muy alejado de esa imagen exitosa y comercial, constantemente en lucha para mantener su aval económico y, a ser posible, subir algunos peldaños más en la jerarquía de la empresa. Hoy en día, los chavales que empiezan sus carreras ya solamente conocen a «este tipo» de investigador, y ni se plantean la posibilidad de que podría haber una alternativa. Les parece normal, y el daño que esto acarrea a la ciencia es tan profundo que más que a golpe mercantil suena casi a crimen.
El golpe supuso una verdadera ganga para los mercaderes y también para los gobiernos: no solamente no voy a financiar la investigación como debería, sino que además os pongo a vosotros investigadores en competición para ver quién trae más dinero a la casa. ¡Hala, dos pájaros de un tiro! Como en todos los sistemas capitalistas, competición e inestabilidad, lucha y presión, estrés y astucia se volvieron palabras clave para ganar la carrera por las plazas y por los recursos. Lo importante es estar en el mainstream, que se puede traducir como «los que cortan el bacalao». Este mainstream científico está formado por gestores de capitales, que a menudo aparecen en las portadas de los periódicos, comentan y sentencian sobre cualquier aspecto de la vida, y representan iconos que acercan cada vez más la ciencia a la religión, también porque lo que afirman, solo por ser quienes son, va a misa.
Por supuesto, en este imperialismo científico no vale con hacer una investigación cualquiera, porque en las pugnas por quién se queda en la cumbre solo vale la investigación groundbreaking, que viene a traducirse como «la pera limonera». Total, cada vez a menos investigadores les interesa la investigación de base, porque no rinde, no cunde, no se vende más allá de los círculos científicos, demasiado específicos para llamar la atención de las multinacionales, de los medios de comunicación y de quien pone el capital para que la burbuja siga fructificando.
Ahora bien, aun reconociendo algunos aspectos interesantes en la competición o incluso en la autarquía, sería ingenuo pensar que las habilidades para tener éxito en este contexto empresarial se asocien necesariamente a las habilidades investigadoras. En realidad no hay ninguna razón para pensar que un buen mercante sea también un buen investigador (y viceversa). Si la selección atañe a las capacidades comerciales, serán estas cualidades las que primarán en la criba. Podría incluso plantearse una relación opuesta: si uno se ha dedicado tanto a la política académica y al desarrollo corporativo, puede que no haya tenido mucho tiempo para pisar un laboratorio y que sus conocimientos científicos sean ampliamente generales, indirectos y de segunda mano. Y tampoco hay que asumir que existe una correlación demasiado estricta entre cantidad de dinero y calidad de los resultados de la investigación, porque demasiadas veces hemos visto grandes logros alcanzados con pocos recursos o, al revés, grandes inversiones que (a veces previsiblemente) no han proporcionado resultados decentes. Todo esto evidentemente representa una crítica y una denuncia a una política institucional (ministerios, universidades, centros de investigación) que está llevando la ciencia hacia una situación de peligrosa descomposición de sus valores fundamentales, y no quita para que, pese a esta tendencia general, no se encuentren excepciones y alternativas. Hay muchos investigadores que compaginan perfectamente sus roles, el de científico y el de gestor. Y muchos otros que no se unen al coro, caminando por rutas alternativas y defendiendo otra visión de la ciencia. Además, habrá campos donde las injerencias de la empresa sean más profundas y dañinas y otros, más maduros, que sean más diestros a la hora de tener que lidiar con las exigencias del mercado. Pero hay que reconocer que, en general, la política académica está llevando a cabo una operación de venta de la investigación como producto empresarial, y esto puede producir efectos bastante nefastos en los principios básicos de la cultura científica.
El golpe sigue en marcha, y en más frentes. Recientemente, el gobierno español ha cambiado incluso la forma de evaluar los méritos de «transferencia del conocimiento» de sus investigadores, es decir, la contribución que estos hacen a la divulgación de la ciencia, a la trasmisión del saber, a la difusión de sus logros. Esta evaluación se considera en tramos de cinco años (quinquenios) y, hasta hace poco, la contribución económica (es decir, haber atraído financiaciones) era una de las diferentes posibilidades contempladas. Es decir, haber aportado pasta al sistema se consideraba una de las diferentes formas de entrelazar ciencia y sociedad. Sin embargo, ahora esta faceta ya se ha vuelto obligatoria: si no has traído dinero, tus méritos de transferencia del conocimiento no serán ni siquiera tenidos en cuenta. No importa la transferencia de conocimiento que hayas podido aportar si no ha habido transferencia bancaria. Un auténtico derecho de pernada. Un acto feudal amparado por el poder de la institución, que habría que hostigar con la misma fuerza con que se denuncian otras injusticias sociales. Quien propone y sobre todo impone un sistema como este debería ser juzgado culpable de atentado y abuso hacia la integridad intelectual y cultural de una sociedad, despojado de su poder y detenido por corrupción. Un término que no se debería limitar a un intercambio de favores sustentado por el dinero, sino que habría que aplicárselo de forma más general a todas aquellas actividades en que un objetivo oculto (y personal) se lleva a cabo desde una posición de responsabilidad en contra de un objetivo declarado (y colectivo). En la misma línea estratégica delictiva, amparada por los mismos ministerios, está la deriva de muchos «laboratorios» científicos, obligados a transformarse, nominal y funcionalmente, en «servicios» científicos, o sea, unidades de venta de prestaciones tecnológicas. Lo mínimo que podemos hacer para delatar a los autores de estos delitos, protegidos por sus poderes feudales, es contar al mundo los abusos que están llevando a cabo.
En fin, el sistema se ha aprovechado una vez más de la fuerza de la obsesión, mezclando dos compulsiones, la de la ciencia y la del negocio, en una alquimia nefasta y explosiva. Como describe con una asombrosa y brillante lucidez Guglielmo Foffani en su ensayo Tarot y ciencia, el camino de la investigación es una epopeya donde dioses y mortales se ven arrastrados en ciclos de luz y tiniebla, revelación y crisis, excesos y defectos, y cada vez más nos encontramos con la figura de un científico grantaholic, o sea adicto a la búsqueda de fondos (grants), enganchado al éxito económico, donde el bienestar personal se ve peligrosamente mermado por la necesidad, laboral y hormonal, del reconocimiento monetario. Todo ello descaradamente propiciado por gobiernos e instituciones científicas. Una adicción que viene fomentada por la misma sociedad que nos empuja a comer más y peor, sin garantizar, además, un sistema de salud adecuado para lidiar con las consecuencias funestas de esos excesos. Así que nada nuevo, ya conocemos de sobra las estrategias y los intereses de estas perspectivas comerciales. Lo cual no quita que, también en este caso, la mayoría de los afectados decidan finalmente pasar por el aro, levantando los hombros y entonando un lacónico «es lo que hay».








